La final del fútbol
Un mundial, 4 años, un momentum
Nací a finales de 1989 y para Italia 90 no tenía recuerdos, aunque posteriormente la deep culture futbolera me enseñó lo cool que fue Ciao, su rupturista mascota y a valorar un’estate italiana, el himno oficial. Del 94 tengo en mi memoria algún confuso recuerdo en las galerías del Estadio Nacional, impresionada con esa masa de gente que cantaba al unísono a Superman Vargas, uno de los ídolos de ese campeonato histórico azul. Del mundial en Estados Unidos no recuerdo nada, pero el almanaque del fútbol me contó del penal perdido de Roberto Baggio, el de la trencita. Si hablamos de Francia, cualquier chileno que en 1998 estaba en edad de recordar esbozará una sonrisa nostálgica (salvo los que se endeudaron para viajar). Yo tenía 8 años, guantes y un pequeño arco en el patio que me hizo mi papá. El Matador Salas era el ídolo de masas, con justa razón, pero el mío era Superman, ese que volaba por los aires y al que le dedicaban canciones. Ese mismo que quedaba justo frente mío, en el arco sur, cuando íbamos al estadio con mi papá a ver a la Chile, donde había estudiado en los ochenta. Su carnet de estudiante era también su carnet de socio para seguir al club universitario. Vivíamos a pocas cuadras del estadio y el hecho de que tuviese dos cromosomas X no fue un impedimento para que me llevara desde muy pequeña a ver fútbol. Su fanatismo no fue más allá de la década de los noventa, pero fue suficiente para marcarme en la época más formativa y hacerme futbolera. Por eso vi la final con el gorro arlequín de tres puntas y un peluche de footix y después del partido me fui a imitar a Barthez, el arquero pelado de la Francia de Zidane.
En Corea y Japón 2002 teníamos que ver los partidos de madrugada por la diferencia horaria. Recuerdo nítidamente despertarme a eso de las cinco de la mañana, casi a escondidas, para ver Alemania golear a Arabia Saudita, donde Klose hizo varios de los goles que cimentaron su récord actual. La final del Brasil pentacampeón, también por la mañana, fue en paralelo a la mítica foto de Tunick, hito fundacional de ese Chile de los dos mil, un poquito menos conservador, pero nunca tanto como para aceptar que a una niña le gustase el fútbol. Con la llegada de la pubertad empecé a darme cuenta de que a todas las niñas que conocía no les gustaba este deporte. Aún más, rápidamente entendí que si no quería tener problemas con el género que se me asignó al nacer, tenía que ser obediente a las normas y dejar bien en el closet ese amor que tenía por el fútbol. Para Alemania 2006 ya adolecía otras cosas y mi pasión estaba enfocada en la música, el romance, la literatura o la revolución. Claro que el primer amor nunca se olvida del todo: no lo hablaba con nadie, pero sagradamente leía la sección deportiva del diario, para seguir un poquito y bien de lejos lo que pasaba en el “deporte rey”. Si tuviéramos que sacar un fotograma de ese mundial, sería el icónico cabezazo de Zidane en el pecho de Materazzi, la tragedia del héroe francés que se hacía expulsar y que perdería la final ante Italia. En mi recuerdo, esa copa del mundo fue sobre todo la que viví más lejos del fútbol, hasta hoy. Justo antes de que los futboleros de este país viviéramos nuestra época dorada.
Sudáfrica 2010 es Bielsa. La generación dorada y esa alegría colectiva de estar de nuevo en un mundial. En esos tiempos también yo tenía mi alegría personal: en mi segundo año de universidad, fui voluntaria de un festival de cine donde conocí a una chica que estudiaba en la misma facultad. Cuando en medio de esa conversación de pasillo me dijo que jugaba de defensa en el equipo del campus, mi corazón dio un vuelco y mi atención fue total: ¿Hay mujeres que juegan al fútbol? Y mejor aún, ¿yo puedo jugar? Recuerdo la sonrisa permanente después de mi primer entrenamiento y esa sensación de encontrar mi lugar. Ese mundial fue el primero que seguí con mis compañeras de equipo, escuchando por la radio de un celular en pleno entrenamiento la tanda de penales de Uruguay-Ghana. Ahí fue cuando el loco Abreu picó el último penal, pero sin duda lo que más recordamos de ese partido fue la mano de Suárez en el último minuto, esa gesta heroica de la viveza de potrero o ese gesto antideportivo según la perspectiva ética. En paralelo a los partidos, mi yo veinteañera encontraba en Bielsa una figura de reencanto con el fútbol, donde cohabitaban la crítica y la pasión por este deporte. Cuando renunció a la selección, lloré y quise escribirle una carta de agradecimiento para explicarle cuán importante había sido para mí. Nunca la escribí, pero hoy me gustaría decirle que me reconozco en su mirada cabizbaja de su foto oficial del mundial 2026. Difícil saber lo que pasa por la cabeza del loco, pero me imagino que compartimos la pregunta de qué hacer frente a lo que queda de fútbol hoy.
El 2014 pasamos de la alegría a la fiesta: Brasil era el mundial soñado para los que amamos el fútbol y la generación dorada pasaba su mejor momento. La euforia de ese 2-0 frente a España, el campeón vigente, vive en mi memoria así como la lesión de ligamentos de rodilla que tuve después de celebrar el gol de Vargas con un koala que terminó mal. Festejar con desmesura y sin control también pasó de moda en esta época donde los jugadores se esfuerzan con celebraciones medidas en busca de “aura”. Ya para Rusia 2018 las cosas empezaban a ser distintas. Chile se farreó la clasificación cuando todavía había juego para algo más. Ese dolor me hizo ver el mundial a medias, con falta de interés y pocos recuerdos. Pero realmente fue en el 2022 con Catar cuando me pregunté por primera vez si iba a ver el mundial.
Que la FIFA fue y será una porquería, ya lo sé
Claro que esta vez sentí que se estaba yendo demasiado lejos. La indiferencia ante los cientos de muertos en la construcción de estadios, la vista gorda al poco respeto a los derechos de las minorías del país sede que además de muchos ceros en la cuenta, no tenía ningún arraigo con este deporte. Era impresentable e indefensible. En el fútbol se puede encontrar lo peor de la sociedad: un capitalismo despiadado, la homofobia y el racismo excusado en la “cultura” de las barras, el machismo omnipresente que hasta hace unos años ni siquiera se ponía en cuestión, el todo-vale, la violencia y el opio del pueblo. Podría seguir sumando cosas a esta lista, pero hasta ese momento una parte de mí veía el fútbol como ese lugar contradictorio donde también se encontraba lo bueno y lo bello: el arte, lo colectivo, la pasión, los valores del deporte, la posibilidad de que un pequeño país pudiera vencer a una potencia al menos por un partido. La alegría de la gente, lo democrático que siempre fue este juego que solo necesitaba una esférica: un balón, unos papeles arrugados o una lata si no se podía de otra manera. ¿Cómo odiar a ese juego que te permite volver a la infancia con una piedrita y una cuneta que te devuelve la pared?
En Catar 2022 parecía más difícil mirar para el lado y sin embargo, ¿hasta cuándo somos coherentes si esa relación tóxica te ofrece una final del mundo? Ese año yo estaba en Francia y ya llevaba un tiempo jugando y participando activamente en equipos de fútbol feministas y militantes que cuestionaban el modelo actual. Participé convencida en las acciones que organizamos para boicotear el mundial, jugando un partido en la plaza central de Lyon al mismo tiempo que el partido inaugural de la selección francesa. Al mismo tiempo no pude evitar seguir de lejos la épica que vivía Argentina, empatizando con esa esperanza eufórica del pueblo a medida que avanzaban de fase. A la final caí rendida, sintiendo el fervor americanista bolivariano de apoyar al país vecino ante el europeo colonizador donde vivía. También era la Argentina de Messi, ese extraterrestre que me había hecho gozar tanto estas décadas de amor al fútbol. El mismo que me aterró en la final del 2015, en el estadio, cuando tuve el privilegio de vivir en primera persona la primera Copa América de Chile. El mismo Lionel que hace unos meses se sacó una sonriente foto con Trump, una imagen que me rompió un poco ese corazón futbolero que no quería desilusionarse de ese jugador que tantas veces me hizo sonreír.
Este 2026 es el mundial, está pasando en estos momentos cuando escribo y no sé cómo sentirme. Solía ser mi fiesta, esa que tenía un lugar tan importante en lo cotidiano, ese evento único que ya no siento mío. Algo se quebró y este año ni siquiera nos da para boicotear. Infantino hizo que Havelange y Blatter nos parezcan moderados a su lado. Reflejo de sus tiempos, el presidente de la FIFA no tiene descaro ni vergüenza de venderse al mejor postor. ¿Cambiar la estructura misma del fútbol y sus dos tiempos de 45 minutos para vender más publicidad? ¿Inventar un premio de la paz para consolar a Trump? ¿Hacer como si nada cuando el mejor árbitro de África es expulsado del país anfitrión? ¿Que el equipo de Irán tenga que viajar antes de cada partido en EEUU porque no los quieren recibir? ¿Cuál sería el problema? Relájense, nos dice quién dirige los caminos del fútbol profesional. Quizás debería enviarnos a prepararnos para sus futuros proyectos de hacer un mundial cada 2 años, con 64 selecciones, 4 tiempos y en el país con menos fútbol ni respeto a los derechos humanos, para continuar su legado.
De todos modos, creo que varios de nosotros deberíamos comenzar a asumir el duelo. El cronista Juan Pablo Meneses nos dice que ya estamos en la época del post-fútbol, ese nuevo deporte o más bien espectáculo donde los niños quieren ser estrellas en lugar de futbolistas. Donde los partidos se siguen en múltiples pantallas para seguir las apuestas, los comentarios del react y las estadísticas, mientras que los que van al estadio son parte del decorado o van a filmarse con el partido de fondo. Y donde cada vez es más raro ver jugando a los niños en la calle: si tienen potencial, se van directo al centro de formación para elevar su rendimiento al máximo según las estadísticas y que se transformen en futuras promesas, listas para ser vendidas a un fondo inversor antes de que cumplan los 10 años.
Ese fútbol que conocimos ya no existe porque ese mundo que conocíamos ya no está más. Por mucha nostalgia que tengamos, difícilmente vayamos a volver a vivir ese fútbol del que nos enamoramos sin mucha conciencia. ¿Qué hacer con todo ese amor?
La tercera vía
Si el fútbol ya está muerto y el post-fútbol es aún peor que su antecesor, quizás una vía posible está mirando hacia el lado. Las mujeres comenzaron a practicar el fútbol casi al mismo tiempo que los hombres, pero rápidamente fueron censuradas y encuadradas a su labor social de madres y esposas. No faltaron los médicos que argumentaban sobre los riesgos de la práctica para la maternidad, así como los patrones que vieron el riesgo de que sus empleadas compartieran y se organizaran en sus tiempos libres. El argumento siempre fue una excusa para justificar que el balón era de ellos y no se los iban a quitar. La FIFA realizó su primer mundial femenino oficial en 1991, después de negarse por décadas a reconocer los equipos que ya se organizaban para jugar. Lo mismo ocurre con el desarrollo de las ligas femeninas, que parecen más una obligación a cumplir por los clubes que un verdadero deseo de desarrollar el deporte. En general, cada liga nacional tiene 2 o 3 equipos de nivel y el resto con suerte sobrepasa un nivel amateur (en el juego, pero sobre todo en las condiciones para las jugadoras), salvo la competición estadounidense, una peculiar excepción que pudo desarrollarse principalmente porque el soccer no es un deporte popular ni asociado a la masculinidad en ese país. En Chile, se hizo un mundial sub 17 femenino y después la selección casi queda descalificada de la FIFA a causa de la cantidad de tiempo sin jugar un partido oficial. Las jugadoras organizaron un partido, se volvió a jugar y competir junto con una ola feminista y una Copa América que puso a una futbolista en la portada de los diarios. Tan histórico como volátil, ya que un par de años después la decadencia del fútbol chileno también toca a su lado femenino, en la selección y en la liga que tiene partidos sin transmisión ni venta de entradas, que se juegan al mismo tiempo que la rama masculina, que claramente son vistos más como estorbo que como parte del club. Que quede claro: estas palabras no son para menospreciar al fútbol femenino profesional, sino más bien para ser claros y conscientes de que nunca ha sido realmente valorado por la FIFA y sus actores. Salvo algunos intentos por comercializarlo, no existe una verdadera intención de desarrollo del deporte. Pero más aún, ¿realmente queremos que el fútbol femenino siga el camino suicida de su hermano, junto a esa organización delincuencial?
Desde hace varios años que juego de manera amateur en equipos asociativos que defienden la idea de jugar fútbol de otro modo. De jugadores rebeldes y fútbol popular seguramente ya habíamos escuchado hablar, pero estos discursos pueden problematizar, por ejemplo, ¿la cultura de la hinchada y la naturalización de la violencia? ¿o que el icónico Maradona tenga acusaciones de abuso sexual y de menores?
La idea no es imaginar un fútbol impoluto o libre de contradicciones, pero quizás en esta mitad de la población que históricamente ha sido excluida de practicar este deporte puede imaginar un fútbol diferente, feminista, queer y revolucionario. Uno donde todas las personas a las que no se les ha permitido jugar, las mujeres y las disidencias, puedan entrar a la cancha y patear el balón sin importar su nivel, simplemente por el placer de jugar. En el mismo terreno compartimos aquellas que llevamos años jugando con las que nunca lo habían hecho, aunque los pases no se devuelvan y los goles se pierdan. Y eso puede ser profundamente revolucionario para aquellas que aprendimos históricamente que lo único importante era ganar. Y aprendemos a lidiar con nuestra frustración del momento, porque también está la alegría sincera de ver a tu compañera hacer su primer gol. El triunfo que implica obtener un lugar, un terreno para jugar cuando históricamente teníamos que quedarnos afuera. Ese territorio de libertad para correr y jugar cuando a tantas se les ha limitado la relación con el cuerpo a tenerlo en forma o utilizarlo como seducción.
Cuando la mirada patriarcal está lejos de un fútbol que no da dinero y que no es practicado por hombres, quizás ahí se abre un terreno a la imaginación para encontrar pistas de un heredero del fútbol de antaño que no sea el post-fútbol. Y donde también nos podamos hacer cargo de las contradicciones que siempre lo han acompañado. No se trata de idealizar estos espacios, pero puede que estas canchas llenas de libertad nos permitan pensar el juego con más posibilidades de las que tenemos bajo el yugo de una señora FIFA que no va a soltar su gallina de los huevos de oro. Es difícil imaginar un cambio desde adentro, especialmente cuando hay tanto dinero y poder en juego. Y esto también vale para el fútbol femenino. ¿Queremos realmente que se desarrolle para parecerse cada vez más al post-fútbol? ¿Será posible imaginar un fútbol profesional que no esté ligado a sus autoridades actuales?
Por supuesto que esto abre muchas preguntas y cuestionamientos cuyas respuestas estoy lejos de conocer. Como hincha, me encantaría poder seguir los partidos como espectadora y más aún, enamorarme de un equipo. ¿Pero cómo hacerlo cuando se cuestiona la idea misma de competición e incluso el resultado pasa a segundo plano? Hace poco participé en un encuentro (no torneo) donde todos los equipos jugaban entre sí, pero no había una tabla de resultados finales ni un ganador que recibiera el título de campeón. En su lugar había variados premios para los distintos equipos: el que hizo más goles y el que recibió menos, aquel que jugaba de manera más creativa, el que tenía la mejor hinchada y otras categorías por el estilo. Para muchos debe parecer absurdo y complejo salir de la lógica deportiva de la que fuimos formados, pero si le damos una vuelta, ¿realmente no podemos disfrutar del juego sin ello? ¿Y qué precio tiene?
En los equipos donde juego, cada día me encuentro con escenas que me conmueven o me hacen sentirme de nuevo conectada con el fútbol. Cada entrenamiento hacemos nuevos equipos antes de los partidos, para jugar con distintas personas y equilibrar el juego. Ahí me encuentro con Guillemette y Mimi, que tienen 58 y 65 años. Las dos se motivaron a jugar en estos espacios seguros, para aprender y volver a jugar y permitirse correr, caerse y hacer goles sin pensar en la edad que tienen. En el mismo equipo también hay chicas de veinte, treinta y cuarenta; chicos trans que se sienten más cómodos en nuestro equipo que jugando con hombres cisgénero; personas que nunca en su vida habían pateado una pelota y otras que llevaban años jugando en clubes inscritos en la federación. Jugamos todes juntes y más allá de la etiqueta “woke” que vendrá a la cabeza con estas imágenes, puedo dar fe de que lo pasamos muy bien jugando fútbol y de una manera que nos hace sentido. El fútbol ya está muerto y a quienes quedamos viudos nos vendría bien comenzar a buscar alternativas, a imaginar nuevas versiones que nos hagan felices nuevamente. Y si esa fiesta del fútbol que es el mundial ya no nos resuena, ¿por qué no armar nuestra propia fiesta?