Pasajero – Carcaj.cl
Pasajero

Foto: Nicolas Slachevsky

07 de agosto 2026

Pasajero

La noche anterior, después de unas machas a la parmesana y cuando los niños ya se habían ido a acostar, el matrimonio Cepeda discutió el asunto. Descartaron inmediatamente Santiago porque un pique como ese, teniendo una sucursal tan cerca, no tenía sentido. Le dieron más vuelta y decidieron que lo mejor, claro, era ir en auto, pero andar con uno como el suyo, en un lugar como ese, era mucho riesgo. Mariana se ofreció a llevarlo, aunque, ¿qué pasaría si no encontraban dónde estacionar o si el trámite se demoraba más de la cuenta? Tampoco era ideal dejarla a ella y a los niños sin poder moverse a ninguna parte. Jorge se terminó el vino que le quedaba, chistó y volvió a preguntarse dónde se le podría haber perdido la cuestión. 

A la mañana siguiente, con una taza de café, repasaron el trayecto. Prometieron devolverle los cinco mil a la Margarita esa misma tarde y la Mariana lo acercó. Le puso la mano sobre el muslo para que él dejara de agitarlo y se dieron un beso. Jorge se bajó, se puso en una esquina del paradero y como quién no quiere la cosa, esperó la liebre.

Cuando la máquina apareció a la distancia, lo hizo haciendo rugir la suspensión hidráulica. Ya habiéndolo repasado todo en su mente, Jorge esperó que se pusiera a cierta distancia, salió del paradero y levantó el índice al aire. Una vez la liebre se detuvo frente a él, subió el par de peldaños para llegar a la cabina, le preguntó al conductor cuánto salía hasta San Antonio, esperó el vuelto y avanzó. Y su idea era acomodarse en los primeros asientos, pero la fuerza de la acelerada fue tal, que lo terminó empujando hacia el fondo. Jorge suspiró y mirando alrededor, se lamentó no haber traído una de sus novelas históricas consigo.

Desde su temprana adolescencia que Jorge no usaba nada relacionado al transporte público. Su padre, Genaro Cepeda, le había regalado un auto al cumplir los veinte y desde ese día que se movió en él para todas partes. Por supuesto, apenas pudo, lo cambió por un Todoterreno, y cuando se casó con la Mariana compró el BMW, pero siempre en auto. Excepto la vez en que el Claudio Jara lo convenció de irse en bus a Playa la Virgen siguiendo a las Arriagada. Y pensando en qué sería del “Loco” Jara es que se dio cuenta de algo. De una distribución lógica de los asientos. De que al frente iban los viejos y los que se bajaban en uno o dos paraderos más, y atrás, los jóvenes y los más “callejeros”. En una de las tantas paradas del Quisco, Jorge aprovechó para cambiarse al medio. 

Sintiéndose algo más cómodo, se puso a mirar por la ventana. Vio el Pacífico brillar a la distancia, a los veraneantes en trajes de baño y, a pesar de que se estaba empezando a nublar, encontró que la playa de Punta de Tralca no tenía nada que envidiarle a la de Algarrobo. Se sorprendió al descubrir que, contrario a lo que los Castillo decían, Isla Negra era un lugar muy agradable y se prometió llevar a la familia antes de que se acabaran las vacaciones. 

A la altura del Tabo la liebre seguía vacía, pero en Las Cruces se empezó a llenar. A Jorge se le sentó un viejo al lado. Por su barba blanca, le recordó al tío Juan Antonio, aunque cuando se puso a hablar a todo volumen sobre portales intergalácticos, no pudo evitar compararlo con el primo Rony. Al pasar por Cartagena vio a lo que se refería la gente con que solo quedaban las osamentas de lo que alguna vez fue el balneario más exclusivo de la región.

El conductor gritó que habían llegado al puerto y Jorge bajó de la máquina. Al ser cliente exclusivo, el trámite en el banco fue de lo más expedito y en menos de un cuarto de hora, su nueva tarjeta estaba lista. No sin algo de dificultad al tratar de acordarse de la fecha exacta de su matrimonio, respondió las tres preguntas secretas y la activó. Con un firme palmotazo en el hombro se despidió del guardia de seguridad y salió de la sucursal. 

Afuera se había nublado. Jorge ubicó la liebre que lo llevaría de vuelta y se subió. Le pasó dos mil pesos al conductor y se quedó esperando el vuelto. “¿Qué?”, le dijo el conductor mirándolo. “Avanza, pues, hombre”, agregó. “¿Pero… me falta mi vuelto?”, respondió Jorge. “¿Qué vuelto si son dos lucas a Algarrobo?”. “¿Cómo van a ser dos de vuelta si me cobraron mil quinientos de ida?” “Bueno, de vuelta son dos mil. Y ya, avanza que me estái haciendo fila”. Jorge miró y decidió dejar el asunto hasta ahí, pero cuando vio a un hombre decir que iba al mismo destino y que le daban su vuelto íntegro, se paró. “Señor, disculpe, pero usted, por alguna razón me está cobrando, a mí, quinientos pesos más por el pasaje y eso no corresponde. No quiero ser majadero, pero le voy a tener que pedir que me dé mi vuelto”. El conductor lo miró fijo y le dijo que se fuera a sentar o que se bajara de su liebre. “Ah, ¿no te vay a mover?”, dijo el conductor agarrando una luma que tenía en un costado. “¿No te vay a mover?”.

Cuando el conductor levantó la luma al aire, Jorge solo atinó a cerrar los ojos. Y la voz que primero sintió como un murmullo, ahora la escuchó con total claridad: “Te dije que le devolvierai sus monedas al loco ¿o no me escuchaste acaso?”, repitió la voz. Jorge abrió los ojos y buscó de dónde podían venir aquellas palabras que lo socorrían. Buscó en los primeros asientos, pero solo vio a un par de señoras pidiendo calma. Buscó al medio, pero solo había gente grabando con su teléfono. Cuando por fin miró hacia el fondo, por allá por el último asiento de la liebre, es cuando lo vio. Era una figura larga y delgada. Usaba unos jeans apretados, un polerón de marca e impecables zapatillas blancas. Jorge lo miró bien y lo encontró gracioso, pero no pudo evitar pensar —por el hecho de que la visera del gorro que usaba el hombre le cubría el rostro— en sus lecturas de verano. En los vaqueros forajidos del lejano oeste, en los piratas bucaneros del mar caribe, en los samuráis rōnin del periodo feudal. El conductor de la liebre bajó su arma, tomó un puñado de monedas y las entregó. 

Jorge rogó que el joven se diera vuelta y lo mirara para poder darle las gracias, pero este se bajó y nunca miró para atrás. Lo vio meterse al parque de diversiones del Quisco y desaparecer detrás del tagadá. Cuando Jorge se bajó en su paradero, la Mariana ya lo estaba esperando. Se acomodó en el asiento del copiloto, prendió el aire acondicionado y le preguntó si acaso se acordaba del “loco” Jara. Ella le dijo que “sí, ¿por?”. Y él contestó que por nada. Ella le dijo que debería invitarlo a pasar un fin de semana con ellos y él le dijo que “sí, quizás”. Los niños votaron por ir a almorzar a Los Patitos y partieron.

Matías Villa Prieto

(1991) Es escritor chileno. Ha publicado relatos en diversas revistas literarias (Montaje, Hoja de Babel, Abismo) y su cuento El traquetear de los 120 huesos de Ruperto Pedro obtuvo el primer lugar en el I Concurso Literario de la revista Sismo Trapisonda. Es autor del libro de relatos La Biblia de los Dos Pequeños Traviesos (Forja, 2026).

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