El sueño como asunto de Estado
Sobre Efímera, de Bruno Montané. LOM Ediciones, 2025. 96 pp.
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Bruno Montané nació en Valparaíso y lleva casi cincuenta años viviendo en Barcelona. Su primera novela, Efímera, publicada ahora en Chile por LOM (2025), transcurre en Valparaíso y Santiago entre 1886 y 1889, los mismos años en que Darío publicó Azul… Poeta él mismo, amigo y colaborador de Roberto Bolaño, Montané escribe aquí un regreso oblicuo al país natal, a través de otro escritor que también llegó joven a un país extranjero.
La novela narra en primera persona la estadía de un joven poeta centroamericano llamado Félix. Trabaja malpagado en la prensa, pasa hambre, se mueve entre la bohemia y los salones de una aristocracia que lo recibe con curiosidad y distancia, y escribe el libro que lo cambiará todo. El lector entiende pronto que Félix es Darío. El narrador nunca lo dice, pero tampoco inventa: Félix Rubén García Sarmiento era el verdadero nombre del poeta, el nombre antes del nombre. La novela trabaja con el Darío de antes y preserva la tensión entre historia y literatura; el Félix de la novela coexiste con el Darío histórico sin cubrirlo.
La prosa es ligera, contemporánea, pero la recorren destellos arcaizantes: la anteposición del adjetivo al sustantivo, la cadencia de ciertas frases. No imita el habla de una época ni pretende haberla hallado en el archivo; exhibe su propio artificio. El siglo XIX no es aquí algo que se recupera, sino una posibilidad del lenguaje. Algo análogo hizo Di Benedetto con el Río de la Plata colonial en Zama, y Saer, en un ensayo sobre esa novela, formuló el problema con precisión: nadie reconstruye el pasado, sino que construye una imagen desde su propio presente. Lo que Saer no dice es que ese argumento aplica con igual fuerza a la historiografía. La distinción entre novela e investigación histórica no pasa por ahí, sino por el tipo de relaciones que cada una puede establecer entre los elementos del pasado. La historiografía, aun la más interpretativa, no puede inventar un vínculo sin respaldo. La novela puede establecer relaciones simbólicas, oníricas, verdaderas en un sentido distinto al factual.
El momento más logrado es la velada con el presidente, donde Félix le cuenta un sueño y el presidente lo escucha como si fuera un asunto de Estado. La escena puede leerse como reivindicación de la poesía ante el poder, como ironía sobre el artista joven que confunde su mundo interior con el mundo histórico, como una repetición del motivo antiguo que cruza a videntes y soberanos, o como algo más inquietante.
El lector puede agregar una capa no enunciada por la novela. Ese presidente ficcionalizado podría ser Balmaceda, que en 1891, dos años después de la velada, perderá una guerra civil y se suicidará en la legación argentina de Santiago. La sombra del futuro cae sobre la escena sin que nadie la mencione. El presidente que escucha el sueño del poeta es ya, para quien lo sabe, un hombre que camina hacia el abismo.
Montané ha declarado que no puede defender Efímera como novela histórica. Lo que la novela hace, sin embargo, es convocar el pasado no para reconstruirlo sino para hacerlo resonar: usar la historia como una distancia desde la que el presente se vuelve legible. Es, en ese sentido, una novela histórica que desconfía de sus propias convenciones. Y esa desconfianza se articula a través de imágenes, silencios, procedimientos formales y un humor que aparece y desaparece, y que está tan cerca de la historia como la mejor de las biografías.