Ciudad sin poesía – Carcaj.cl
Ciudad sin poesía
26 de mayo 2026

Ciudad sin poesía

Ciudad sin poesía

Un poema no nato cae en desuso:
lo depredo como a un animal débil.

-Daniel A.G.

Última hora: el presidente se ha suicidado.
El idiota que coge la máquina ya no sabe qué más decir en sus papeles podridos.
Y en las lenguas de los perros entran las hormigas para buscar alimento.
Ya es tarde para la pobre gaviota que migró hasta el Palacio de La Moneda,
las palomas la miran despectivamente, pero ella conoce mejor que nadie el camino del exilio.
En las escaleras del Mapocho cae la cobija de un pobre; no se lamenta: ya lo ha perdido todo.
Prefiere continuar soñando, porque ya nada más puede hacer. Sabe que nadie le va a dar pega.
Un hombre sale de la oficina a fumar un cigarro, ajeno a su mundo, recuerda a su padre:
“Los hombres no lloran, Daniel”.
Suben por los pantalones, atacan los bolsillos, los alacranes te apuñalan la yugular, y tú:
ingenuo y absurdo. Sonríes en un mar de sangre e indiferencia.
Nadie te llamará por tu nombre, porque todos somos pereza.
Él no la llamó por su nombre mientras la violaba.
Puesto que él y ella no eran nadie. Yo no grité: había tenido un mal día.

En esta ciudad sin letras ya no queda nada más por escribir. Esto es Chile:
donde la muela del gobierno olvida que la gente necesita oxígeno para respirar.
La máquina ya está vieja y el idiota escribe en su cabeza,
con miedo de que su vecina lo escuche. Esta ya no es la América de antaño.
Poetas son perseguidos, es una vergüenza llamarse “escritor”.
Llamas surgen en la bandera: una nueva dictadura.
Las luces que él me enseñó a germinar hoy queman mis retinas.
Mi plexo se retuerce mientras camino por las avenidas.
Calles contorsionadas por el dolor. Por la pérdida.
Hay tanta esperanza en su rostro, pero la esperanza perece.
Así como mueren los niños.
Tuve suerte de encontrarte, y tú dijiste lo mismo, hoy nos persiguen; hace cinco años que no
    nos vemos.
Mi padre, una vez: “En tu nombre guardas lo que yace extinto para los demás”.
El piso chilla y la ventana huele a desgracia. En la noche nadie duerme.
Danzando bajo las estrellas invisibles, así recuerdo a mi padre: un hombre que ya no tiene
   historia.

El ruido de la carretera devora mi sueño,
mis ojeras limpian la pared y el gato grazna en la ventana.
Ya no queda nada por escribir en esta ciudad de noches boca arriba;
la Alameda fue tomada y ahora escupe sangre por las pistas centrales.
Somos perros sumisos ante la corte. Nuestra verdad es inexistente ante los ojos ajenos.
Mis dedos se carcomen, sangran cual asesino. Las cucarachas me trepan en la oscuridad
y las ratas hacen de mi cuerpo un trabajo de artes plásticas.
Hoy intento arrancar mi columna de mi plasticina, pero el pasado se me escapa de las manos,
y lloro, tiemblo en el terremoto y camino por el vidrio derretido de mis ojos,
como los pies desnudos del niño que perdió a sus padres.
La guagua llora sobre la cuna al escuchar la primera bomba,
su madre le canta una canción y la hace dormir. Todo va a estar bien, dice entre lágrimas.
Los pasajes son campos minados, nadie juega, nadie escala el mástil.
Corre el rumor, entre los niños, de que hay un fantasma acechando las calles de Santiago.

*

La cola del jaguar

Los cráneos alargados ven al ave de Nazca.
Hoy solo estamos nosotros,
aquí: en el quinto sol.

“Pero no duerme la crueldad”,
el verde lo dañan
y nuestra piel la carcomen por dentro.
Todo lo destruyen, todo lo corrompen.
El sueño de un niño solo era reír,
pero su ambición pudo más.
Te ruego, huerto de la vida, les perdones.

Mis hermanos son ojos del pasado,
ellos nunca se fueron, aquí siguen; habitando
la boca del cenote de los brujos del agua.
¡Los jaguares siguen con vida!

América, tierra de guerreros,
inhalas la naturaleza de nuestros corazones.
Llueve en tus tierras con tal gracia
que floreces hasta en el yermo de la vida.

Recorres los mares y cielos,
rompes el entendimiento humano
y te dispones a vivir junto a tu estirpe.
Alguna vez fuiste uno, pero hoy eres único.
Matyox, tierra mía: yo beso tu ombligo.

*

El sabor de las pieles

Todo lleno de plagas,
aquí bailan los leprosos.
En este mundo,
lleno de pedofilia y porno:
Dios ha muerto.

La vida de los desdichados
aquí la comparto:
todos nos carroñamos.
Ojos llenos de mentira
y trazos que revelan.

Allí están ellos,
los leprosos del rebaño.
Son hombres, gente con pesadillas.
Tienen hambre y los manchan.
Es fácil hablar por ellos
y luego pasarles por el lado.

Sus manos presumen.
El pueblo ya está harto
de aguardar.
Lentamente, entre la mierda,
fallecen nuestras ropas,
mientras ellos cortan nuestras pieles.

Aquí, abajo, sollozamos en silencio,
mientras ellos se entretienen
cociendo el cadáver,
del que seremos polvo.

*

Orina y sangre

¿Qué es esa figura deforme?
Le veo cada mañana y por la tarde.
En el funeral del niño y el de mi abuela;
huele a fruta podrida perenne.
Camina junto a mí y susurra mi nombre.
Los gritos de mami llegan hasta el closet,
mis manos explotan mi cráneo.
Ella también llora, pero no grita: no puede. 
La ventana de la puerta se corre y 
mis ojos nublados ven una figura deforme.
Y yo que le temo: caigo, 
mientras mi cuerpo se contorsiona, cual águila 
en un mar de vómitos.

Es como una hendidura en el cielo, hecha por una gaviota;
mis pieles se caen mientras se derrumba el suelo,
y la sangre que corre por la alcantarilla, ahora me inunda la boca.

Ya no es más que un fulgor que me paraliza el plexo,
ahora es el mismo sol que asesina mis retinas,
tras las manos que arrancan mis pestañas.

Los pájaros gritan del dolor, les duelen las tripas;
el perro que le ladra a la niña le mordió la cabeza muerta.
Mientras el animal la devoraba, Anna se orinó en la acera. Era bella, pelinegra y alta;
desde las rejas de mi patio vi la masacre. ¿Qué querías que hiciera?
El candado tenía llave y el gato blanco maullaba. Con sus ojos. “Ayuda” me decía con sus
   ojos.
Allí la perdí, nunca le pude soñar más. Pero en la plaza aún persiste ese olor a orina con
   sangre.

Hoy le tengo miedo a mi persona, a mi cuerpo repleto de agujeros.
Estoy enfermo, sufro como el polvo esparcido en la ciudad.
La luna ya no brilla bajo la tierra, pues nunca brilló:
menos brillará en mi propio funeral.
Es claro que soy prófugo del infierno, algo debí haber hecho. 
Tal vez, no lo sé ¿Ahorcar al canalla del gato? 

Ya es cosa de minutos para que caigan las estrellas sobre mis latas oxidadas
y que los llantos de la ciudad decaigan en una última caricia.

Si muero hoy díganle a mi hijo que lo odio,
si muero mañana díganle que lo amo.

Namid Saladrigas

Santiago, 2010. Estudiante y poeta chileno. Ha crecido entre las comunas de San Miguel y Quinta Normal.

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *