El fútbol que no muere
Descripciones acerca del fútbol que agoniza tras el cobijo del capitalismo, y de aquel de creación popular que se resiste a morir
El Real Madrid, la escuadra con más reputación mundial, el club más ganador y con más dinero, se encuentra hoy en una crisis. Entre abril y mayo del año 2026 se han reportado conflictos entre jugadores del primer equipo, peleas a golpes y problemas de liderazgo, que van más allá de una cuestión de cultura organizacional o de los malos resultados en la competición. Se trata de un malestar acompañado por una sensación de molestia al interior de la plantilla, especialmente entre aquellos jugadores que tienen una situación más ventajosa en lo económico, pero que también se han ido acomodando a un estilo de vida suntuoso (Redacción Crónica, 2026), el cual olvida el sentido primigenio del fútbol que es jugar.
Según el informe de Deloitte (2026), entre los años 2023 y 2024 el Real Madrid generó 1.161 millones de euros, seguido por el Barcelona, Bayern Múnich y el Manchester City, cuyos ingresos oscilaron entre los 823 y los 900 millones de euros. Esta situación coincide con que se trata de los clubes con mayor peso económico y con contratos multimillonarios para sus plantillas. Los principales ingresos provienen de los patrocinadores, los acuerdos publicitarios, la recaudación por día de partido y los derechos de transmisión televisiva, muchos de ellos de pago. Si el club compite en la Liga de Campeones o en alguna otra competición europea, sus ingresos aumentan aún más.
Los clubes multimillonarios mantienen un sello propio, ya que se encuentran consolidados económicamente, lo que deja en un segundo plano el debate sobre ser o no una SAD (Sociedad Anónima Deportiva) para atraer inversiones y sostener una infraestructura deportiva relevante. El problema de las SAD queda para el resto de los clubes de rango medio, ya sea como proceso de conversión —es decir, el paso de club deportivo a sociedad anónima—, como alternativa de financiamiento o como amenaza latente de transformación para sus hinchas.
Entre los clubes españoles que se convirtieron en SAD se encuentran el Atlético de Madrid, Valencia, Sevilla, Betis, Villarreal, Espanyol y Málaga, entre otros. En Inglaterra, señalada como la mejor liga del mundo, clubes como el Manchester United, el Manchester City o el Chelsea tienen capitales que cotizan en bolsa y en los que cualquier persona puede participar si tiene dinero. En Francia, el equipo de moda, el Paris Saint-Germain, forma parte del grupo Qatar Sports Investments (García-Martí et al., 2016), el cual también ha invertido en ligas como la portuguesa y la belga, adquiriendo participaciones en clubes como el Braga. Por su parte, el Manchester City es controlado por el jeque Mansour bin Zayed Al Nahyan a través de la compañía City Football Group, que ha invertido en el Girona, en España; el Palermo, en Italia; el New York City FC, en Estados Unidos; el Bahía, en Brasil; y el Club Bolívar, en Bolivia.1 Clubes tradicionales como Botafogo, Cruzeiro o Vasco da Gama, en Brasil, se han pasado al modelo de SAD. En Italia, aunque no existe un modelo de sociedades anónimas consagrado como tal, el A.C. Milán y la Roma cuentan con inversionistas directos provenientes de empresas de Estados Unidos. La Juventus, además de la participación histórica de la familia Agnelli, tiene como principal accionista a la sociedad EXOR, que posee más del 50 % de la propiedad y cotiza en bolsa.
El estudio de García-Marti et al. (2016) señala que el modelo de SAD tiene diferentes impactos sociales y financieros en la organización deportiva del fútbol. El primero, y parece ser la única razón sustantiva a favor de las sociedades anónimas, tiene que ver con la modernización del club a partir de la apertura a capitales e inversiones. Se trata de una modernización derivada de la presencia de nuevos grupos económicos con dinero fresco. Esto permite que muchas de las estructuras deportivas de los clubes se renueven, aportando mejoras en la imagen corporativa, el merchandising y los acuerdos de televisación o esponsorización, generando resultados positivos. Sin embargo, respecto del resto de los impactos, los autores sostienen que el modelo SAD no confirma una gestión superior a la de los clubes deportivos tradicionales. De hecho, se constata que muchos clubes han aumentado su deuda en al menos 120 millones de euros (García-Marti et al., 2016, p. 17).
La relación entre capitalismo y fútbol no constituye, en sí misma, un problema, puesto que ambos han interactuado desde los orígenes del fútbol moderno. Desde que las élites del Reino Unido renunciaron a practicar este deporte a mediados del siglo XIX y cedieron su ejercicio a las clases populares, la gestión deportiva y el desarrollo de los clubes han sido posibles gracias a la economía capitalista (Correia, 2019). Sin embargo, el hecho más significativo al hablar del modelo de las SAD es que modifica la relación entre el fútbol y el sistema económico capitalista.
Antes, los clubes se relacionaban con la economía capitalista, pero existía una forma de vinculación basada en cierta simetría de fuerzas, donde la organización social y deportiva constituía la prioridad: era el club de fútbol el que orientaba su política económica y no al revés. Ahora, el sistema económico capitalista penetra todas las esferas de lo que anteriormente era un club asociado principalmente a la actividad social y deportiva. El cambio que conllevan las SAD es que los clubes dejan de ser un colectivo humano compuesto por dirigentes, socios, una estructura administrativa, competencias, ramas deportivas, visión social e identidad territorial —ya sea de ciudad, de barrio o de cualquier otra razón originaria— para convertirse en organizaciones capitalistas donde predomina el dinero y la mercantilización de todas las esferas de la actividad deportiva.
Los socios son sustituidos por accionistas que ejercen poder a través del mercado bursátil. La figura del abonado transforma al antiguo socio en un mero cliente. El arraigo y la pertenencia al club se abren al gusto individual y al capital, pudiendo incluso comprarse o intercambiarse la pertenencia simbólica; ser o no ser de un equipo. Así aparece el fenómeno del “Barcelona”, que de ser un club asociado a una identidad de resistencia progresista pasó a convertirse en un símbolo económico del turismo masivo en la ciudad. El estadio Camp Nou se transformó en uno de los puntos turísticos más visitados de España durante el año 2022.2
El cambio de la organización deportiva del fútbol es sólo un ápice del problema que involucra un cambio más profundo entre capitalismo y el juego del fútbol, que se vino acumulando hace tiempo desde, quizás, el mundial de 19943. El hito deportivo más decisivo se da en un contexto en el que, antes del evento, lo que predomina es el tipo de contrato económico existente con la publicidad, la televisación de los partidos y los patrocinadores, llegando incluso a ser más relevante que el riesgo para la salud que pueden correr los jugadores. Esta situación se vio reflejada en el hecho de que los partidos estaban sujetos a horarios con temperaturas superiores a los cuarenta grados y con una humedad extrema. El fútbol había perdido el equilibrio en relación con el mercado capitalista (Gillett y Tennent, 2020). Este último acabó por imponerse.
Así, en la línea abisal tendiente a la mercantilización de la actividad, encontramos diferentes transformaciones que se han producido a lo largo del tiempo y que, de alguna manera, podríamos considerar parte del fútbol en tanto actividad lúdica, artística y deportiva de la cultura popular, especialmente de las clases populares.
En su libro, Correia (2019) encuentra antecedentes de reapropiación popular del fútbol que datan del año 1500, cuando los gremios de zapateros, carpinteros y herreros del noreste de Inglaterra utilizaban una pelota de paja o de trapo para divertirse fuera de los talleres, lo que luego se transformaría en el juego “fuera de las fábricas” al llegar al siglo XIX. En Francia ocurre algo similar, con la diferencia de que también participaban mujeres y estaba asociado a la distensión campesina en prados de pasto o tierra, lo que para muchos constituye el primer antecedente del césped profesional (Ibid., 2019, pp. 15–29). Sea en Europa o en América Latina, sea desde el norte o el sur del mundo, la base del fútbol siempre ha sido una actividad deportiva de carácter colectivo, lúdica, creativa y artística, que perteneció a las clases populares o que fue apropiada por ellas. Es este el fútbol que muere y que no debería morir.
Un primer aspecto de transformación es la relación primigenia entre la pelota o balón, el jugador y su entorno. ¿Qué entorno y cuáles son esas condiciones del entorno? En América Latina, por ejemplo, ya sea en un clima tropical o mediterráneo, en el altiplano o en la costa, en zonas de cerros, pampas o desiertos, las condiciones geográficas del entorno solían ser de uso popular, y era la gratuidad y la espontaneidad lo que primaba en los descampados. Aunque en su origen se vincula a procesos migratorios provenientes de Europa; los trabajadores portuarios, ferroviarios, las poblaciones y villas miseria se apropiaron del espacio en los tiempos y lugares disponibles.
En Brasil, los estibadores portuarios aprovechaban el tiempo libre entre faenas de carga para jugar. En las várzeas de São Paulo —tipo de descampado plano— existían condiciones ideales para la práctica del fútbol. En Río de Janeiro, hubo una relación entre la popularización de la actividad, la creación de clubes deportivos y la expansión urbana hacia suburbios de una ciudad accidentada, con recovecos donde el juego comenzó a consolidarse como una actividad de arraigo popular (de Mattos, 2022). Evidentemente, nada tiene que ver la llanura de Uruguay con el clima tropical de Colombia, ni con una geografía de cerros y montañas como la de Río de Janeiro en Brasil.
Valparaíso, en Chile, es un caso en el que el jugador desarrolla claramente otra fisonomía y otra cultura de juego, asociada, por ejemplo, a jugar en desnivel. Esto es lo que el clásico del marxismo aplicado al espacio geográfico, Henri Lefebvre (2013), denomina “producción social del espacio”: una geografía cotidiana que, en tanto apropiación, es producida con un contenido complejo y creativo, en este caso a través del juego del fútbol como forma de apropiación popular.
Es decir, para poder participar de un juego o de un partido, el mercado capitalista estaba en el último lugar y no en el primero. Hacía falta muy poco para producir esta apropiación del espacio público: un grupo de amigos, vecinos o desconocidos, un lugar delimitado y límites simbólicos donde fijar las porterías o los arcos. Si existía un nivel mínimo para poder participar, era una pelota y unos arcos; si no, bastaba cualquier elemento para definirlos, como piedras o un trapo para hacer de pelota. El acto creativo del fútbol y su carácter popular provienen de este origen: la gratuidad de la apropiación geográfica.
Todo esto ha ido desapareciendo, ya sea por la urbanización del territorio, por cambios en los estilos de vida, por el uso de móviles o internet. El tiempo transcurre cada vez menos en el espacio público y en el paisaje geográfico que, de alguna manera, dotaba de medios para la producción de esta actividad lúdica, artística y deportiva que es jugar a la pelota.
Algunos entrenadores, como Carlos Bilardo, ya observaban a mediados de los años 90 cómo selecciones africanas —por ejemplo Marruecos— podían renovar el protagonismo a nivel internacional, debido a que aún contaban con “campitos” y canchas de tierra donde jugar. Una realidad que en América Latina, salvo excepciones, es cada vez más escasa. Esa misma tendencia hoy puede observarse en el hecho de que Marruecos ha logrado protagonismo a nivel de selecciones juveniles en el contexto mundial.
De este análisis se desprende un segundo aspecto en riesgo de desaparición: la organización del juego. El fútbol profesional constituye la cúspide de una relación compleja entre la organización del juego y el colectivo humano. Sin embargo, la organización del juego no se puede explicar completamente por la profesionalización de la actividad. Solo quien ha jugado fútbol de pequeño, en una esquina, en un descampado o en una cancha, sabe que el juego se organiza en función del perfil y las capacidades de los jugadores, así como de la creatividad colectiva. Cuando un jugador en el profesionalismo se mueve de una determinada manera para recibir un balón o ejecutar un desmarque ante un pase premeditado de un volante creativo, eso no depende exclusivamente —como se nos ha hecho creer tras el modelo de laboratorio al que entró Alemania alrededor del año 20044 – en entrenar de una manera en el fútbol formativo. Alemania, bajo la conducción de Jürgen Klinsmann y tras sucesivas y decepcionantes actuaciones en la Eurocopa, cambió su forma de juego, basado en un fútbol de fuerza y pragmático que hasta entonces le había dado réditos. Klinsmann impulsa una reestructuración de su formación futbolística juvenil hacia un mayor y mejor trato del balón, lo que finalmente contribuye a la obtención del Mundial de Brasil 2014.
Sin embargo, el jugador de arraigo popular porta consigo un habitus desde la infancia. Un dispositivo que se desarrolla entre su creatividad, su capacidad y las condiciones colectivas y contextuales que hacen el juego del fútbol. Este habitus hace que se active, entre otras cosas, la intuición y el reconocimiento del tiempo en el futbolista, pudiendo cambiar el rumbo de un partido. En este sentido, Bielsa lo que hace es replicar esos escenarios en los entrenamientos, no porque crea haber inventado algo nuevo, sino porque observa la organización elemental del juego, aquella que se desarrolla en un contexto de espontaneidad y que hoy se encuentra en riesgo de extinción.
Jugadores como Riquelme, Ronaldo N., Pablo Aimar, Ariel Ortega o Ronaldinho Gaúcho no se habrían formado sin un fútbol de base. Lo mismo ocurre con el perfil del jugador: ser defensa o lateral puede entrenarse, pero el sello que organiza el juego se define en la libertad absoluta que ofrece el juego improvisado, aquel que se organiza de manera espontánea: se reparte entre los presentes y se desarrolla de forma gratuita.
Es en esa práctica donde muchos jugadores profesionales han pasado de porteros a centrodelanteros, de defensores a delanteros o de volantes creativos a volantes de contención. Si no existe la posibilidad de explorar el juego en sus distintos puestos, con sus virtudes y limitaciones, ¿cómo podrá un jugador reconocer cuál es su característica o su inclinación natural?
El fútbol profesional está lleno de historias en las que el entrenador indica una cosa y el jugador termina resolviendo otra. Esto se debe al conocimiento acumulado y a la experiencia del jugador en su trayectoria vital dentro del juego. Además, como lo que prima es el juego —el desprendimiento inconsciente de estar allí y olvidarse de todo lo demás—, esa libertad permite el aprendizaje intuitivo de lo que implica ser defensor, lateral o volante de contención. Es allí donde se activa la intuición: ese instante previo a que ocurra la “jugada”. Por eso se denomina así y no de otra manera.
La jugada puede entrenarse, pero el entrenamiento consiste en pruebas para mejorar, no en el lugar desde el cual se organiza el juego, el sentido de equipo, lo colectivo o la resolución creativa en condiciones adversas. Evidentemente, esto se encuentra en crisis en la actualidad.
El tercer aspecto tiene que ver con el conocimiento y el aprendizaje futbolístico. Tonucci (1997) señala que no existen infancias sin espacio público, y que el espacio público es, en esencia, un espacio de juego y socialización colectiva fundamental para el desarrollo de capacidades creativas y para la construcción de lo que la psicología del desarrollo denomina autonomía en la infancia.
Originalmente, el mundo de la pobreza no ofrecía todas las condiciones materiales y de bienestar necesarias para garantizar un desarrollo pleno o una autonomía con todas las garantías de seguridad; sin embargo, existía el fútbol, esa actividad que hacía felices a los niños incluso al perder un partido. El juego es una forma de desarrollo lúdico, de desprenderse de las obligaciones, de activar la creatividad y de fomentar la invención.
No por nada, los actos creativos más importantes del fútbol —como la rabona, la chilena, el globito, el regate, la gambeta, el “caño”, el taquito o la volea—, así como todas las expresiones locales existentes en el mundo para nombrar estas acciones, son experiencias creativas de la cultura popular derivadas del juego. Son invenciones, pinceladas que le otorgan al fútbol su dimensión de juego y lo convierten en una actividad artística, ya que en su despliegue tiene como añadidura trascender en algo. Es evidente que el objetivo es el gol, pero el pragmatismo bilardista dentro de la actividad hace que descuidemos el recorrido. Una cosa es chutar, otra es acariciar la pelota y pisarla, dar un pase de treinta metros y detenerla con el pecho, para que baje e iniciar la jugada.
La búsqueda de la “jugada”, muchas veces, puede ser inútil desde el punto de vista de la eficiencia de “ganar el partido”, pero resulta bella: pasar la pelota por alto, hacer un regate, un taquito o una rabona puede conllevar aplausos, un “¡oh!” estruendoso, risas o carcajadas. Esto hace que el juego conecte con el público en el proceso de jugar y ser espectador. Esto es lo que ocurre normalmente en todo el partido cuando dos equipos se proponen jugar, no el gol. El gol es una eventualidad del juego que puede, o no, tener un sentido estético. Después del juego se puede ganar o perder, porque de eso se trata todo, e incluso empatar, pero la dimensión estética está en la base del sentido del juego colectivo que sostiene esta actividad deportiva. Hay jugadores que sienten placer con el solo hecho de pasar la pelota y hacer una habilitación.
Cuando los jugadores hablan de “gloria” deportiva para referirse a decisiones como quedarse en un club o ir al seleccionado, o preferir competir en alguna copa de prestigio, en parte nos hablan de un tipo de arraigo con el juego que es más relevante que el dinero que pueden ganar, y que lo deja en segundo plano. La renuncia de Adriano al fútbol italiano por volver a Río de Janeiro, la persistencia de Francesco Totti con la Roma o la predilección del “Kily” González por jugar con Maradona y Caniggia en lugar de fichar por el Real Madrid evidencian una fidelidad con el juego que, por razones distintas, apela a la gloria o a la trascendencia dentro de él. En ese sentido, no hay dinero que lo pueda comprar. “La pelota no se mancha”, dijo Diego Armando Maradona.
A diferencia de otras actividades deportivas, que dependen en su origen de la destreza técnica, la capacidad aeróbica e incluso de la asistencia de profesionales para mejorar el rendimiento, el fútbol, en tanto juego, produce un saber-hacer que nace desde sus bases lúdicas. Este se desarrolla como conocimiento y, a largo plazo, como aprendizaje, que antaño se daba desde la infancia hasta la juventud y de la juventud a la adultez, etapa en la que se alcanzaba el profesionalismo.
Se trata de un conocimiento del “saber hacer” que activa la intuición, es decir, la capacidad de saber cómo relacionarse en el campo de juego con el resto de las posiciones. Pero también implica una experiencia del juego que trasciende el fútbol y que tiene en el arraigo y la “gloria” dos elementos determinantes para no elegir siempre el dinero, sino el reconocimiento entre pares y del público. ¿Cómo no situar entonces al fútbol de arraigo popular como una actividad artística desde la cual se construye una cultura y un arte que puede ser apreciado estéticamente?
Por otra parte, ¿qué ha pasado hoy en el fútbol que todas las maneras de resolver creativamente una jugada ya parecen inventadas y no aparece nada nuevo? ¿Es que ya está todo hecho o es que el fútbol de base, entendido como juego popular, creativo y audaz, ha dejado de existir en sus condiciones de libertad y gratuidad?
En el fútbol popular existe un enfrentamiento de connotaciones antropológicas. A diferencia de otros deportes individuales y colectivos, la fuerza y la preparación física no lo definen todo, y otros aspectos como el engaño pueden imponerse sobre el entrenamiento y la preparación. La posibilidad de que, siendo delgado o pequeño, el regate permita subvertir piernas. La posibilidad de que, siendo lento, el buen trato del balón, el hecho de pisarla o de habilitar a alguien sin necesidad de correr tras la pelota te pueda volver superior al rival. Recordemos que Garrincha, además del regate y de haber sido uno de los futbolistas más virtuosos en la historia del fútbol, tenía un problema en sus piernas (una era más larga que la otra) y en las caderas, lo cual fue asumido por el jugador como una ventaja para salir mediante el regate y engañar al oponente.
También la protección dentro del campo de un jugador más experimentado hacia otro más joven, o la sanción simbólica de una falta por parte de un jugador más avezado hacia el novel como forma educativa de fijar los límites del aprendizaje, se entendía antes como un acontecimiento formativo de quien era mayor en el equipo y por tanto guiaba a la “tribu”. La observación y la práctica del engaño creaban un escenario en el que se aprendía a través de la actividad lúdica y colectiva que es el juego: el toque de balón, la falta, la caricia para hacer goles y evitar que te los hagan. Elías Figueroa no habría sido el mejor central del mundo si no fuera por su experiencia adquirida entre Uruguay y Brasil; una combinación de fuerza, técnica y habilidad que se construye en la trayectoria del juego.
Por último, el fútbol que no muere siempre forjó identidad a partir de estos matices culturales en relación con un colectivo humano y su entorno: la identificación, así como también un estilo de vida de sus integrantes. La identidad en la historia del club deportivo forma parte de un barrio, una ciudad, sus dirigencias, sus adversidades, sus oposiciones o de elementos relevantes a partir de los cuales se inicia una historia diversa, como la disputa entre Rosario Central y Newell’s Old Boys en Argentina, que otorga a uno el apelativo de “canalla” y al otro el de “leproso”. Así surgen los clubes sociales y deportivos, así surge la identificación con ellos.
Representar a un club deportivo era, en sus fundamentos, formar parte de sus valores y de su historia, de elementos diferenciadores que no podían homologarse si no se vivía esa experiencia. El sufrimiento del hincha de Racing o el hincha de Wanderers, es una ontología que se transmite y que no puede ser adquirido en una tienda del club. Se nos ha hecho creer que la identidad futbolística y el sentido de pertenencia son algo adquirido o sobre lo que uno puede elegir dentro del mercado capitalista. Sin embargo, la realidad del fútbol que no muere establece una distancia respecto de esta visión del fútbol global, donde comprar cualquier camiseta o visitar un estadio como turista te convierte en parte de un club.
Hoy en día el fútbol enfrenta una crisis de identidad y son muy pocos los equipos que logran sostenerla. El Livorno en Italia o el Athletic Club en España son dos casos ejemplares. A nivel de selecciones, pareciera que todos los equipos intentan jugar un mismo tipo de fútbol, lo cual constituye una expresión de esta crisis de identidad.
Aunque se trata de una discusión más amplia, selecciones como Brasil e Italia no logran sostener hoy el estilo de juego que históricamente las caracterizó. Y no lo logran por múltiples razones ya expuestas anteriormente, vinculadas al desarraigo de las bases populares y gratuitas de la actividad en las etapas formativas, pero también porque existe un proceso de homogeneización en la expresión del juego. Italia no puede sostener un fútbol de fuerza y orden táctico con dos o tres jugadores de calidad y virtuosismo, en parte porque los jugadores que llegan al profesionalismo ya no se forman en aquellas condiciones históricas de la infancia, donde el juego era libre. Para todo existe hoy una escuela de fútbol. Así se cultiva el desarraigo de la cultura popular, una renuncia a la identidad y un olvido del jugar. Brasil enfrentó hace pocos días a Marruecos y lo que históricamente hubiera marcado la diferencia en un regate, en un toque mágico, hoy quedó secuestrado en la imposibilidad de encontrar su ejecutante. No hubo magia ni ideas. No hubo estética popular.
Con este diagnóstico que afecta al fútbol —en el tránsito del club social y deportivo hacia la SAD, o en cómo se han pervertido las bases de la experiencia del juego— la realidad es la siguiente: el fútbol, tal como lo conocíamos, ha muerto, puesto que la mercantilización del sistema económico, parafraseando al sociólogo y antropólogo Karl Polanyi (2002), se ha “incrustado” en el sistema futbolístico, dotándolo de un significado de valor de cambio a cuestiones que originalmente no lo eran: sus aficionados, la gloria, la belleza, la heterogeneidad del juego, la intuición, el rol social del club deportivo, las ramas deportivas menos populares, entre otras.
Esto ha llevado incluso a una reforma en la imagen del propio club y en la sponsorización de todo su quehacer, haciendo que incluso escudos y camisetas sean modificados. El fútbol muere porque la capacidad de producción de los sectores populares —o de la cultura popular que lo generaba— ha perdido sus medios físicos: el campo, la cancha o la pista; sus medios relacionales: los amigos, el colectivo, el barrio; y sus medios simbólicos de producción: el tiempo de ocio, la libertad en el juego y la espontaneidad.
Sin embargo y pese a todo, hay un fútbol que no muere. El fútbol de un club como el Rayo Vallecano de Madrid, que no renuncia al arraigo y conexión popular con el barrio que le vio nacer: Vallecas y que pese a todo y a su propio presidente, logró entrar a una final de copa europea. El fútbol de Deportes Concepción del sur de Chile, que luego de ser desafiliado de la liga chilena fue tomado por sus propios hinchas que, a través de diversas actividades autoorganizadas y de la acción filantrópica, lo llevaron nuevamente a recuperar la categoría profesional5. El fútbol que no muere, de la Corporación Santiago Wanderers, la cual desde su existencia ha supervisado y reclamado a la SAD del propio club una mala administración, un excesivo carácter lucrativo con el fútbol formativo, un cese de la visión social del club y denuncias de casos de corrupción al interior6, y que pese a todo y a estar en la segunda división profesional de Chile, pervive la conexión geográfica de sus jugadores juveniles con los cerros y el arraigo popular, lo que le dio el año 2026 una copa Libertadores de América en la categoría sub 20.
El fútbol que no muere parece estar ahí, en el entretejido del barrio y de los clubes denominados “menores” que reivindica arraigo popular, conexión con una geografía, el juego como vector y el espíritu colectivo como algo diferenciado y heterogéneo.
Así reconocemos algunos ejemplos, como el Club Sant Andreu de Barcelona. El club situado en un barrio obrero y popular ha incrementado su popularidad en asistencia a los estadios y en el incremento de socios desde el año 2020, gracias a campañas de recaptación local y voluntaria de socios, lo que lo ha llevado a aumentar de 2000 a 4000 socios hasta la fecha7. Esto también se ha visto reflejado en la festividad deportiva que se vive cuando enfrenta a su clásico rival del barrio de Gràcia, el Europa, a estadio lleno. Una mención de reconocimiento también se lo lleva el Club del barrio de Poble Nou – Sant Martí, el Júpiter, que, por su resistencia histórica al franquismo, el soporte que le brindó al ejército republicano en la guerra civil española y su pervivencia actual, le ha valido una exposición en el museo olímpico de Barcelona, y numerosas reseñas en medios por las particularidades de su afición8.
En fin, y para acabar, el fútbol que no muere puede estar aconteciendo en muchos barrios como los aquí mencionados. El atractivo de la actividad sigue estando más allá de las definiciones e incrustaciones del sistema capitalista. Mientras se preserven sus condiciones materiales y geográficas, el reconocimiento cultural y estético como arte popular, la centralidad colectiva del juego, su libertad y su creatividad, la posibilidad de hacer algo bello en el juego, existirá una parte del fútbol que al mismo tiempo que muere, también se resiste a hacerlo. Mientras quede un Bielsa o un Menotti que vuelva a sus fundamentos, el fútbol no morirá.
Bibliografía
Correia, M. (2019). Una historia popular del fútbol. Hoja de Lata.
Deloitte. (2026). Deloitte football money league 2026. Deloitte.
de Mattos, L. N. (2022). Os caminhos da bola: A espacialização dos campos de futebol na cidade do Rio de Janeiro (1900–1919). Revista do Departamento de Geografia, 42, e202910.
García-Martí, C., Gómez-López, M., & Durán González, J. (2016). Los planes de saneamiento y la conversión de los clubes de fútbol profesionales en sociedades anónimas deportivas (1982–1992). Materiales para la Historia del Deporte, (14), 1–18.
Gillett, A., & Tennent, K. D. (2020). Hybrid goals: Institutional complexity and “legacy” in a global sporting mega-event. Public Management Review. Advance online publication. https://doi.org/10.1080/14719037.2020.1833609
Lefebvre, H. (2013). La producción del espacio. Capitán Swing.
Polanyi, K. (2002). The great transformation. In Readings in economic sociology (pp. 38–62).
Redacción Crónica. (2026, 7 de mayo). El vestidor roto del Real Madrid: ¿Qué pasa en el equipo? Señalan peleas a golpes y rencillas. La Crónica de Hoy. https://www.cronica.com.mx/deportes/2026/05/07/el-vestidor-roto-del-real-madrid-que-pasa-en-el-equipo-senalan-peleas-a-golpes-y-rencillas/
Tonucci, F. (1997). La ciudad de los niños: Un modo nuevo de pensar la ciudad. Fundación Germán Sánchez Ruipérez.
Notas
1 Fuente: https://www.dazn.com/es-ES/news/f%C3%BAtbol/city-football-group-que-es-quien-dueno-equipos-tiene-propiedad/hv95bbyxvzqh1xz1l6y8suuj0, Consultado el 20 de mayo, 2026
2 Fuente: “El Bernabéu, el Camp Nou y la Sagrada Familia, los sitios más visitados en España” https://cronicaglobal.elespanol.com/cronica-directo/curiosidades/20220527/el-bernabeu-camp-nou-sagrada-familia-espana/675682490_0.html
3El Mundial de 1994 fue revolucionario desde el punto de vista del mercado capitalista. Se establecieron los derechos de emisión, que la FIFA vendió a diferentes países. Grupos económicos como Visa, Mastercard, Canon o McDonald’s tuvieron más protagonismo que los propios seleccionados y jugadores. Es más, las camisetas solo se vendían en sitios oficiales.
Los jugadores se convirtieron en marcas publicitarias globales: Coca-Cola, por ejemplo, tuvo una fuerte presencia asociada a la imagen de los futbolistas. Las transmisiones se asemejaron cada vez más al Super Bowl: se buscaba el primer plano del futbolista, quien se transformó en una estrella televisiva. Los planos lejanos, propios de la transmisión deportiva tradicional, dejaron de ser relevantes.
Qué decir de los horarios de los partidos, cada vez más condicionados por la transmisión televisiva y no por las condiciones del juego. Se trató de una situación emergente o inédita si se compara con los Mundiales de 1986 o Italia 1990.
4 Consultado en abril 2026, fuente: https://www.eluniverso.com/deportes/2014/07/13/nota/3232301/joachim-low-proceso-ganar-mundial-inicio-hace-10-anos/
5 Esto queda reflejado en el documental “Tu ciudad no te abandona” del director César Castillo, consultado en abril 2026, en https://www.biobiochile.cl/noticias/deportes/futbol/futbol-nacional/2017/03/25/la-gran-sorpresa-que-preparo-deportes-concepcion-para-toda-su-hinchada.shtml
6 Algunas de las acciones interpuestas por la Corporación Santiago Wanderers de Valparaíso, pueden observarse aquí,consultado en mayo, 2026, en https://corporacionwanderers.cl/corporacion-santiago-wanderers-ratifica-unanimemente-juicio-arbitral-contra-sadp/
7 El incremento de socios para el año 2025 y 2026 es incierto, aunque se estima que ya ha superado los 5000 socios, consultado en mayo 2026, en https://www.uesantandreu.cat/2024/09/el-sant-andreu-fa-historia-i-assoleix-els-4-000-socis/
8 Se puede profundizar con mayor detalle, consultado en mayo 2026, en https://elpais.com/espana/catalunya/2024-12-10/el-futbol-de-barrio-revive-con-la-aficion-del-sant-andreu-y-el-europa.html