ilustración: Théophile Alexandre Steilen
Escribir para no perder: duelo, autobiografía y ética de la representación en «Ahora tengo un gato»
Matías Saá Leal (San Felipe, Chile, 1997) es escritor, crítico literario y periodista cultural. Estudió Literatura en la Universidad Alberto Hurtado y actualmente trabaja en el Centro Arte Alameda. Es columnista de Le Monde diplomatique Chile, donde publica ensayos de crítica literaria y análisis político-cultural, y colabora además con medios independientes como La Raza Cómica y Lo que leímos, espacio en el que entrevista a escritores y reseña novedades editoriales. Asimismo, escribe cuentos de ciencia ficción especulativa para la revista IMAGI, situándolo así como una de las nuevas voces de la literatura chilena. Su escritura se sitúa en la intersección entre la autobiografía, el ensayo, la ficción y la crítica literaria, explorando temas como el duelo, la memoria, la ética de la representación y las relaciones entre experiencia personal y literatura.
Estas preocupaciones alcanzan una de sus formulaciones más complejas en Ahora tengo un gato (La Raza Comica, 2026), una obra que dialoga con la tradición de la autoficción contemporánea y con autores como Sigrid Nunez, Sylvia Molloy, Alejandro Zambra y Annie Ernaux. A través de una narración fragmentaria que toma como punto de partida la convivencia con un gato tras el fin de una relación amorosa, Saá Leal convierte el duelo en una reflexión sobre los límites éticos de la escritura autobiográfica y sobre la capacidad de la literatura para conservar aquello que la vida inevitablemente pierde.
Este texto me llamó la atención por la forma en que la crónica transforma un gesto cotidiano —cuidar un gato— en una reflexión sobre el duelo, el amor y la reconstrucción afectiva. También destaca por abordar las masculinidades contemporáneas desde la vulnerabilidad, mostrando a un hombre que habla abiertamente de la depresión, el cuidado y la dependencia emocional sin recurrir a estereotipos. Además, el diálogo entre el título y el final hace que la última frase resignifique retrospectivamente toda la obra, convirtiendo el cierre en uno de sus mayores aciertos.
Toda obra autobiográfica nace de una paradoja. Pretende contar la experiencia más íntima de un individuo, pero descubre rápidamente que esa experiencia nunca le pertenece por completo. Vivimos con otros, amamos a otros y somos transformados por otros; por eso, escribir sobre uno mismo implica inevitablemente escribir sobre quienes compartieron esa vida. Ahora tengo un gato convierte esa paradoja en el centro de su proyecto literario. Más que narrar una ruptura amorosa o el vínculo entre un hombre y un gato, la crónica reflexiona sobre la imposibilidad de separar el duelo de la escritura y la memoria de la ética: “No escribo sobre L. porque ella me lo pidió. Sin embargo, hablar de Pandita es mi forma de escribir sobre L. Cada vez que digo amo a Pandita, implícitamente digo que la amo“
El resultado es una obra donde el conflicto principal no consiste únicamente en perder a una persona amada, sino en preguntarse si existe una forma moralmente legítima de escribir sobre ella.
Ahora tengo un gato narra el proceso de duelo de un joven escritor tras el fin de una relación amorosa a través de su convivencia con Pandita, el gato que compartía con su expareja, L. Lo que comienza como el relato cotidiano del cuidado de un animal pronto se transforma en una exploración sobre la depresión, la memoria y la imposibilidad de dejar de amar. Mediante una estructura fragmentaria, compuesta por recuerdos, sueños, lecturas y escenas de la vida diaria, el narrador descubre que escribir sobre Pandita es también una forma de escribir sobre L., enfrentándose constantemente al dilema ético de representar la vida de otra persona
La afirmación de no escribir sobre L. contiene toda la arquitectura del relato. El narrador promete respetar el deseo de L., pero la única forma que encuentra de hacerlo consiste precisamente en incumplir esa promesa. Pandita se convierte en un desplazamiento narrativo. Cada vez que el narrador habla del gato, habla también de la mujer que lo llevó a su vida. El animal deja de ser únicamente un personaje para transformarse en una figura literaria: una metonimia del amor perdido.
Esta operación convierte al libro en una reflexión permanente sobre los límites de la autobiografía. El narrador intenta encontrar una forma de narrar su experiencia sin apropiarse completamente de la historia de otra persona. Sin embargo, el texto demuestra una y otra vez que ese objetivo resulta imposible. Incluso el silencio termina siendo una forma de representación. La ausencia de L. produce más significado que su presencia. La crónica parece sostener que toda autobiografía es necesariamente relacional: nunca contamos solamente nuestra historia, porque nuestra identidad está construida por los vínculos que establecemos con otros.
Este problema ético dialoga directamente con la reflexión que el propio Saá Leal desarrolla en su ensayo sobre Formas de volver a casa que publicó en Le monde diplomatique. Allí analiza la famosa escena en que Eme acusa al narrador de haber «robado el banco» al escribir sobre ella. La pregunta que organiza ese ensayo —¿hasta qué punto la literatura puede apropiarse de la vida de los demás? — encuentra en Ahora tengo un gato una respuesta mucho menos segura. El ensayo propone una reflexión crítica; el cuento dramatiza esa incertidumbre. Cuando el narrador relee la novela de Alejandro Zambra y piensa inmediatamente qué diría L. si leyera todo lo que acaba de escribir, la teoría deja de ser un argumento y se convierte en culpa. El problema ya no pertenece a otros escritores como Karl Ove Knausgård o Emmanuel Carrère; ahora es el propio narrador quien debe asumir el riesgo de transformar una relación íntima en literatura.
En ese sentido, Ahora tengo un gato puede entenderse como la puesta en práctica de la poética formulada en aquel ensayo. Allí el autor parecía acercarse a la posición de Annie Ernaux, para quien la responsabilidad del escritor no consiste en ocultar la realidad mediante la ficción, sino en asumir las consecuencias de escribirla. Sin embargo, el libro introduce un matiz decisivo. No basta con aceptar las consecuencias; también hay que convivir con la duda. El narrador nunca alcanza una respuesta definitiva sobre si tiene derecho a contar esa historia. La pregunta permanece abierta hasta la última página, convirtiéndose en el verdadero motor de la escritura.
Pero el conflicto ético es inseparable del duelo. Si el libro escribe sobre L. es porque todavía no ha conseguido despedirse de ella. La escritura aparece entonces como un intento desesperado de conservar aquello que la vida amenaza con borrar. Sin embargo, el texto rechaza la idea romántica de que escribir tenga un poder terapéutico absoluto. El narrador lee que la escritura constituye el mejor método para superar un trauma, pero inmediatamente piensa en la enorme cantidad de escritores que terminaron suicidándose: “Hay demasiados escritores suicidas, pensé, para que eso sea verdad”. La literatura no salva. Apenas permite organizar provisionalmente el dolor.
Esta concepción aproxima la crónica a El amigo, de Sigrid Nunez. Ambas obras parten de una intuición semejante: cuando una persona desaparece de nuestra vida, el amor no desaparece con ella. Necesita encontrar un nuevo lugar donde alojarse. En la novela de Nunez ese lugar es Apollo, el gran danés heredado tras el suicidio del amigo. En Ahora tengo un gato, ese lugar es Pandita. El gato recibe un afecto que ya no puede dirigirse directamente hacia L. Cuidarlo constituye una manera de seguir cuidándola.
Sin embargo, la conversación entre ambos textos es mucho más compleja que una simple influencia. Apollo es el legado de un muerto; Pandita pertenece a una mujer que sigue viva. Esa diferencia modifica profundamente la naturaleza del duelo. Mientras exista Pandita, L. continúa formando parte de la vida cotidiana del narrador. Hay llamadas, mensajes, fotografías, conversaciones sobre la arena sanitaria o el estado de la herida del gato. Pandita no sustituye la ausencia: la mantiene suspendida. El animal funciona como un puente entre dos personas que ya no saben cómo permanecer juntas.
Cuando finalmente L. se lleva a Pandita, el narrador experimenta un segundo duelo. No pierde solamente al gato. Pierde el último motivo cotidiano para seguir hablando con ella. El puente desaparece. En ese momento el libro alcanza una dimensión particularmente dolorosa porque el lector comprende que el verdadero objeto perdido nunca fue el animal, sino la posibilidad de seguir perteneciendo a la vida de otra persona.
En esta exploración del duelo resulta igualmente decisiva la influencia de Sylvia Molloy. Si Nunez aporta una reflexión sobre los animales y la pérdida, Molloy ofrece una forma de escribir la memoria. Como en sus libros autobiográficos, Ahora tengo un gato prescinde de una narración lineal y se organiza mediante escenas breves, recuerdos aislados y fragmentos que parecen autónomos. Un viaje a IKEA: “Ella nunca entiende que elegir las albóndigas veganas con verduras y arroz es un acto de amor: lo hago para que pueda sacar comida de mi plato”.
Una conversación en una farmacia: “Hubo una semana en que tuve que ir todos los días a la misma farmacia. —¿Se siente muy mal? —me preguntó una vez la química farmacéutica mientras me entregaba las cajas. Tenía razón. Desde entonces distribuyo mis compras entre distintas farmacias”.
Un mensaje del padre, un sueño o una visita al supermercado poseen el mismo peso narrativo que los acontecimientos centrales. La vida no aparece organizada según una lógica argumental, sino según la intensidad afectiva de los recuerdos.
También los animales cumplen en ambos autores una función semejante. En Molloy, los gatos nunca son únicamente mascotas; son una forma de pensar la soledad, la compañía y el envejecimiento. En Ahora tengo un gato, Pandita tampoco puede reducirse a un simple animal doméstico. Es una vía para hablar del amor, de la depresión, del miedo al abandono y de la necesidad de cuidar a alguien cuando ya no es posible cuidar a la persona que se ama. La autobiografía encuentra en los animales una manera indirecta de narrar aquello que resulta demasiado doloroso para ser dicho de frente.
Uno de los aspectos más delicados de Ahora tengo un gato es la manera en que el narrador construye la figura de L. A diferencia de gran parte de la autoficción contemporánea, el texto nunca intenta explicar quién es ella ni apropiarse de su voz. L. permanece deliberadamente incompleta: no conocemos su nombre, apenas algunos gestos, recuerdos y conversaciones. Lo que el narrador reconstruye no es su personalidad, sino la huella que dejó en él. En ese sentido, el libro no escribe una biografía de L., sino una autobiografía del amor.
Desde la primera página el narrador establece un límite ético. La confesión es fundamental porque reconoce simultáneamente el deseo de respetarla y la imposibilidad de excluirla del relato. L. aparece solo allí donde resulta imprescindible para comprender la experiencia del narrador.
Ese respeto también se manifiesta en la ausencia de resentimiento. Aunque la ruptura atraviesa todo el libro, el narrador nunca convierte a L. en responsable de su sufrimiento ni intenta justificar su propio dolor mediante reproches. Incluso cuando Pandita regresa a vivir con ella, el episodio se narra desde la tristeza y no desde la acusación. El narrador comprende que el gato también pertenece a L. y acepta esa decisión aunque lo destruya emocionalmente. Amar significa, en este caso, reconocer la libertad del otro, incluso cuando esa libertad implica perderlo.
Quizá la mayor prueba de ese respeto aparece hacia el final del libro, cuando el narrador recuerda una frase de Formas de volver a casa. Inmediatamente después se pregunta qué pensaría L. si leyera todo lo que acaba de escribir. La preocupación no gira en torno a la calidad del texto, sino al efecto que podría tener sobre ella. El texto revela así una conciencia ética poco frecuente: el narrador nunca deja de preguntarse si tiene derecho a convertir una historia compartida en literatura.
La depresión en Ahora tengo un gato nunca aparece como un tema abstracto ni como una identidad que define al narrador. Se manifiesta a través de gestos cotidianos: la dificultad para levantarse, la dependencia de los medicamentos, el aislamiento, la imposibilidad de pedir ayuda y la sensación de que la vida ha perdido su dirección. El texto evita el dramatismo y construye una representación contenida del sufrimiento, donde el dolor se expresa en acciones mínimas más que en grandes confesiones. Uno de los momentos más conmovedores ocurre cuando el narrador llama al *4141 y permanece en silencio, incapaz de pronunciar una palabra, revelando que la enfermedad no solo dificulta vivir, sino también pedir auxilio.
La escena del departamento de L. representa el momento en que el narrador comprende que ya no forma parte de la vida de la mujer que ama. Aunque llega con la excusa de devolver un guatero, en realidad busca prolongar el vínculo entre ambos. Al entrar en la habitación donde viven los nueve gatos, percibe que L. ya tiene un hogar y una familia de la que él se siente excluido. Ese descubrimiento lo lleva a pensar que ya no es necesario en su vida.
La noche que pasan juntos no es una reconciliación, sino una despedida silenciosa. Duermen sin tocarse y es Pandita quien se acuesta entre los dos, simbolizando el único lazo que aún los une. El narrador quiere decirle: ”Te extrañaba. Te extraño mucho. Te echo mucho de menos”. La extraña, pero es incapaz de hacerlo y solo le pide dormir abrazados los tres.
La escena marca el punto de mayor dolor de la crónica porque el narrador entiende que L. puede seguir adelante sin él. A partir de ese momento, el duelo deja de ser la esperanza de recuperar la relación y se convierte en la necesidad de aceptar definitivamente la pérdida.
Esa misma lógica aparece condensada en el sueño del narrador. Allí L. conversa con un desconocido y termina alejándose con él mientras el protagonista permanece inmóvil comiendo galletas “como un niño que asiste a un cumpleaños donde no conoce a ninguno de los invitados”. El sueño revela que el verdadero temor no consiste en la traición, sino en descubrir que la vida de la persona amada puede continuar sin nosotros. La escena infantil del hombre que observa desde lejos mientras ocupa sus manos para fingir indiferencia resume el funcionamiento psicológico del duelo en todo el libro. El amor aparece siempre acompañado por el miedo a la sustitución. Por eso el desenlace adquiere una importancia decisiva cuando L. llega acompañada de un extraño a buscar sus cosas y a Pandita, y la escena es especialmente significativa. En el sueño y en la realidad el narrador la ve con otro, con un desconocido, el narrador no interviene y L. termina alejándose con ese hombre, en donde en ambas situaciones el narrador experimenta un profundo abandono sin poder hacer nada.
El título Ahora tengo un gato juega deliberadamente con las expectativas del lector. Durante casi todo el libro se asume que ese gato es Pandita, quien ocupa el centro del relato y representa el último vínculo entre el narrador y L. Sin embargo, el final revela que Pandita nunca fue realmente suyo, sino un préstamo temporal. Solo con la adopción de Simón el título adquiere su verdadero sentido. La última frase, «Ahora tengo un gato», obliga a releer retrospectivamente toda la obra: el libro no trataba de un hombre que ya tenía un gato, sino de alguien que, después del duelo, finalmente puede decir que tiene uno propio. Así, Simón no reemplaza a Pandita, sino que simboliza el inicio de una nueva etapa