El río – Carcaj.cl
El río
08 de noviembre 2026

El río

La corriente limaba las rocas en la orilla. Él sintió el sonido vibrando en su cuerpo y notó que el río llevaba mucha más agua que hacía dos años. Se preguntó si la sequía finalmente cedía. Permaneció largos segundos mirando la corriente.

El sol no asfixiaba, y la brisa húmeda y fría del valle suavizaba sus rayos. Su hija estaba sentada, dándole la espalda, a unos metros de distancia. De vez en cuando giraba la cabeza para comprobar que seguía ahí.

Ella lo miró y sonrió, mostrando su puñado de dientes diminutos. Sentada en un charco aledaño a la corriente, salpicó agua con sus pequeños bracitos. Era el primer fin de semana que salían juntos desde la muerte. 

La niña extendió sus brazos para que la levantara. Él arrojó su cigarro a medio fumar junto a sus zapatos y pisó la colilla antes de caminar hacia ella.

—¿Qué pasó?

La niña señaló el agua. Él se agachó junto a ella. Miró el charco, después la corriente y finalmente a su hija.

—¿Está fría?

Ella metió una mano en el agua y volvió a reír. Caminaron hacia la manta que habían extendido bajo la sombra de un álamo y se sentaron uno al lado del otro, compartiendo los gajos de una mandarina. Si ella hubiera estado aquí, se quejaría de que el aroma le causaba alergias. Los jugos y el ácido de la fruta hicieron reír a la pequeña, que arrugaba el rostro cada vez que mordía un gajo.

Él la observó.

El rostro de su hija comenzaba a parecerse cada vez más al de su madre. Apartó la mirada. ¿Y si él no había sido capaz de ver a tiempo?

No supo cuánto tiempo permaneció mirando el río. La niña volvió a llamarlo. Él reaccionó de inmediato.

—Ya voy.

Durante el trayecto de vuelta condujo en silencio y sin prender la radio. Miraba cada tanto por el espejo retrovisor para comprobar que la niña siguiera entretenida con su peluche viejo y percudido. En una curva disminuyó la velocidad. Volvió a mirarla.

Ella dormía.

Al llegar a casa, la colocó en su cuna y se quedó observando su silueta en la oscuridad durante unos minutos. La niña dormía enroscada, con una mano debajo de la mejilla. Se acercó un poco más. Respiraba soltando un suspiro de vez en cuando. Él salió de la habitación y cerró la puerta sin hacer ruido.

Como ya era costumbre, se paró en un rincón del jardín y prendió un cigarro. Desde allí podía escuchar el ruido de un pequeño canal que pasaba por alguna casa varios metros más allá. Dio una quemada, dos. Un estremecimiento le recorrió la espalda y volvió a la casa.

Durante los días siguientes, el padre y su hija visitaron el río varias veces. Él seguía mirando el agua, pero también vigilaba a la niña. Si se acercaba demasiado a la orilla, la llamaba. Si tropezaba, se levantaba antes de que ella pudiera hacerlo sola. Si se alejaba unos metros, él la seguía con la mirada.

Una tarde, mientras ella jugaba en el charco, él se sentó a su lado. La niña tenía las manos cubiertas de barro. Le mostró una piedra. Él la tomó y la observó.

—Está bonita.

Ella sonrió y volvió a jugar. El río continuaba pasando frente a ellos. Él miró a su hija durante varios minutos. Le pareció ver a Mariel mirándolo en silencio.

Mariel.

Parpadeó.

La niña seguía ahí.

No sabía cuánto tiempo había pasado contemplándola cuando finalmente la niña lanzó un grito pidiendo atención. Él la recogió y la cargó hacia el auto. Esta vez no miró hacia atrás.

Esa noche, el canal siguió fluyendo, como una canción lejana. Cuando se acostó, no quiso dejar a la bebé en su cuna. Juntos, la cama parecía menos vacía.

Fabián Ramos Aguirre

(La Serena, 1993) es psicólogo y escritor. Escribe narrativa y poesía. Su trabajo explora la pérdida, la memoria, la intimidad y la continuidad de la vida cotidiana después de la ruptura. Actualmente trabaja en su primer conjunto de cuentos y en el proyecto poético Apenas brasas.

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