El milenarista – Carcaj.cl
El milenarista
18 de octubre 2026

El milenarista

La primera noche el cuartel estaba rebosante y las literas no daban abasto. Había muchos que aún no vestían el uniforme, esperando el examen médico al día siguiente. Los pasillos estaban repletos de frazadas tendidas y se veía un revoltijo de cabezas y piernas. Apestaba a pata y ropa caldeada.

No sé cómo logré hallar un rincón junto a la ventana del fondo. A mi lado, casi abrazado a mí, había un muchacho tumbado, rubio de ojos azules, con un aspecto angelical, lleno de inocencia y serenidad. Pensé que podía ser un catequista; pero estaba tan muerto de sueño que no tuve fuerzas para preguntarle.

Al día siguiente lo volví a ver ranchando a la hora de almuerzo. Me percaté de que era mucho más bello y dulce de lo que me había parecido la primera vez, y que seguía teniendo una expresión de serenidad en el rostro, con algo misterioso en la mirada, como si no se percatara de lo que ocurría a su alrededor. «¿De dónde eres, compañero?», le pregunté. «De Agrinio» «¿Eres de la catequesis?» Al instante se sonrojó y movió negativamente la cabeza. Había hecho muy mal en preguntarle.

El tercer día me extrañó no haberlo visto. Nos habían entregado las armas y las limpiábamos. Recorrí todos los cuarteles, pasillos, escaleras, fui a los retretes, incluso a la enfermería, pero no estaba en ninguna parte. Por la tarde, cuando el sargento nos daba la primera lección de armas, vino a hablarnos el lugarteniente. Era un tipo antipático, un arbanita[1] de la Argólida, conocido por la crueldad de sus escarmientos. «Tú, dime», le preguntó a uno, y en seguida el recluta se posicionó, «¿qué harías si viene un búlgaro y se tira a tu hermana? ¿Te sentarías a mirarlo?» El recluta titubeó un momento, pero al rato respondió: «No, señor sargento, le dispararía enseguida». El muy trepador se sintió complacido con la promoción del soldado y con palabras modestas inició su perorata patriótica: «Me alegro de que hayan comprendido por qué les entregamos las armas. Para asesinar. Para asesinar a los enemigos de la patria y a quien se meta con sus hermanas. Imagino que no hay nadie que aún no haya tomado las armas». Nadie respondió. El lugarteniente se rascó las entrepiernas y continuó: «Sin embargo, hay uno de nuestra compañía, un gusano, un canalla, un milenarista[2], que se niega a tomar las armas». Enseguida comenzaron los susurros y todos empezamos a mirarnos prestos a descubrir a la víctima. Me sobrecogió una tremenda curiosidad, pero, de pronto, me alumbré: tenía que ser él. El hermoso muchacho rubio desaparecido desde la mañana. «¿Y qué le harán ahora, señor sargento?», preguntó un pillo desde atrás. El lugarteniente encendió su cigarro y con aires de grandeza dijo: «Lo moleremos a palos y si no sienta cabeza –juicio marcial».

En los días sucesivos, no lograba sacar de mi cabeza la imagen del compañero rubio que, a pesar de su timidez, tuvo el valor de enfrentarse a todos estos. Pensaba que habría de tener una fe enorme –esa fe que sólo dan a sus fieles los grupos religiosos pequeños y perseguidos– aunque creyera en una secta que yo consideraba una tontería. Recuerdo que de niños nos decían que los milenaristas eran una organización financiada por el sionismo internacional para traer disensión entre los cristianos. Y, sin embargo, ese recluta rubio se había atrevido a algo que nadie haría por dinero.

El hecho se comentó por todo el cuartel. La mayoría ni siquiera sabía lo que era el milenarismo y preguntaban para enterarse. Otros maldecían la desgracia de aquel desdichado que arruinaría su juventud por una estupidez. Todos sabían que enfrentaría un juicio marcial y que tenía asegurada la cadena perpetua –y si estuviésemos en guerra, no se liberaría del fusil. En el fondo, todos lo admirábamos. Era un héroe. «Mira, está ahí dentro», me dijo un día un compañero y me señaló la celda de aislamiento. Estaba detrás del casino de suboficiales: una edificación minúscula, ni de dos metros, sin techo ni ventanas, sólo una puerta cerrada. «¿Por qué no tiene techumbre?», pregunté con el corazón encogido. «Allí meten a los más peligrosos y los torturan. Cada vez que nos vamos a entrenar, entra un gendarme y lo muele a palos. Después le dan de comer sardinas saladas, sin agua, para que se muera de sed. Cuando llueve o cae la helada, no puede ocultarse en ninguna parte, obligado a tragarse toda la tormenta o resfriarse». Me quedé de una pieza. «¡Qué dices! ¿Y resiste?» «¡Dice que resiste! “Por muchos dientes que me rompan” –les espeta cuando le destrozan la mandíbula–, “no cambiaré mi forma de pensar”».

No se trataba sólo del tema del momento; era algo más grande: nuestro consuelo secreto cuando la vida nos parecía insoportable ante tantas broncas y escarmientos. Nadie se quejaba cuando lo ponían a limpiar los escusados o las calderas; todos pensaban en el milenarista, a quien habían encerrado en un barril de petróleo durante todo un día –y lo taparon. Cierto día, en que nos mojamos un poco durante los ejercicios, nadie dijo ni pío; por mi cabeza que todos estábamos pensando en el milenarista que hasta ese momento se había tragado tres tormentas brutales.

Un día me llamó el cabo de servicio y me preguntó si quería llevarle el almuerzo al milenarista. Acepté con gran emoción. «¿Quién se lo llevaba hasta ahora?» «Lo tuvieron en ayunas toda una semana. Hoy es la primera vez». Se me erizaron los pelos. «Pero ten cuidado», me dijo el cabo, «por tu propio bien, sin cruzar muchas palabras con él, ni darle ninguna otra cosa porque –sabes– te acompañará un gendarme». Tomé la fiambrera y corrí hasta la celda de aislamiento. La puse bajo la abertura de la puerta y oí un “¡gracias, compañero!” «Coraje, compañero», le dije enseguida. «Yo te traeré la comida todos los días».

Los días siguientes, seguí llevándole la comida con algún chocolate o una galleta. Me había confiado y conversaba con él detrás de la puerta durante dos o tres minutos. El quinto día, cuando le estaba pasando unas galletitas de pascua que me habían enviado de casa, oigo de pronto a mis espaldas una voz despiadada: «¡Pajarito mío! ¿Así que con galletitas de pascua me lo alimentas?» Era el gendarme cruel. «Te voy a romper las manos», continuó diciendo con maldad, era como si lo hubiera insultado personalmente. Como consecuencia, me reemplazaron por un pelusón.

Tras el bautismo de fuego conocí al teólogo del Centro. Este teólogo, a pesar de dar homilías muy frías, parecía un hombre interesante y, por cierto, sin muchos prejuicios religiosos. En nuestras primeras conversaciones me preguntó por el milenarista. «Lo admiro» –le respondí–, «y me pregunto de dónde saca tanta fe y resiste las torturas». «Ni que lo digas, este milenarista me dejó sin palabras. También yo lo admiro y me siento mucho más pequeño que él, ¡pero atreverse a decir esas cosas!». Se detuvo un instante y me dijo con aire confidencial: «Y lo peor de todo, es que me llamó el comandante y me pidió que fuera a evangelizarlo y que procure, con todos los medios posibles, hacerle cambiar de opinión». «¿Y fuiste?» «¿Qué iba a hacer? Fui. ¡Lo que vieron mis ojos cuando entré allí! Lo habían molido a palos. Sus dientes quebrados. Su cuerpo amoratado. Defecaba y orinaba allí dentro y no disponía ni siquiera de una silla para sentarme. Tras la puerta nos oía el gendarme». «¿Y qué le dijiste?». «Me miró adolorido y me preguntó: “¿Quién eres tú, compañero, y qué quieres de mí?” Le dije: “Escúchame, compañero, yo soy el teólogo del Centro. Me envió el comandante para enseñarte la luz, porque considera que es una pena que vayas a juicio marcial». En seguida se recogió en sí mismo y me dijo: “Te lo ruego, compañero, no me atormentes tú ahora”. Se me puso la piel de gallina. Pensé en lo ruin que es pretender conseguir mediante la religión aquello que no lograron a latigazos. Le dije: “Escúchame compañero, admiro tu fe y siento que no te llego ni al meñique. Lo único que me angustia es que, en mi opinión, esa herejía no vale tanto sacrificio”. Me miró con un malicioso sentimiento de gratitud y me dijo: “No importa, compañero, gracias de todas maneras. Sólo te pido un favor. Que les digas que ni yo voy a cambiar, ni ellos dejarán de torturarme». «Y luego, ¿qué pasó?», pregunté impaciente. «Luego me llamó el comandante y me dijo: “¡Ey tú, que dices palabras grandilocuentes en la iglesia, ven aquí! ¿Yo te mando ahí para que lo ilumines y tú te empeñas en elogiarlo? ¿Qué estratagemas son éstas? Por poco también tú no te conviertes en milenarista.” Como puedes ver, el gendarme me había pillado».

El domingo después de la iglesia, el padre que venía a darnos misa desde Corinto nos dijo en tono confidencial que el comandante le había pedido que se quedara un rato más para conocer a un hereje. «Me temo, padre, que no conseguirá nada», le dijo el teólogo con escepticismo. Al rato, trajeron al milenarista y pude verlo, así, después de tanto tiempo. Había adelgazado, pero sus ojos seguían brillando con la misma serenidad. Se encerró con el padre en el cuartucho clerical y salieron tras un cuarto de hora. El padre estaba indignado: «¡Imagínense, tuvo la osadía de criticarme por bendecir las armas, siendo que Cristo dijo: “amad a vuestros enemigos!”»

Tres días después, el teólogo entró en la oficina alterado. «Déjalo ya», me dijo, «el asunto del milenarista ha tomado otras dimensiones. ¡Ahora lo enviarán con el obispo y tendré que acompañarlo con el gendarme!». Me quedé estupefacto. «¿Qué dices? ¿Por qué muestra tanto interés el obispo?» «Todo es obra del comandante. Quería –según dice– agotar todos los medios para salvarlo. Después del obispo, lo espera el juicio marcial».

Lo aguardaba con agonía. «Fue algo horrible», me dijo cuando regresó. «Ni te imaginas todo lo que sufrí. A mi lado tenía al gendarme y no pude conversar con él. Y sentía tanta necesidad de darle alguna palabra de aliento. El obispo metropolitano nos recibió a todos juntos. “Dime, jovencito” –le dijo–, “¿por qué te rehúsas a tomar el arma que te entrega la patria?” El milenarista respondió con calma: “Porque me lo impide mi religión”. “¿Y por qué no crees en la única religión verdadera, la Ortodoxia?” El milenarista sonrió con melancolía, se giró y nos señaló: “¿Qué Ortodoxia? ¿Ésta que lleva a cabo su misión a través de gendarmes cuando fracasan sus teólogos?” Entonces el obispo se puso de pie, fuera de sí, y nos echó a todos del lugar. Por la calle meditaba en que no distamos mucho de los escribas y los fariseos».

Unas noches después, un grupo de amigos decidimos reunirnos en las gradas para oír algo de música. Había un cretense que tocaba el violín de manera bastante aceptable y un sargento que sentía pasión por la armónica.

Era una noche dulce. Corinto se recostaba a nuestros pies; al frente, Lutraki se estaba quieto en sus luces y, al fondo, se elevaba imponente la cordillera de Gerania. La luna estaba casi llena y diseminaba su argento opaco en las gradas.

Primero comenzó el sargento con la armónica. Tocaba con holgura y en la velación de la luna destacaba su silueta seductora. Después el cretense tomó su violín y nos interpretó dos piezas románticas.

Luego llegó mi turno. Esperé que se hiciera silencio y me puse a declamar un soneto de Miguel Ángel:

En la tierra sólo amo lo bello,
y aun vivo me eleva a los cielos;
al más alto espíritu me lleva –
albricia inusual al hombre dada.

De pronto, mientras todos escuchaban atentos, se oyeron unos chillidos desde el sector del casino de suboficiales. De seguro era el milenarista. Le estarían zurrando por el atrevimiento que mostró ante el obispo. Y, sin embargo, nunca antes lo habíamos oído gritar. Hace un mes que se tragaba los palos en silencio sin que se oyera el más mínimo quejido. Quién sabe lo que le estarían haciendo para no aguantar más y ponerse a gritar. Y lo más terrorífico de todo, un hombre que chilla en la noche de dolor, mientras nosotros nos entregamos plácidos a expresiones artísticas…

Conmovido dejé de lado el poema y uno a uno comenzamos a marcharnos con la cabeza gacha. Me fui sin despedirme de nadie. Me envenenaba el pensamiento de que, mientras miles de mártires se pudren en cárceles y celdas de aislamiento, yo seguía entregado aún a la belleza y los poemas.      

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Dinos Jristianópulos (seudónimo de Konstandinos Dimitriadis, Tesalónica, 1931-2020) fue una de las voces más singulares de la poesía griega de posguerra. Hijo de refugiados griegos expulsados de Asia Menor, creció en condiciones de extrema pobreza durante los años de la Ocupación alemana, experiencia que dejará una huella indeleble en su obra. Formado en el seno de una estricta educación ortodoxa, vivió desde temprano la tensión entre la fe religiosa y un erotismo que percibía como incompatibles con ella. Esta contradicción marcó profundamente su vida y su obra, convirtiéndose en el núcleo de una poesía caracterizada por la sinceridad radical y la exploración de los conflictos interiores.

La obra de Jristianópulos se inscribe dentro de la denominada «segunda generación de posguerra» griega, y se distingue por el tono intensamente confesional de sus versos y por la centralidad del erotismo como experiencia existencial. Lejos de celebrar el placer de manera hedonista, sus poemas presentan el amor como fuente de dolor, culpa y humillación, en permanente conflicto con sus convicciones religiosas.

Además de poeta, Jristianópulos fue editor, traductor, investigador, compositor e intérprete de música rembétika, y exploró otros géneros, como el ensayo literario y el cuento. Su obra transforma la experiencia individual –como el erotismo de la calle o la vida en los cuarteles– en una reflexión universal sobre la soledad, el deseo y la imposibilidad de escapar de uno mismo. Influido por Konstantinos Kavafis, desarrolló un estilo sobrio y despojado de artificios, donde la confesión adquiere el carácter de una búsqueda de redención y de una ética fundada en el rechazo de toda hipocresía.

Su legado lo sitúa entre los grandes renovadores de la literatura neogriega contemporánea, destacando por una voz poética que convirtió la culpa, el deseo y la memoria en una profunda reflexión sobre la condición humana.


[1] Arbanita: descendiente de albaneses que se establecieron en Grecia durante la Baja Edad Media y que adquirieron conciencia nacional griega.

[2] Milenarista: en Grecia, Testigos de Jehová. En alusión a su convicción escatológica de que Jesucristo regresará a la tierra y reinará junto a los justos durante mil años, antes del Juicio Final.

Dinos Jristianópulos

Seudónimo de Konstandinos Dimitriadis, Tesalónica, 1931-2020.

Benjamín Iglesias Calonge

Santiago, 1987. Se graduó de la Universidad de Chile y realizó estudios en la Universidad Aristotélica de Tesalónica. Su trabajo de traducción se ha centrado en la poesía griega del siglo XX y XXI, incluyendo traducciones de Napoleón Lapathiotis, Dinos Jristianópulos y Tsimaras Tzanatos, así como la traducción al griego de Tristán Vela.

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