Samar o el punto de fuga  – Carcaj.cl
Samar o el punto de fuga 

Ilustración: Toulouse Lautrec - Dos mujeres (intervenida)

07 de agosto 2026

Samar o el punto de fuga 

A La Maga y a mis estudiantes del sábado a mediodía. 

 — ¿Y quiénes son los dos de esa foto? –preguntó la hija del inquilino. 

***

Al otro extremo de la ciudad, cuando el día despedía los últimos rayos de luz, la hostilidad del mundo no podía con la ternura. Cuando los árboles mudaron sus hojas, Julián conoció a Samar. Los que alguna vez les conocieron contaban entrañables historias de aquellos amantes, aunque nadie se atrevía a hablar sobre la noche de su separación. Pero todos concordaban en que esa pareja definía la mirada del deseo mejor que cualquier glosario. Samar era una pitonisa que captaba clientela en la bohemia avenida Jacarandá. Ella no era de por ahí, era indocumentada, venía del otro lado del océano. A Julián le habían advertido de ella antes de irse a la metrópoli: “es una loca que lee la mano y esas cosas”, pero nunca hizo mucho caso a los rumores, así que ahí figuraba él, con monos y petacas en las fauces de un mundo hambriento, buscando la casona de Don Hugo. Venía de un pueblito de región a la capital, porque había encontrado trabajo en una barraca y la paga no era mala. Samar se acercó de inmediato a la presa, aunque –para este punto– ¡quién era el gato y quién el ratón! “¿Quiere que le vea la suerte, caballero?” preguntó ella con una voz de dama sofisticada. “No, gracias, no creo en esas cosas”, respondió él mirando a otro lado. Ofendida, le escupió unos insultos en romané que Julián no fue capaz de entender, aunque notó la rabia. Con todo, azuzada por el instinto, Samar le tomó la mano a la fuerza, pero al inquirir en esas líneas vitales, sus pupilas se dilataron al máximo, absorta por una visión singular, como si en aquella palma se viera a sí misma. Él le advirtió que no quería saber su destino, así que si había visto cómo moría que no se lo dijera, porque tenía “corazón de pollo”. Esto la hizo estallar de risa, y llegó a asustar a otras víctimas que esperaban las señales de su sortilegio. “Señorita, usted me disculpará pero tengo que llegar a la…”, “residencia de Don Hugo, lo sé”, terminó ella. “¿Y cómo supo?” preguntó Julián. “Cinco mil para decirle el cómo y darle un tour por la ciudad”, respondió. Julián estaba por negar rotundamente al ofrecimiento de la muchacha. Era una señorita más o menos de su edad –con prendas largas, anchas y oscuras–, aunque había algo en su rostro que la hacía ver más madura. Su tía una vez le contó que eso ocurría por las penas que pasa la gente, que deja rasguños longevos en lugares donde solía despuntar la juventud. Y ese dejo de misterio en su sonrisa o, quizá, su mirada franca hizo tambalear la primera determinación del muchacho. Viendo el silencio que envolvía la duda, ella se presentó: “Me llamo Samar”, estrechándole la mano. 

Eran tiempos peligrosos para los indocumentados, porque el gobierno deportaba familias enteras, semana a semana. Los matinales hacían toda una programación mostrando la fila de deportados; algunos, semidesnudos, otros, a maltraer o ensangrentados, por salir con lo puesto y por la brutalidad de los militares. De día, los conscriptos ocupaban las calles para poner orden y llevarse a cualquier sospechoso de ser delincuente o indocumentado, que en su diccionario de quince palabras eran la misma cosa. Con la metrópoli como una cárcel, un panóptico, la gente sudaba del puro miedo, el pánico a ese uniforme del deber; una capa de humedad fría les acompañaba durante la jornada hasta llegado el ocaso. El último cambio de guardia se llevaba más militares de los que quedaban, por ello, en la noche solo había una pequeña patrulla que recorría las calles. Así nacieron una docena de clubes nocturnos, con una concurrencia numerosa. La gente esperaba con ansias el ocultamiento del sol, para quitarse los miedos y disfrutar de la libertad, de una pequeña libertad.

***

Samar lo acompañó a dejar sus cosas donde Don Hugo; ya estaba por anochecer. Recorrieron el bulevar a tiempo para ver de lejos el cambio de guardia. Jacarandá se bañaba del rojizo ocaso del día, anunciando el carnaval clandestino de las ocho, para luego dar paso a los clubes donde la fiesta continuaba. Las tiendas, ya listas, mostraban una variedad de comercios en los que no había banderas, ni acentos ni modos únicos. La gente pasaba en susurros el aviso del festival. Algunas veces, no alcanzaban a armar las tiendas, porque el sonido de la sirena los hacía dejar sobre la misma el lugar. Pero pocas veces sucedía eso. Los músicos se turnaban la calle; el público encendido bailaba lo que tocaran, naturalmente: tango, salsa, cueca, andino y otros, pues esa era la hora de nacer.

La casona de Don Hugo era una pensión de medio pelo y una fortaleza para los y las que trabajaban en el Club Penares, a unas seis cuadras de distancia desde ahí. El Penares era uno de los tres clubes de transformistas de la avenida; “la diversión no tiene límites” era su lema. Cuando la guardia nocturna sonaba la alarma del toque de queda de las 3 AM –hora exacta en la que se acababa la libertad en el bulevar–, Don Hugo esperaba con la puerta abierta y un mate caliente a todas las chicas que venían a medio desmaquillar o con sus bolsos en las manos, antes de que el lumazo de la noche se las llevara para siempre. Las recibía diciendo: “¡Tan desabrigadas que vienen ustedes, niñas por Dios!”. Samar también trabajaba ahí en calidad de vidente, tenía un espectáculo de varieté donde, en medio de la sensualidad deLe Désir Sauvage –como se hacía llamar el show de las chicas–, las potencias oscuras inspiraban a la gente con razones para seguir esperando un mejor porvenir. Hacía contacto con familiares muertos, veía el futuro en una bola de cristal, en las cartas, en las manos o en la borra de una taza de café amargo. Era tan buena en lo que hacía que dejaba a los clientes con el espíritu quebradizo, dispuestos a recibir el amor servil de las chicas del Penares. Don Hugo las cuidaba porque las entendía, al igual que ellas, también fue un indocumentado. Se tardó una década en poner en regla sus papeles y todavía le faltaba otra vida para que los vecinos más cerrados le brindaran una mirada de igual a igual. Las chicas lo querían mucho, igual Samar y, más tarde, igual Julián. El Huguito tenía un par de piezas de más, donde a veces los muchachos, luego de cambiarse, pasaban días enteros sin ningún cargo adicional, todo corría por cuenta de la casa. Huguito mismo picaba la leña, les cocinaba y calentaba la tetera para compartir unos mates amargos; mirando la teleserie de la noche, porque odiaban los matinales. 

Aquella tarde, Samar llevó a Julián por las sombras de la ciudad, escabulléndose a través de los puntos ciegos de los conscriptos, arriesgando su propio pellejo. Cada lugar apuntaba una historia que ella sabía de memoria. La franqueza de sus ademanes, sus relatos llenos de pormenores que parecían contados por la leyenda viviente y el cuestionable precio de aquel tour, hicieron que Julián levantara las alertas, no porque ella representara un peligro –que sí–, sino por el asomo de un bichito luminoso que le zapateaba el corazón. Samar también lo percibía, pero disimulaba muy bien. Avanzada la velada, advirtiendo la curiosidad de Julián, la muchacha le contó lo que vio en su mano:  

– Oye, no te preocupes. Vi un espejo, un espejo roto. Algo vago, pero nada grave –espetó con voz trémula. 

Él no quiso preguntar más, y en una suerte de justicia al equilibrio, le reclamó: 

–También merezco saber algo de ti; tu viste en mi interior. 

Samar guardó silencio. Fingió dudar, fingió pensar si responderle mientras se sentaba. Y en una banca, frente a una catedral desamparada, la muchacha confesó su historia de sentidas andanzas. Él la escuchaba convencido de que esas confianzas –esa imantación instintiva en el diálogo– no se tienen con alguien a la primera de cambios. Ella narraba su odisea, donde el “hambre” era el motivo consistente de la partida de su patria; que no podían vivir así, que junto a sus padres huyeron a pie, a camello, como polizones en un barco mercante y que, por el maldito destino, ellos no alcanzaron a pisar aquel país en vida. Esto la hizo contener un nudo en la garganta. Que había aprendido las artes místicas de su abuela, y que así se las había tenido que emplumar sola, en la calle y en tugurios varios. Mientras tanto, Julián no podía encontrar la razón de que ella le resultara tan familiar. En aquella escena, los objetos parecían cristalizarse en su pasado, como si…, aunque sonara ridículo confesarlo, en alguna de sus quimeras o, tal vez, en el zurco vital de sus manos, ese momento hubiese estado sentenciado a repetirse. Si bien no era religioso, en aquella ocasión creyó que una fuerza superior unió su rumbo al de Samar, a través de las edades o de la consciencia.

Aquella noche, él soñó con ella, era una visión casi lúcida. Soñó que era un esclavo y ella una princesa del oriente que, al pasar junto al pilón de la ciudadela, dejaron tropezar sus miradas embelesadas entre la distancia. Despertó afiebrado, sudado de manos y muslos. No quiso contarle, aunque ella siempre sabía más de lo que decía, eso lo descubrió en su segunda noche en la ciudad, en la que Samar le dio el primer beso. Había terminado su espectáculo, los clientes pasaban a los cuartos privados, eran las 1:30AM, las mesas quedaban vacías y de fondo se oía el hilo de un valsecito triste, apocado por los gemidos de los clientes y de las chicas a contratiempo. Julián había ido para verles actuar, no obstante, en el fondo estaba por la curiosidad que le producía aquella vidente. Al verle, Samar le pidió que para estar empatados le contara su historia, ya que estaban solos. El dilema era que Julián no sabía hablar de él; no hablaba mucho con sus padres, de hecho, en su casa las comidas se hacían en total silencio, al tiempo que el único amigo que había hecho, aparte de los imaginarios, era Miguel, que cumplida la mayoría de edad se mandó a cambiar del pueblo sin dejar rastros. Ahí figuraba Julián largando su historia como carrete de un volantín, sorprendido de sí mismo. Confesó que se había ido del pueblo para probar nuevos aires, que tampoco conocía el amor romántico, aparte de la primera chica a la que besó cuando era un niño, por la paga de una penitencia.

–La verdad es que no había hablado tanto con una mujer, salvo la tarde anterior –soltó–, es como si te conociera desde siempre. 

Cuando dijo eso, se puso rojo y quiso irse, porque no le gustaba sentirse así, tan raro, tan pequeño. Pero Samar lo retuvo, le tomó las manos con una delicadeza angelical, ya no para ver su destino, sino para ser parte de él, y le besó la mejilla rozando la esquina de su boca. Ambos se miraron fijamente a los ojos hasta dilatar el tiempo, hasta ver(se) dentro de ellos el atisbo de un gran cristal, trizado de punta a cabo. Horas más tarde, entrelazados tras la locura de la pasión, Samar apresuraría a revelarle: “te doy un misterio que ni yo soy capaz de entender, un enigma indescifrable”. Entonces, obedientes al eros, se acercaron hasta hundirse en un beso largo que encendió en ambos el frenesí de vidas transidas, encaminándolos al cuarto vacío más próximo del Penares. Aquel ritual de ternura humana se repetiría noche a noche; aquellos desvelos formarían la rutina del bienquerer, porque desde esa hora marcada, para Julián, Samar sería otra forma de llamar al amor. En aquel crepúsculo, se entregaron el uno al otro soltando los terrores de fuera, las máscaras y los disfraces de dentro. Desnudos, abrazados, los sollozos de dicha les regalaron un descanso sin pesadillas, por primera vez en su deriva. Sin embargo, en aquel cuarto claroscuro, algo inquietaba a Julián. Miraba al techo repitiendo en su cabeza una única cosa: «[…]te daré un enigma indescifrable». 

***

El Penares partió siendo un galpón de depósito de licor y armas en la década de los ochenta. Luego se transformó en un bar de militares, donde los subalternos iban a quitarse las penas de muertes repentinas y amores no correspondidos. Sin embargo, su última faceta estaba por llegar, y sería la expresión de la ironía que sellaría el local hasta su posteridad. Bajo la impensada venia del gobierno, se convertiría en un prostíbulo, un santuario del placer en tiempos críticos. El que entonces había sido el lugar favorito de los oficiales, se volvería el centro de lo que ellos detestaban. Leales a sus ideales conservadores, esquivaban patrullar esa dirección del Jacarandá, para no contagiarse de la “perdición humana”. De esta suerte, y por varios lustros, El Penares había sobrevivido con la contribución artística de inmigrantes: cantantes, bailarinas y artistas eróticas. Pero desde hace tres años el gobierno de turno hizo un gran cambio a las leyes migratorias, iniciando una verdadera “cacería” de indocumentados. Así, antes de cada jornada, las chicas se encomendaban a Santa Afra que, según Samar, fue una prostituta convertida en mártir por la iglesia católica; esto les daba cierta tranquilidad a las diecisiete que componían el elenco del Penares. Si bien llevaban un par de años tramitando sus papeles, por el momento debían portar documentos falsos para despistar a “la migra”, por ende, solo salían al exterior para lo justo y necesario. Realmente, sus vidas iniciaban en el ocultamiento del sol, como los murciélagos y las gárgolas. Solían ser veinte, pero en dos episodios aislados, en el retorno a sus casas perdieron a tres hermanas en lo que desde ese día llamaron “el lumazo de la noche”, un evento que nunca fueron capaces de contar con claridad. Rita, Yuliana y Sarita, así se “llamaban” las desaparecidas. 

Años atrás, las chicas corrían un altísimo riesgo al salir del club, hasta que conocieron a Huguito. Fue una “casualidad” nocturna. Huguito salía de un quitapenas del pasaje, donde fue a borrarse la nostalgia de su vieja patria. Iba zigzagueando por la misma ruta que las señoritas del Penares. Estas, al ver al pobre que no podía ni con él mismo, siguieron su ruta, llevándolo en andas. Días más tarde, en agradecimiento, Huguito las buscó, y algo recordaba del acento foráneo en el que murmuraban las chicas en su borrachera. Así, les ofreció su casona como segunda casa, pero ellas se negaron. “Entonces como refugio”, dijo él, con una seguridad e insistencia que a las señoritas no les quedó más remedio que aceptar. ¡Quién iba a pensar que luego las defendería ante las preguntas de la policía tocando a su puerta! Que si conocía a un tal Pierre, que si conocía a un tal Jeferson. Él negaba con la cabeza, aunque asentía con el corazón, y se mostraba confundido ante tanta pregunta de nombres que, “según”, no había escuchado en toda su vida. Por su parte, las chicas eran cautelosas y profesionales, nunca hablaban o mostraban de más; en cada ocasión de salir, borraban sus huellas. Además, trabajaban por una comprometida vocación artística y social: buscaban entregar un espectáculo que hiciera olvidar el temor a las calles. Y lo lograban con creces. Sin embargo, hacía semanas esas calles, iguales una de la otra, se sentían diferentes; algo había entrado en la atmósfera. No era el sudor ni algo raro en el pavimento. Posiblemente, era una arritmia en las palpitaciones de la gente, o un cambio de dirección en las ráfagas del viento invernal. De una cosa no había duda: algo pasaba. 

Era finales de invierno, y la casona de Don Hugo más que un refugio adquiría las propiedades de un hogar. Familia numerosa, un calor diferente, bromas entre hermanos, los retos del Huguito, sobremesas interminables de un comedor lleno de personas. Tan solo habían pasado tres meses, pero para Julián aquellos refugiados se convirtieron en una verdadera familia. Lo entendió la semana que llegó; pudo conocer la “otra vida” de las chicas. A la mañana siguiente de su llegada, la que en las noches anteriores se presentaba como María –la mayor de todas las señoritas del Penares–, cambió su voz y presencia: “mi nombre es Jeferson”, le dijo. Desayunaron y rieron juntos aquel día. “La Jefi” le contó su historia; otra huida. Una mafia llanera todavía afilaba el cuchillo que cortaría su cuello, en represalia por causa de espionaje. Jeferson había escapado por una sentencia de muerte. Trabajaba en un club muy peligroso de la capital de su país, y se le ocurrió delatar, no a un miembro, sino a la banda criminal completa. Llegando acá esperaba hacer una vida tranquila, pero “la muerte me sigue” decía, sin mover un músculo, como si fuera algo normal. 

–Pa’ mi está difícil la cosa afuera, chamo –decía–. La muerte es inevitable; como el riesgo que tiene morir. Por eso hay que vivir, ¿oíste? Vivir a concho, como dicen ustedes. 

Pero para Julián era incompatible la vida sin paz, o la alegría en medio del peligro. Cada uno de los refugiados tenía un testimonio de que eso sí era posible. Casi no la cuentan, pero vivieron para hacerlo, y ahí estaban, demostrándolo en cada show del Penares

***

Llegó el invierno. Samar y Julián se amaban con delirio, besaban sus cuerpos y también sus sombras confundidas con sus cuerpos en la penumbra. Quizás, una vehemencia causada por los gestos premonitorios de sus circunstancias. Sus cercanos les miraban con pena, porque se daban cuenta del riesgo de su relación. La idea de “aquellos dos” era una pendencia política y moral, porque era un enlace imposible para ese tipo de mundo, sin embargo, a ellos poco les importaba. Se salvaron muchas veces, estando a punto de ser descubiertos afuera, pero la buenaventura estuvo con ellos. Su problema era no poder controlarse. Se amaban como niños, sin responsabilidades, sin gente a la que darle cuentas, sin medidas del tiempo. Eran víctimas del hado que los hizo juntarse un día. 

– ¿Por qué nunca volviste a tu país? –le preguntó Julián una vez. 

El cuarto de Samar era un museo de la nostalgia: guardaba fotos, piedras, juguetes, tierra, pedazos de cabellos, cosas que sus padres le regalaron antes de morir para que no les olvidara. Ella decía que no había razones para volver. “Uno vuelve cuando alguien lo espera” sentenció. Y Julián le halló razón en ello. “La patria y el hogar parecen ser lo mismo, entonces” le dijo.

– Pero no cualquier persona hace un hogar –corrigió ella–. No cualquiera es mi patria. 

– ¿Y yo? –preguntó sin pensar Julián, arrepintiéndose al momento. 

Pero Samar no esquivó la pregunta: 

– Tu eres la patria donde emigro cada noche – dijo Samar. 

Julián pensó que esa era la declaración más bella dicha nunca. «Ser su patria». No necesitaba abogado ni poder notarial ni sangre de la realeza; Él era su patria y Ella era la de él. No había nada más después de eso. Una cámara instantánea aguardaba en el velador de Samar. Para sellar ese pacto, Ella tomó un par de fotos de los dos –haciendo caras graciosas –, para inmortalizar el momento. Ambos quedaron con una. De hecho, desde ese día Samar la llevaría consigo como un amuleto de la suerte. 

***

1:05AM. 

Le Désir Sauvage estaba en el culmen de su acto. A seis cuadras de ahí, Don Hugo picaba leña. Frente al escenario, Samar y Julián figuraban entre el público, tomados de la mano en el mismo asiento de confidencias en el que se besaron por primera vez. Ella estaba un poco distraída. Entretanto, Huguito calentaba la tetera para esperar a las chicas después del show; afuera las calles no decían mucho, salvo un perro que ladraba soltando gemidos desgarradores. Las chicas hacían muestra de su desplante sobre el escenario, y Julián miraba todo en cámara lenta: aquellas noches imposibles que desde su pequeña casa de pueblo no habría soñado jamás. En eso, una bulla de sirenas policiales retumbó en los recovecos del bulevar hasta llegar a la puerta del club, obligando a apagar la música, a detener el show. Las manecillas del reloj de la entrada postergaron su marcha. Primero, todo se convirtió en silencio, nadie movía un solo músculo. Julián miraba la puerta esperando una señal del otro lado. Luego, el comandante en jefe habló por el altavoz. Su demanda era directa: “Lamentamos arruinar su noche. ¡Queremos a todos los ilegales afuera, ahora!”. Su voz recia y plana mostraba una ausencia de toda sensibilidad humana. «¡¿Qué estaba pasando?!». En el Penares, las chicas sollozaban, temblaban, pues sabían lo que sucedía cuando la noche se llevaba a una de ellas. Samar agarró fuerte la mano de Julián, dejando sentir en ello su corazón resignado. Julián, en cambio, traía la otra mano empuñada, los músculos de sus mejillas estaban tensos, miraba a los de la barra buscando alguna señal para iniciar la ofensiva. De nuevo sonó el altavoz: “¡Si no se entregan ahora, vamos a entrar sin medir fuerzas!”, soltó mecánicamente. «¡Estaba pasando!». Ahí fue cuando emergió el olor, ese pánico colectivo anegaba cada rincón del club; tenían dos opciones. Para ejercer presión, el comandante fingió una cuenta regresiva. Algunas de las chicas, las más adultas –María entre ellas–, salieron por su propia voluntad, con la frente y manos en alto; por el contrario, las más jóvenes improvisaron una huida por las ventanas del local, sin embargo, lo que se escuchó momentos más tarde fue una descarga de disparos que acrecentó el aroma de espanto. Para Huguito, la escena se oyó como un portazo que lo despertó de su siesta, y ni advirtió que en el camino hasta su casa la policía abría fuego sobre seis chicas, pero así actuaba el lumazo de la noche. El comandante oía las bajas por la radio: “¡fueron seis, señor!”, mientras contaba a las que iban saliendo. Reunieron a diecisiete en el camión policial. Los ánimos dentro del club continuaban conmocionados, hasta que un grito final los sacó del estupor: 

– ¡Falta una! –gritó el comandante–. La vidente… eh… la maga esa. 

Julián se paró con furia, se disponía a enfrentar aquella tropelía, pero la misma Samar lo retuvo. Y como quienes dialogan mirándose, en los subtítulos del silencio, lamentaban que “así no terminaba ese cuento”. Julián la abrazó fuerte, y en sus brazos se hizo tan ligera como el aire, como atrapar la niebla de la mañana. Y aquel beso mojado de lágrimas amargas podría haber durado otros segundos más, de no ser por los brazos de un militar que la sacó a empellones. Desde el umbral se dedicaron una última mirada y nada más. Nada. 

Se supo luego que una de las chicas escapó de la policía en una estación de servicio. Para cuando uno de los novatos escoltas se dio cuenta del error, le mintió a sus superiores diciendo que “una puta había intentado huir, pero que la había matado y enterrado”, hecho que fue celebrado por el buen cumplimiento de su deber. Si había algo que tenían las chicas del Penares, además de aquel goce del instante, era la confianza en la suerte. En el provecho de intentar esa vida peligrosa que llevaban, esperando una oportunidad de zafar de los enredos. En eso confió la que fue dada por muerta, burlando a la “justicia”.  

Los días siguientes fueron como los que siguen al luto: lentos y dolorosos. El Penares fue clausurado por la pérdida de casi todo el personal. Una redada a las casas se llevó al resto. Faltaba un mes para la primavera. Julián trabajaba mucho, tomaba siempre horas extra, y en los ratos libres –que eran pocos– compartía con Huguito, que luego de la noticia del fusilamiento se sintió tan culpable que entró en una profunda depresión. Ya no escuchaba la radio, tampoco veía la tele, se dormía temprano y se levantaba tarde. Cambiaron el mate por el ron. Eran dos hombres solitarios en aquella casona, o eso debían decir. Para Julián, cada pieza del bulevar le llevaba a Samar, aunque solo habían sido cuatro meses. Una mañana se supo por la televisión que lo sucedido en Jacarandá fue una operación del Centro Nacional de Inteligencia. Los tenían estudiados: nombres, historial, conexiones, itinerarios. Lo habían planificado por meses, y la misma suerte siguió a otros clubes de la zona, días más tarde. Como si estuviera escrito; simplemente, tenía que suceder. Las cartas estaban echadas sobre el asunto. Cuando Hugo y Julián consultaban por las chicas, la policía se convertía en un testigo amenazado; se negaban a hablar o a dar detalles, lo único que decían era que habían deportado a todos los detenidos aquella noche. Julián sintonizaba los matinales, por si lograba verlas otra vez, pero no había caso, habían desaparecido, Ella había desaparecido. 

Meses después, una serie de rumores cruzados llegaron a Jacarandá: que Julián se había matado, que se fue del país, que lo agarró el Centro de Inteligencia; en fin, uno más extremo que otro. Lo único que se confirmó fue que no pudo soportar al fantasma que le seguía por la ciudad. Previo a esfumarse, vagaba –esa es la mejor palabra para definir lo que hacía– como un alma en pena, aunque pasó semanas realmente graves en que deliraba. Daba tumbos rodeando el bulevar, y repetía ese rito cinco veces al día. Esperaba el crepúsculo para hablar con la luna, pero pensando en Ella; la invitaba a sentarse a su lado, a regresar. La gente lo tomaba por loco. Fue cuando su madre, enterada de su estado, le pagó los boletos para que volviese al pueblo, para cuidarlo.

El resto de la leyenda sigue difuso. Nunca más se supo del Penares, ni de las chicas, ni de Samar. Con mucha pena, Julián tuvo que dejar a Huguito. Por fuera decía que iba a regresar, pero en su corazón estaba determinado a no volver. Fue hasta la terminal. De camino se topó a una joven pareja reposando en la hierba, tomados de la mano. Se había ido temprano para demorar sus pasos, en la ruta del romance crepuscular. Parado en el andén llamó a su madre: 

–No se preocupe, mamita –dijo–, ya estoy por salir. 

Esperaba con la mirada perdida, pensando que la vida, tal como la conocía –de alguna manera–, había terminado. De pronto, alzó sus ojos. Frente a él, se posaba una antropofanía: la misma pareja vista en la hierba se despedía en el andén número cinco. Sus pupilas se dilataron. Creyó verse. Creyó ver en ellos: el destello de un espejismo roto. Y, finalmente, entendió. Entendió que esas tardes sin fin en el Penares –en esos cuatro meses que se sintieron como cuatro noches– fueron más que un enigma, habían sido un regalo, una promesa cumplida. Un recuerdo que, llegada la claridad matutina, se confunde como el sueño; personas que toman la figura de leyendas pasadas, y amores imaginarios que ¡quién sabe si lograron alguna vez concretarse! La memoria es frágil.

Emil LaRoch

Seudónimo de Evans Valenzuela Vásquez (Talca, Chile, 29 de abril de 1999), es profesor de Lengua y Literatura que, en sus ratos libres, escribe poesía y cuentos. Su formación académica se vincula al estudio de la literatura española y latinoamericana. Es máster en Estudios Avanzados de Literatura Española y Latinoamericana por la Universidad Internacional de La Rioja, España (2025). Actualmente trabaja en su primer poemario, Espejismo roto, y en una colección de cuentos cuyo título aún es reservado. Instagram: @emillaroch

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