Ilustración: Fresco de la Casa del Fauno, Pompeya (Fuente: Wikimedia)
Catulo, la vida de reguetonero romano
Escribe Montaigne en su ensayo De los libros, que «los buenos poetas antiguos evitaron la afectación y lo rebuscado». Ello conlleva a pensar que cuanto más sincera fue la poesía, sin forzar los rebuscamientos, más nos ha llegado hoy día, más vigencia tiene. Dejando a un lado la ampulosidad del verso para que fluya lo más sincera posible. Bien que esto arroja luces sobre un tema de vital importancia a la hora de cultivar la poesía: la honestidad, la sinceridad. Todo ello, fundado sobre la conocida máxima de Sócrates «conócete a ti mismo» que plantea que, antes de ser honestos con otros, primero hay que serlo con uno mismo.
Para escribir poesía, ha de ser el poeta una persona sincera, sin necesidad de aparentar lo que no se es. Uno de los poemas de Catulo, en uno de sus versos, a fuerza de atrevimiento, sintetiza si acaso esta honestidad que debe primar en la poesía: «dejad el ceño en casa, que ahora vienen / algunos versos más desvergonzados». Catulo, en sus poesías, prefirió prescindir de barreras morales, como el pudor, y mostrar su poesía tal cual la sentía. Perteneció a un grupo de jóvenes poetas que rompieron con la tradición de la poesía épica con tonos homéricos para escribir sobre temas más mundanos, con pelos y señales: el amor, la amistad, el coito (el suyo y el de sus allegados). Se ganó el rechazo de no pocos contemporáneos que lo creían moralmente decadente. Entre ellos, Marco Tulio Cicerón, el orador, que llegó a llamarlo imitador de Euforión, pues sentía que Catulo era demasiado moderno y muy poco romano. La poesía de Catulo, celebraba más el ocio, el tiempo libre, el arte, el goce de la vida y no las gestas, las loas, la epopeya; y esto Cicerón lo vio como una decadencia en su momento.
La poesía reunida en la colección Mitos Poesía de Grijalbo Mondadori (1999), esa joya de colección por la que todo amante de la poesía bien podría iniciarse, tiene entre sus libros uno dedicado por entero a Cayo Valerio Catulo. Reúne poemas de los Carmina, la gran obra de Catulo que en latín significa «poemas» o «cantos», traducidos por Juan Manuel Rodríguez Tobal. Catulo nació en Verona en el año 87 a.C. Al trasladarse a Roma, se rodeó de intelectuales, políticos y parte de una juventud refinada, aunque también se mezcló con jóvenes mundanos; se bandeó entre ambas clases sociales, vivió ambas vidas. De su obra, solo han llegado a nosotros 116 poemas de su Carmina, divididos en tres partes; la primera de ellas, Nugae, poemas cortos, la segunda Carmina Docta, poemas más largos de una mayor hondura, y por último, Epigramas, poemas cortísimos, casi elegíacos. Tradujo a Calímaco y a la poetisa más antigua de la historia europea, a Safo de Lesbos, quien perteneciera a una sociedad de mujeres dedicadas a la Casa de las Servidoras de las Musas, también llamada thiasos.
Catulo se inspiró en la vida íntima, en la vida sexual, en el morbo, varios de sus poemas cantan su desenfado, su goce pleno y aquello que le llamaron decadencia —Cicerón dixit—, narra infidelidades, riñas y no pocas querellas con algún que otro personaje al que inmortalizó. Su obra poética es un canto a las relaciones humanas, a las rupturas, a las reconciliaciones, al deseo, a la lujuria y al sentir vibrante del placer.
En sus poemas, Catulo abraza el estilo de un hablante lírico en tercera persona —habla de él como si no fuese él— y la mayoría de ellos, están dedicados a Lesbia, una amante que le es infiel a su marido en muchas ocasiones con el hablante lírico. Al mismo tiempo, recrea una suerte de rivales que se contraponen a su curso lírico, los cuales son Aurelio y Furio.
A ellos, Catulo les dedica una de las respuestas más obscenas de toda la literatura latina, el poema XVI que aparece en la edición de la colección Mitos Poesía, de Grijalbo Mondadori (1999). Se muestra un Catulo sobrado de violencia, sin tapujos y sin pudor alguno cómo responde a las críticas que le hacen por escribir versos algo afeminados.
Os daré por el culo y por la boca,
mamón de Aurelio y Furio maricón,
que decís que no tengo yo vergüenza
porque algo afeminados son mis versos.
Catulo es, a riesgo de halarse los pelos por la afirmación, el poeta clásico que reverbera con más actualidad en la música urbana de hoy día. No han sido pocos, ni tampoco lo serán, aquellos que a fuerza de falacia acoten que la música urbana actual, por ejemplo, carece de lirismo y que las poesías de antes, sí eran poesía. Criterios como esos derivan en algo carente de fundamento ipso facto, si se tiene conocimiento previo de la obra de Catulo. Aquellos que, de tanto en tanto han satanizado el reguetón, el trap, el drill, el rap, por sus contenidos demasiado subidos de tono, hedonistas y hasta hipersexualizados, son los mismos que no han visto, ni de lejos, un antecedente directo en las líricas de Catulo.
Si se viene a ver, el poeta romano vivió una vida adelantada a su tiempo. Si se viene a ver, bien que Catulo entablaba contra los mismos Aurelio y Furio una de las tan famosas y actuales tiraeras, que en el género urbano no es más que una guerra lirical donde cada exponente transforma en versos sus rencillas contra su oponente, llegando incluso a la ofensa directa.
El reguetón y demás géneros urbanos siempre se han caracterizado por sus letras frontales, sin rebuscamientos líricos, a veces hasta el grado de causar rechazo con sus imágenes poéticas. Un tanto eso mismo es la poesía de Catulo, cuando se lee a fondo. Su poema LVI concomita perfectamente con el discurso lascivo del género urbano de hoy:
Qué absurda situación y qué cachonda,
tus oídos, Catón, han de enterarse,
te reirás cuanto amas a Catulo,
pues nada hay tan absurdo y tan cachondo.
Sorprendí a un jovencito hace unos días
tirándose a una niña y, con perdón,
de un golpe le metí tiesa la mía.
La relación entre la obra de Catulo y la música tampoco es una conexión forzada. Carl Orff, el célebre compositor alemán, adaptó unos versos suyos para una cantata escénica, Catulli Carmina, estrenada en 1943. Es la segunda de un tríptico musical que inició la famosa Carmina Burana (1937) y culminó en 1953 con Triunfo de Afrodita. El hecho de haber estrenado Catulli Carmina poco antes de la caída del nazismo, ha hecho pasar desapercibida la cantata, en comparación con otras suyas más relevantes como Carmina Burana.
De la Historia como una repetición cíclica para ver en el género urbano de hoy antecedentes como el de la poesía de Catulo, me sería indigno no mencionar a Platón, a Nietzsche, o incluso a Borges, que tanto le fascinó el tema. Escribió Bertrand Russell, en An inquiry into meaning and truth (1940) —una cita de la que también se apropia Borges para su ensayo El tiempo circular—, que muchos escritores opinan que la historia es cíclica, que el presente estado del mundo, con sus pormenores más ínfimos, tarde o temprano volverá. Es por ello que no me es alocado acotar que la lírica de la que abusan los reguetoneros y artistas urbanos de hoy, no es más que una de las tantas repeticiones de los impulsos que llevaron a Catulo a escribir su poesía. O pensar, por igual, que el comportamiento de Catulo bien pudo considerarse como el de un reguetonero de su época. ¿No se ha repetido muchas veces que el reguetón y el trap y demás son la muestra de la decadencia moral en la que vivimos? ¿No se dijo en su momento lo mismo de las poesías de Catulo? ¿Lo que antes se cifró en Catulo no podrá cifrarse mañana en alguien como Bad Bunny?