La miopía de la «tribu urbana»: Cómo leer a las hinchadas chilenas hoy – Carcaj.cl
La miopía de la «tribu urbana»: Cómo leer a las hinchadas chilenas hoy

Fotografía de Calandristico16 (intervenida) - Licencia CB BY 4.0 - Fuente: Wikipedia

22 de junio 2026

La miopía de la «tribu urbana»: Cómo leer a las hinchadas chilenas hoy

A propósito de Historia social del fútbol chileno, de Eduardo Santa Cruz. LOM Ediciones, 2026.

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La reciente publicación de Historia social del fútbol chileno, de Eduardo Santa Cruz (2026), viene a saldar una deuda histórica monumental en la historiografía. Sin embargo, su mirada sobre las barras bravas revela una limitación analítica que ya no nos podemos permitir: reducir a las hinchadas a simples «tribus urbanas» es ignorar su rol como actores políticos y territoriales.

Durante años, la academia y la historiografía tradicional miraron el fútbol por encima del hombro. Se le consideraba un mero divertimento, un apéndice de la vida nacional no digno de un análisis riguroso. La reciente publicación de Historia social del fútbol chileno (LOM Ediciones, 2026), del investigador Eduardo Santa Cruz, viene a dinamitar definitivamente ese prejuicio, saldando una deuda histórica que ya había sido advertida por diversos investigadores en la última década.

El trabajo es un ejercicio titánico y asombroso. A través de sus páginas, queda demostrado que el fútbol en Chile nunca se ha jugado en el vacío. Desde aquella lejana época en que era «cosa de gringos» en los puertos a fines del siglo XIX, pasando por su masificación gracias al impulso de las élites como antídoto al alcoholismo y la protesta social, hasta llegar al modelo privatizador de las Sociedades Anónimas Deportivas del presente siglo. La historia de nuestros clubes, de sus estadios y de La Roja, es un reflejo exacto de las tensiones económicas, políticas y sociales de nuestro devenir como país.

Sin embargo, a pesar de este inmenso aporte documental, el texto tropieza analíticamente al llegar al presente, específicamente cuando intenta explicar el fenómeno de las barras de fútbol y la violencia en los estadios de los últimos 40 años.

Para explicar a las hinchadas actuales, el autor recurre al desgastado concepto de «tribu» o «tribu urbana». Este es un enfoque que, aunque pudo ser útil en los años noventa para describir estéticas juveniles, hoy resulta de una miopía sociológica preocupante. Catalogar a las barras como tribus urbanas es despolitizarlas de un plumazo; es reducirlas a agrupaciones identitarias transitorias o de mero consumo cultural, negándoles cualquier carácter orgánico. Al adoptar este lente, se pierde por completo el espesor analítico de su agencia social y política: la barra deja de ser comprendida como un sujeto colectivo histórico y pasa a ser tratada como un mero síntoma de desviación juvenil, anomia o una simple moda estética de carácter transitorio. Se clausura, por tanto, la posibilidad de examinar cómo sus prácticas colectivas no responden a un aislamiento marginal, sino a una inserción profunda, densa y conflictiva en las propias contradicciones de la modernidad y la estructura social chilena.

Quienes observamos de cerca el comportamiento de la sociedad civil contemporánea sabemos que la complejidad de las hinchadas chilenas desborda abismalmente esa categoría. Las barras, especialmente las de los equipos de mayor convocatoria, han demostrado ser actores sociales mucho más complejos. Disputan significados tanto en las galerías como en las calles durante las manifestaciones, poseen una estructura organizativa permanente, manejan lógicas de poder y economías informales, y se relacionan directamente con las instituciones formales, ya sean los clubes o el Estado. Frente a este escenario, resulta imperativo transitar hacia categorías analíticas mucho más fértiles y contemporáneas. En lugar de «tribus», resulta sociológicamente más explicativo conceptualizarlas como ‘‘subculturas de clase’’ o ‘‘expresiones culturales’’ de las juventudes populares, lo cual permitiría una lectura más eficiente en sintonía con las transformaciones recientes de nuestro entorno, como expresiones de una ciudadanía popular de alta densidad comunitaria. Estas nociones deberían permitir capturar que la adscripción y la orgánica de la barra no constituyen un repliegue del mundo social, sino una plataforma activa de articulación, disputa y resistencia cultural.

Seguir viéndolos como una «tribu» nos impide leer procesos fundamentales, como la profunda politización que ha experimentado la sociedad chilena en la última década o las dinámicas de democratización y desapego institucional que cruzan a las clases populares. Esta dimensión política y territorial no es un enunciado abstracto, sino que se expresa con total claridad en el Chile reciente a través del arraigo de las facciones y los «piños» en los barrios periféricos. Allí, las hinchadas organizadas no solo operan en torno al día del partido, sino que gestionan diversas experiencias comunitarias que tensionan la perspectiva única de la violencia que pesa sobre ellas. Asimismo, durante las crisis política y sanitaria de los últimos años, estas orgánicas mostraron una notable capacidad logística en la articulación de ollas comunes, además de tener una presencia protagónica y coordinada en las grandes manifestaciones sociales del país, donde sus símbolos y cánticos actuaron como aglutinadores de un malestar transversal. El territorio de la barra no es el perímetro cercado del estadio, sino la población, el barrio y el espacio público en disputa. Entender a las barras hoy exige abandonar los prejuicios y mirarlas de cerca como lo que son: actores políticos, sociales y territoriales insertos de lleno en la sociedad civil.

Historia social del fútbol chileno es, sin duda, un libro de lectura obligatoria. Nos entrega un mapa invaluable de cómo llegamos hasta aquí. Pero de cara al futuro, nos deja una tarea clara: el fútbol es una cancha en constante disputa, y para comprenderla ya no nos sirven los lentes del pasado.

Mauro Navarrete

Magíster en Ciencias Sociales y candidato a Doctor en Sociología por la Universidad Alberto Hurtado.

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