El incendio azul: El estadio imaginario, la casa de papel y el vacío de la hinchada – Carcaj.cl
El incendio azul: El estadio imaginario, la casa de papel y el vacío de la hinchada
22 de junio 2026

El incendio azul: El estadio imaginario, la casa de papel y el vacío de la hinchada

El pasado 30 de enero, la U debutó en la primera fecha de la liga en el Estadio Nacional frente a Audax Italiano. Como en todo comienzo, las expectativas del conjunto laico eran ambiciosas. Pero desde antes del pitazo inicial el ambiente estaba enrarecido. Resultaba extraña la imagen de una galería sur con un enorme vacío en su centro. Las puertas 13, 14 y 15 permanecían completamente deshabitadas. Un grupo de tres mil hinchas había sido sancionado con la prohibición de ingresar al recinto. Esta medida desató amenazas por parte de la barra, las que más tarde terminaron materializándose cuando un puñado de hinchas ingresó a esas desoladas gradas, generando desmanes y prendiendo fuego a un sector de la tribuna.

El encuentro debió suspenderse durante algunos minutos, sin embargo una parte importante del compromiso se disputó mientras una fumarola cubría el sector sur del Nacional. Una escena inverosímil: los jugadores corrían tras la pelota y el público fingía demencia mientras, a un costado, guardias intentaban apagar una fogata que amenazaba con expandirse.

No hubo festejos esa tarde. La U sufrió la expulsión de dos jugadores y el partido terminó en un amargo empate sin goles. Lo que debía ser una fiesta inaugural acabó convirtiéndose en un debut marcado por incidentes en las tribunas y por un rendimiento futbolístico mezquino: el presagio de lo que parece ser una temporada ruinosa para los azules. El equipo fue eliminado tempranamente de la Copa Sudamericana, eliminado de la Copa de la Liga y, en el torneo nacional, se ubica a más de diez puntos del puntero, que para colmo es el archirrival.

Pero, al igual que en el inicio del torneo, el peor problema se encuentra fuera de la cancha. Los escándalos económicos de la concesionaria y las acusaciones delictivas contra sus controladores representan la verdadera catástrofe. Las denuncias ante la justicia se reiteran y son cada vez más graves —negociación incompatible, fraude, lavado de activos y estafa—. El Centro Deportivo Azul fue allanado por la policía, al igual que las oficinas de los principales inversionistas. Cada semana aparecen nuevos denunciantes —el grupo Toesca, accionistas minoritarios—; la conexión con otros clubes se vuelve cada vez más evidente y tanto el Ministerio Público como la Comisión para el Mercado Financiero aportan nuevos antecedentes sobre el enorme entramado de corrupción que envuelve al club. Un incendio gigantesco que arrasa con el prestigio de la institución y amenaza su estabilidad.

El estadio imaginario

Desde los grupos controladores han intentado contener el descalabro mediante la conformación de una nueva mesa directiva encabezada, entre otros, por Cecilia Pérez, José Miguel Insulza y Francisco Aylwin, representantes de distintos sectores del arco político. Una suerte de salvavidas con el que pretenden aumentar su incidencia pública, mejorar el manejo comunicacional y transmitir una idea de transversalidad. Sin embargo, cada vez son más los

antecedentes que salen a la luz y que profundizan una crisis sin precedentes en los anales nacionales de este deporte.

Estos últimos días han intentado desviar la atención con un caramelo que ya es un cuento viejo para los hinchas azules: la construcción del anhelado estadio propio. Una cortina de humo que suele desplegarse cada vez que la institución enfrenta problemas. Ante la actual crisis, esta pantomima volvió a ponerse en escena.

Apoyados por señales provenientes del propio Gobierno, que deslizó la posibilidad de destinar un terreno fiscal para infraestructura deportiva, Cecilia Pérez —actual presidenta de la concesionaria y cercana al oficialismo— volvió a instalar la promesa del estadio propio con miras al centenario azul. El anuncio ocupó rápidamente titulares y espacios en diversos medios de comunicación, algunos de los cuales llegaron incluso a publicar notas calculando cuánto demoraría un hincha en llegar al hipotético recinto.

El grupo de representantes designado por quienes siguen siendo los controladores mayoritarios de Azul Azul, Michael Clark y José Ramón Correa —ya sea mediante recursos de origen cuestionado o préstamos provenientes de inversionistas ligados a otros clubes—, quiere hacernos creer que una institución que perfectamente podría verse obligada a rematar sus acciones y cuyos principales accionistas están siendo investigados por distintos frentes tiene la capacidad de embarcarse en una inversión multimillonaria a treinta años. Habría que parafrasear a Nicanor Parra: el club imaginario promete un estadio imaginario.

La Casa de papel

La casa de estudios ha desempeñado, durante estos años de concesión, un rol anodino, en gran parte porque sus dos representantes en la mesa directiva constituyen una presencia apenas testimonial. Durante el mandato de la rectora saliente, Rosa Devés, esta situación parece haberse profundizado. Desde que Tactical Sport adquirió el paquete mayoritario de la concesionaria existían sospechas sobre la opacidad de la propiedad. Frente a ello, la rectoría mantuvo durante años una postura, cuando menos, tibia.

Una vez destapado el escándalo, la reacción de Devés fue lenta y timorata. Según ha señalado el periodista Fernando Agustín Tapia, la exrectora es prima de José Ramón Correa, segundo mayor accionista de Azul Azul y uno de los principales involucrados en la trama que hoy afecta al club.

Una de las últimas medidas anunciadas por la rectora antes de abandonar el cargo fue la contratación del connotado abogado Andrés Jana para estudiar una eventual vulneración moral del pacto por parte de la concesionaria. Sin embargo, su designación no deja de levantar suspicacias. Según lo revelado también por Tapia, Jana mantiene potenciales conflictos de interés con el caso . En primer lugar, porque integró una oficina junto a Luis Hermosilla, estrechamente vinculado a José Ramón Correa. Además, la familia de su esposa en el pasado mantuvo estrechas relaciones comerciales con Patricio Kiblisky, uno de los acusados de estar detrás de las operaciones de financiamiento investigadas. Finalmente, su

hija trabajó para el estudio jurídico de Gabriel Zaliasnik, actual abogado defensor de los propietarios de Azul Azul. Una maraña de relaciones que inevitablemente instala dudas sobre la imparcialidad del informe que Jana hoy tiene a su cargo.

Este 2 de junio, la casa de estudios escogió como nueva rectora a Alejandra Mizala. Quien en una de sus primeras intervenciones públicas tras asumir el cargo, respaldó la investigación impulsada por Devés e insistió en que el contrato entre la Universidad y la concesionaria debe ser revisado, sin descartar que ello pueda derivar en la eventual pérdida del nombre por parte del club de fútbol. Cabe recordar que el nombre y el escudo —una de las últimas reservas de identidad en este fútbol de mercado donde los clubes se transan al mejor postor— siguen perteneciendo a la casa de estudios.

La Universidad de Chile, emblema y pilar de la República, observa cómo su imagen se ve severamente dañada por estos escándalos y pareciera —más allá de quién presida su destino— estar lejos de asumir este problema con la transparencia, urgencia y contundencia que amerita. Es de esperar que la investigación solicitada y las acciones que deriven de ella no terminen siendo otro saludo a la bandera y que, llegado el momento, prime la dignidad histórica por sobre los eventuales beneficios económicos que los controladores seguramente ofrecerán como moneda de cambio en una futura negociación.

El vacío de la hinchada

Respecto a los hinchas, la situación es, sobre todo, triste. Cuando el club entró en quiebra en 2006, la condición de socio desapareció. Desde entonces, el hincha de la U ha continuado fiel a sus colores, pero relegado al mero rol de espectador y consumidor. En el último tiempo ha visto cómo aumentan indiscriminadamente los precios de las entradas, y ha debido atravesar el árido desierto de una década marcada por paupérrimos resultados que estuvieron cerca de devolver al equipo a las tinieblas del descenso. Todo ello sin tener incidencia alguna sobre su destino, sin arte ni parte en una fiesta repleta de chivos. Cada cierto tiempo surgen protestas y manifestaciones desde la galería, además de los cánticos permanentes que expresan el malestar con la concesionaria. Sin embargo, estas acciones no logran constituirse en una fuerza coordinada ni significativa.

«El fútbol es la única religión que no tiene ateos», decía Eduardo Galeano. Y tiene razón. El fútbol no es solo un espectáculo —aunque durante estos días de Mundial los estadounidenses se empecinan por adaptarlo al formato más comercial posible— ni tampoco una simple distracción, aunque siempre ha constituido un espacio fundamental de esparcimiento para la gran clase obrera surgida de la Revolución Industrial. Es también ilusión, esperanza y sentido de pertenencia; un territorio simbólico donde, a través de emblemas, relatos y rituales, se construye el vínculo con una comunidad imaginada.

Por eso importa quién dirige esta tribu y hacia dónde orienta su destino. Ese futuro no puede quedar entregado a la lógica de la más alta puja en la bolsa de comercio. Un club es patrimonio de su gente, no del mejor oferente. Hace ya bastante tiempo, Émile Durkheim

advirtió que cuando los lazos sociales se deterioran surge la anomia. En el fútbol mercado, al igual que en la sociedad de mercado, esos vínculos son cada vez más frágiles y degradados.

Cuando se compra un club grande y popular como la U, se adquiere sobre todo la fidelidad de sus seguidores, que acuden como buenos devotos a misa domingo tras domingo para encontrar algo de fe en una semana —y en un mundo— que muchas veces no recompensa con justicia su trabajo, su esfuerzo ni sus sueños. Pero esa ilusión, que puede constituir una forma de resistencia colectiva, también puede convertirse en mercancía y, como toda mercancía, en un brillo que ciega. Como advertía Nietzsche: «La fe significa no querer saber la verdad». La gente de la U, reconocida año tras año por registrar la mayor asistencia del fútbol chileno y por su lealtad incluso en los momentos más adversos, parece hoy absorta, despojada de su propio pulso, sin poder siquiera mirar “más allá del horizonte” .

Sin embargo, pese a esta suerte de indefensión aprendida, no se puede soslayar el trabajo de organizaciones que, a modo de fuerzas contraculturales, pretenden construir una vía alternativa que dispute la propiedad del club. Es el caso de la CORFUCH, organización que, tras una década, recuperó su personalidad jurídica y busca transformar el modelo que hoy corroe a la institución. Quijotes contra molinos que deberán desafiar una trama de influencias donde se entrecruzan grupos económicos, operadores políticos y redes de poder que han encontrado en el club un espacio demasiado rentable como para abandonarlo voluntariamente.

El incendio azul

Hace un par de semanas la U cumplió 99 años: una epopeya repleta de hazañas, proezas y romanticismo, pero también una historia marcada por el despojo y el aprovechamiento de grupos mafiosos. El desmantelamiento institucional y la pérdida de terrenos e infraestructura durante la dictadura; el actuar de los dirigentes ligados al régimen militar en la Corporación, que desfalcaron al club y lo llevaron al descenso; una quiebra inducida por intereses privatizadores que derivó en la posterior concesión a una sociedad anónima.

Una cadena de acontecimientos que refleja el permanente afán de apropiarse de la institución y que encuentra en la actual situación administrativa una de sus crisis más profundas y expoliadoras, sobre todo porque, en el marco institucional vigente, la casa de estudios parece cumplir un rol meramente testimonial y los hinchas —la gente que hizo grande a este club— no tienen ni voz ni voto.

Aquella tarde inaugural del torneo 2026 vuelve una y otra vez como una premonición del pasado que resuena en el presente. La mayoría de los asistentes permanecía atónito, sin entender del todo qué estaba ocurriendo, sin saber si observar un partido mediocre o los tristes incidentes que tenían lugar en las tribunas. Las butacas vacías de la galería sur reflejaban la sensación de que ya no queda arte ni parte que rescatar de esta torta que un grupo de controladores se reparte desde las sombras con platas turbias. El incendio no se detiene. Los jugadores volverán a salir a la cancha mientras las brasas siguen ardiendo al interior de un club cuyo propio nombre y futuro parece estar extinguiéndose en el fuego.

Gaspar Escobar Vallvé

Gaspar Escobar Vallvé es antropólogo y Máster en Periodismo Multimedia por la Universidad del País Vasco. Su trayectoria se ha desarrollado entre la investigación social, el trabajo territorial y las comunicaciones, buscando articular la profundidad analítica de la etnografía con la claridad narrativa y el compromiso público del periodismo.

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