Foto: Cordillera, por Manuel Corvalán (1918). Fuente: Memoriachilena
Blanca montaña
1. Mose 2:8
Hierauf pflanzte Gott der Herr einen Garten in Eden nach Osten hin und versetzte dorthin den Menschen, den er gebildet hatte.1
No era la primera vez de A en Chile. La verdad es que no se sabe si era la segunda o la tercera. No se sabe tampoco si era la primera vez que M y A estaban juntos en Chile. O sea, sí, era la primera vez que estaban juntos físicamente, compartiendo el mismo espacio y conscientes de esto. Eso es seguro. Pero si esta era la primera vez que A y M estaban ambos al mismo tiempo en territorio nacional chileno, eso no, eso no es seguro. Puede ser que M haya vuelto al territorio nacional chileno mientras A viviera temporalmente en Chile. Si ambos ya habían compartido el mismo espacio, digamos que ambos hayan utilizado por coincidencia (sin mencionar el tamaño de semejante coincidencia) exactamente el mismo vagón de metro de la ciudad de Santiago (la gran Ciudad de Santiago, el Gran Santiago) o hayan ido al mismo restaurante, o bar o cine (sin mencionar las diferencias de hábitos entre A y M con respecto a restaurantes, bares o cines) y se hayan sentado uno al lado del otro, todo esto antes de haberse conocido, esto, como podrán imaginar, tampoco es seguro. M es chileno, pero se fue de su país a los 19 años. A vino después de finalizar su etapa escolar, en su paso de la adolescencia a la adultez, el cual, no digamos que no, cada vez se hace más largo en estos tiempos. Es probable que entonces no hayan coincidido en el mismo espacio (territorio nacional chileno) y tiempo (etapa entre adolescencia y adultez de A donde vivió en Chile). La verdad es que este detalle es de baja importancia, ya que, al fin y al cabo, lo seguro es que, después de una amistad hasta este momento enteramente forjada en Alemania, es la primera vez que A y M están ambos compartiendo su amistad en Chile.
M está de visita en casa de sus padres en Chile en la ciudad donde creció. A ha vuelto después de años sin visitar, su español se estaba oxidando. M y su padre reciben a A en el terminal de buses de su ciudad, el cual no ha cambiado en nada desde que M tiene memoria. Al edificio lo mantienen vivo las pocas ferreterías y tiendas de construcción, mantenidas ellas mismas por la generación de contratistas y maestros que las conocen desde que abrieron sus puertas. Al igual que los dueños de las tiendas, estos contratistas y maestros ya dejan de trabajar, sea por la muerte o por el retiro. La muerte es en Chile, como en todo el mundo, cosa segura, mas no así el retiro. M entra al edificio y en su interior hay diferentes boleterías vendiendo pasajes a todo Chile. Un autobús mal estacionado en medio del pasillo amenaza con atropellar a los pasajeros, pero es solo la fachada de una boletería que imita el parachoques y el parabrisas de un gran bus. Detrás de estas se abre un patio en el cual llegan y parten grandes buses regionales, la mayoría de dos pisos y muy modernos, e interregionales, pequeños y en mal estado, en andenes separados. Dado a que se escribían por celular, se encuentran rápidamente y A saluda a M efusivamente, como nunca lo haría en Alemania, como si este saludo fuese motivo de celebración, como si A acabase de recibir una gran asistencia de media cancha de M y A la hubiese parado de pecho y voleado y A estuviese orgulloso y emocionado por aquel golazo. Ese golazo tiene nombre y apellido, y se llama A y M están juntos en Chile.
El padre de M y A se conocen en el auto. De la ciudad ve A primeramente poco ya que se dirigen directo a casa cruzando por las autopistas grises, las cuales son rodeadas mayoritariamente por sitios eriazos y zonas industriales medio abandonadas, grandes galpones de hojalata y estacionamientos iluminados. Está atardeciendo y el sol ya se esconde por los cerros del Oeste. Las calles son disputadas por la gente tratando apresurada de volver a sus casas. A conoce a la familia de M. Conoce a la madre, a las abuelas, a los hermanos. A la familia le cae bien A y A se sienten a gusto. En los siguientes días A conoce a los amigos de M. Salen por la ciudad. Realizan las pocas actividades culturales disponibles. El único museo, donde dícese haber sido firmada la independencia, sigue cerrado desde el terremoto, hace ya más de una década. Van al río. Comen completos y vuelven bebidos. Almuerzan en casa y pasan tiempo con la familia de M. La familia de M está feliz. A pesar de ser bastante conservadores y tener valores de regimiento, ven a M tan poco que sus actividades nocturnas no son molestia por unos cuántos días de visita. En las mañanas después de salir, pero incluso en las mañanas siguientes a noches cuando está temprano en su pieza, A duerme hasta tarde. A veces A vuelve tan borracho que no cierra la puerta y duerme desnudo medio envuelto en las sábanas. A despierta para almorzar con la familia de M y a M le gusta su comportamiento, porque así se saca su familia, especialmente su abuela, la imagen tan prolija y elevada que tiene sobre los alemanes.
Una noche M y A salen a ver amigos. Es una noche tranquila, de charla y de cervezas en la casa que una chica comparte con otras estudiantes en el centro de la ciudad. La chica es novia de un amigo de M. M y A beben más que el resto. Todo el grupo tiene algo que hacer al día siguiente, excepto los dos vacacionistas. Aun así, todos terminan cediendo a un completo a unas cuantas cuadras. El grupo camina y la noche es tranquila, una noche cálida de verano. Casi no hay tráfico y los jóvenes ríen y juegan y gritan por la alameda vacía. A se integra de maravilla en el grupo. Va borracho conversando sin ningún miedo del español ni timidez alguna.
Cinco locales de completos se encuentran sobre una vereda en una pequeña calle aledaña a una avenida principal de la ciudad donde hay una iglesia salesiana y edificios de baja altura, solo dos de los locales están abiertos. El letrero de los locales tiene publicidad de Coca-Cola. Son pequeños quioscos rojos cuadrangulares de hojalata donde las vendedoras (y cocineras) están en su interior y solo las paredes hacia la calle son caras completas con pequeñas puertas. El resto de las paredes se transforman en barras largas y techos, los cuales protegen a los comensales que se sientan sobre altos bancos circulares de metal con asientos de espuma sobre ellos. Los bancos están fijamente atornillados al piso. En el local donde los amigos acuden, ”Donde la Mari”, hay un par de personas comiendo sentados, una televisión antigua al fondo del quiosco, arriba de un refrigerador, está encendida haciendo algo de ruido farandulero y no recibe mucha atención.
M se sienta en una arista diferente que A. A se atasca a tres completos en el tiempo en que M come uno tranquilamente. A dice que estos completos mojados entran más fácil. A los amigos de M parece que se les olvida sus quehaceres del día siguiente y todos conversan distendidos. M y A se involucran en conversaciones diferentes. Después de un rato, M, uno de sus amigos y la novia de este hablan sobre un viaje pasado en conjunto. Los amigos se enzarzan sobre detalles del viaje y la novia escucha sin mucho interés. El amigo insiste que M no pudo haber vivido semejante experiencia ya que ellos se encontraban juntos en todo momento durante ese viaje. En un momento, ella pone atención a las espaldas de los chicos y estos se dan vuelta, donde A está de pie. A está rojo y tiene una gran sonrisa bajo su bigote. A mira a M sin decir nada. M y su amigo interrumpen su conversación, la cual tenía bajas probabilidades de conseguir un consenso, y le dan atención a A. A pone un brazo sobre el hombro de M amistosamente, él estando de pie y M sobre el banco, estando los dos a la misma altura. M ríe y pregunta qué pasa. Nada, nada, estoy pasándola bien. M ríe y se alegra de la borrachera de su amigo. A dice que tiene una idea. La otra pareja se une a otra conversación y no escuchan a M y a A. ¿Qué idea? Deberíamos ir a la cordillera. M se gira y tiene a A frente a él. Deberíamos ir a la cordillera maulina. Los chicos me dicen que es única en su tipo. M mira hacia el grupo de amigos, los cuales conversan mirando hacia el interior del local, con la luz de la ampolleta amarilla iluminándolos, pareciendo el motivo de una pintura religiosa, siendo muy pocos para La última cena. Hay botellas de ketchup y ají chileno y cajas metálicas de servilletas sobre la barra. Se escucha el resumen de un reality en la tele.
Al otro día, A y M despiertan excepcionalmente temprano. El retorno de A hacia Santiago se hacía más cercano y las ganas de aprovechar el tiempo les entregaban la voluntad para levantarse alrededor de las 10 de la mañana. Toman un nescafé en polvo con leche y comen unas marraquetas con mantequilla, continuando con la conversación de ayer, ya pasada la borrachera. A tiene permiso de conducir, pero muy poca práctica. No tenía auto en Alemania ni conducía muy a menudo cuando visitaba a su familia. M no tiene licencia. Podían pedir prestado el auto de la abuela, un Chevrolet Spark que estaba continuamente parado en el estacionamiento. La familia se muestra generosa y les ofrece el auto familiar, el cual es más seguro en carretera. Un hermano se ofrece a conducir, el cual tiene además mucha experiencia al volante. El hermano menor se interesa por el viaje. El padre de la familia les recomienda un lugar en la cordillera, algo más al sur. Ahí pasamos una noche con tu madre, hay un hotel espectacular, a ti te va a encantar. Senhalando a A.
Nadie tenía ni el presupuesto ni el tiempo para quedarse una noche en un hotel pero aceptan ir por el día. Al día siguiente parten los cuatro. El hermano mayor de conductor, M a su lado, A y el hermano menor en el banco trasero. Salen por la carretera hacia el sur y ven las plantaciones al lado de la vía, ambas cordilleras guían la vista hacia el sur, el sol sobre el techo del vehículo. Después de unos cuantos letreros verdes, toman una salida y se integran a un camino que sube hacia la montaña.
Escuchan las radios locales a un volumen bajo y hablan poco, aun algo afectados por haber despertado temprano. El hermano mayor está ya acostumbrado por su trabajo que lo llevaba a recorrer toda la región y va manejando despierto, buscando algo de conversación sin mucho éxito. Por el angosto camino conducen a gran velocidad al lado de campos amarillos, donde grandes balas de paja estan distribuidas aleatoriamente por el campo. Atraviesan algunos poblados y el flujo de autos baja cada vez más, hasta que ya rara vez se encuentran con un auto en dirección contraria.
A lo lejos, se ve la forma de un huaso con su poncho y chupalla encima de un gran caballo negro azabache. Va cabalgando tranquilo. Cuando pasan al lado de él, este se detiene y se les queda observando y los sigue con la mirada hasta que una curva los separa de su vista. Ya no hay Internet y escuchan radio. Suena una canción de la revolución mexicana. La vía está impecable, como si se dirigiese a un lugar de importancia y haya sido asfaltada el día de ayer. En general hay pocas casas y se ven un poco más alejadas del camino grandes construcciones de madera, la mayoría con una cruz coronando sus techos. Una gran piedra da la bienvenida a un lugar que nadie alcanza a leer o a comprender.
El último edificio que observan antes de dejar la última población es una escuela de niños. Estaba pintada recientemente con los colores primarios y una reja rodeaba el recinto. Al frente del edificio hay un niño, tiene la misma cara del huaso que habían visto unos kilómetros más atrás pero más joven, y él les apunta la vía que continúa hacia la cordillera, Danke Schön, dice el hermano mayor y sigue el camino y A escucha en su cabeza como la voz de un niño dice Danke Schön de vuelta.
Llegan hasta una caseta donde había una barrera metálica impidiendo el paso. Un guardia se acerca a la ventanilla del conductor. Pregunta cuál es el motivo de la visita y pide las identificaciones. Las mira rápido, excepto la de A, la cual genera en él una pequeña interrupción rítmica, un sobresalto. Se lleva todas las identificaciones a la caseta y utiliza su radio personal. Esperan unos cinco minutos. Vuelve con las identificaciones y se las entrega al conductor, el cual hace un chiste sobre la cordillera y la propiedad privada. El guardia lo ignora y pregunta por el periodista. Todos callan, confundidos. El hermano mayor, responde despistado. No hay aquí ningún periodista. El guardia pregunta esta vez por el alemán. Lo nombra con nombre y apellido, los cuales el guardia pronuncia imitando un acento alemán algo exagerado, especialmente la letra Ü. A se reporta desde el asiento trasero. Buenos días, caballero. Yo no soy periodista. El guardia lo mira de reojo por sobre el hombro del conductor. A lleva una ropa y un bigote dignos de un periodista. El guardia advierte que las fotos están prohibidas y se dirige a la barrera. Tiene que hacer un pequeño salto para realizar el contrapeso necesario para levantar la barrera, la cual debe ser bastante ponderosa considerando que el guardia debe tener sus buenos kilos y manos gruesas probablemente de su experiencia trabajando el campo.
El auto pasa la barrera y se interna por un camino de tierra hacia un bosque de robles dejando atrás suyo un rastro de polvo flotante, el cual va buscando arbustos, piedras y troncos donde posarse nuevamente. Rápidamente el bosque se abre hacia un claro que permite la vista a un lado del camino donde hay un gran río bajando desde la cordillera y atrás de este se ve un bosque precordillerano frondoso que se extiende indefinidamente, bordeando las montañas, macizos de un color azulado y unos picos blancos que se extiende por encima de los bosques hacia el sur. Todos admiran en silencio el paisaje y la baja velocidad demuestra que el conductor también está en esas. Detrás de las copas de unos árboles se ve un techo de una casetilla de madera en lo alto, algo escondida, algo abandonada. Después de algunas curvas vuelven a entrar al bosque y el paisaje desaparece. Cortamente después un camino rodeado por álamos los guía hasta unas primeras casas, construcciones rudimentarias de graneros, establos altos, de maderas muy viejas y donde el tiempo les ha quitado brillo, estabilidad y por lo visto, también su utilidad. El camino rodeado por álamos continúa hasta perderse en el horizonte. Una flecha y una cadena bloqueando el paso obliga a los visitantes a girar a la izquierda, donde todo está precisamente señalado para ellos. Los jóvenes estacionan y se bajan del auto. Caminan algo hipnotizados al centro del complejo, donde las indicaciones se encuentran. El complejo es enorme y no se pueden identificar cuantas casas y construcciones ahí hay, aunque el área permitida para los visitantes es mucho más acotada. Los rodean casas blancas, antiguas, pero bien mantenidas con detalles en madera y tejas de barro bien cuidadas. Los jardines están impolutos, el césped recién cortado con caminos de piedra, las flores desbordan los maceteros y las palmeras se erigen altas por sobre las casas. Todo algo extraño contrastando la sensación de poco control sobre la naturaleza que les había dado el camino hasta aquí. Se escucha un gran ruido desde una de las casas. Un letrero de madera indica que es la casa de visitas. El segundo piso de esta casa tiene habitaciones que funcionan como hotel. A mira para todos lados y está algo perdido.
¿Ya habíamos estado aquí? Yo siento que sí. Siento que estuvimos aquí, cuando éramos niños. Yo también, pero pudo haber sido un sueño. El hermano pequeño se une a la conversación. Yo también me acuerdo, visitamos este lugar con los papás. Los dos hermanos mayores dudan. Él seguramente no había estado aquí, decían. Una discusión se abre en medio del complejo y A sigue mirando las casas anonadado, sobre el camino que ahora era de un ripio casi blanco. No queriai ver la cordillera, gringo? dice el hermano mayor. Un silencio pasa entre ellos. A dice en voz baja que él mismo cree ya haber estado en el lugar, y los tres hermanos se quedan mirándolo como si hubiese dicho algo muy ridículo. Se ponen a explorar el lugar. Tras la casa de visitas hay una terraza donde la gente come. Al frente de ésta una gran zona de juegos de niños, los cuales son de estructuras metálicas y maderas rústicas, todo pintado con una paleta de colores llamativos arriesgadamente combinados. Los juegos también tenían un aspecto extraño, como de otra época, de otro mundo, como las casas, pero igualmente bien mantenidos. Esparcidos por el terreno había una piscina y una laguna con peces y plantas acuáticas y flores de loto. Al fondo se ve un campo trabajado que se extiende hasta los pies de unos cerros y tras de estos están los macizos de la cordillera, ahora gris en su piedra y blanca en su cima, enorme y poderosa.
Los hermanos de M se montaron sobre unos aviones metálicos donde dos palos de madera los hacían girar sobre su eje. M empujaba los aviones al pasar como si fueran de nuevo niños y sus hermanos gritaban algo desencantados. Algunos otros niños jugaban, recogían manzanas, exploraban el jardín. A se alejó de la escena y se acercó al restaurante, mirando a través de las ventanas. Un mesero le pregunta algo y A no responde. M busca con la vista a A y lo ve en el marco de la puerta del restaurante y él observa el interior. En las paredes cuelgan fotos grupales de antaño, instrumentos musicales y otros artilugios. Cuelga una corbata y unas fotos de unos hombres de traje. Los hermanos de A exploran el exterior, mirando hacia el campo y caminando por los alrededores.
En un momento, la gente comienza a reunirse frente a una pequeña tarima, sin que haya habido anuncio alguno, sin que alguien esté sobre esta, como si lo que estaba a punto de ocurrir fuese ya pactado previamente, como si fuese algo rutinario, algo sabido por todos los presentes. La tarima no debe haber sido tan alta, de unos 80 centímetros, con una pequeña escalera a un costado de dos escalones y una barra de fierro.
A continuación, tres niños caminan en fila hacia esta con gran disciplina, tal como deportistas olímpicos caminan hacia sus posiciones antes de realizar una ejecución perfecta. Visten completamente de blanco, short ajustados, calcetines y camiseta sin mangas.La cordillera y los grandes campos a sus espaldas son su escenografía natural. M y sus hermanos se unen al público y A observa desde lejos. Dos de los niños toman al tercero y lo levantan por sobre sus cabezas. El chico, que debe haber tenido unos 12 años, mira seriamente por sobre el público hacia el oeste y hace acrobacias sin cambiar su ceño fruncido. Lo lanzan a metros de altura y en el aire hace piruetas y vuelve a caer recto sobre los hombros de sus compañeros. A medida que el show avanza, muy aplaudido por los espectadores, van apareciendo distintos aparatos: barras, caballetes, vigas de equilibrio son traídos por hombres mayores, canosos, vestidos con prolijidad, también de blanco. Atrás, la cordillera tomaba un aspecto extraño, como si ya no dividiera Chile de Argentina, como si fuese la división de países ajenos a este territorio, países lejanos.
A empieza a sentirse mal. Los jóvenes, sus pequeños músculos aún en desarrollo, y su seriedad, su falta de inocencia, su puesta en escena, todo le da retorcijones en su estómago, un asco incontrolable. Se dirige a la casa en búsqueda de un baño, atrás de la barra hay un hombre que podía ser el campesino del caballo negro visto hace kilometros cerro abajo y A piensa no, no puede ser y el hombre le apunta hacia un pasillo oscuro, dónde A va y baja unas escaleras hasta llegar a una habitación con un lavamanos, donde comienza a tener arcadas y a escupir.
A levanta la cabeza y mira en búsqueda de un espejo, pero solo encuentra una pared gris de hormigón armado. En la habitación hay solo el lavabo, paredes grises, cielo raso gris, un piso gris, una ampolleta, unos cables sueltos y polvo en el aire. Solo dos vanos sin puerta permiten entrar y salir de la habitación, no hay ventanas. A identifica el camino izquierdo como el que lo trajo hasta acá, puede ver la escalera por la cual descendió. Asoma la nariz por el umbral de la derecha y ve una escalera iluminada por una débil ampolleta que baja a otro piso, y se ve otro vano hacia el fin de esta.
Al llegar hasta el fin de la escalera y mirar por el umbral, A se agita al constatar que el cuarto al que ha llegado no es muy distinto del cual acaba de venir. El mismo ambiente gris, el lavamanos en la misma posición, la ampolleta y los cables en el techo, como gusanos brotando en búsqueda de carne. A mira hacia la escalera, como para comprobar que esto es cierto, que ha bajado, que se encuentra en una habitación inferior. Si la similitud lo volvía incrédulo, la falta de la salida hacia la escalera que lo llevaría al bar le devolvió algo de realidad al asunto. La pared de ese lado no tenía salida, pero en otra cara de la habitación nuevamente encontró un vano sin puerta y una escalera que descendía.
La gente aplaude cada vez que el joven aterriza glorioso y seguro, cada vez levanta sus brazos con las palmas de las manos abiertas hacia el público. Al finalizar, una ronda de aplausos se extendió mientras que un gran hombre de pelo canoso sonreía y empezaba a repartir objetos con movimientos lentos. Mirándolo fijamente, le dio al primer niño base un pedazo de carbón, el cuál comenzó a pintarse la cara y los brazos con este, manchando incluso sus blancas ropas. Al otro base le dió unos golpes en sus antebrazos, los cuales él juntaba frente a su abdomen y mostraba orgulloso al público, donde sus venas se enrojecían tras los golpes. Al niño de en medio, el más jóven, el más pequeño, el cual era lanzado a los aires y ejecutaba las acrobacias, lo coronaba con unas hojas de laurel que rondaban su cabeza. Después de una última ronda de aplausos, gritos y silbidos, el público empieza a dispersarse por el complejo, a volver a sus habitaciones, a ir a la piscina o a pasear por los lugares que le son permitidos.
Los hermanos habían observado el espectáculo hasta el final y ahora se encontraban frente a la terraza, sin tener rastros de A. Los tres hermanos acuerdan que quieren abandonar el lugar pronto, pero que tampoco hay prisa,un acuerdo bastante chileno. Los dos hermanos van a columpiarse mirando hacia las montañas. M parte en busca de A y recorre parte del recinto.
Sentado sobre el césped tras un estanque de agua, A miraba también hacia la cordillera y podía ver a los hermanos de M columpiarse, a un par de niños jugar y los picos blancos de las montañas. A abrazaba sus rodillas, en su abdomen estaba su celular y hablaba en altavoz por teléfono, poco después M se da cuenta que telefoneaba con su familia. A no cambia en nada su actitud por la presencia de M, sigue hablando, mirando hacia la cordillera, sin inmutarse. M se sienta en una banca unos metros más atrás y escucha la conversación de A y su familia, también observando el paisaje, a sus hermanos, a la gente disfrutar del lugar.
-Al menos unos 30, uno bajo el otro, o no, quizás no, quizás esparcidos por ahí, esparcidos como un nido de hormigas, para todos lados quizás, como cápsulas únicas, y los gusanos multiplicándose por todas partes.- decía A en voz alta.
M escucha y piensa confundido, piensa en la gran extensión de campo frente a sí, piensa si alguna vez ha visto un campo de este tamaño abrirse así, tan lejos de la civilización, tan alto en la cordillera. M se pregunta cómo diablos es que A puede estar telefoneando a su familia desde lo recóndito de este lugar, a miles de metros de altura perdidos en las faldas de la cordillera. A lo lejos se escucha un gran motor, podría ser el de un avión preparando su despegue. A dice que le parece, sobre todo, un lugar terriblemente macabro.
Notas
1 “A continuación, Dios el Señor plantó un jardín en Edén, al este, y allí llevó al hombre que había creado”.