GLITCH DEL REALISMO CHILENO
1
El realismo chileno es eminentemente bíblico. Da por verídico aquello que es pura fantasía, o por ficticio lo que es real.
Se basa en un antipositivismo improvisado. Predomina la razón menos frecuente antes que la lógica. Su propósito jamás fue verificar, sino especular: hacinar de fantasmas este estrecho pasillo o negar, de lleno, la realidad. La dictadura supo explotar esta característica de manera perversa. Pero se trata de un don.
Cuando Raúl Ruiz señalaba el fuera de campo como indicio de la agramaticalidad de la lengua chilena, en realidad se refería a los intentos de siglos por lograr la telepatía; en otras palabras, comunicarse sin utilizar la lengua.
La lengua chilena parece estar atravesada por el efecto McGurk: cualquier aliteración, homofonía o paronomasia empuja al equívoco. Pero el equívoco no es, como cabría suponer, una posición incómoda para el chileno. Es más, me atrevería a decir que se trata de su plenitud.
Este carácter lisérgico —no lo llamaría mágico, puesto que puede ser también desagradable— está constituido por una serie de malentendidos que fundaron nuestra patria y que jamás han llegado a resolverse. De ahí que su materia histórica sea el suspenso.
Este estado permanente de incertidumbre descompuso la lengua castellana del chileno. La alerta incesante hizo habituales las abreviaturas, el ahorro de sílabas, la elipsis en todas sus formas.
De querer sondear su origen, diría que se debe, en parte, a que se trata de un país sísmico. La amenaza latente no es sensible a los ojos, sino a los pies. La piel. La audición. En esa inestabilidad se nos enseñó a vivir, con la atención puesta en los rumores de la tierra.
La literatura universal, de alguna manera, ha orbitado la geografía chilena, acentuando esta consistencia onírica, al punto de que incluso en algunas partes del planeta se ha dicho que Chile no existe.
Das Erdbeben in Chili, de Heinrich von Kleist, convierte el terremoto de Santiago de 1647 en una tragedia metafísica. Moby-Dick, de Herman Melville, incorpora el litoral chileno a la cartografía mítica del Pacífico.
Robinson Crusoe es un caso particular no porque la novela de Daniel Defoe transcurra en Chile, sino porque terminó rebautizando una isla real: desde 1966, la antigua Masatierra lleva oficialmente el nombre de su protagonista.
Esto no es casual. De la fundación mítica de Chile se han escrito aberraciones del tipo de que un soldado español imaginó el país antes de que existiera, como si Chile no tuviese cuerpo, como si fuese el sueño de un conquistador o, peor aún, un país platónico.
No. La sustancia del realismo chileno es la incongruencia misma.
El padre del padre de la patria fue un padre ausente.
Celebramos el suicidio altruista de un capitán de la marina, y no la victoria militar propiamente tal.
No está penado por ley, como en otros países, el enaltecimiento de un genocida.
Se desató una revuelta callejera que condujo a un proceso constituyente que consolidó la misma constitución que, en apariencia, se quería cambiar.
Dos Hawker Hunter de la Fuerza Aérea de Chile bombardean con rockets el palacio de La Moneda, la sede de gobierno. En su interior hay algunas docenas de personas desarmadas y vestidas de oficina.
Lo que en apariencia parece puro sadismo oculta algo mucho más complejo: la capacidad de adoptar tantas narrativas —muchas de ellas aún inéditas— que jamás se logra determinar qué es específicamente lo chileno, puesto que no solo se contradicen entre ellas, sino también a sí mismas.
Un país bugueado.
2
El realismo chileno es mucho más oriental que europeo. Tiene más hermandad con China que con Italia o Portugal. Miramos al Pacífico. Nuestra epistemología está más cerca de la de un lacónico samurái japonés que, como pretende la historiografía occidental, de la de un soldado del antiguo Imperio romano.
Es eminentemente bíblico por esta misma razón. La figura de un Jesús contestatario, enfrentado al poder romano y castigado por ello, cala hondo en la manera de entender el cristianismo en territorio nacional. Su arquetipo es una especie de Cristo barroco, a medio camino entre el sacrificio y el disparate, que varios poetas han intentado caracterizar.
El aventurero ruso Nicolás Notovitch cuenta que durante sus viajes por la India, en 1887, supo por el relato de algunos lamas tibetanos que los llamados años «perdidos» de Jesús —básicamente toda su juventud— fueron en realidad un periodo de aprendizaje en Oriente, durante el cual habría estudiado las enseñanzas de Buda.
Como Jesús había aprendido de los bonzos a ralentizar sus latidos cardíacos hasta parecer muerto, los romanos lo creyeron como tal cuando lo bajaron de la cruz. Luego esperó tres días en su tumba para escapar, pero algunos devotos que la custodiaban se lo toparon. No lo podían creer. Tuvo, entonces, que inventarse la historia de la resurrección.
Si bien cabe la posibilidad de que lo fantástico acabe siendo una banalidad, lo interesante de este ejemplo es que también es posible su camino inverso. Y es este movimiento el que explica mejor la dinámica del realismo chileno: la sola posibilidad de que todo se convierta en un oxímoron maravilloso o macabro, o ambos a la vez.
Ahora, cómo ha sido metabolizada esta incongruencia y si ha sido posible vivir en ella puede entenderse, entre otras cosas, por el trastorno de antiguas supersticiones.
En una de las entradas del Libro de los Prodigios, escrito alrededor del siglo IV después de Cristo por Julio Obsecuente, se lee: “En Capua fue visto el sol durante la noche. En Formias fueron vistos dos soles durante el día. En Gabios llovió leche. En Caere nacieron un cerdo con manos y pies de hombre, y niños con cuatro pies y cuatro manos.”
Cualquier anomalía cósmica o biológica que alcanzara la categoría de prodigio en la antigua Roma era tratada con rigor burocrático, pues cada evento aberrante se relacionaba con una amenaza de los dioses. Se organizaban comités de expertos en cultos de origen demótico y extranjero que decidían la expiación específica que purificaría al pueblo. En casos extremos, se llegaba al sacrificio humano.
A esta anomalía la llamaban prodigium. Se aproxima al glitch en la medida en que señala una anomalía, pero no en su derivación expiatoria. En Chile no hay expiación tras un evento extraño. Todo lo contrario: se lo atesora.
El perro que habla.
La virgen en el cielo.
Los barcos fantasma.
Ovnis en el desierto.
Los eclipses antiguamente anunciaban desgracias. En Chile les cantan el himno nacional.
El estado lisérgico no es, como se pensaría, la excepción del realismo chileno. Se trata, de hecho, de su estado natural.
Lo verdaderamente extraño es que, de vez en cuando, Chile funcione normalmente.
Y ese es el glitch de su realismo: la norma.