Foto: @pauloslachevsky
Estallidos Estallados: afirmar la derrota, intensificar la persistencia
A seis años del Estallido Social, las atmósferas afectivas de la militancia chilena parecen no lograr revertir las emociones de impotencia, frustración, tristeza y resentimiento que la revuelta dejó como herencia. Los suicidios de compañeros que fueron víctimas de la violencia policial y de la negligencia institucional marcan las conmemoraciones de 2025, reactivando el histórico lema de la lucha contra la dictadura: “no olvidar”. Las casas de memoria retoman hoy ese llamado, no solo para mantener viva la memoria de las víctimas, sino también para denunciar la continuidad de una agenda de impunidad y los pactos “centristas” que, en nombre de la gobernabilidad, convirtieron a los reprimidos en moneda de cambio con la derecha chilena.
Mientras aún muchas y muchos quiénes seguimos luchando en procesos territoriales y cooperativos hemos buscado persistir y condolernos con nuestros muertos, algunxs no pierden oportunidad de buscar construir narrativas de “victoria moral” ante la derrota efectiva, tratando de restituir un purismo ideológico en quienes “desconfiaron” del progresismo chileno desde un comienzo. Como hace poco buscó hacer el documental de Submedia “InterRebellium” en su capítulo dedicado al estallido social chileno que, en un tono rousseuniano propio del antiguo idealismo libertario, busca instaurar la hipótesis de que “sin pandemia” y “sin proceso constituyente” viviríamos en una sociedad utópica de asambleas territoriales, horizontalidad y armonía.
Hipótesis que, lamentablemente, deja de lado lo que otras experiencias de larga trayectoria social, comunitaria y territorial han logrado constatar contradictoriamente en Chile. Como la investigación militante con organizaciones sociales que hicimos con el Colectivo Vitrina Dystópica durante la pandemia, que demostró con efectividad cómo muchas prácticas lograron reinventar sus procesos de politización a través de cocinas comunitarias y albergues durante la pandemia, fortaleciendo y complejizando los alcances y perspectivas sobre los cuidados y la vida comunitaria[1]. Proceso que, en algunos casos, demostró tener continuidad, como en el caso de la Coordinadora Social ShiShigang en Puente Alto, demostrando el 18 de octubre del 2024 que el espíritu “octubrista” podía tirar un gobierno municipal de derechas. No así en otras, como en la red de Cooperativas de Abastecimiento de Quinta Normal. Paradojas y contracaras que no buscan romantizar la práctica de organización, sino acompañar sus procesos reales, baches y límites.
Procesos de dignidad que tienen menos epopeya y más historias de lucha, dolor y derrotas que debemos saber nombrar. Como lo verifica el Centro Cultural Ocupando Espacios en la sistematización de sus más de 20 años de lucha territorial[2] cuando refieren al “gran cementerio de organizaciones sociales y comunitarias” que no han conseguido prosperar, en un ejercicio más o menos permanente de lidiar con la precariedad, la martirización militante, la autoexplotación propia de la autogestión en condiciones de neoliberalismo a la chilena. Situación que debería imprimir cautela cuando escuchamos la palabra “autogestión”, al recordar que una de las grandes humillaciones que propiciaron el grito de dignidad de octubre de 2019 fue el llamado a la autogestión que hizo el mismo ministro de Piñera cuando incitó a hacer “bingos” para mejorar los establecimientos escolares.
A seis años del estallido social en Chile, aún nos resulta difícil nombrar con afirmación, dignidad y coraje aquello que el Colectivo Juguetes Perdidos —Leandro Bartolotta e Igna Gago— logró constatar desde su trabajo en el conurbano bonaerense en el libro Implosión social. Que la tarea fundamental para la vida política de los territorios consiste en dejar de esperar los “grandes estallidos” como únicas expresiones de radicalidad política, y en cambio acompañar con rigor y persistencia las pequeñas y silenciosas implosiones de la miseria y la precariedad cotidiana en villas y poblaciones.
Así, por ejemplo, se torna fundamental que consigamos hablar de manera honesta por qué los cordones de asambleas territoriales se fragmentaron, los comités se dispersaron, los colectivos se pelearon y los grandes enunciados de sacrificialidad y martirio en la lucha directa no pudieron sobrepasar los mecanismos de inteligencia policial. Es fundamental reconocer que, dadas las circunstancias de la discusión política en el plebiscito, así como la tarea de construir una agenda constitucional basada en una experiencia de lo común quedó presa de un lenguaje militante, en otros academicista, que no logró sensibilizar a lxs chilenxs comunes. Que la universidad reinventó sus currículums sobre “diversidades”, pero que poco de eso logró vencer la campaña mediática de la derecha y, a su vez, poco de coherencia demostró tener con las urgencias que impone la precariedad sobre la vida cotidiana de los territorios.
A seis años del estallido social deberíamos analizar cómo la lucha por la participación de los presos en el plebiscito supuso que arrasara el rechazo en las cárceles. Que el feminismo siga siendo considerado como “ideología de abortistas” entre clases populares, marginales y prisiones. Que el aleluya de las iglesias evangélicas se escuche cada vez más fuerte entre las y los vecinos de las poblaciones que los enunciados de “apoyo mutuo”, cada vez más restringidos a departamentos universitarios de historia social. Que la investigación política y militante sirvió más de plataforma para becarios que para alimentar la sistematización de los procesos territoriales. Que los libros que se publicaron en las universidades para hablar del estallido poco tienen de la condolencia y sensibilidad que exige la memoria de nuestrxs muertxs.
Nos mentimos cuando pensamos que la revuelta del 2019, así como otras insurrecciones que vivimos en Latinoamérica y el Sur Global durante los últimos veinte años, querían “cambiar el mundo”. Algunos de los que salieron a la calle solo querían una vida respetuosa con las generaciones pasadas y las generaciones que vendrían. Seguramente la continuidad de una comprensión binarista entre estas dos posiciones ha supuesto la irremediable derrota de los procesos insurreccionales. Por eso es que el cultivo de prácticas insurreccionales no puede ser medido a partir de la capacidad que podrían tener o no de “transformar el mundo” de manera teleológica, sino por la capacidad que han demostrado tener de sostener en el tiempo un deseo transgeneracional por condiciones más dignas. En otras palabras, la vitalidad de las revueltas no acaba en el cambio de presidente o de constitución, en el aparato legal, sino en la persistencia que han tenido para seguir cultivando y atesorando, de generación en generación, imágenes y condiciones afectivas para un otro futuro más digno. Las condiciones con que una generación, a partir de las memorias recogidas de las luchas de las generaciones antepasadas, torna deseable dejar de ser una cosa para asumir con coraje el deseo de ser otra.
La revuelta del 2019 impuso como uno de sus principales lemas: “Hasta que la dignidad se haga costumbre”. Impronta ética y política que deja a la vista que el objetivo de la revuelta no era “la revolución social”, sino que los ecos de dignidad de generaciones muy diferentes pudieran tener resonancia entre ellas. Se traducía en el conjunto de condiciones que permitirían sostener un esfuerzo ético por la vivencia de miserias, pero también de dignidad de la gente común. Si buscamos operacionalizar el “hasta que la dignidad se haga costumbre”, entonces tenemos un conjunto de resguardos afectivos, subjetivos, poéticos, pero también económicos, técnicos, estratégicos y epistémicos: una forma de cuidado colectivo, de imaginación territorial, de invención metodológica y, sobre todo, de implicación con los problemas de las otras y los otros.
No debemos olvidar que la revuelta del 2019 no surge de la nada. Se viene curtiendo del compostaje de muchas revueltas que sacuden Chile desde antes de la Revolución Pinguina. Las revueltas de Aysén (2012), de Freirina (2012), de Chiloé (2016), de Pascua Lama en Valle del Huasco (2012-2018), protagonizadas por comunidades regionales, alejadas de las grandes metrópolis, fueron demostrando y curtiendo la convicción de que luchar por la vida podía tornarse una alternativa a la devastación extractivista y al aislamiento regional desarrollista. Como señalaba la revuelta de Aysén: “Tú problema es mi problema”. Un modo concreto con que somos capaces de compartir los problemas de las comunidades y territorios, pero también, intensificar los esfuerzos, memorias y aprendizajes que transgeneracionalmente se han dispuesto para transformarlo.
No debemos olvidar que la revuelta chilena estaba amparada en un ciclo de revueltas. La revuelta de las plazas en Europa (2011), en medio Oriente (2012), en Argentina (2001), en Brasil (2013), en Chile (2019), en Colombia (2019), en USA (2011), las cuales no eran sostenidas por convicciones y programas ideológicos de transformación social, sino por una preocupación ético-política transversal por conseguir condiciones idóneas y adecuadas para cultivar la vida digna (Chile), el buen vivir (Bolivia), el Teko Porã (Guarani) o el vivir sabroso (Colombia). De algún modo, nuevos criterios y principios encarnados en las memorias sensibles de los territorios y en el traspaso transgeneracional de imaginarios de dignidad. Condiciones infraestructurales para la sostenibilidad de los barrios y territorios, pero también de las ecologías, biomas y tejidos socioculturales.
A esta altura de las insurrecciones, debemos hablar de cómo la insurrección del movimiento passe-livre en Brasil se convierte en el movimiento ultraderechista bolsonarista y ejecuta un golpe de Estado. De cómo el movimiento cocalero termina en una guerra civil que precipita una nueva derecha libertaria en Bolivia. De cómo los movimientos de izquierda en Colombia, pese a sus contradicciones y conflictos con el progresismo, se precipitan a las urnas y debaten nuevas formas de cuidado colectivo. De cómo persisten las organizaciones sociales de tradición comunitaria en Chile más allá del purismo moral y la autoexplotación militante. De cómo la idea europea de desistencia hace aguas en Latinoamérica, exigiendo un radical llamado a la persistencia. A acompañar, intensificar, cuidar, reparar, colaborar con quiénes pese a la fragmentación, la implosión de los barrios, la impunidad y la violencia institucional, continúan ensayando formas de cuidado territorial: las madres buscadoras de desaparecidos en Colombia y México, las casas de memoria, las orgas territoriales, las cooperativas, los colectivos educativos. Aquellas y aquellos que, sin imponer romanticismos y purismos morales o ideológicos, siguen generando espacios de escucha con vecinas y vecinos descontentos, resentidos y frustrados. Buscando dar acogida a las pequeñas implosiones y estallidos en el tiempo real del barrio, la población y la plaza.
Como dice la compañera Diamela Gallegos de la Asamblea territorial Lo Besa:
“Sin querer romantizar el desgaste que la autogestión conlleva, sino proponiendo buscar nuevas formas de hacer, en las que la insistencia por dignificar vidas sea también una insistencia por dignificar la propia vida. Es necesario reafirmar, recordar, que en medio de estos nuevos aprendizajes, lo que permite sostener la angustia y transformarla en potencia creativa es la compañía de quienes -mientras unxs decaen- hacen que el abandono y la desatención hacia los lugares de cobijo, nunca sea total.
El ejercicio que sostiene la organización en los territorios, frente a la implosión de las instituciones y de los espacios barriales se funda en una lógica de alternancia: mientras algunxs hacen el aguante, otrxs recuperan fuerzas. De ese modo, se torna posible disponer del cuerpo entero para la escucha del otrx, entrelazando cadenas de sostén que configuran un ajuste popular de los cuidados en clave ofensiva, sin preconceptos ni categorizaciones. Con una apertura radical a la recepción de nuevos sentidos, este ejercicio convoca a la imaginación para dar lugar a pequeños gestos que acompañan y sostienen la trama de lo común, entendida aquí como espacio de lucha cotidiana”.
A seis años del estallido social debemos saber reparar en aquello que nos estalla en la cara: en que los niños prefieran vivir y morir rápido trabajando para el narco, en los suicidios de las y los vecinos, en el microtráfico como única respuesta a la precariedad de las economías populares, en la soledad, en el consumo de drogas. Algo que debemos reparar es por qué es más deseable la violencia ultraderechista y el conservadurismo progresista a la organización social y territorial. Porque Chile, efectivamente, votó contra el apruebo y, por lo tanto, que no se puede vivir dignamente sin ampliar la politización a todo el país en un lenguaje que, cueste lo que cueste, debe saber nombrar “mayorías” y no solo “convencidos”.
[1] La temporada se llamó: Virulencias de cuidado y otros contagios, https://www.youtube.com/playlist?list=PL8xC9EOBiCx_NaOqlL0BxLWvfEI8RSlkn
[2] https://colaboratoriodeintervenciones.com/2025/07/11/20-anos-tejiendo-comunidad-centro-cultural-ocupando-espacios-de-estacion-central/