Ilustración: Salomon Gessner - Paisaje boscoso con una ninfa y un sátiro. 1764 (intervenida)
Canto visceral
Los ancianos ven verde lima,
la señora, apoyada sobre el palo,
y al anciano se le cae el crujir.
La hoja otoñal cae cruda a la vereda,
te habla de gritos y golpes.
Una mujer a la que no puedo hablar,
que le escribo cartas al revés:
mujer que me hace soñar con las rimas,
una vez más.
Ella canta, apoyada en el hormigón,
que grita “exilio” en sus dagas.
Y sonríe como yo,
y viste lo mismo que visto yo.
Una vida de cuentos, el humo que llora,
chispas que rugen en la oscuridad.
Ojos tornados a lo salvaje,
animal, que desgarra telares:
crías que no conocieron más.
La maldad de mi propio bien:
la muerte de una madre por la vida de su hijo:
la muerte de Dios por la vida del hombre.
Esta es mi muerte por mi vida,
uñas que olvidan el hambre
se comen lo que desean:
comen y comen, pero nunca se llenan,
pecan, moribundas: son Gula.
Una mujer a la que deseo,
decenas de estrellas.
La chimenea acoge mis pieles.
Una mujer, un nombre.
Su sonrisa es mundana:
falsa.
Ojos sin pupilas,
consumidos por la muerte.
De rodillas, frente al cuerpo,
lloro y luego beso su frente.
Nunca lo vi tan bien vestido
como para el día de su funeral.
Esos son los ojos que yo busco:
verdes por la falta de alma.
“La madera húmeda te cuenta historias
al oído, que cede.
Fiebre que te calma en un sueño.
Nadie te ve partir, cae el espíritu
y llega Ella a colmarte de polvos verdes”.
Así cantaba la fogata.
Trompos que acaban con el fin,
con el ocaso que traza el escritor.
Trampas que lucen amigables:
cuando calle el órgano: teme.
La niña se golpea el pecho,
mira con terror al hombre crucificado.
Ella tiene multinacionalidad,
piernas flexibles, para cruzar y descruzar.
Y así permanece, muda, en la misa.
Entre las celdas del pasto húmedo
me infiltro como komorebi.
Tus sentimientos de hacer el bien:
secos como el desierto.
De ellos nacen las más bellas flores,
ahí mi equis, mi final, mi suicidio.
Las casas se caen en las arenas,
en el yermo de la vida
corre viento blanco.
El camino del haitiano:
descalzo por el infierno.
Cántale a tu negra canciones de cuna,
hombre de tierras injustas.
No llores, Mobila,
desierto largo, pero nunca eterno.
Corren las cadenas,
en tus cuellos no se lucen:
huye de ellas,
vuelve al mar y habla.
En las carpas cuelga tus ropas,
llegan los micrófonos,
a preguntarte,
qué tan mierda es vivir así.
Ahora llora mi lengua,
sangran los ápices que comandan.
Las criaturas rugen,
miedo de piedra,
collares que reconocen dueños.
El ruido de la selva es perenne:
cruje entre los autos
y se cuela por las vías del metro.
Las flores sangran
y los nativos buscan más de ellas.
Escapa de tu pasado
cuando caiga la noche.
Tras una América,
dormida boca arriba,
sueño con la que pudo vencer;
esa nación que pudo clavar su lanza
en el palpitar español.
Una tierra llena de orígenes,
no de indígenas.
En los verdosos caminos,
de la húmeda gota austral,
respiro la sangre de mis hermanos
y clavo mis dedos en sus
ojos de jaguares.
Y de la otra cara,
donde nunca he pisado,
pero, en sueños, leí.
Habitan prados de esmeraldas.
Perros gigantes
que tocan el piano a pezuñas.
Sus voces entonan idiomas
y el vestido cae en desuso.
Ayer leí que el zar había caído:
como no tengo amigos allí
no le escribí a nadie.
Y el tren suena y la bohemia
se viste de amante.
Hay dos mujeres de tez clara.
El verde que domina
solo me ha pintado en castigos,
sus notas suenan ajenas,
cobre que se oxida en un thank you.
Escamas que no raspan,
son mis propias alcantarillas:
bajo mis pies o sobre mi cabeza,
disimula una falda en trapecio.
Hay una mujer a la que le puedo hablar
de mis absurdos.
Trabado el renglón de la puerta,
no tiene más que callar
en una suave brisa.
Toma nota de sus oídos, mundanos.
Escucha al basilisco
y, mirándole la nariz,
le canta para ascender.
La veo desde mi miedo.
Es una mujer que viste igual que yo
y dice las mismas palabras
que digo al saludar.
Tramito sueños que puedo cumplir,
una vida que no me permito
pero que repito
como un eterno retorno.
Y quisiera llorar,
apoyado en las paredes blancas,
donde orinan las niñas,
presas de una noche.
Y quisiera dejar de mirar,
y escribir en algún verso:
Una mujer, dos ojos;
que me abrazan el plexo.
Camino y tropiezo con mi hígado:
se envuelve en mis pies
y maúllan los gatos mientras lo devoran.
Plantas de hielo.
Las lanzas culminan con la gracia
de una vida sin preocupaciones
que da inicio a una nueva.
Mis letras no caerán junto a mí,
deben guardar al tiempo
en sus caparazones.
Los besos de mi abuela,
me dicen que la noche se acerca.
Bajo las sábanas,
soy un chanchito de tierra,
que oye historias
en los músculos de su weli.
Cuida que el lobo no entre a la cama
y se coma las pompas del niño.
Lustra los zapatos,
le calienta la ropa en la mañana.
“Ñora Verónica, ¿cómo le van las várices?”
Su hermana,
del pasaje tres,
cocina con otra mano, se nota.
Ambas sueñan con fuego en los ojos,
ambas se la pasan en vela.
“Ñora María, ¿cómo ha estado?”
Y ahí las miro;
a las dos viejas,
hechas añicos por el peso
de los huesos; que caen
sobre el pasar de la estirpe,
haciéndole el desayuno al niño,
que tiene frío.
Que hay que contarle una historia.
Y ahí me acurruco,
bajo el brazo confidente,
al escuchar por última vez
la historia del Gigante Egoísta.
*
Pléyades
La frente de mi sinusitis es la fuente de mis celos: drogas y aplicaciones.
Agrupo las ciudades después de las doce, y la grima se estira,
bajo el caldo deforme de rostros muertos e impregnados en hombres de madera.
Necesito un claustro en mi habitación. Transeúnte que fija papeles en oficinas.
Sobre el busto de mi maestro el carpintero graznaba. Solo eso.
Mis manos no están hechas para matar, pero las pieles sí están hechas para morir.
Rabia llena de pecado: siempre pensé que la acción me separa del psicópata.
<<¡Hay que matarlos, esa es la única solución!>>. Escucho del otro lado de la pared.
—No debe ser fácil tirar del gatillo. Me digo, mientras escucho que le pegan a la niña.
La vida no recae en mí, es mi deber.
¡Pléyades! Caen en fragmentos.
Los pelos de la barbilla, sobre el lavamanos, inundan la sustancia,
dedos de mendigo: la luz resalta el piano: a las afueras de la estación San Miguel.
“Alguien se ha lanzado, lo sentimos”, y las teclas suenan más y más.
Caen monedas en un saco.
Las luces se apagan: el cerebro del vagón retuerce las líneas.
Ideas homogéneas se encierran en una misma habitación. Cantan
y luego prueban el bello sexo.
Tengo teorías que danzan sobre las fundas de las almohadas. El tribunal las absorbe
y alimenta a su pobre veneno sobre la araña de siete patas.
Ocaso: y se cierra el cielo con el destello de millones de años.
El pecho de mami relaja hasta al alma más cruel. Las cucarachas se esconden:
les doy chance de arrendar la parte baja de la cocina. Me da pena matarlas.
El cuchillo lo tengo, pero sus venas revientan en mis dientes,
colmillos que uso para matar, dagas que clavo en mi propia espalda.
Vuelvo a llorar. ¿Qué harías si mamá muriera?
El eclipse sega mis oportunidades de conocer la verdad. Historias, vidas que quiero.
Caen una tras otra; la gotera le da el ritmo a la noche.
Trampolines del batallón treinta y tres. Llaman al auto para acechar a la muerte.
El viento corre por mis intestinos,
se alimenta del tinto que hay en ellos, lo ama, lo depreda.
Mis colmillos ahora son suyos, la naranja suelta su jugo
y se lo da al perro callejero.
Mis vísceras migran hacia un mejor lugar,
donde no las pueda devorar.