Foto: August Sander
BICICLETA BLANCA
1.-
“My white bicycle” (Nazareth)
Los rockeros escoceses de Nazareth tuvieron uno de sus primeros grandes éxitos radiales en 1975 con la canción “My white bicycle”, que decía más o menos así:
Mi bicicleta blanca, mi bicicleta blanca
Pedaleando por la calle
Cuatro en punto de la mañana y todos duermen
No estoy cansado y es tan tarde
Moviéndose rápido todo se ve grandioso
Después glorifican la sensación de ir pedaleando sin importar la lluvia en la cara ni el viento que azota el pelo mientras pasan las gaviotas, y prosiguen refiriendo un encuentro con un agente del control social:
Un policía me grita pero no lo veo
Ellos son algo en que no creo
Busca acusarme y no se va
Alza las dos manos, su cabeza desgraciada
Ninguna luz me ilumina
A través de la oscuridad, seguimos avanzando
Mi bicicleta blanca y yo.
2.-
Mañana y pasado mañana
La canción en verdad era el single debut de la banda inglesa Tomorrow, lanzado en mayo de 1967, pero los de Naz la hicieron propia con esta versión grabada y promocionada como single, que ya no recuerdo si fue interpretada cuando fracasaron en vivo ante todo Chile en el festival de Viña del Mar en febrero de 1985, y La Estrella de Valparaíso los tildó de “rotos, guatones y pencas”. Semanas antes el mismo diario había anunciado: “Nazareth reventará la Quinta”.
Creo que, aunque el tema en sí mismo no me vuela la cabeza, pocas canciones describen mejor esa sensación de libertad casi total que da andar a deshoras por donde uno quiera, y más encima evadiendo a la policía gracias a la noche y el poder de las sombras.
Algo similar se sentía al andar en bicicleta durante los primeros días o más bien noches de revuelta en el 2019. Recuerdo la euforia del 19 de octubre en la tarde, cuando en medio de montones de bicicletas que transitaban por calles vacías de vehículos motorizados, ya empezando el toque de queda, un muchacho gritaba: “¡así va a ser a partir de ahora!”. Y claro: la situación no fue eterna, pero tampoco se olvida. Como recuerdo que dijo Furio Jesi en Spartakus: si la revolución apunta al mañana, la revuelta al pasado mañana.
3.-
Provos: bicicletas blancas en Amsterdam
Durante la revuelta global del “68” -que no fue sólo estudiantil, no ocurrió sólo en Francia, y no empezó ni terminó en el año 1968- uno de los movimientos juveniles más llamativos de la “Nueva Izquierda” fueron los Provos de Holanda. El nombre es un típico caso de aceptación de la etiqueta con que era señalados y criminalizados, en este caso, la de “provocadores”.
Los provos se vestían de blanco y teorizaron sobre la existencia de un nuevo “provotariado”. Dentro de sus famosos “Planes Blancos” uno de sus proyectos más emblemáticos fue el de la bicicleta blanca, que es de donde tomaron inspiración los de Tomorrow para componer su canción. El baterista de Tomorrow lo explicó así: “Tienen bicicletas blancas en Amsterdam que usan y dejan por toda la ciudad. Si quieres ir a algún lugar, tomas una bicicleta, vas y luego la dejas por ahí. Quienquiera que necesite las bicis las toma y luego las deja cuando ya no las necesita”.
Mientras Tomorrow grababa la canción en los estudios Abbey Road, donde al mismo tiempo los Beatles grababan el “Sgt. Pepper”, John Lennon se asomó y luego dijo en la revista Melody Maker que la canción iba a ser un “himno sicodélico”. En efecto, el guitarrista Steve Howe (que luego se hizo famoso en la banda de rock progresivo Yes, que aún lidera y que acaba de sacar su vigesimocuarto álbum “Aurora”) le daba todo un toque con efectos raros y cintas al revés, propio del espíritu de la época. En una parte el tema requería de un silbato policial, y entonces fueron a la calle a preguntarle a un policía si podía ir a hacerlo sonar en el estudio. El policía aceptó y sopló su silbato frente al micrófono, sin importar que todos en el estudio estuvieran fumando marihuana: En fin, ¡eran los años 60!
La canción no tuvo éxito en los rankings, hasta que la versión más simple y menos sicodélica de Nazareth llegó al lugar 14 de los singles más vendidos: ocho años después, y pocos meses antes de la explosión punk.
4.-
Bicicletas en las barricadas (I)
El potencial subversivo de la bicicleta quedó claro luego de la insurrección del 2 de abril de 1957 en Santiago. Luego de la gran asonada motivada por las alzas en el transporte público, con violentos combates en que la policía fue prontamente derrotada, Ibañez en su segundo gobierno optó por decretar el estado de sitio y sacar a los militares a la calle, los que en pocas horas mataron a una treintena de personas.
El general Horacio Gamboa leyó por radio el “Parte de Guerra”, ofreciendo el siguiente recuento: “La situación en la capital está bajo el absoluto control de las fuerzas militares y policiales. El enemigo ha sufrido dieciocho muertos y alrededor de quinientos heridos. Las tropas tienen orden de disparar a discreción contra cualquiera que cause desórdenes o vulnere el toque de queda”.
En su “Historia y memoria: el 2 de abril de 1957” (LOM 2007), detallada investigación sobre este acontecimiento que partió días antes en Valparaíso y luego Concepción, Pedro Milos cuenta que tras la “Batalla de Santiago” muchos insurrectos pernoctaron en el Cerro Huelén (Santa Lucía), y se desplazaban a todos lados en bicicletas, burlando así los controles militares gracias al silencioso medio de transporte y la ayuda de las sombras y la oscuridad.
Medio siglo después, tras la muerte del anarquista Mauricio Morales por la explosión inesperada del artefacto explosivo que portaba mientras se desplazaba en bicicleta en las inmediaciones de la Escuela de Gendarmería en el centro de Santiago, dado que unas cámaras registraron el paso de un segundo ciclista, la Fiscalía llevó a cabo numerosos allanamientos en los días y meses siguientes, en que de acuerdo a sus propias estimaciones incautaron alrededor de 200 bicicletas.
Una de las imágenes más bellas que conservo en la retina es la de un anarquista que conocía que estuvo preso cerca de un año por una expropiación fallida, y a quien divisé andando en bicicleta bajo los rayos del sol primaveral poco después de salir en libertad, mientras yo iba a bordo de una micro bajando por Grecia con Vicuña Mackenna. Parecía flotar arriba de la bici, con sus cabellos negros al viento y ninguna preocupación por nada más que disfrutar ese momento de libertad. Por supuesto, iba sin casco.
5.-
Porrazos en el Norte chico
Mientras Nazareth brindaba su versión de “Mi bicicleta blanca”, durante el breve reinado que tuvo la banda a mediados de los 70 con su álbum “Hair of the Dog” (título además de una de sus mejores canciones, que les dio mala fama en el Festival de Viña por la alusión en el coro a un “son of the bitch”, que malintencionados e ignorantes periodistas interpretaron como un insulto al respetable Monstruo, y que lamentablemente muchos sólo conocieron en la versión noventera de Guns and Roses), yo aprendía a pedalear en las pavimentadas calles de la Población La Pampa en La Serena. Aún recuerdo cómo me impulsaban desde ambos costados una hermana y un compañero de barrio que iba a la misma escuela, hasta que sentí que ya iba andando solo, lo que me causó una sensación extrema de orgullo y felicidad, hasta que me di cuenta de que no sabía cómo frenar, pues la bici en cuestión usaba el mecanismo del freno-torpedo. Mi padre salió a ver, y me gritaba “¡pedalea hacia atrás!”, pero nunca he tenido mucho sentido práctico, así que no entendí su instrucción y cuando ya me cansé de andar, sencillamente choqué de frente contra la cuneta y me saqué la cresta. Pero los pelones en manos y rodillas no me quitaron la alegría que sentía, y que recuerdo cada vez que alcanzo mi momento favorito del pedaleo: cuando tomo una calle en bajada y puedo avanzar rápido con el puro vuelo durante un buen rato, sintiéndome como lo más parecido a un ave planeadora. Poco después nos visitó un primo desde Valparaíso, que también aprendió a andar en esa misma bici y enfrentó el mismo problema a la hora de querer frenar. Recuerdo los nervios que sentí al verlo atravesar la avenida Balmaceda entremedio de unas micros, y que tras perderlo un rato regresó caminando con la bici a un costado, lleno de puntitos de sangre pues para detenerla se lanzó a un costado del humedal que teníamos cerca (al que llamábamos “el Bosque”), sin reparar en el alambre púa que lo cercaba. Algunos meses después mi primo y yo protagonizamos un accidente junto a un tío veinteañero que llegó en su “mediapista” desde Valparaíso hasta Tongoy, donde estábamos veraneando en masa: al ofrecerse a llevarnos a los dos cabros chicos arriba de la bici, para ir a unos juegos por ahí cerca donde tal vez lo más emocionante eran las “sillas voladoras”, ocurrió que al tomar una curva la punta del zapato de mi primo se atascó en los rayos de una rueda y volamos los tres por los aires aterrizando con la cara arrastrada por el pavimento. De todos modos, nosotros quedamos en mejor estado que esa pobre bicicleta.
6.-
La revolución y lxs que la quisimos tanto
Las bicicletas blancas de los provos holandeses parecen hoy en día tan lejanas como las posibilidades revolucionarias que se vislumbraron entre 1968 y 1973. Y si bien no es revolucionario en sí mismo dejar bicicletas comunitarias esparcidas por la ciudad, de todos modos creo que lo que menos se podría decir es que el acto es subversivo, en el sentido de que escapa aunque sea parcial o ligeramente de las imposiciones de la sociedad mercantil. Aunque puede que en este punto esté amarillando sin querer queriendo -a medida que envejezco tiende a pasarme eso-, pues por algo los situacionistas en su famoso panfleto de 1967 “De la miseria en el medio estudiantil considerada bajo sus aspectos económico, político, psicológico, sexual y sobre todo intelectual y de algunos medios para remediarla”, denostan a los Provos -que entre sus cabezas visibles tenía al ex situ Constant- como “reformistas de la vida cotidiana” que “optando por lo fragmentario acaban aceptando la totalidad”.
PS: a Constant lo echaron de la Internacional Situacionista tan temprano como en 1960 bajo la acusación de “influencia desastrosa”. Los hechos de la acusación consistían, si mal no recuerdo, en que un socio de la oficina del arquitecto Constant había aceptado diseñar o remodelar una iglesia.
Ya se sabe: “Todo el mundo tiene una forma de traicionar la revolución. Esta es la mía” (Leonard Cohen). Y a las finales, nadie puede ajustarse 100% a los requerimientos de su superyó marxista leninista y/o anarco situacionista.
7.-
Animitas
“Ánima bendita, por tu muerte, quizás más cruel que mi vida, estás muy cerca de Dios”, decía el folclorólogo Oreste Plath, quien señalaba que su antecedente es la apacheta, “montículos de piedras acumuladas por los indígenas altiplánicos en lugares considerados sagrados, y en los que eran depositadas ofrendas para invocar protección divina en los caminos”.
En Chile se ha empezado a usar desde hace algún tiempo la bicicleta blanca como “animita”, adornando los numerosos lugares de la ciudad y también caminos rurales y carreteras en que una persona pierde la vida aplastada por vehículos motorizados. Esa cifra incluye a no pocos amigos y conocidos. Los recuerdo bastante. Sus terribles muertes (más bien asesinatos) nos recuerdan que la opción por pedalear es a la vez hermosa y altamente peligrosa. La posibilidad de ser arrollado por autos, camiones y buses siempre está presente, y tampoco hay que descartar la gran cantidad de accidentes que ocurren por imprudencia de peatones y también de otros ciclistas (algunos de ellos bastante neoliberales más que anárquicos en sus costumbres antisociales) y de uno mismo. Si llegara a caer así, pido una bicicleta negra tal como la que uso hace tiempo, no una blanca. (Tampoco me molesta si es roja o rojinegra).
8.-
Bike Itaú
Otras bicicletas seudocomunitarias de que hemos tomado nota son esas como las Bike Itaú y Mobike, que mediante aplicaciones y pagos online permiten ser usadas en algunos puntos de la ciudad y dejadas por ahí una vez que se termina el trayecto. Es decir, se trataría de una especie de recuperación o versión capitalista neoliberal de la utopía concreta de la bicicleta blanca.
Siempre vi bicis bastante feas y aparentemente muy incómodas prestando ese dudoso servicio, que tiene la virtud de recordarnos que la Contrarrevolución Neoliberal iniciada en 1973 se caracterizó por movilizar los deseos contraculturales “sesentayochistas” hacia formas de realización que ya no tuvieran ningún potencial emancipador, sino todo lo contrario. Como dijo Joe Strummer en “(White man) in Hammersmith Palais”, una canción lanzada como single en junio de 1978: “ha you think it’s funny, turning rebellion into money” (O sea: “ja, piensas que es divertido convertir la rebelión en dinero?” -y vaya que sabían de eso los Ramones, los Sex Pistols y los Clash-). También lo sabía Mark Fisher, que en una de las últimas clases que hizo antes de cometer suicidio a inicios del 2017 le explicaba a su alumnado que “el capitalismo incorpora las rebeliones previas, especialmente la rebelión creativa y artística, y luego la vuelve a vender como este nuevo espíritu del capitalismo”.
La contrarrevolución no solo es lo opuesto a la revolución, sino que también una revolución en sentido opuesto. Y si la revolución era molecular, también lo fue la contrarrevolución.
9.-
Bicicletas en las barricadas (II)
En los últimos tiempos esas bicis parecen haber sido desplazadas por monopatines eléctricos, y recuerdo que en diversos momentos de la revuelta de la primavera del 2019 muchas Bike Itaú ardieron todas apiladas en medio de las intensas barricadas incendiarias que proliferaban de una manera nunca antes vista. Hay una foto de una pila de esos horribles esperpentos ardiendo en el libro “Evade Chile. Reporte de una insurrección”.
10.-
“Fire music” (Archie Shepp)
Que ardan de nuevo nomás, cuando llegue el momento. En el comunismo anárquico tendremos bicicletas voladoras.