Ilustración: Rabbit eared perameles - P. Lagotis
Aceptado
Llevaba más de cinco años haciendo su trabajo. Era solo una vez al año, pero le daba el dinero suficiente para no trabajar el resto del tiempo. Al tercer año ya había ahorrado lo necesario para fundar su propia compañía de limpieza a domicilio, que le generaba ingresos extra cada mes. Recordaba bien sus primeras incursiones: la entrevista, la prueba psicológica, todo ese proceso para terminar haciendo algo tan simple como apretar un botón.
Sus jefes le habían dicho que el promedio de permanencia en ese puesto era de dos a tres años, pero ella ya llevaba cinco y no tenía motivos para dejarlo. Su vida era tranquila gracias a eso. Sabía que, a fines de abril, debía conducir hasta las afueras de la ciudad. En una parada pública siempre la esperaba un auto con chofer. Se sentaba atrás y, durante los dos primeros años, el chofer le ponía una máscara para que no supiera dónde quedaba la sala de control; desde el tercero, ella misma se la colocaba. Pasaban horas recorriendo la carretera, y a veces pensaba que solo daban vueltas en círculos para despistarla, aunque intuía que el lugar estaba más cerca de lo que querían hacerle creer.
Al llegar, la bajaban del vehículo y la subían a una silla de ruedas. Una enfermera la ingresaba a la instalación. Los pasillos eran de un verde claro, casi clínico. El lugar parecía un cuartel, aunque apenas se veían efectivos custodiándolo. La llevaban hasta una sala de control con una pantalla principal y varias más pequeñas alrededor, todas mostrando un punto fijo del océano que nunca había logrado identificar. En las pantallas secundarias corrían gráficos y datos en tiempo real; ella suponía que podía tratarse de alguna investigación encubierta.
En el centro de la sala había tres hileras de personas frente a computadores, todos visiblemente tensos, alternando la mirada entre las pantallas y sus controles. Cerca de donde la dejaban estacionada había otras figuras: hombres con uniforme militar de alto rango y rostros que le resultaban familiares, como de personas muy ricas que solo había visto en redes sociales. La enfermera le había advertido que no podía interactuar con ninguno de ellos; su trabajo era simplemente esperar la señal.
Cuando una luz roja inundó la sala, todo cambió. El ruido cesó de golpe. La enfermera le indicó que se pusiera de pie y caminara en línea recta. Avanzó hasta un pequeño pilar frente a ella, donde había un botón morado. Le dijeron que, cuando la luz cambiara a verde, debía pulsarlo. No pasó mucho tiempo antes de que la sala entera se tiñera de verde y ella, sin dudar, apretara el botón.
El silencio que siguió fue absoluto. En la pantalla principal apareció una pequeña caja, desplazándose lentamente hacia el centro de la imagen, impulsada por un motor cuyo sonido era lo único que se escuchaba. La caja avanzó hasta un punto específico del océano y se detuvo. Pasaron unos segundos hasta que en la pantalla apareció la palabra “aceptado”, y recién entonces la sala volvió a respirar.
En su primer año pensó que había soltado algún tipo de arma. Que todo aquello era una prueba de una empresa privada armamentística y que nadie quería ensuciarse las manos; si algo salía mal, ella cargaría con la responsabilidad. Eso explicaba el sueldo. Después del procedimiento, la enfermera le pedía que volviera a la silla y todo ocurría en reversa: la llevaban de vuelta al vehículo, le cubrían la orientación y la dejaban nuevamente en su auto. El chofer, antes de despedirse, le preguntó si volvería el año siguiente, y ella aceptó.
En el segundo año, todo fue igual, salvo por un detalle. Tras presionar el botón y mientras esperaban el “aceptado”, se escuchó un sonido gutural que provenía del mar. En la pantalla, el agua vibró. Era un sonido profundo, imposible de asociar a algún animal conocido. No hizo más que eso: dejarle una leve inquietud. Pero cuando apareció la palabra “aceptado”, todo volvió a la normalidad. Sabía que al subirse a su auto el dinero ya estaría en su cuenta.
En el tercer año, repitió el procedimiento. La caja avanzó, se detuvo, y entonces toda la sala escuchó el llanto de un bebé. Fue en ese momento cuando entendió por qué nadie duraba tanto en ese trabajo. Una voz por altavoz ordenó abrir manualmente la escotilla. Alguien respondió que estaba listo, y el llanto fue abruptamente silenciado. Pasaron unos segundos hasta que apareció nuevamente “aceptado”.
Por primera vez se cuestionó lo que hacía. Llegó a convencerse de que, tal vez, era mejor así. Que podía tratarse de evitarles una mala vida, que el mundo ya era lo suficientemente cruel. Pero el llanto no se le iba; le hacía eco, igual que aquel sonido del segundo año.
Aun así, lo hizo un cuarto y un quinto año. Sabía que podía seguir haciéndolo por mucho tiempo. Pero había una sola pregunta que no lograba dejar atrás:
¿Qué ocurrirá cuando eso no acepte el envío?