La Cancha de los cesantes. ¿Cómo sobrevivió lo colectivo después de la derrota?
“Ningún jugador es tan bueno como todos juntos”.
Alfredo Di Stéfano.
El año en curso es un año mundialero y, con motivo de una fecha que nos entusiasma tanto como sociedad -me refiero a un Chile que, no habiendo clasificado al Mundial, aún presenta cierta dicha a la hora de pensar en el suceso-, podemos usar al “deporte rey” como una excusa; una excusa para hablar de cosas importantes. Comencemos señalando que en el fútbol -no el de la primera división, ni tampoco el de la Premier League o la liga española, sino el de tu barrio o mi barrio- sucede algo más poderoso aún. Ahí aparecen los afectos colectivos, las identidades, las épicas, los antagonismos, las memorias, los ritos y, quizás más importante que todo lo anterior, la comunidad.
Al plantearnos la pregunta de qué es la comunidad, cómo aparece, de dónde viene y hacia dónde va, es inevitable encontrarse con textos como el de Gemita Oyarzo Vidal, La vida después de la lucha. Transformaciones identitarias de la izquierda chilena en la posdictadura (Lom Ediciones, 2025). Textos que señalan el camino para pensar qué le sucede a un grupo que ya aprendió a pensarse a sí mismo, o al menos a la sociedad en la que reconoce querer habitar en un futuro.
Particularmente interesante resulta el cuarto capítulo del libro, titulado “La dimensión emocional de la militancia. Amores, familia y formas de elaboración de las experiencias de ruptura biográfica”. Allí, Oyarzo desplaza parcialmente la mirada clásica de la teoría de la acción colectiva muchas veces centrada en estructuras, organizaciones y procesos de movilización para detenerse en las emociones, los afectos y las formas en que militantes y ex militantes reelaboran subjetivamente sus experiencias políticas después de la derrota o desmovilización.
La pregunta que surge entonces es inquietante: ¿qué ocurre con lo colectivo cuando las organizaciones se fragmentan, los proyectos históricos fracasan y las identidades políticas dejan de estructurar completamente la vida cotidiana? O, dicho de otro modo: ¿dónde siguió viviendo lo colectivo después de la derrota?
Quizás parte de la respuesta no se encuentre únicamente en los partidos, sindicatos o espacios tradicionales de militancia, sino también en lugares aparentemente menos políticos -aunque profundamente comunitarios- como el fútbol amateur, la cancha de barrio, los camarines o las sociabilidades populares que persistieron durante la posdictadura chilena.
Desde esta inquietud, el presente escrito buscará dialogar principalmente con el cuarto capítulo del texto de Oyarzo, intentando pensar los límites de ciertas lecturas tradicionales sobre la acción colectiva y las formas en que la experiencia militante continúa elaborándose emocionalmente, incluso fuera de las organizaciones políticas formales. Para ello, recurriré también a una experiencia personal y familiar ligada al fútbol amateur porteño, particularmente a la historia de mi padre -obrero y jugador amateur durante gran parte de su vida en la cancha Osmán Pérez Freire de Valparaíso- y, a través de él, a relatos que remiten incluso a mi abuelo y a formas de sociabilidad popular anteriores a la década de 1950.
Muchas de esas historias transcurren en torno a la llamada “cancha de los cesantes”, un espacio configurado en un antiguo terraplén del cerro Cárcel de Valparaíso, donde trabajadores desempleados esperaban recibir alimentación en tiempos de profunda precariedad social. Según esos relatos, fue precisamente allí donde comenzaron a improvisarse las primeras pichangas entre quienes compartían no solo la falta de trabajo, sino también una experiencia común de incertidumbre, barrio y supervivencia cotidiana. Con el tiempo, aquellas reuniones derivaron en partidos más organizados y posteriormente en los llamados “nocturnos”, verdaderas fiestas populares en torno a la cancha barrial, profundamente arraigadas en la cultura porteña y todavía presentes en espacios emblemáticos como la cancha Osmán Pérez Freire, el estadio O’Higgins o la cancha La Laguna en el cerro Barón.
No se trata aquí de romantizar dichos espacios ni de homologarlos mecánicamente a formas tradicionales de militancia política. Más bien, el objetivo será preguntarse si acaso en estas formas de sociabilidad popular sobrevivieron fragmentos de comunidad, afectividad y experiencia colectiva en un Chile marcado por la fragmentación social de la posdictadura y el debilitamiento de muchas estructuras tradicionales de organización popular.
En este sentido, el fútbol amateur aparece menos como un simple espacio recreativo que como una práctica social capaz de condensar memorias, afectos y formas de pertenencia difíciles de reducir únicamente a categorías clásicas de organización política. Ahí aparece una de las inquietudes que atraviesan este escrito: preguntarse si acaso ciertas dimensiones de lo colectivo lograron persistir, desplazarse o reelaborarse emocionalmente en espacios cotidianos y populares, que muchas veces quedan fuera de las lecturas tradicionales sobre militancia, acción colectiva o politización. Más que entregar respuestas definitivas, las siguientes páginas intentan pensar esas relaciones entre política, afectividad y vida cotidiana a partir del diálogo entre el texto de Gemita Oyarzo Vidal y la experiencia histórica del fútbol amateur porteño.
Uno de los aspectos más interesantes del capítulo cuarto de La vida después de la lucha, es el desplazamiento analítico que realiza Gemita Oyarzo Vidal respecto de ciertas lecturas tradicionales sobre la acción colectiva y la militancia política. Tal como señala la autora, buena parte de las teorías clásicas sobre movimientos sociales han tendido a privilegiar dimensiones estructurales u organizativas de la acción política, concentrándose principalmente en ciclos de movilización, repertorios de protesta, recursos organizativos o configuraciones institucionales. En ese marco, la militancia aparece muchas veces como un fenómeno empírico secundario, subordinado a dinámicas colectivas más amplias y menos atento a las dimensiones subjetivas y emocionales que atraviesan las experiencias políticas de quienes participan en ellas.
Precisamente allí radica uno de los aportes centrales del capítulo: desplazar parcialmente la mirada desde las estructuras hacia las experiencias vividas por militantes y exmilitantes, particularmente hacia las emociones, afectos y formas de elaboración biográfica asociadas a sus trayectorias políticas. Más que preguntarse únicamente por la emergencia o desaparición de determinados movimientos sociales, Oyarzo parece interesarse también por aquello que ocurre una vez finalizado el momento más visible de la movilización: las huellas emocionales, identitarias y comunitarias que permanecen incluso después de la derrota, la fragmentación o la desmovilización.
En este sentido, la autora resulta crítica -aunque no necesariamente rupturista- de ciertos límites presentes en parte importante de la teoría de la acción colectiva contemporánea. Particularmente, de aquellas perspectivas que, al privilegiar la racionalidad organizativa o la capacidad de los actores para construir marcos explícitos de interpretación política, terminan dificultando la comprensión de procesos más complejos de subjetivación, afectividad y pertenencia colectiva. Tal como sugieren algunos pasajes del texto, no toda experiencia comunitaria o identidad compartida se expresa necesariamente mediante formas plenamente conscientes o discursivamente elaboradas de acción política.
La pregunta que comienza a emerger entonces es particularmente relevante: ¿qué ocurre con aquellas formas de comunidad, afectividad o pertenencia que persisten incluso cuando las organizaciones políticas tradicionales pierden centralidad en la vida cotidiana? O, dicho de otro modo, ¿es posible pensar formas de persistencia de lo colectivo más allá de las estructuras formales de militancia?
Uno de los conceptos que atraviesa de manera más sugerente el capítulo IV es el de subjetivación política. Aunque no siempre aparezca definido de manera rígida, el texto permite entenderla como el proceso mediante el cual determinados sujetos comienzan a pensarse a sí mismos no solo como individuos aislados, sino como parte de una experiencia colectiva, histórica y política más amplia. En otras palabras, la militancia no implicaría únicamente participar de una organización o adherir racionalmente a un programa político, sino también construir formas de percibir el mundo, interpretar el conflicto social y elaborar afectivamente la propia existencia en relación con otros.
En este punto, el libro de Oyarzo resulta especialmente interesante porque desplaza la discusión desde una comprensión puramente instrumental de la militancia hacia una dimensión profundamente emocional y biográfica. Las experiencias políticas que reconstruyen los entrevistados no aparecen únicamente como episodios de organización o movilización social, sino también como experiencias capaces de transformar vínculos familiares, relaciones amorosas, amistades, formas de habitar el tiempo cotidiano e incluso las maneras de comprender el sentido de comunidad.
Ahí comienza a aparecer una pregunta importante para pensar los límites de ciertas lecturas tradicionales sobre acción colectiva. Si las identidades políticas se construyen mediante experiencias compartidas, afectos comunes y procesos de reconocimiento mutuo, ¿qué ocurre cuando las estructuras organizativas que sostenían dichas experiencias se fragmentan o desaparecen? ¿Desaparece necesariamente también la dimensión colectiva de esas subjetividades?
La pregunta resulta particularmente sugerente porque obliga a pensar la posibilidad de subsistencias afectivas de lo colectivo incluso fuera de los espacios políticos formales. Quizás lo comunitario no desaparece del todo, sino que permanece desplazado hacia otros espacios y prácticas cotidianas, no tanto como proyecto político explícitamente articulado, sino como memoria emocional, hábito cotidiano, ritual compartido o necesidad de encuentro. En este sentido, la subjetivación política no tendría por qué agotarse completamente en la organización militante tradicional, pudiendo sedimentarse también en prácticas sociales aparentemente alejadas de la política institucional o partidaria.
Si esta experiencia también deja huellas afectivas, rituales y comunitarias, entonces quizás ciertos espacios populares pueden funcionar como lugares donde fragmentos de esas instancias colectivas continúan elaborándose. Bajo esta inquietud, el fútbol amateur barrial aparece como un espacio particularmente sugerente para pensar la supervivencia de determinadas formas de encuentro y pertenencia en la vida popular chilena de posdictadura. No necesariamente porque allí exista una conciencia política explícitamente articulada, ni mucho menos una continuidad orgánica de antiguas formas de militancia, sino porque en torno a la cancha continúan produciéndose vínculos, códigos comunes, recuerdos compartidos y ritos colectivos difíciles de comprender únicamente desde categorías tradicionales de organización política.
En este sentido, resulta interesante preguntarse si acaso ciertas dimensiones de lo colectivo lograron sobrevivir transformándose en prácticas cotidianas aparentemente alejadas de la política formal. La cancha de barrio, el camarín, el tercer tiempo o incluso los llamados “nocturnos” porteños pueden entenderse no sólo como espacios recreativos, sino también como escenarios donde persisten formas de sociabilidad popular profundamente marcadas por experiencias compartidas de clase, territorialidad y memoria colectiva.
La historia de la llamada “cancha de los cesantes”, ubicada en Avenida Alemania cerca de Plaza Bismarck en el cerro Cárcel de Valparaíso, permite observar ese proceso en una temporalidad mucho más larga. Según recuerda mi padre, el origen del lugar se remonta a la crisis de 1929, cuando el desempleo masivo convirtió ese sitio eriazo en un punto de distribución de comida para trabajadores cesantes y sus familias. “Llegaban los camiones a repartir comida”, recuerda, “y la gente iba con su olla”. El propio nombre de la cancha conserva la huella de aquella experiencia histórica: antes de ser un espacio deportivo, fue un espacio articulado alrededor de la sobrevivencia colectiva.
Esa dimensión resulta significativa. La cancha no nació simplemente como infraestructura deportiva, sino como un espacio social organizado alrededor de formas populares de ayuda mutua en un contexto de crisis económica. Más tarde, ese mismo lugar fue transformándose sucesivamente en cancha improvisada, espacio de carnavales, circos, juegos mecánicos, mercados populares y campeonatos nocturnos. A través de distintas coyunturas históricas: La crisis económica de los años treinta, la urbanización de los cerros porteños, las transformaciones barriales de mediados del siglo XX e incluso las reconfiguraciones posteriores al golpe de Estado, el lugar siguió funcionando como punto de reunión comunitaria.
Lo interesante es que esa continuidad no dependía necesariamente de una conciencia política explícita. En el relato de mi padre, lo colectivo aparece más bien encarnado en prácticas cotidianas: ir a ver jugar al padre, querer usar la misma camiseta del club del barrio, reconocer a los vecinos en la galería, organizar colectas cuando alguien enfermaba o quedaba sin trabajo, compartir después de los partidos incluso entre equipos rivales. “Si algo le pasaba a algún vecino, otros vecinos apoyaban”, recuerda. La cancha funcionaba así como una extensión de la vida barrial y de las redes de sociabilidad popular.
En ese sentido, el fútbol amateur producía formas de integración que excedían largamente lo deportivo. No había únicamente competencia; existía también transmisión generacional, reconocimiento mutuo y pertenencia territorial. “No había escuela de fútbol. Tú aprendías a jugar”, dice mi padre. La formación no ocurría en instituciones especializadas, sino en la propia experiencia comunitaria del barrio. Los mayores enseñaban a los más jóvenes; quienes no sabían jugar aprendían mirando o compartiendo cancha con otros. La camiseta del club no representaba solamente a un equipo, sino a una historia familiar y territorial: “Tú veías a tu papá jugar con esa camiseta y también querías usarla”. Precisamente allí aparece uno de los elementos más significativos para pensar la persistencia de ciertas formas colectivas en la postdictadura. Incluso después de la derrota de los proyectos políticos transformadores, sobrevivieron espacios donde continuaban reproduciéndose prácticas de solidaridad, identificación barrial y legado común. No necesariamente como resistencia organizada, pero sí como formas sociales arraigadas a la vida cotidiana.
Sin embargo, el propio relato también identifica una fractura histórica. Mi padre sitúa hacia los años noventa un cambio profundo en las formas de convivencia asociadas al fútbol amateur. “Después de los 90 hubo un cambio”, señala repetidamente. Ya no era común que los equipos compartieran después de los partidos; comenzaron a intensificarse las violencias y, según su percepción, el ingreso del narcotráfico modificó las relaciones dentro del mundo amateur. Más allá de la precisión sociológica de esa interpretación, lo relevante es que en su recuerdo aparece claramente la percepción de una erosión de los vínculos comunitarios tradicionales. Acordándose de Maradona, mi padre señala: “La pelota no se mancha, pero sí se terminó por manchar lamentablemente en nuestro fútbol amateur”.
En esa transformación parece expresarse algo más amplio: la progresiva fragmentación de las formas de sociabilidad popular construidas durante gran parte del siglo XX. Allí donde antes predominaban identidades barriales relativamente estables, transmisión intergeneracional y redes vecinales densas, comienzan a emerger relaciones más individualizadas y competitivas. La frase “ya no está la identidad de jugar por amor a la camiseta” sintetiza precisamente esa sensación de pérdida.
Las fotografías familiares y recortes de prensa conservados por mi padre permiten observar cómo estas experiencias de sociabilidad amateur no permanecían únicamente en el recuerdo oral, sino también en pequeños archivos domésticos cuidadosamente guardados durante décadas. Equipos posando antes de los partidos, camisetas improvisadas, campeonatos nocturnos o recortes del diario La Estrella aparecen así no solo como recuerdos personales, sino también como huellas materiales de formas de comunidad barrial profundamente arraigadas en la cultura popular porteña. Miradas desde el presente, estas imágenes parecen registrar algo más que simples equipos de fútbol: funcionan también como pequeños archivos afectivos de una experiencia colectiva construida alrededor del barrio, la cancha y la memoria compartida.




Pero incluso en medio de esa erosión, persisten restos de aquella experiencia colectiva. Mi padre todavía describe la emoción de encontrarse con antiguos rivales décadas después, reconocerse mutuamente y recordar partidos jugados hace cuarenta años. El fútbol amateur continúa funcionando como archivo afectivo de una experiencia popular compartida. Tal vez allí, en esas evocaciones fragmentarias, en esos códigos compartidos barriales aparentemente menores, sobrevivieron algunas de las formas en que lo colectivo siguió existiendo después de la derrota.
En ese sentido, la cancha amateur no aparece simplemente como un espacio deportivo aislado, sino como parte de procesos más amplios de sociabilidad popular desarrollados históricamente en los sectores populares urbanos chilenos. Tal como han mostrado diversos trabajos de historia social, gran parte de las experiencias colectivas de las clases populares durante el siglo XX no se articularon únicamente en torno al trabajo asalariado o las organizaciones políticas formales, sino también mediante clubes deportivos, redes vecinales, carnavales y múltiples formas cotidianas de encuentro comunitario (Salazar, 2000; Pinto y Salazar, 1999; Garcés, 2002). La propia “cancha de los cesantes” parece condensar materialmente esa trayectoria: surgida al calor de la crisis económica de 1929 y de las formas populares de sobrevivencia asociadas al desempleo masivo, posteriormente convertida en espacio de campeonatos, carnavales y encuentros barriales, el lugar funciona casi como un pequeño archivo territorial de las transformaciones de la sociabilidad popular porteña a lo largo del siglo XX.
Parte importante de estas preguntas no surgieron únicamente desde la lectura académica. Para mí, crecer en una familia atravesada por el fútbol amateur porteño significó también crecer escuchando historias de barrio, campeonatos, viajes a las canchas y recuerdos que muchas veces parecían exceder largamente lo deportivo. Recuerdo acompañar a mi padre a la cancha desde muy pequeño y sentir un cariño por el fútbol asociado menos al espectáculo profesional que a algo mucho más cotidiano y cercano: ver jugar simplemente por el hecho de ver fútbol, sin importar si se trataba de Messi, David Villa o cualquier figura internacional. Había algo en la cancha amateur que producía otro tipo de vínculo.
Con el tiempo, especialmente durante la enseñanza media y posteriormente en la universidad, esas experiencias comenzaron a adquirir otro significado. Recuerdo incluso haber conversado con mi padre sobre política mientras observábamos partidos amateur después de algunas clases de historia en el colegio. Sin embargo, fue principalmente a partir de ciertas lecturas y discusiones universitarias, particularmente la tesis de Manuel Sánchez Acevedo, quien abordó el fútbol como un fenómeno social e históricamente problematizable, que comencé a pensar el fútbol no solamente como entretenimiento o identidad deportiva, sino también como un espacio cargado de significados sociales, políticos y culturales.
Más tarde, la lectura de La vida después de la lucha, de Gemita Oyarzo Vidal, terminó de abrir una inquietud que ya venía apareciendo de forma más intuitiva: la sospecha de que muchas de esas canchas, camarines y sociabilidades barriales podían funcionar también como espacios de memoria popular. En otras palabras, comencé a preguntarme si acaso parte de las experiencias colectivas construidas históricamente por los sectores populares sobrevivían todavía, aunque desplazadas y fragmentariamente, en esos espacios cotidianos que había conocido desde niño. En cierto sentido, reflexionar sobre el fútbol amateur también implicó comenzar a pensar mi propia experiencia de clase y las formas concretas en que determinadas sociabilidades populares habían atravesado mi propia biografía.
Quizás una de las dificultades más profundas al pensar la derrota de los grandes proyectos colectivos del siglo XX consiste en asumir que lo comunitario no desaparece necesariamente junto con las organizaciones políticas que alguna vez le dieron forma. A veces, parte de esas experiencias sobreviven desplazadas hacia espacios mucho más cotidianos y fragmentarios: una camiseta heredada, un campeonato nocturno, una cancha de barrio o el recuerdo compartido de antiguos rivales décadas después.
Volver sobre estas historias familiares y barriales también implica reconocer que parte importante de la experiencia popular chilena no transcurrió únicamente en sindicatos, partidos o grandes hitos políticos, sino también en espacios aparentemente menores donde las personas aprendían a encontrarse, reconocerse y compartir una vida común. Quizás por eso, incluso hoy, la cancha amateur continúa despertando algo difícil de nombrar completamente: la sensación persistente de que todavía existen lugares donde lo colectivo sigue intentando sobrevivir.
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En memoria de mi abuelo, Don Horacio Antonio Loyola Páez, y con profundo cariño hacia mi padre, Horacio Antonio Loyola Ramírez.