Más de Noventa Minutos – Carcaj.cl
Más de Noventa Minutos
22 de junio 2026

Más de Noventa Minutos

I.

Cae la mañana y con ella va calando ese frío que recuerda que el calendario marca el otoño. Un frío que poco a poco va entrando por la pobla, helando las casas, como el tiempo que insiste en arrastrar el dolor. Me doy ánimo. Todas las tapas para atrás, pa’ abajo me digo y comienza el ritual de quienes lo acompañamos.

Al correr las cortinas en el comedor, entran unos rayos de sol que no calientan demasiado, pero dan una buena atmósfera. Abro los cajones antiguos que guardan tiempos y esconden nuestros tesoros de la rutina: El mantel, el tarro de café, el té, los servicios, paños de plato y alguna que otra cosa. La mantequilla y el pan. Se colocan los platos frente a las tazas. Las cucharas al lado de la loza, y quizá las servilletas si es que hay. Todo en su lugar…esperando.

En el baño, el agua se siente correr. Pasa un rato…silencio. Me animo a romperlo y grito:

—¡Ta’ servido, abuelo!

Silencio, un silencio que acompaña a esa tensa calma donde todo puede caer, tanto la gloria como el fracaso. Me siento. Sonrío. Y vuelvo a gritar:

—¡Ya po’, está servido!

—¡Y espérate po’, weón, ya voy!

Respiro, porque su respuesta significa que está bien. Está vivo. Con mi abuelo no hace falta ser, sino simplemente estar: en las noches, estar en la mesa, en el pan que se coloca con cariño y cuidado, en la espera que sostiene la vida. Esperar…Como tantas veces.

Sus pasos lentos se asoman. Sale del baño como un náufrago con destino hacia la mesa. Lo acomodo en la silla, abrocho sus botones de la camisa cuadrillé de cotelé, como ayer y como mañana seguramente. Le sirvo. Me mira. Me detengo a observarlo: sus cejas pobladas, su frente marcada de surcos, de memoria, de calendarios agotados en su piel morena. Sus décadas. Admiro sus derrotas.

Saca su pañuelo, típico de él y de su época para sonarse, antes que todo. Levanta la mano. La señal. Le alcanzo el pan mientras suena un ligero crujido de la silla porque intenta acomodarse. Sé que lo va a decir. Lo va a decir. Estoy seguro. El tiempo transcurre eterno antes de que hable. La tv estaba encendida, suena justo, como si el volumen se hubiera subido solo: – Ayer perdió la selección. 

Le preparo el pan, él estruja la bolsa de té con las manos. La luz entra por la ventana y se posa en su frente, como si el instante se abriera. De pronto se corta ese silencio lleno de gracia, aunque es parte del silencio la televisión continúa hablando, pero acompaña como siempre, da lo mismo. 

Mi abuelo sonríe apenas, como si no hiciera falta responder, y dice:

—Mira, hoy la gente va al estadio, va a perder la plata y ver fútbol malo. Es puro fútbol comercial, ya no es como antes, esos son weones malos, ya no juegan por pasión.

Sus palabras suenan con pena. Con la mano izquierda torpemente estruja otra vez la bolsa del té. Y, al mismo tiempo, intenta con dificultad levantar su mano derecha en un gesto, como quien apunta a alguien. Luego mueve su mano derecha, la que le cuesta abrir, porque tiene el peso del tiempo y el desgaste de la vida. Pero el fútbol tiene sus pequeños milagros: la sostiene con más pasión que conexiones neuronales, levanta su dedo y apoya la derecha con la izquierda. Su mano levantada, con su dedo indicando al frente, es un gesto simple cargado de memoria, de un estadio, de un partido que todavía le late.

Le pregunto, aunque sé la respuesta:

—¿Como antes, cuándo, abuelo?

Y él, como si lo hubiera estado esperando toda la mañana: 

—Mira, acá en Chile, se jugó una final en el Nacional, yo fui, estaba nuevito el Nacional acuérdate que lo hicieron pal mundial. Había ganado en Uruguay Peñarol en el Centenario 2-0 a River. Luego jugaron en Buenos Aires, en el Monumental ganó River 3- 2, y como empataron jugaron la final acá en Santiago weón, en cancha neutral, y tu abuelo estuvo ahí.

—El arquero de River se llamaba Carrizo. 

Lo observo, mi abuelo sube las cejas pobladas, abre ambas manos, agranda los ojos, hace grandes movimientos con la boca y continúa.

—Un tipo alto, encachado, porteño. 

Y así fue nombrando la alineación como si estuviera ahí mismo, pero esta vez estaba entre el pan y el té quienes fueron testigos de la memoria de mi abuelo, aunque sus palabras no suenan como un recuerdo. Suena como quien está ahí.

* * *

II.

—El técnico de Peñarol era Máspoli, ¿sabís quién era Máspoli? El que dejó calladitos a los brasileños con sus atajadas en el Maracanazo. Y en el arco estaba Mazurkiewicz, veintiún años nomás. La zaga Lezcano y Díaz, una pared. Forlán de wing, que después se fue al San Pablo. Y arriba Spencer, el ecuatoriano, Cabeza Mágica le decían.

 —Ese weón metía goles con la frente como si el balón le perteneciera, mira que Zamorano ahora dicen, se les olvida a los periodistas el pasado, Spencer metió cualquier gol. Y eso que la pelota de antes era otra, pesada, era cuero de verdad. Se empapaba con la lluvia, te hacía cagar, te caía en la cabeza y te dejaba mareado dos días. Las patadas eran patadas, te trancaban y seguías, porque así era la vida también. No como ahora que caen y se revuelcan.

Le sirvo más té, le acomodo su taza y su plato con pan. Él no para.

—River era un equipo de empresarios, de gente de plata, de Buenos Aires. Los jugadores bien vestidos, bien peinados. Peñarol era otra cosa. Obreros uruguayos, un paraguayo, un ecuatoriano hijo de jamaiquino. Gente que sabía lo que era que te trancaran en la vida y seguir igual. Por eso jugaban con una rabia distinta. No rabia de malo, rabia de hambre.

Le alcanzo el pan mientras relata. Él lo toma, le cuesta, pero sus ojos están en otro lado, en Santiago, en el año sesenta y seis.

Al alcanzarle el pan, pienso en mi abuelo, tenía edad de trabajador cuando fue a ese partido. Había ahorrado para la entrada, recortando de un poco de aquí y allá, como se recortan las cosas cuando el dinero no alcanza para comprar de golpe. Se sentó en el estadio con sus amigos, entre cuarenta mil personas. Antes el fútbol era del pueblo, de las familias, y no del mercado. Rostros que entre todos formaron esa cosa sin nombre que el fútbol fabrica y destruye en noventa minutos y que no existe en ningún otro lugar del mundo.

* * *

III.

Mi abuelo continuó: 

—River jugó bien en el primer tiempo. River metió el primero, él va centro Daniel Onega, bueno el weon, hacia unas paredes y cachañas, ¡waaa weón! dejaba parado al otro jugador. 

Le escucho un tono amable, sin rencor. Sé que le caen mal los de River, pero cuando es buen fútbol lo celebra igual.

—Y el wing derecho era veloz, cómo se llamaba ese weón, —pasa un rato… Ahh Jorge Solari era en ese tiempo el central, jugó en el mundial, y metió un golazo pa’ el segundo para River. Mira, antes se daban de patadas que hoy serían tarjeta, pero que antes eran parte del juego. 

—Con el segundo gol, el estadio se calló. 

Toma un sorbo de té, deja la taza, la mira un momento. 

En ese silencio, pienso que no sufrió, porque le gustaba Peñarol. Dice que esperó porque quedaba fútbol. Hay gente que sabe esperar dentro de un estadio. Mi abuelo es de esa clase. La misma clase que sabe esperar en la fila del consultorio, en la ventanilla del banco, en el pasillo del hospital con una silla de plástico y un número en la mano. Una clase que ha aprendido, a fuerza de no tener otra opción, que las cosas a veces se dan vuelta.

* * *

IV.

A veces pienso que mi abuelo ha contado ese partido más veces de las que yo he hecho cualquier cosa importante en mi vida. Que ese partido es más nítido para él que cosas que le ocurrieron después. Que el estadio no se deteriora, aunque él sí.

—2-0 weon, ganaba River, y hace el esfuerzo de levantar lentamente su mano y logra sostenerla para hacer un dos con los dedos. Abriendo los ojos brillosos. — En una jugada Peñarol se va pa’ arriba weón y Spencer remata al arco.

—Carrizo alto, encachado el weón. Ataja de pechito el tiro de Spencer. 

Mi abuelo hace el gesto de la atajada en la mesa, saca el pecho y las manos levantándolas al costado, como si estuviera ahí, sus ojos se agrandan, dice que Carrizo se las dio de grande. 

Continúa: —Cuando va cayendo del pecho la agarra con una mano y hace su cachaña. Con la otra mano la mueve de un lado al otro como diciendo más o menos, de forma burlona. 

Mi abuelo lo imita. Como quien ya sabe que termina una historia, y espera sin apuro que los demás lleguen al final de la página, porque él sabe el final. Pero el fútbol weón no es así. Y ahí pasa algo que mi abuelo ha contado muchas veces y que cada vez lo cuenta distinto, pero con la misma energía:

—Carrizo mira a los jugadores de River en señal de agrandado, de burlón. No con rabia. Con algo peor, con la ironía de una fanfarronería de una clase a la cual Peñarol no pertenecía.

Después suelta la pelota y la patea al campo.

Mi abuelo agrega que los jugadores de Peñarol se miraron. No entre ellos. Sino hacia adentro del alma. Como si algo se hubiera resuelto sin que nadie lo dijera. Mientras comenta sigue con el pecho hacia afuera, con el gesto de la mano de Carrizo levantada en la mesa y grita:

—¡waaaa, salieron todos pa’ arriba los de Peñarol!

Se ríe, su mirada al frente. Es como estar en ese estadio, en esa bendita final.

—Un gol de Spencer de cabeza weón, la frente mágica, el negro. Otro de Abbadie al minuto 71. Y Peñarol empezó a correr hacia adelante como quien no tiene nada que perder porque nunca tuvo nada, más que esa final, y el estadio empieza a gritar: ¡arriba!

 Los de River, los de la banda roja de apellidos largos, no la podían creer y en eso waaaa. Y viene el tercero de Spencer y en el alargue waaaa otro gol de Rocha para cerrar. Peñarol fue un gigante, River un enano, dice mi abuelo, y lo dice, como si lo estuviera viendo, esa tribuna, ese día.

—Cuatro a dos, me dice riéndose, ganó Peñarol. Lo miro. El sol le pega en la frente, el pan en su plato sin terminar. El tiempo se detiene en su mirada, en ese momento. Y él sigue ahí, en ese Santiago, en ese estadio, con esa gente. Mira hacia delante, levanta la ceja, un gesto muy de él cuando habla.  Me quedo quieto. 

Dice que Spencer estaba levantando los brazos. Forlán corriendo hacia la galería y la gente aplaudiendo. Mazurkiewicz quieto en el arco vacío, con cara de perdido, como si él hubiera sabido todo el tiempo que Peñarol sería campeón de esa Libertadores.

—Waaa, el estadio aplaudía, los de River no la podían creer. Y ahí les colocaron las gallinas, dice, y se ríe. 

Porque River volvió a Buenos Aires y jugó un partido por la liga cuando volvió, lo escuchó por la radio. La hinchada contraria metió una gallina a la cancha, blanca, con una franja roja pintada en el cuerpo, burlándose de los millonarios, de los bien peinados, de los que llegaron a Santiago seguros de que el mundo les pertenecía. La gallina salió corriendo asustada de un lado al otro, cruzó toda la cancha sin saber a dónde ir. Y River parado mirando. Igual que en Santiago.

Me lo cuenta mientras le preparo otro pan. El sol sigue cayendo sobre las cosas con su indiferencia habitual. Mi abuelo bebe el té y mira hacia un punto del comedor que no coincide con ningún objeto visible. 

Está en Santiago. Tiene mi edad. El gorrito en la mano. Acaba de ver algo que no se puede comprar, aunque hayas ahorrado semanas para el boleto.

Cuarenta mil personas en ese estadio. Él era una.

Felipe Ramírez T.

Poblador de Recoleta, hincha de Colo– Colo. Nieto de Alicia Pinto, dueña de casa y simpatizante de Colo–Colo, y de Pedro Ramírez, chofer de micro e hincha del Audax italiano. Hijo de Mabel Ramírez hincha de Everton. Padre de Aruni Almonacid Ramírez.

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *