Rubén Marcos o el futbol como poesía
Elegante es aquel hombre que no hace o dice cualquier cosa, sino que hace lo que hay que hacer y dice lo que hay que decir, dice Ortega y Gasset en su manuscrito póstumo ‘Origen y epílogo de la Filosofía’. No aparentar ni buscar los focos, no vivir bajo la falsa modestia ni en un discurso barroco sobre sí mismo.
En el fútbol, es el mediocampista el verdadero custodio de la elegancia. No define siempre, no luce siempre, pero decide siempre. Su belleza radica en esa mixtura entre dureza y delicadeza, en romper el ritmo del juego o bajarle dos cambios al partido. Nunca demasiado ruidosos, administran el tiempo como si fuera una sustancia visible.
Son un grupo selecto de registas: Juan Román Riquelme parecía detener el partido con la planta del pie; Xavi Hernández lo organizaba como un director de orquesta -dicen que alguna vez tuvo un 98% de pases acertados-; Denis Bergkamp, en una época en que el futbol ya comenzaba a acelerar, prefirió los cambios de dirección, las pisadas magistrales y las caricias al balón; el “fantasista” David Pizarro amagaba, escondía la pelota y centraba como nadie. En un pasado mas lejando estuvo Charlie Roberts y Luis Monti, y como olvidarse de Fernando Redondo. Hoy en día, Pedri González y Rodri ya encarnan esa rara virtud de hacer que todo ocurra un segundo antes en su cabeza, encontrando el pase donde nadie lo ve.
La elegancia, entonces, escasea de los adornos que tiene el Jogo bonito, niega el estado de gracia que demostraba Neymar en el 2015, es, más bien, una forma de jugar al futbol sin extravagancias, con pasos de baile pequeños pero llamativos. Retomando la frase de Ortega y Gasset, hacer lo que hay que hacer en el fútbol podría traducirse a una ética del pase: no cualquier pase, sino el pase justo, ni el más vistoso ni el más seguro, el necesario. Esa elección —que parece instantánea— es en realidad el resultado de una conciencia afinada, de una percepción del juego como totalidad. Ya lo decía Johan Cruyff: el fútbol se juega con el cerebro, debes estar en el lugar adecuado, en el momento adecuado, ni antes ni después. Esa economía del gesto —esa negativa a hacer de más— es lo que vuelve elegante a un jugador, agasajar sin necesidad de excesos. Estos jugadores aman la pelota, la cuidan, la entregan mejor de como la recibieron.
No es casual que a estos jugadores se les asocie con el tiempo: lo estiran, lo doblan, lo administran, porque el fútbol, como recordó César Luis Menotti, es espacio, tiempo y engaño. Tres dimensiones que el volante debe reconciliar. De ahí que las grandes escuelas del fútbol hayan girado en torno a esa doble dominación del tiempo y el espacio.
Los entrenadores se preguntan ¿Cómo dominar, individual y colectivamente, el espacio y el tiempo? El “fútbol total” de Rinus Michels intentó resolver esa tensión. Tal como la arquitectura y el urbanismo de Ámsterdam, que respondía a un intento por dominar el agua, facilitar el comercio y ser una obra de arte, el equipo debía manipular los espacios y el tiempo para que, recién entonces, el individuo pudiera expresarse. La elegancia, otra vez, aparecía como resultado de un orden: jugadores que se intercambiaban las posiciones a través de interacciones -por lo que ser polivalente y lograr intuir las jugadas era una virtud para esta filosofía de juego- o una presión intensa durante los 90 minutos, desde atrás, subiendo todos los defensores juntos para tirar el offside, eran algunas características primordiales, con las que se construía un futbol de posesión que dominara los espacios primero, y luego el tiempo se convertía en materia prima para la construcción.
Esta correlación entre la ciudad y su equipo de fútbol no es azarosa. David Winner, quien investiga las raíces culturales del fútbol holandés, afirma que el juego propuesto por Michels estaba en la línea de la reforma expresionista de la pintura y la arquitectura holandesa, que valoraba la manipulación de los espacios. El futbol total era en esencia una reproducción de la “Ciudad total” que es Amsterdam, una combinación armónica entre lo cotidiano, lo bello y lo útil. No hay estridencia; hay, más bien, una voluntad de orden que no sofoca, sino que permite respirar.
Esa misma noción de elegancia —entendida como equilibrio entre intención y gesto— reaparece en contextos aparentemente lejanos, no depende del lugar, sino de la mirada y de la forma en que se construyen los actos.
Dicen que Ruben Marcos era elegante. Poseía una majestuosa visión de juego para meter pases entre líneas, conducción de balón, buen dribling para encarar, además de un excelente juego aéreo. Fue el mejor mediocentro del continente en el 65, 66, 67 y 70, el mejor chileno del mundial del 66, marcando todos los goles que convirtió Chile en Inglaterra, contra Corea del Norte y la Unión Soviética. Confesó, años después, que el partido contra los soviéticos lo jugó desgarrado, y sin posibilidad de ser reemplazado, jugó parado como delantero, y fue el balón el que lo encontró y choco entre sus muslos para convertirle a Anzor Kavazashvilli. No hay épica más extraña: la del jugador que, inmóvil, termina siendo decisivo. Luego del mundial, lo apodaron el león de Sunderland.
Jugaba en todos los sectores del campo, jugaba como interior izquierdo, pero en rigor jugaba en toda la cancha. Esa omnipresencia lo convertía en algo más que un futbolista talentoso: era una estructura, un sostén. El siete pulmones, “no se rendía jamás, peleaba todas las pelotas / consciente, como todo gran jugador / como jugador heroíco […] de que cada pelota / de que cada una de las pelotas en disputa, / o en su propio poder / era la vida y la muerte / la infinitud o la finitud / Y por eso era tan poderosamente hermoso / ver jugar a Rubén Marcos en una cancha de futbol / Sobrecogedor, dice Erick Polhammer, para quien, Rubén no era solo un jugador de fútbol, sino un poeta, a la altura de Neruda, T.S Eliot y Alfonsina Storni.
Algunos decían que era mejor en el básquetbol. No era un comentario menor: la familia Marcos está hecha de esa otra disciplina, y su hermano Alfonso era llamado el Garrincha del básquetbol. Él y Tulio jugaron en Unión Española en una época dorada del básquetbol chileno. Sin embargo, Rubén era mejor que ellos.
Muy humano, la nostalgia lo invadía cuando miraba una cancha donde peloteaban unos niños, deseando volver a jugar sin presión. Amaba ir al cine, especialmente cuando actuaba María Schell. Renegaba de aquellos que o tildaban de antipático o pesado de sangre, pues él se veía a sí mismo como un hombre tranquilo y callado, al que solo a veces se le hervía la sangre vasca. Eso sí, no contenía su capacidad para burlarse de otras personas. Igual recibía, Leonél Sanchez le decía que lo había visto llegar de Osorno con una maleta de mimbre.
Esa mezcla de sensibilidad y carácter se traducía en una forma de jugar total. Marcos era despliegue, ida y vuelta, marca y creación. Tenía una zurda precisa, visión para asistir y una sorprendente capacidad para recuperar el balón, algo poco habitual para los conductores de su época. Podía aparecer por la derecha, retroceder hasta su propio campo o irrumpir como delantero, siempre acompañando la jugada desde atrás, siempre llegando. Quienes compartieron con él lo recuerdan como el eje invisible del equipo, era el que surtía de balones a todos, pero también el que hacía el trabajo silencioso: perseguir rivales, quitar pelotas, ordenar el mediocampo para que otros se lucieran.
Para Leonel, Marcos le dio al fútbol chileno algo que no tenía: la fuerza. Fue el primer exponente de lo que significa ser recio y leal al mismo tiempo, un jugador capaz de imponer respeto sin traicionar el juego. En ese sentido, su figura aparece como un punto de quiebre, como si antes de él el fútbol chileno hubiese sido más liviano, y después, inevitablemente, más combativo.
Incluso años más tarde, su influencia seguía viva. Eduardo Bonvallet lo eligió como el mejor ‘10’ chileno de todos los tiempos, recordando cómo, cuando era juvenil, Marcos se acercaba a las prácticas, observaba y exigía. “Si perdí, te mato”, les decía, no como amenaza, sino como declaración de principios: competir siempre al límite. En esa frase se resume algo de su espíritu, esa intensidad que no admitía medias tintas.
Pero esa misma entrega tuvo un costo. La exigencia constante, el cuerpo llevado al extremo, terminó por pasarle la cuenta. Una artrosis, producto de la sobrecarga en sus articulaciones, acortó su carrera profesional. Como tantos jugadores de su generación, su legado quedó más en la memoria que en los registros prolongados.
El 14 de agosto de 2006, una semana después de que yo cumpliera seis años, murió de un infarto. Yo estaba cenando en la casa de mis abuelos. No supe entonces quién era realmente Rubén Marcos. Esa comprensión vino después, como llegan las cosas importantes: tarde, pero con peso.
Y tal vez ahí radica lo esencial. Marcos no fue solo un gran jugador, sino una forma de entender el fútbol: total, intensa, generosa y, a su manera, poética. Un futbolista que podía correr toda la cancha y seguir siendo elegante, que podía ser duro sin dejar de ser bello. Hacía todo y lo hacía bien. Ordenaba el juego y no se escondía nunca, y a veces, incluso, sin moverse, decidía partidos.