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Los Funcionarios
08 de noviembre 2026

Los Funcionarios

Me siento incómodo con la ropa de trabajo. No es que sea muy apretada o me cueste moverme. Tampoco me molesta cómo se ve. Al contrario. El traje gris ceñido en los hombros y perfectamente recortado en las mangas para mostrar mi reloj plateado me hace lucir increíble. Pero es justo esa pretensión que revela mi oficio de abogado lo que gran parte del tiempo me presenta como un charlatán.

Trabajo en un estudio jurídico. Antes éramos un estudio jurídico, mejor dicho. Nuestras oficinas solían estar arrendadas en un edificio de la Avenida Apoquindo, con mamparas de vidrio y estacionamiento subterráneo. Tenía mi espacio reservado, una máquina dispensadora de café, otra de bebidas, cajero automático en el hall…Todo eso hasta que caímos en desgracia por movimientos turbios de un ex socio fundador. Su ambición nos obligó a reconstruirnos y dimos un giro insospechado, pero conveniente: nos transformamos en una corporación jurídica vinculada a una municipalidad pobre para lograr financiamiento en soluciones habitacionales.

Nuestras nuevas oficinas consisten en 3 containers grises instalados en un terreno fiscal en medio de la Población José María Caro. El estacionamiento es un espacio de tierra junto a los containers al que solo se puede entrar maniobrando contra el tránsito en la Avenida Central. Ni a los transeúntes, ni a los conductores, ni a los policías les llama la atención esa maniobra. Nunca. Lo que atrae sus miradas son mis botines de cuero que se empolvan cuando salgo por la puerta de mi Mazda 6. Siento sus ojos sobre mi traje como un calor que crece y me quema. He llegado a sentir que el reloj me calcina los pelos del brazo cuando me bajo del auto y camino hasta meterme dentro del container, donde puedo esconderme de la gente.

Comparto oficina con dos compañeros. Hernán y Gabriel. Hernán es el director de la corporación y por tanto es nuestro jefe. Gabriel es sociólogo. Tiene unos pocos años más que yo. Llega a trabajar con chaqueta de mezclilla, pantalones verdes y zapatillas rotas. Fue acomodado en nuestra corporación luego de que entrara en conflicto con la municipalidad. Es amigo entre los funcionarios y dirigentes, con quienes pierde el tiempo conversando, tomando Nescafé, fumando un hediondo tabaco orgánico. Milita en el Partido Comunista y colabora con el Sindicato de Honorarios Municipales. En mi opinión, su trabajo es igual que nada. Aun así nos llevamos bien.

Tengo bastante de qué preocuparme por estos días. Resulta que la municipalidad consiguió, a través del Ministerio de Vivienda, recursos para equipar nuestra corporación. Entre otras cosas, nos compraron computadores Mac. Un lujo. Fue todo un tema cuando los vinieron a dejar. Los instalaron los informáticos del municipio de muy mala gana. Mientras miraban tutoriales en YouTube para entender el sistema operativo, se quejaban de lo costoso y de lo difícil que iba a ser trabajar con ellos. Las pantallas resultaron tan grandes que se hacía difícil no pasarlas a llevar cuando caminábamos por los pasillos enanos de la calurosa oficina. Una mañana entré al container, prendí el computador y noté que una grieta atravesaba la pantalla. Puro vidrio roto. Ni siquiera duró un mes. Suerte que Hernán estaba conmigo cuando lo descubrí. Nos encontrábamos conversando cuando entró la señora María, una vieja rellenita y apurada que estimo debe tener unos 60 años y que se dedica a limpiar nuestras oficinas.

—Buen día, señora María. ¿Cómo está?

—Hola hijo. Bien, ¿y usted?

—Muy bien, señora María, muchas gracias. Señora María, discúlpeme la pregunta, pero pasa que la pantalla de mi computador se echó a perder de la nada. ¿Usted no habrá tenido un accidente con ella cuando nos hizo aseo el viernes?

La mujer respiró fuerte. Sus manos arrugadas apretaron un paño amarillo con el que comenzó a dar golpecitos en el escritorio de Hernán donde estaba mi maletín de cuero de reno. Su mirada se fijó en mis botines y luego echó un vistazo a mi plateado reloj Seiko. Mis ojos se fijaron de la misma manera en su camiseta desteñida de tela fina. Sus pequeños zapatitos negros estaban muy maltratados. Antes de responder, me atravesó con una mirada que me calentó las orejas.

—No, don Esteban. Yo no sé nada de eso. Yo no les sacudí los escritorios el viernes.

—Señora María, no quiero incomodarla, pero el viernes yo me fui temprano y mi jefe se fue cerquita de mí. Por lo que entiendo, yo no fui y él no fue…

La vieja miró la pantalla y sacó un pequeño teléfono para enviar un mensaje.

—Le digo que yo no fui. Yo no les hice aseo en los escritorios el viernes, por eso vine a hacerlo ahora. Y en todo caso, ¿cuánto podría costar uno de esos?

—Comprendo, señora María. Estos computadores son carísimos. Lamentablemente, voy a tener que conversarlo con su jefatura. Como ve, mi jefe está presente y no me puedo hacer el leso. Usted sabrá que en estas cosas hay metidas platas públicas. Pero para qué la voy a complicar con estas tonteras, dejémoselo a su jefe.

La mujer apretó el paño amarillo con ambas manos a la altura de su pecho. Sus labios se torcieron y le tembló la pera. Se dio la vuelta mostrando un cuello repleto de lunares de carne. Sin decir otra palabra salió con los hombros encogidos arrastrando la suela despegada de su zapato izquierdo.

Hernán me miró y encogió los hombros.

—Anda sacándome el maletín del escritorio, ¿qué creís, que soy tu empleado? —Reímos.

Como siempre, Gabriel llegó tarde a la oficina. Estaba hediondo a cigarro y cahuines municipales. Me levanté del asiento para mostrarle la pantalla del computador con mis manos extendidas.

—¿Puedes creerlo? La señora María se echó la pantalla de mi Mac. Menos de un mes me duró. Igual me da pena la vieja.

—¿Qué? ¿Y cómo pasó esto? —preguntó Gabriel mientras se acomodaba en su escritorio.

—Anda a saber tú po. Yo creo que estaba lustrando los escritorios y se le debe haber caído. Quizá pensó que no se iba a notar o qué sé yo. ¿De dónde vienes?

—Estaba en una reunión con los del sindicato. El gobierno está metiendo mano al Fondo Común Municipal. Dicen que vienen recortes en los honorarios. Las señoras del aseo primero. Qué suerte que somos corporación, me muero si quedo cesante.

—¡Tú! Pero si eres del partido. Esas cosas no pasan, Gabito.

—Compañero, el partido es mucho más dar que recibir, no crea que por ser militante uno tiene privilegios. Todo lo contrario, nos miran mal. —Gabriel me miró por encima del hombro con una ceja levantada. Se puso sus audífonos con cancelación de ruido, encendió el computador y fue absorbido por la enorme pantalla de su Mac.

—¿Y a este qué le pasó? ¿Tan grave se va a poner por un par de despidos? Cómo se nota cuando no le han trabajado al privado.

Me quedé mirando por la única ventana de la oficina. Afuera el viento levantaba el polvo que flotaba alrededor de toda la población. En la tarde el sol estaba siempre rojo, iluminando los estrechos pasajes donde los niños desabrigados y sucios jugaban entre resbalines endebles, fierros oxidados, escombros, ratones y bolsas de tussy. Según contaba Gabriel, cada tarde María atravesaba esas calles con sus pies cansados y una bolsa amarilla con marraquetas. Se hacía cargo de su nieto. Todo lo que ganaba iba para él. Hasta le había abierto una cuenta de ahorro para la universidad. María estaba separada y la plata nunca le alcanzaba. Gabriel se empeñaba en convencerla de entrar al sindicato para que tuviera convenios de pago. Ella nunca aceptaba. Arrendaba una pequeña ampliación de un terreno más grande en el pasaje Presidente Frei. El niño se la pasaba en la calle a cargo de alguna vecina que a veces le daba un vaso de leche. Gabriel decía que estaba aterrada por su nieto. Temía que lo secuestraran, que se drogara por accidente jugando entre las bolsas blancas y rosadas o que, unos años después, lo sedujera el mundo narco. Aun cuando se le veía comiendo un pan con paté a la hora de almuerzo, en medio del polvo y el olor a caca de perro de la población, había algo elegante en la señora María. En sus movimientos, quizá, en cómo masticaba la comida con paciencia. Como si alguna vez hubiera vivido de otra manera.

Esa tarde teníamos programada una salida con los colegas para ir a tomar algunas cervezas después del trabajo. Nos encontraríamos en El Sabor de Toñito, una pequeña schopería ubicada en la José María Caro. A pesar de que Gabriel estuvo pensativo durante toda la jornada, llegó bastante temprano para asegurar una mesa. Cuando entré a través del angosto pasillo resbaloso por el cloro, pude ver que conversaba con las cocineras en la barra. En nuestra mesa había una botella de cerveza de litro vacía y otra a medio andar. Gabriel se mostraba entusiasmado con las empleadas que recibían incontables escupitajos durante sus eufóricas intervenciones. Me quedé observando hasta que una de las cocineras me apuntó. Se dio la vuelta rápidamente y caminó para abrazarme.

—Compañero, yo a usted lo estimo mucho. Aunque seamos diferentes, yo le tengo mucho cariño, porque usted se vino a trabajar acá con nuestra gente. Y usted es dedicado —me dijo al oído mientras sus brazos me rodeaban con fuerza.

—Yo también te estimo, Gabito. Tranquilo nomás, que acá estamos haciendo nuestra pega.

—La señora María me tiene triste. Ella no fue. Yo sé que ella no fue.

Me aparté de Gabriel empujándolo delicadamente con mis antebrazos. Se veía muy compungido, tenía los ojos enrojecidos, al igual que las comisuras de sus fosas nasales.

—Yo también me siento mal, Gabito. Pero nada que hacer, lamentablemente.

Gabriel bajó la cabeza y asintió en silencio. Caminó hasta la barra, desde donde retiró un churrasco servido en un plato blanco y lo dejó en la mesa para luego tomar asiento. Me senté junto a él. ¿Cómo volvería a tratar con la señora María luego de esto? Quizá no tendría que hacerlo, pero eso no me resultaba satisfactorio, no quería que la echaran.

—Se me ocurrió que a lo mejor podríamos organizar una vaquita para comprar la pantalla y apañar a la señora María.

—Ya no, Esteban. Ojalá que si la echan pueda encontrar pega rápido nomás. Justo habíamos estado hablando hace unas semanas porque me contó que su arrendadora la quiere sacar de la casa. Quería ver la posibilidad de optar a un subsidio para las viviendas industrializadas de Clotario Blest.

—¡Veámoslo! ¡Veámoslo! Lo único es que necesita estar empleada para postular…

De pronto, Hernán entró acompañado del resto de colegas que se distribuyeron mecánicamente alrededor de la mesa mientras hablaban todos a la vez. Llegaron más cervezas. Gabriel apuró su vaso y estiró una mano para agarrar un puñado de papas fritas. Entró rápidamente en las conversaciones. Niños y ancianos torcían el cuello para mirar. La noche entró por las ventanas anchas y en nosotros. Afuera, las máquinas, el petróleo, miles de pasos, cables enmarañados pendiendo de postes eléctricos, gritos de esquina a esquina. Unos billetes cayeron junto a las servilletas y salimos del local. Gabriel caminó pegado a mí como un fantasma. La oscuridad se expandía brillante y borrascosa sobre los techos de zinc y el pavimento roto. Avanzamos hasta los autos entre los chiflidos, el humo de la marihuana, los negocios débilmente iluminados como en un western. Sin decirme una palabra, Gabriel abrió la puerta del copiloto y entró.

Marchamos en el auto por Américo Vespucio. Asumí que esperaba que lo llevara hasta su casa. El viaje fue silencioso y tibio por las avenidas que se abren entre edificios luminosos estirados hasta las nubes. Gabriel miraba por la ventana. De repente una mano subía hasta su boca para mordisquearse las uñas. Agitaba las piernas como las alas de un pájaro, obligándome a mirarlas de reojo.

—¿Pasa algo, Gabito? Te he notado inquieto.

—No, no pasa nada.

—¿Seguro? Puedes contar conmigo, compañero.

Gabriel levantó sus ojos hacia mí con las cejas contraídas. Se puso rojo. Respiró profundo unos segundos. Yo lo miraba, le daba suaves palmadas en el hombro. Llegamos hasta su edificio en la calle Portugal. Me detuve con el auto encendido.

—Esteban, fui yo. Yo rompí la pantalla de tu computador.

Nos mantuvimos en silencio un rato. “¿Es un puto cobarde?”, pensé. Continué sin hablar. Recordé mi conversación con la señora María y sentí un calor que crecía dentro de mi cabeza. Apagué el aire acondicionado y abrí la ventana hasta la mitad. Gabriel continuó.

—El viernes me quedé hasta más tarde conversando con el directorio del sindicato y después me fui a la oficina. Tenía que ir a buscar algo. Los escritorios estaban apretados. De repente sentí que tiraba un cable con la pierna. La pantalla de tu Mac cayó al piso en seco, se hizo cagar. —Las palmas de sus manos le cubrieron el rostro por completo.

—Chucha, Gabriel, mansa cagadita, me dejai helado weón. Nunca pensé… Bueno, habrá que ir a hablar nomás po, vamos a tener que juntarnos con la señora María y hablar con su jefe.

—Por favor, no, Esteban. No puedo hacer esa weá. Qué vergüenza. No puedo arriesgar la pega. ¿Sabís cómo está de difícil pa los funcionarios públicos con esta cagá de gobierno?

—¿Y entonces qué querís hacer? Ya me contaste la verdad, yo no me puedo hacer el weón.

—Solo te pido que te quedís piola. Yo voy a tener que saber solucionar esta cuestión, pero no le cuentes a nadie, te lo ruego. Esteban, no me puede quedar la cagá ahora.

Subí por la Alameda en dirección a las montañas. Entré muy cansado a mi departamento. Me acosté encima de la cama sin desvestirme y me quedé dormido. A la mañana, me palpitaba la cabeza y no tenía saliva que tragar. Me dolían hasta las canillas. Entré en la ducha y me bañé con agua helada. Me vestí. La esfera azul de mi reloj brillaba encima del velador. Me quedé mirando los eslabones plateados que se juntaban en cadena hasta cerrarse. El segundero avanzaba ruidosamente en medio del departamento silencioso y vacío. El tictac me hipnotizó durante un rato. Dejé el reloj encima del mueble y salí.

Llegué temprano al trabajo. Gabriel no había llegado todavía. No fumo, pero salí al patio para conseguirme un cigarro. Mientras fumaba, vi de lejos a la señora María avanzando rápido entre el polvo, sonriendo y mirando cada tanto la pantalla de su celular con el rabillo del ojo. Se plantó frente a mí y me extendió su teléfono.

—Mire don Esteban, mi hijo me contó que había una cosa en Facebook, algo de un market donde se pueden encontrar ofertas. Me lo mandó por mensaje y me puse al tiro a buscar un computador.

La vieja tenía una sonrisa amplia. Sus pómulos levantados empujaban los anteojos cuadrados y estiraban la piel morena y brillante de su rostro. Su mano extendida me mostraba la pantalla quebrada de su celular. Había seleccionado tres monitores y ya había conversado con los vendedores.

—Fíjese, están súper baratas. Le apuesto que no conocía este market. ¡Se encuentra de todo y son puras ofertas!

Los monitores eran usados. Solo uno era Mac y se veía muy antiguo. Los otros dos eran unas pantallas negras marca Samsung que no superaban los $48 mil pesos. Le agradecí el entusiasmo, pero le dije que, lamentablemente, esas pantallas no servían. Me rogó que le buscara el mismo modelo de la pantalla rota. Me limité a negar con la cabeza. Su sonrisa se desvaneció y sus hombros se encogieron. Le temblaron los labios y se rascó la cabeza. Me tomó una mano, le dio unas palmaditas, se dio la vuelta y se alejó entre el polvillo suspendido en el aire. Me conseguí otro cigarro. Cuando estaba por terminarlo, la señora María salió de una oficina acompañada de su jefe. No tenía puesta su ropa de trabajo. El hombre le pasó unos papeles que ella guardó en una carpeta. Desde la distancia, me lanzó una breve mirada con los ojos entrecerrados. Un calor sofocante me tomó el pecho y la cabeza. No fui capaz siquiera de levantar una mano para despedirme. Hernán se acercó desde el estacionamiento con una mueca burlona en los labios.

—¿Cómo terminaron ayer? —me preguntó.

Lo miré a los ojos durante algunos segundos tratando de empujar un pensamiento. Algunas palabras hubieran bastado para, tal vez, revertir las cosas. La señora María se despidió de su jefe y salió caminando con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta.

—Estuvo bien, nos acostamos temprano —le respondí a Hernán.

—Qué bueno, me alegro. Gabriel no viene hoy, así que te encargo que puedas revisar las solicitudes que lleguen durante el día para las viviendas industrializadas de Clotario Blest.

Asentí.

El día pasó, como siempre, sin muchas novedades. Me sentía un poco más cómodo sin el reloj. Quizá mañana vendría con jeans y zapatillas. Pronto tendría que conseguir un disco duro y traspasarle la información que tenía en mi computador estropeado. Pensé en ir al mall para comprarlo el fin de semana y volver, otro lunes, a sentarme en mi escritorio.

Martín Espinoza

Soy periodista interesado en la literatura de ficción, principalmente en la novela y el cuento realistas. En el ámbito periodístico he escrito reportajes de investigación para medios como CIPER y fui asistente de investigación en Letras torcidas. Un perfil de Mariana Callejas, libro de Juan Cristóbal Peña publicado en 2024. Actualmente curso el Magíster en Escritura Narrativa de la Universidad Alberto Hurtado, donde estoy desarrollando un proyecto de investigación sobre la época dorada del boxeo en Chile.

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