Retorno a la vida – Carcaj.cl
Retorno a la vida
04 de agosto 2026

Retorno a la vida

Prólogo del libro Reporte de una insurrección, de Evade Chile.

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A los y las insurgentes de Chile y del mundo, ¡hola y gracias!

Nos enfrentamos a una elección que compromete tanto nuestra existencia individual como nuestro destino colectivo. Una vasta empresa de destrucción de la vida transforma en ganancia todo lo que toca. Los cantos de los pájaros se silencian ahí donde el pensamiento y la naturaleza son cubiertos de cemento. El torbellino del dinero enloquecido gira sobre sí mismo. Programa su propia desaparición rentabilizando su muerte y arrastrándonos a su debacle. Porque el envenenamiento de los alimentos por la industria agroalimentaria, las industrias contaminantes que perturban el clima, el cínico anuncio de pandemias y de catástrofes que se denominarán como «naturales» nos preparan para nuestra muerte prematura y la del planeta.

Para defender la vida y lo vivo, no hay grandes ni pequeños combates. La calidad de la conciencia insurreccional de unos cuantos es más importante que la gran mayoría que marcha proclamando su desesperación e impotencia.

No solo estamos en el corazón de un conflicto donde todo se juega en el presente. Somos el corazón.

Tengo confianza en la creatividad de los individuos autónomos porque esta emana de lo vivo en perpetuo renacimiento. Gracias por ser-aquí y jamás renunciar.

Raoul Vaneigem. 24 de mayo de 2022.


I. La vida no es un objeto

No hemos aprendido más que a morir, ha llegado el momento de aprender a vivir. Estamos en el punto de ruptura de dos civilizaciones. El viejo mundo se derrumba y tarda en desaparecer, el nuevo emerge y tarda en establecerse.

La onda de choque que agita el planeta sacude nuestra existencia. Revela su raíz. Ninguna ideología tiene en adelante el poder de ocultarla. La roca de las verdades antiguas estalla en pedazos.

Renunciar a vivir para evitar morir. Ningún pasado ha obtenido el consentimiento de las masas para una absurdidad tan desconcertante. Ninguna época, hasta este punto, se ha dejado idiotizar tan amistosamente.

Pero por mucho que el Estado y las multinacionales esparzan las inmundicias del miedo, de la resignación, de la renuncia, del sacrificio, de la delación, llega un momento en que todo se tambalea, todo da un vuelco porque la vida se recupera y vuelve a apropiarse de sus derechos. Estamos en el corazón de ese momento. Más exactamente, somos el corazón.

Sin duda es necesario concederle al sueño el poder de disolver las pesadillas de lo real. Pero esto no será más que una fórmula vacía hasta que no hayamos decidido a renunciar a la jungla social donde estábamos condenados a sobrevivir.

¿Para ir a dónde? Exactamente donde estamos. Ahí donde se despierta en nosotros el deseo irrefrenable de construir en el terreno de nuestra existencia una sociedad en la que la ayuda mutua y la autonomía nos enseñen a explorar una vida de la que hemos sido apartados.

Nuestras sociedades son escombros. Estamos atascados en valores muertos. Los recortes presupuestarios han arruinado el bien público. Los beneficios sociales arrancados con gran esfuerzo por las huelgas, las ocupaciones de fábricas y el asedio reivindicativo han sido despedazados, fraccionados, aniquilados. Se están desfalcando las pensiones y las prestaciones de quienes han cotizado para disfrutarlas una vez liberados del trabajo. Se están socavando los transportes públicos; la educación, que desde hace mucho tiempo no ha sido más que una puerta de entrada al mercado de esclavos, se desmorona al ritmo de la caída del dinamismo capitalista. La codicia especuladora ha saqueado los hospitales públicos que, hace algunas décadas, podrían haber respondido eficazmente frente al brote de una epidemia.

¿Qué hemos aprendido de este escandaloso despilfarro? Un simple diagnóstico de morbilidad. La constatación se banaliza y se convierte en el objeto de debates políticos, análisis sociológicos, protestas filosóficas, reprimendas y quejas dirigidas a un Leviatán cacoquimio, el cual las ha desestimado alegando un estado de cosas. «Es así, no al revés, esa es nuestra buena voluntad».

En consecuencia, nada va a cambiar. Los manifestantes patalean, las reivindicaciones corporativistas promueven la ilusión de cambio. Los lugares comunes entristecen la mirada y se mezclan con esos paisajes cubiertos de hormigón de los que apartamos los ojos.

La desesperación, la fatalidad, el presentimiento de la derrota son armas tanto más eficaces en manos del Poder porque somos nosotros quienes se las obsequiamos.

El auge del capitalismo industrial, en el siglo XIX, tuvo el mérito de permitir, contra su voluntad, el nacimiento de una conciencia proletaria. Esa conciencia no se limitaba a las demandas salariales, ni a las llamadas de auxilio de una supervivencia oprimida. ¿Su proyecto? Nada menos que la creación de una sociedad sin clases. Ahí se hallaba esta aspiración persistente a una sociedad igualitaria que se había plegado a las fluctuaciones de la historia sin jamás cambiar de rumbo.

Al proporcionar sus innovaciones monetizadas —la electricidad, el vapor, el ferrocarril, las terapias, la radio—, el capitalismo industrial había sabido aprovecharse de un progresismo prometeico que fascinaba y repelía a la vez. El héroe de la mitología griega había desafiado, como sabemos, la tiranía de los dioses para ofrecer a los humanos el fuego gracias al cual forjarían su destino. El precio a pagar por tal audacia era el sacrificio de la vida, condenada a la mutilación perpetua.

La visión filantrópica del capitalismo sugería descaradamente que la promesa de un mundo mejor se realizaba en las profundidades del infierno industrializado y al precio del sufrimiento obrero. Esta vez, el paraíso no tenía necesidad alguna del pasaporte al más allá que entregaban las religiones. Era terrenal, tangible, al alcance de la mano, si es que no de la derecha — ocupada en el trabajo—, al menos de la izquierda —donde se inscribía el principio de esperanza—.

Instigada por la ganancia, amo supremo y único responsable, la fase esencialmente productivista del capitalismo sería sucedida por la colonización consumista. Con la moda de una democracia de supermercado, la antigua filantropía caritativa quedó obsoleta. Pero, al desvanecerse, puso de manifiesto un fenómeno que no se había examinado con detenimiento, el del trapicheo humanista.

¿Qué es, en su origen, el humanismo? El producto puro de una lógica lucrativa. Una de las primeras limosnas cívicas de la civilización mercantil. Ante la pérdida total que representaba la tradicional matanza de los prisioneros de guerra, prevaleció la opinión de concederles la gracia de sobrevivir convirtiéndose en esclavos, asegurando el movimiento perpetuo de los engranajes económicos. La generosidad y el cálculo concluyeron allí una alianza improbable que se perpetúa hasta nuestros días.

El proceso de Nuremberg representó un espectáculo humanitario emblemático. Un capitalismo supuestamente democrático condenaba y vilipendiaba a un capitalismo de Estado totalitario cuya atrocidad concurrencial había sido realizada por el nazismo y el estalinismo.

En la misma época en que Occidente aplastaba la revuelta de los pueblos colonizados, se desplegaba el sector del consumo haciendo vibrar las sensibles cuerdas del altruismo. Se trataba, en cierto modo, de rehumanizar la dureza de la obligación productivista, es decir, la barbarie del trabajo. El plan Marshall, que inauguró la irrupción de los placeres consumibles, aparece como un óbolo que el evangelismo estadounidense arrojó al cuenco de limosnas de la Europa devastada por la guerra.

Los edenes de la abundancia no tardaron en multiplicarse, atravesando ciudades y campos con sus luces de neón. Como antesala de su desbordamiento planetario, la pandemia consumista interesa ante todo a los gobiernos europeos. La pérdida de sus colonias ha rebajado su arrogancia de explotador. Se postran a los pies del imperio calvinista y besan el culo de ese inmundo Bafometo que es el self-made man. (El ídolo, como sabemos, era venerado por los templarios, una orden militar y comercial de la que eran deudores muchos Estados europeos de los siglos XIII y XIV).

Contemplado desde el interior, el supermercado es un modelo de hedonismo, de elección electiva, de democracia. Bajo la égida del librecambio, la libertad es total, con la salvedad de que se paga a la salida. ¿Podría existir una insospechada oscuridad en el seno de estos lugares brillantemente iluminados?

Un modelo consumista de administración del pueblo se propaga a golpes de campañas publicitarias. Su aplicación al mundo entero, incluidos desde luego los derechos de peaje, alimentaría la ambición de instaurar el famoso welfare state, el estado de bienestar universal, la felicidad vegetativa llevada a la mejor de las supervivencias posibles.

Aquello era olvidar que invocar los posibles en una sociedad petrificada de prohibiciones es jugar con fuego.

El capitalismo sacaba provecho de las fiestas faunescas donde el «¡evohé, evohé!» se convertía en «¡consume, consume!». No solo los beneficios acumulados ya no se veían amenazados por las huelgas intempestivas, las reivindicaciones salariales o los lloriqueos de los apparátchiki sindicales, sino que los salarios, arrebatados de las garras del explotador, volvían a caer mansamente entre sus manos de terciopelo.

Al cambiar su overol de trabajo por ropa de consumidor, el proletario perdía poco a poco su conciencia y su combatividad. Las ideologías quedaron atrapadas en el pegamento de un clientelismo que se preocupaba más del bombo publicitario que valoriza lo que sea que de la inteligencia de los seres y las cosas. La importancia concedida al precio de compra minimizaba el interés dado al uso del producto. De modo que, en lugar de un útil par de zapatos, el comprador ha llegado a preferir el brillo espectacular de una marca renombrada.

La industrialización había inaugurado unas condiciones propicias para la eclosión de una conciencia de clase. El diluvio consumista la había borrado, pero no sin desatar una estampida de los valores tradicionales.

La estricta necesidad de producir propugnaba el ascetismo, el puritanismo, el sacrificio de la vida a la fuerza de trabajo. La orden de consumir abrió un camino a contramano. En una parodia agridulce, las condiciones no hacían más que recordar el gran viraje al que el librecambio, haciendo sonar el hallali del Antiguo régimen, había invitado a los Diderot, los Rousseau, los d’Holbach, los pensadores de la Ilustración que inspiraron e instigaron la Revolución francesa.

Al relegar las ideologías tradicionales a la obsolescencia, el ecumenismo consumista exaltaba el hedonismo, la libre elección, la autonomía, el rechazo del sacrificio. La mercancía estableció su propio culto. En nombre del Tener erigido como Ser supremo, desacralizaba las religiones y el principio de autoridad.

La noción de que era natural gastar gastándose ayudó a inspirar la idea de que una alianza renovada con la naturaleza aboliría el dogma de la antifísis. La celebración de la mujer consumidora, que en su inocencia bondadosa promueve la preocupación por los niños y los animales, no engañó por mucho tiempo a la autodefensa feminista y a los partidarios de una renaturalización de los seres y de las cosas. No hizo falta mucho tiempo más para que se comprendiera que el placer de gastar gastándose significaba en su sórdida realidad «consumirse consumiéndose».

Ya en los años sesenta el movimiento situacionista había aprendido las lecciones del vuelco que la evolución del capitalismo ponía al alcance del análisis y de la subversión radical. El viraje despertaba y estimulaba la conciencia de aquellos y aquellas que no habían renunciado al proyecto de emancipación humana tal como se había transmitido de generación en generación.

El movimiento de las ocupaciones de 1968 confirmó la mayoría de las tesis situacionistas. Aunque no logró concretar el proyecto de autogestión generalizada ni sentar las bases de una sociedad humana, el bello mes de mayo no fue ni una victoria ni una derrota. Convocó a la historia a una cita permanente. La aparición de los chalecos amarillos en Francia y el estallido pacífico de las insurrecciones mundiales hacen eco de ello sin ninguna necesidad de gurús, de tribunos o de consignas.

El retorno de la vida tiene la genialidad de reavivar sin tregua la conciencia paradójicamente histórica e intemporal que emana de cada habitante de la tierra. La resolución de hacer del ser humano la prioridad, de desterrar a los líderes, a los representantes autoproclamados, a los aparatos políticos y sindicales y de trabajar por el gobierno del pueblo a través de las asambleas del pueblo es más que suficiente para sentar las bases de una ayuda mutua social.

En razón de la ley de los contrarios, el clientelismo consumista ha contribuido al resurgimiento de la autenticidad, ha ayudado a que la vida se despoje de su identificación con la supervivencia. La potencia de su mentira ha sumergido la radicalidad de mayo del ‘68, pero no la ha sofocado. Aquello se percibe claramente desde que, bajo los golpes de la creciente pauperización, se rompe en pedazos el mito del estado de bienestar; ese refrito «a la americana» de la Edad de Oro celebrada por Hesíodo.

La amenaza que la pauperización supone para las fortalezas de lo consumible ha convencido al capitalismo de recurrir a la especulación bursátil. Entrar en fase financiera lo aleja del reino ilusorio del consumo.

Las antenas del capitalismo siempre le han advertido que abandone lo que lo abandona. Ha desertado de las fábricas y del trabajo de la producción útil, desatiende el sector del consumo de masas, amenazado por el saqueo y la desertificación. Agoniza programando la agonía para todos. Su nihilismo sarcástico seduce a los suicidas. No le importa socavar el pilar de apoyo del espectáculo. Siembra la debacle en la gran puesta en escena donde la vida se estaba acostumbrando a tener una existencia solo a través de reflejos y por delegación. Su debilidad asumida contribuye sin quererlo a hacernos reencontrar la autenticidad.

El repliegue del capitalismo a la órbita de la especulación bursátil le exime de tener que rendir cuentas por el colapso de la economía. Rentabiliza su propia decadencia. Luego del dinamismo industrial y la colonización consumista, entra en una fase financiera, en un tornado donde el dinero enloquecido da vueltas sobre sí mismo.

De ello resulta un fenómeno que no deja de evocar la perturbación de las células que canceran un organismo vivo. El capitalismo no es una materia viva ni una materia muerta. Es lo mecánico injertado en lo vivo. Las desgracias experimentales de nuestra evolución lo han demostrado claramente: injertar lo mecánico en lo vivo produce la decadencia de lo vivo y la autodestrucción de lo mecánico. ¡Aviso a los transhumanistas y a los partidarios del «crédito social»!

Tenemos derecho a plantear la pregunta: ¿acaso el miedo histérico que ha suplantado el tratamiento médico del coronavirus no es un efecto del proceso canceroso de ese organismo híbrido que es la hidra capitalista? En cualquier caso, no nos liberaremos de las garras del viejo mundo hasta que no hayamos asegurado las bases de microsociedades humanas fundadas en la solidaridad colectiva y la autonomía individual.

II. La contestación enajenada

Hace tiempo que estamos inmersos en una lucha sin piedad contra la explotación de la naturaleza terrestre y humana. Los golpes asestados al capitalismo por el proletariado han marcado una fase específica de nuestra historia, todavía bajo el shock de una Revolución y una revelación que habían puesto fin al totalitarismo monárquico.

La conciencia proletaria en armas no ha puesto fin a la supremacía capitalista, pero —desde la Comuna de París hasta las colectividades libertarias españolas de 1936— ha demostrado que el proyecto de una sociedad radicalmente nueva estaba en el orden de los posibles.

Construir una sociedad verdaderamente humana no es una utopía, sino un ser-aquí.

Esa es la realidad que se vive, según su especificidad, en las lecciones de mayo de 1968, la llamada revuelta de los Indignados, la aparición de los zapatistas, de los chalecos amarillos, de los combatientes de Rojava y las insurrecciones de la vida cotidiana que se encienden, se apagan y renacen en los cuatro rincones del mundo.

He aquí donde reside la importancia de nuestro tiempo existencial y social. ¡Dejemos que los berreones del anticapitalismo tengan su Grand Meeting du métropolitain! ¡Dejemos que el baile del escalpo celebre el asesinato ilusorio del sistema! Hace tiempo que la execración ha dejado de ocultar la impotencia de cualquiera que espera lo que sea del Estado y de las mafias que lo patrocinan.

¿Cuántos años más tardaremos en darnos cuenta de que los decretos y las medidas coercitivas que atentan contra nuestra libertad de vivir no han cambiado en nada? ¿Cuántas elecciones hacen falta para confirmar que los más despreciados votan siempre por quienes más los desprecian?

La fortaleza del poder se resquebraja y nosotros estamos aquí arrojándole piedras con la ilusión de derribarla. Pero es sobre nosotros que se derrumba. Sus escombros tienen más posibilidades de matarnos si nos quedamos eternamente a su alrededor. La torre panóptica del Poder se quería inmutable. Se está desmoronando ante nuestros ojos. Corre el peligro de aplastar con su espantosa nulidad a quienes aún le atribuyen omnipotencia.

¿Cuál es el balance del anticapitalismo? Un muro de lamentos, una celebración victimista en el seno de esos cementerios que las mafias de la última ganancia construyen arrasando nuestros paisajes.

El populismo izquierdista desde abajo da razón al poder represivo desde arriba. La contestación ideológica se casa con la tiranía que justifica su existencia. La rabia militante imita la rabia militar; se alimenta de su propia vanidad.

¿Por qué seguir enfrascados en una ideología revolucionaria que languidece a la sombra de una muerte económicamente programada? ¿Estamos condenados a las regurgitaciones de una crítica-crítica que llene el vacío creado por la no-superación de la filosofía? La ausencia de la verdadera vida que asola en los cenáculos intelectuales causa más consternación que el marchitamiento constante de la inteligencia.

Aquello que más le hace falta al anticapitalismo es la insurrección del corazón.

En Francia, el colmo de lo odioso y de lo ridículo fue alcanzado por una izquierda y un izquierdismo retrobolchevique y libertario al adherirse a la obligación de vacunarse decretada por los gobiernos prestos a obedecer a las mafias farmacéuticas. Mientras que un populismo fascistoide defendía a los no vacunados y añadía la «libertad» de expulsar a los inmigrantes, el populismo izquierdista invocaba sin escrúpulos el principio de solidaridad para justificar la vacunación obligatoria y el pasaporte de seguridad, primer evangelio del «crédito social» probado con éxito en China.

Ya no podemos contentarnos con luchar sobre el terreno donde el enemigo nos arrastra como una presa. La reivindicación humana no tiene por qué aventurarse en zonas contaminadas y militarizadas. La aventura está en otra parte.

La vida a vivir se burla del diálogo con el Estado. La ayuda mutua no tolera que las garras del poder y del cálculo egoísta desgarren el tejido social donde la autonomía individual busca su camino.

Con demasiada frecuencia hemos protegido aquello que nos impide vivir. Indignarse, lamentarse, rebelarse y batir los tambores de la ética no ha cambiado en nada la explotación del hombre por el hombre. Hay que afrontar la evidencia: solo aboliremos la sociedad de los muertos-vivientes creando una sociedad planetaria cuyo centro de gravitación sea la vida.

Abandonar las filas del individualismo gregario para crear un orden vivo es desbaratar el control del caos mortífero.

Pregúntense por qué solo se obstina esta insurrección de la vida cotidiana que en todas partes cobra impulso, se detiene, se reaviva, empujando a la inocencia incluso a ignorar al más frío de los monstruos fríos y a sus engendros exterminadores.

La civilización del trabajo condena al exilio de uno mismo. Allí reside la verdadera causa de ese malestar universal que el pensamiento desencarnado atribuye a una maldición ontológica.

A la separación de nosotros mismos, que nos prohíbe gozar de la vida, se añade una subdivisión en dos funciones —una intelectual y otra manual— producida por una sociedad de amos y de esclavos. Esta distinción artificiosa ha propagado un modo de aprehensióm binario. Toda realidad acompañada celosamente de su contrario se convierte en una trampa donde queda atrapada nuestra voluntad de superación. El dualismo y su lógica de A y de no-A obstaculizan y paralizan nuestra voluntad de restaurar la unidad con nosotros mismos y con el mundo, que el reino de la separación ha roto.

La vieja oposición del Bien y del Mal no ha terminado de atontarnos. Si el nihilismo empresarial la anula, al igual que destruye todos los valores, es con el único fin de reforzar el del dinero. Donde reina el caos, la ganancia se recolecta impunemente. Para prolongarlo, basta con dejar que la evidencia borreguil siga su curso: todo contrario no superado se convierte en contrariedad.

Superación de la política. Abolir la sociedad de amos y de esclavos que, desde el fin del neolítico hasta nuestros días, nos mantiene en un estado de morbilidad y de muerte latente, implica una superación de la política en tanto gestión del mundo dominante y del mundo dominado.

La práctica política, en el sentido original del término — gestión de la polis, de la ciudad—, es un intento de equilibrar el orden y el desorden inherentes a una sociedad de explotadores y explotados. La alternancia de guerras y de paz se pesa, tal como la justicia y la injusticia, en la balanza del comercio y de sus ajustes de cuentas entre el valor de cambio —el precio— y el valor de uso —lo útil y lo agradable—.

Al reducir el arte político a un vulgar despliegue publicitario, el clientelismo ha ridiculizado a la política más allá de toda expectativa. Los movimientos de insurrección popular han aprovechado la oportunidad para proclamar su apoliticismo. Por lo demás, su rechazo de los dirigentes —su acracia— hubiera bastado para denunciar y desterrar las manipulaciones y los sobornos a los que están acostumbrados los gobiernos y su maquiavelismo de corral. He aquí, entonces, una trampa en la que las asambleas de autogestión no volverán a caer mientras se basen en la ayuda mutua y en la autonomía para obrar en pos de la armonización de los deseos individuales y colectivos.

Superación de la intelectualidad. El pensamiento del amo se agudiza con la organización práctica que exige la agricultura, la cría de ganado —animales y esclavos juntos— y los intercambios comerciales que reparten las conquistas vendidas.

En cuanto al grado de inteligencia indispensable para el trabajador manual, no debe exceder la simple capacidad de cumplir órdenes. La función de obedecer sin rechistar requiere una autoridad que supervise. La infantilización demanda la severa benevolencia de un padre para el pequeño ser y para el pueblo sencillo. ¿Qué mejor que un mandato celestial y la garantía de los dioses para grabar el deber de obediencia y de tiranía en un mármol cuya presunta eternidad ha alcanzado casi diez mil años?

Todas las ciencias, todas las culturas se derrumban. Pero el saber no desaparece, más bien se libra de ese poder que le endilgaba el principio jerárquico que rige las sociedades agro-mercantiles. El conocimiento se despoja de esa arrogancia que lo hacía sospechoso, por muy imprescindible que fuera.

La emancipación de la mujer y la caída del patriarcado que la reducía a objeto, apenas comienzan a mostrar sus efectos. Son visibles en la evolución social, pero aún no hemos adivinado hasta qué punto la sensibilidad femenina revolucionará todas las esferas de un saber acaparado y emprendido, hasta hoy, por un virilismo que asesta sus verdades perentorias y gloriosas.

El renacimiento hacia el cual nos dirigimos está llamado a realizar al hombre total cuya visión persigue —desde Leonardo da Vinci hasta Pierre Kropotkin— a los seres pensantes más generosos y más audaces. Esa criatura poseída por la pasión del todo no es otra que la mujer y el hombre dedicados a cumplir su destino humano en conformidad con la vocación de nuestra especie.

Así como el proletario aspira a negarse a sí mismo estableciendo una sociedad sin clases, el pensador, una vez consciente de la vida que le inspira, no ha dejado de liberarse de su intelectualidad para alcanzar una potencia poética universal.

La intelectualidad, de la que nadie escapa, forma parte de la coraza caracterial del amo, cuya mente celestial infunde su veneno en nosotros y en la sociedad. La función intelectual participa de la depredación, impone su poder incluso en el seno de las más sinceras intenciones subversivas. El cielo de las ideas ha profanado el cielo de los dioses sin perder su altivez hacia la tierra.

A medida que la supervivencia da paso a la voluntad de vivir, se precisa la multitud de mutaciones previsibles. La degradación mental de los últimos intelectuales orgullosos de serlo va de la mano de un Poder cuya articulación mecánica exime de tener que pensar. Aquellos que hacen funcionar la máquina idiotizante son los primeros en sufrir sus efectos.

Cuanto más triunfa el acefalismo y la ausencia de inteligencia, más se descubre en el campo de los vivos —o al menos de los que intentan estarlo— una inteligencia sensible y la preeminencia que da a las razones del corazón y del cuerpo. La voz de lo vivido rompe con la comunicación reificada, con la expresión desensibilizada del discurso empresarial, con la ciencia escandalosamente sitiada por la neolengua.

Las ideas evisceradas flotan panza arriba. La respuesta a la racionalidad desencarnada no tiene nada de irracional ni de místico. Es la poesía que tiene vocación de revivir lo vivo humanizándolo.

La supervivencia es un campo de coherencias, el estilo de vida uno de resonancias. El lenguaje economizado forma parte del primero, la vivacidad poética del segundo.

La era de la creación abole el trabajo. El trabajo es la forma inaugural de la explotación del hombre por el hombre. Es el acto fundador de una civilización donde el sujeto, que transforma el maná terrenal en mercancía, se convierte él mismo en un objeto mercantil.

Durante las guerras, que aparecieron hacia el final del neolítico, los vencidos solo escapaban de la masacre sirviendo como esclavos a los vencedores. Desde entonces, la supervivencia siempre ha sido el precio de una muerte prorrogada.

Hubo un tiempo en que el dinamismo comercial salvaguardaba una parte de creatividad útil para su proceso de innovación. Las libertades furtivas del librecambio ventilaron el espíritu confinado e irritaron el conservadurismo de los regímenes agrarios. Por muy pequeña y marginal que fuera, la pasión de crear volvía atractivos unos trabajos cuya utilidad social parecía incuestionable. Sabemos cómo las innovaciones dispensadas por el capitalismo en fase de industrialización alimentaron el mito de un progresismo prometeico.

La deserción gradual del sector de la producción en favor del sector del consumo ha reducido el trabajo a la necesidad de un salario para dilapidar en los oasis de supermercados.

El trabajo socialmente útil poco a poco da paso a un trabajo parasitario que, al igual que los hospitales, privilegia la gestión de la rentabilidad y arruina la eficiencia sanitaria con el pretexto de mejorar los servicios.

El capitalismo ha entrado en un atrincheramiento financiero en el que se arroga el derecho de rentabilizar su muerte programando la nuestra. No tenemos más remedio que proteger, defender y recrear nuestra vida y, con ella, los recursos naturales que son simultáneamente ofrecidos y destruidos ante nuestros ojos.

Los problemas ambientales se abordan exclusivamente a nivel global y estadístico —con los resultados que conocemos—porque desdeñamos afrontarlos en la base, a nivel local y regional. Sin embargo, la contaminación, el envenenamiento, el colapso de la educación, de los hospitales y de los transportes causan estragos en los pueblos y en los barrios. Justo ahí donde es posible una intervención directa.

Gemir, llorar, rezar son igualmente irrisorios y lo seguirán siendo hasta que la audacia de innovar no haya resurgido finalmente con la audacia de vivir.

Superación de lo caracterial y de lo emocional. Las dualidades reinan y se encadenan sin dejar de invocar una superación de las tensiones y un sueño de armonía. Nuestra existencia cotidiana es un laboratorio experimental. El deseo y su contrario hacen de la existencia un tormento mientras que los impulsos de vida llaman a la puerta.

En Psicología de masas del fascismo, Reich demuestra que la salida del cuerpo —con lo que se refiere a todas las formas de histeria, pánico, misticismo, sectarismo y fanatismo—se explica por el deseo frustrado y profundamente insatisfecho de las masas.

La coraza caracterial que bloquea las emociones con el pretexto de controlarlas solo consigue volverlas salvajes. El hedonismo es la recuperación ideológica de una dialéctica del deseo que está en el centro de la existencia individual y colectiva.

No hay más que el ejercicio de la autogestión generalizada para liberar al individuo de su capa individualista; no hay más que la práctica de la ayuda mutua para garantizar a todas y a todos una autonomía que no es otra cosa que la libertad de vivir.

Lo que está en juego, a la luz de las insurrecciones espontáneas que iluminan el planeta, es el paso de la supervivencia a un estilo de vida donde todo se reinventa.

III. La autogestión generalizada y el proyecto de una vida humana y soberana

En su panfleto, ¡Indígnense!, Stéphane Hessel hace énfasis en la resistencia que, al llamado de la vida, se levanta contra toda forma de opresión. A la tiranía del antiguo régimen agrario le sucedió una tiranía del librecambio donde las engañosas libertades no eran menos crueles que el cinismo depredador de los imperios profanos y religiosos.

Sin incriminar la desastrosa recuperación política e ideológica del movimiento de los indignados, es bueno destacar que el espíritu de protesta que los ha despertado fue sucedido por una poesía insurreccional en la que el atractivo de la violencia de barricada da paso a la violencia apacible de la vida omnipresente.

Muy frecuentemente, las ideas se convierten en abstracción quimérica desde el momento en que no se anclan en una práctica existencial y social. La autoorganización del pueblo tiene una historia que, a través de victorias y derrotas, nos ha dejado valiosas lecciones. Aunque explícitamente no lo parezca, la Comuna de París, los Consejos obreros rusos, las colectividades libertarias de la Revolución española y la radicalidad de mayo de 1968 no son ajenos al rechazo de los dirigentes, los representantes autoproclamados y los aparatos políticos que la insurrección pacífica de los chalecos amarillos ha reivindicado desde el comienzo.

Una elección idéntica guía los levantamientos que, desde Chiapas a Tailandia, propagan sus diversidades y sus similitudes. En la historia de las revoluciones, esta es una novedad radical. Y expresa una obviedad que siempre ha sido ocultada: la vida no quiere amos.

El ser que aspira a recuperar su humanidad es naturalmente apolítico, arreligioso, acrático. Tan solo un empujoncito le ha bastado al pueblo para derribar los baluartes gemelos del conservadurismo y del progresismo.

De la resistencia a una poética de la insurrección. Aunque encendidos por pretextos triviales —un impuesto indebido, una subida de la tarifa del metro, una incongruencia burocrática—, los enardecimientos globales brotan realmente de una vida cotidiana cuyos deseos han sido comprimidos por demasiado tiempo.

Ya se han producido levantamientos de este tipo en el pasado, pero es la primera vez que se reivindica abiertamente el deseo unánime de «vivir en total libertad». Es la primera vez que el pueblo está decidido a organizarse por sí mismo, que destierra a los dirigentes, rechaza a los delegados no mandatados, se protege contra la intrusión de los aparatos políticos y enfrenta el cálculo egoísta con la ayuda mutua que le concede prioridad absoluta al ser humano.

Elogio de la acción de proximidad. El principio de Tierra y libertad, propuesto por Ricardo Flores Magón y popularizado por Emiliano Zapata, ha adquirido hoy un alcance que no sospechaba el peón que trabajaba para un terrateniente en aquel México en revuelta.

La reforma agraria, que antaño exigía la apropiación colectiva de unas pocas parcelas, ahora abarca todo el planeta en su reivindicación. No obstante, no es menos cierto que reapropiarnos del maná terrestre empieza por el trozo de tierra que está siendo impunemente envenenado ante nuestros ojos por la industria agroalimentaria. En las altas esferas, el sistema de explotación de la naturaleza no es más que una rumor de pasillo. Es en la base donde el expolio y la contaminación asfixian a la población y es en la base donde hay que ponerles fin. En términos de experiencia individual, colectiva y ambiental, no hay ningún problema del que se ocupen los organismos estatales y supraestatales que no seamos capaces de abordar por medio de la realidad local.

Por más dispar que sea, en todas las personas prevalece el sentimiento de que llevan una existencia a contrapelo de sus deseos más queridos. Ayer, las conquistas sociales obtenidas con mucho esfuerzo ofrecían una especie de contrapartida a la odiosa necesidad de trabajar y obedecer. ¿Qué queda de este bien público, de esta res publica que ha sido vendida a los intereses privados? Hasta las balsas del consuelo consumista se hunden atrapadas en las olas del capitalismo financiero. No sabemos qué acabara primero con el brillo de los supermercados si la especulación bursátil o la pauperización.

El Estado solo tiene una función represiva. La porra responde a los cuestionamientos del pueblo. Para el «crédito social», que China exporta con éxito, no se necesita más que una tarjeta electrónica para familiarizarse con la autodestrucción ciudadana.

«La obra más nefasta del despotismo», decía el comunero Arthur Arnould, «es separar a los ciudadanos, aislarlos unos de otros, inducirlos a la desconfianza, al desprecio mutuo. Ya nadie actúa, porque ya nadie se atreve a confiar en su vecino».

Está claro: ahí donde estamos el Estado ya no está. La historia ha agotado todas las formas de Poder destinadas a gobernar el cuerpo y su conciencia. La muerte solía hacer avanzar a sus peones de forma encubierta. Esta vez, nos confronta al descubierto. Su absurdidad es perentoria.

Charles de Ligne relata que la única arenga que encontró antes del combate un general alemán, que solo tenía un conocimiento rudimentario del francés, fue: «Vamos ¡a joder!».

«Eh, si lo llama así», pensaron los soldados, «¿por qué no?». Sin embargo, sucedió que durante la escaramuza esos mismos soldados le salvaron in extremis de la muerte. De este modo, señala Ligne, la palabra que da la vida se la salvó.

¿Acaso no nos corresponde a nosotros ahora retozar sobre el campo de la primavera de la vida ignorando la guerra donde el pasado enloquece por conquistar el futuro?

Las implementaciones demasiado breves de la autogestión se deben a la violencia represiva de los Estados. Nadie es tan ingenuo como para creer que el más frío de los monstruos fríos permanecerá impasible ante nuestros intentos de suplantarlo. Pero por más terribles que sean los estallidos de su rabia ahogada, ¿qué posibilidad tiene su extinción autoprogramada de sofocar el aliento de una vida que se reaviva sin cesar?

La vida es un arma que asedia sin matar. Tal es la potencia ofensiva de la que poco a poco toma conciencia la guerrilla cuyo amanecer asoma cada día en el horizonte del viejo mundo. Nuestra autodefensa no tiene otra base.

La autogestión implica la creación de microsociedades que están llamadas a federarse. Confía en la creatividad de los individuos, en su búsqueda despreocupada y apasionada de una suerte que revoque para siempre la Fatalidad, la Providencia, el Destino.

Eficazmente reactivada por la plaga emocional del coronavirus —y ocasionalmente por los pomposos discursos paródicos de guerra nuclear—, la máquina idiotizante se funde, se agarrota, implosiona hasta el punto de que sus manipuladores han demostrado, y siguen demostrando, incompetencia incluso en sus mentiras. Este es el momento en que aquellas y aquellos que habían caído en un coma artificial debido al pánico mediático y a la prevaricación científica tienen la oportunidad de sacudirse su letargo.

El despertar de las conciencias redescubre la libertad de los posibles. Incluso en las profundidades de las multitudes esclavizadas, no hay quien no se agote del inmenso cansancio de un universo confinado. El grado de bajeza y mezquindad vuelve irrespirable a nuestras sociedades técnicamente civilizadas. Cómo no soñar con una sociedad que resuelva sus problemas sin remitirse a unas élites cuya estrepitosa vacuidad solo es representativa.

El sueño es la materia del pensamiento.

El cálculo egoísta solo ha conseguido empujar más profundamente la glaciación de lo humano. Ha sido el sudario que sepulta a los seres antes de que nazcan a sí mismos. Después de haber interpretado tan dócilmente a los Prometeos encadenados, lo mínimo es que estemos resueltos a sumarnos al proyecto del ser humano en su infinitud.

Esto no es más que la concretización de un sueño atemporal y recurrente, el del Hombre total, que inspiró las reflexiones del Renacimiento. El retorno de la ayuda mutua, el surgimiento de individuos autónomos, la nueva alianza con la naturaleza son destellos que, en la noche y en la niebla de la duda, señalan un probable renacimiento de lo humano, una inversión de perspectiva donde la vida reivindica sus derechos absolutos y destierra las sombras de la muerte, más deletéreas incluso que la propia muerte.

Entre los efectos del coronavirus podemos incluir el que haya dejado al descubierto un mundo de mentiras, de desequilibrios, de odios, de delaciones e de inhumanidades que ya no queremos más. Pero la pregunta que se plantea, aquí y ahora, es: ¿qué queremos exactamente? Responder esto es nuestro principal recurso contra la confusión y el caos que nos arrastran hacia el Orden del «crédito social» aplicado en China.

Para ello es necesario establecer antes una distinción entre deseo natural —o deseo del corazón— y deseo desnaturalizado. La precisión es importante. La primacía dada a lo humano excluye cualquier control económico. Destierra la depredación, el poder, lo consumible, la manipulación.

Privado de su sustancia viva por la abstracción, el deseo extrae su sentido de la situación de la que emana. Sea cual sea el problema que enfrente, es de suma importancia que no renuncie a su naturaleza de sujeto para desnaturalizarse en objeto.

Una decisión inhumana es inaceptable incluso si cuenta con apoyo masivo. La noción de mayoría y de minoría debe revisarse en este sentido. Se objetará que en la autogestión no se plantea la cuestión de la pena de muerte o de la prisión. Pero ¿qué pasa con el sacrificio de un animal, de un árbol?

Entre los zapatistas, cualquiera que desee aportar una solución a un problema recibe el mandato de la asamblea local. Rendirá cuentas sobre las vicisitudes de su empresa, sin riesgo de incurrir en elogio o culpa. Todas las edades y todos los sexos tienen derecho a expresar su opinión.

A las comunidades zapatistas les gusta recordarnos que son una experiencia, no un modelo. El modelo conserva en sí algo autoritario. La experiencia, en cambio, da rienda suelta a las lecciones que pueden extraerse de ella.

Cuando dejo de deplorar la aparente futilidad de mis pasos, me siento mandatado por los millones de mujeres y hombres que, como yo, tienen ganas de vivir.

La solidaridad da alas a mi soledad.

Es en la existencia, probable y aún incierta, de sociedades autogestionadas donde nos corresponde prever a qué empresas de restauración y de renovación nos enfrentaremos, tarde o temprano, teniendo como único apoyo la ayuda mutua, el potencial creativo de los individuos autónomos y la apasionante perspectiva de una creciente humanización.

¿Con qué derecho se prohibe a las colectividades y a los individuos que las componen intervenir directamente en los problemas que les plantea su entorno inmediato? Aunque las oficinas de gestión estadística están, según parece, menos expuestas a los miasmas de la contaminación agroalimentaria en comparación con las casas a orillas de los campos, es del papeleo desodorizado que provienen las decisiones tomadas en las altas esferas con total desprecio por la base.

La negativa rotunda de las instancias gubernamentales vuelve ridículas las quejas que el pueblo les plantea. El Estado no se contenta con arrugar el contrato social, planea sustituirlo por el «crédito social» al estilo chino, el cual califica, castiga y recompensa el servilismo de los ciudadanos.

Si queremos contrarrestar tal infamia, ¿acaso no ha llegado el momento de redactar una Constitución de derechos del ser humano que conceda legitimidad natural a un gobierno del pueblo para el pueblo? Es en nombre de esta constitución erigida en estado de hecho que estaremos habilitados para abordar con toda la poesía práctica unos problemas que los intereses estatales y mafiosos solo consideran según el modo del espectáculo: destripándolos, mecanizándolos.

Vamos a librarnos de lo que tenemos atravesado en la garganta. Para satisfacer las exigencias de un mundo nuevo no basta solamente con la recuperación de los conocimientos, del saber, del arte y de las ciencias que se desarrollaron en el curso de una civilización mercantil. Esta debe asumir la reconversión del progreso técnico en progreso humano.

Todo está por restaurarse, reinventarse, renaturalizarse. Para empezar, la escuela, los cuidados médicos, los transportes, la agricultura, el medio ambiente, la energía, los flujos migratorios, el lenguaje y la libertad de expresión, la producción y el intercambio de bienes de consumo.

El ejercicio de una práctica de proximidad es una reacción de vida. Tiene prioridad sobre los imperativos de la ganancia, los cuales la restringen, la desnaturalizan, la arruinan.

Somos prioritarios ahí donde nos vemos afectados primero.

La escuela no puede tolerar más la arcaica influencia de la depredación, de la rivalidad, de la competencia, del sacrificio, del espíritu militar. ¿Acaso la atracción apasionada no hace de la curiosidad una práctica de proximidad que revoca la férula de la autoridad y sus decretos laicos o religiosos? La emulación devuelve la competencia a su vileza de tendero. Despierta el deseo de instruirse a cualquier edad, en cualquier ámbito, en cualquier momento, según el método rabelaisiano que extrapola de las migas de pan, del tenedor, de la jarra de vino, de la mesa los primeros rudimentos de historia, de análisis, de percepción poética de los seres y las cosas.

Dar prioridad a la inteligencia sensible y ya no a la intelección funcional alimenta el saber afectivo de una poesía que evita que la subjetividad caiga en la trampa de la objetivación y sus psicodramas.

Además de librar una batalla legal y agotadora contra los pesticidas, ¿no sería sensato luchar contra los estragos de la industria agroalimentaria y promover el paso a la permacultura, a una formas de agricultura y ganadería renaturalizadas, a una horticultura que responda a las necesidades de la región, a una diversidad de pequeños huertos personales y bienes comunes cultivados colectivamente?

Mientras la ganancia de unos cuantos accionistas tenga prioridad sobre la salud de la población local, es poco probable que las industrias tóxicas logren prohibirse. Por otra parte, siguiendo el ejemplo de esas aldeas que compran terrenos de caza para convertirlos en huertas colectivas, ayudar a los trabajadores a desertar de sus fábricas sin que se encuentren privados de medios de subsistencia amerita convertirse en materia de debate.

El saqueo y la rarificación de los transportes públicos nos incitan a ponerlos de nuevo al alcance de todas y todos renovándolos, diversificándolos, asegurando su gratuidad, boicoteando los lobbies petroleros y sus vehículos llamados, de forma tan impropia, «auto-móviles».

El desastroso estado de los hospitales sugiere a las microsociedades autogestionadas crear residencias de salud donde la relación entre quien cuida y quien es cuidado fomente esa atmósfera de confianza mutua sin la cual no hay curación posible. Hemos visto a demasiados médicos y científicos desacreditarse apoyando el paso de lo sanitario a lo securitario, convirtiéndose en servidores del poder político y de las mafias farmacéuticas a cambio de una remuneración.

Las malversaciones de una ciencia sin conciencia y el «tratamiento a la Semmelweis» aplicado a los científicos que prestan servicios a los intereses de las mafias farmacéuticas permite ahora a los investigadores explorar el maná de las terapias naturales rechazando cualquier autoridad nacional y supranacional en materia de remedios.

Mientras se cuestiona la brutalidad de la alopatía, la nueva alianza con la naturaleza redescubre las plantas curativas y se pliega al desarrollo de sus virtudes. Volvemos, aquí también, al principio de proximidad.

Así como en el siglo XIX el auge del capitalismo industrial suscitó que los Volta, los Watt, los Lebon, los Papin, los Huygens experimentaran —a menudo a través de sus propios medios—el genio inventivo que les solicitaba, también el surgimiento de una civilización humana nos anima a confiar en la inteligencia y la creatividad de los individuos por fin conscientes de las libertades de las que gozan.

El principio de la ayuda mutua exige la creación de lugares de palabras. El fin de los intelectuales y de su desprecio por la palabra festiva restituye a las plazas públicas, a las calles, a los bares, a los centros sociales unos modos de expresión que, por su propia libertad, son capaces de evitar o de calmar los conflictos, las psicopatías y los desequilibrios existenciales provocados por la vacilación de los viejos puntos de referencia y la incertidumbre de los nuevos.

Corresponde a las asambleas de microsociedades autogestionadas y federadas reconvertir el pasado y recrear el presente. Que no se nos escape ninguno de los asuntos sobre los que el Leviatán y sus secuaces han intentado vanamente mantener la exclusividad. Sí, tenemos en nuestro interior la potencia inventiva capaz de abordar el problema de una energía gratuita y no contaminante, de reanimar el lenguaje condenado a desarticularse y a marchitarse al economizarse, de distribuir los flujos migratorios —que se verían aliviados tanto con la acogida de un pequeño número de huéspedes por parte de un gran número de colectividades, como con el contacto constante de los desplazados con su lugar de origen.

¿Acaso no somos lo suficientemente conscientes de la inflación y de la desaparición gradual del dinero en efectivo como para prever bancos de ayuda mutua, sistemas de trueque, de monedas no capitalizables?

Los estallidos de vida impulsados por los chalecos amarillos han favorecido el nacimiento de colectividades que concretan en asambleas locales unas proposiciones que, limitadas a una distribución en red, se exponen al control y a la censura de las opiniones. ¿No es este el punto de partida de una destrucción —o, más hábilmente, de una reconversión—de los teléfonos móviles y de los gadgets que, con un cinismo hilarante, nos espían y «granhermanizan» nuestros bolsillos y nuestras casas?

La historia hecha por nosotros y contra nosotros ha llegado a un punto de laxitud donde todo es posible para quienes están subjetiva y visceralmente persuadidos.

IV. La inversión de perspectiva

La economía agro-mercantil ha edificado un dique contra el libre desarrollo de lo humano que las olas de la emancipación rompen constantemente. A lo largo de los siglos, los tumultos, las revueltas, las insurrecciones siempre han retrocedido frente a este gigantesco obstáculo, sin que por ello sus asaltos se debiliten y se agoten.

Si actualmente los baluartes de la opresión se agrietan y se desmoronan, la causa no es tanto la violencia que los golpea desde afuera como una distorsión que los disloca internamente.

Desde el principio, la guerra que la civilización mercantil había resuelto librar contra la naturaleza estaba destinada a triunfar solo precipitando su derrota. Se necesitaron diez mil años para convencer a sus últimas víctimas de ello. ¿Qué son diez mil años comparados con los tres millones de años que nos conducen desde nuestra ancestra Lucy hasta las pinturas rupestres de Lascaux?

Erramos entre los escalofríos del invierno que muere y los estremecimientos de la primavera que renace. Pero el temblor que acompaña aquello que brota no es el mismo que aquel que se aferra a lo que cae.

La inversión de perspectiva es la libre elección que se ofrece al ser humano. Revoca los imperativos, las consignas. La nueva era tiene a su favor la conciencia que la explora y la hace visible.

Proponer una especie de plan o programa sería un error si aquel sustituyera la potencia poética que despierta al individuo a sus capacidades creativas.

Nadie sabe cómo el ser humano economizado romperá el maleficio secular que le ha convencido tan fácilmente de su impotencia nativa. ¿Acaso será a través de un traumatismo como la inundación inesperada del laboratorio de Pavlov que borró el reflejo de sumisión demostrado con éxito en perros?

¿O, más felizmente, gracias a un viraje que provoque una saludable inversión de perspectiva centrando nuestra energía en una vida soberana y en la conciencia humana que nos ha concedido y que, la mayoría de las veces, ha permanecido ajena a nosotros?

Luchamos por un retorno de la vida. No necesitamos lanzar un desafío a la muerte.

La vida no es un proyecto, no tiene sentido. Somos nosotros quienes se lo damos, en nosotros ha delegado la facultad de intervenir en su proceso de proliferación experimental y de evitar, si queremos, el recurso a la muerte que regula normalmente la destrucción de los excedentes —el desbordamiento de nacimientos, de criaturas, de árboles, del tener acumulado a expensas del ser—.

Llevamos la vida en nuestro interior en la humilde chispa de su inmensidad. Nuestro destino es humanizarla.

Para estar de acuerdo en que no hay otro ser supremo que el ser humano, hace falta que primero nos despojemos del papel de amo que nos ha impuesto una historia desnaturalizada. Ha llegado el momento de acabar para siempre con la superioridad imbécil, cruel y devastadora que nos ha hecho reinar sobre los animales, las plantas, las piedras.

En esto no hay ningún mandato ético. Solo queremos aniquilar el sufrimiento que les infligimos agobiándonos a nosotros mismos. ¿A qué grado de embrutecimiento mortífero, militar o de caza, se debe descender para olvidar que esos supuestos reinos inferiores forman parte de nuestros elementos constitutivos?

Nuestras luchas han quedado confinadas en el terreno delimitado militarmente por nuestros enemigos que nos arrastran y atrapan allí. De la vida, en cambio, ellos solo conocen la espada que la mutila. ¡No les hará falta nada más mientras les tendamos nuestras gargantas!

Si, por el contrario, conseguimos escapar de sus molinetes de matamoros, acabarán cortándose sus propias cabezas. La parodia de guerra mundial, cuya desafortunada marioneta es Ucrania, demuestra una vez más que solo una lamentable y sangrienta farsa oculta el colapso de los Estados. Los tambores están reventados, no golpean más los tímpanos. ¡Sus guerras nos importan un bledo! No somos traficantes de armas, ni banqueros, ni marionetas políticas.

¿Cómo podemos imaginar una autodefensa pacífica, una guerrilla donde la vida asedie al enemigo hasta precipitar su debacle? Fourier, que tenía poca simpatía por las revoluciones, propuso una solución que, bajo su aparente candidez, señala vías a explorar. Los falansterios, abiertos a ricos y pobres por igual, mantienen una separación entre la mesa donde los más afortunados se atiborran de platos exquisitos —a los que están acostumbrados— y los ágapes más frugales con los que se satisfacen las clases bajas. Sin embargo, la melancolía e insipidez hedonista que sufren los ricos contrasta tanto con la alegría que reina entre los pobres que poco a poco los ricos desertan de las mesas de una opulencia sin atractivo para unirse a los pobres que se deleitan con delicias menores.

El apólogo se inscribe en la realidad visionaria del teórico de la atracción pasional. Sin embargo, las evocaciones poéticas de una sociedad falansteriana no dejan de resonar con ecos sugerentes en un proyecto de autogestión que, sobre la construcción fourierista, tiene la ventaja de estar anclado en la historia, donde ha dado pruebas indiscutibles de realización. La constatación que ilustra Fourier apunta hoy a los oligarcas destripados por la incontinencia del tener, momificados en las vendas de sus aburridos placeres, mientras que, desde las calles a las rotondas, desde las ciudades a los pueblos, los pobres celebran la eterna primavera de la vida.

La mesa de la comensalidad universal está abierta. Aquellos cuyos corazones resecos se han convertido en el emblema de la codicia no podrán escapar del banquete de la nada.

La vida no necesita de nosotros para ser ella misma. En cambio, nosotros la necesitamos para existir y ella nos la ha proporcionado en su ausencia de discernimiento. Lo que asombrará a los futuros observadores de nuestro pasado es que, dotados de la capacidad para armonizar lo vivo o para permitirle reequilibrarse destruyéndonos, hayamos elegido, hasta el día de hoy, el igualitarismo de la muerte en lugar de los goces igualitarios de la gratuidad.

Las insurrecciones de la vida cotidiana señalan en todas partes el fin del capitalismo suicida. La mentira se asfixia bajo demasiadas palabras tullidas.

Autónomos y orgullosos de nuestro anonimato, somos los artesanos de un retorno a lo vivo que resuena en los confines del universo. Pondremos fin al cálculo egoísta y a la servidumbre que han hecho de la tierra un valle de lágrimas.

Crearemos un mundo donde el ser humano solo morirá en el umbral de su plenitud, en el resplandor de sus potencialidades satisfechas, aunque no saciadas en su totalidad.

La vida nunca dice una última palabra.

7 de marzo de 2022

Raoul Vaneigem

(Belgica, 1934-2026). Escritor y filósofo belga, fue miembro de la Internacional Situacionista.

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