Foto: @pauloslachevsky
Hablar de memoria en tiempos de desmemoria
Sobre Reír con el Diablo, de Bruno Patino y traducido por Camila Pascal Castillo. Lom Ediciones, 2026.
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La memoria nunca es un ejercicio inocente. Recordar implica seleccionar, interpretar y disputar el sentido del pasado desde las necesidades del presente.
A partir de ello, preguntarnos qué recordamos, por qué lo recordamos y para qué lo hacemos constituye un ejercicio fundamental, no solo para comprender el pasado, sino también para reflexionar sobre el tipo de sociedad que construimos en el presente.
En la primera Cuenta Pública del presidente José Antonio Kast, realizada el 1 de junio del presente año, y en el marco de sus críticas al gobierno anterior y al funcionamiento del Estado, señaló:
«Nosotros, como lo hemos dicho siempre, queremos un país de propietarios; no queremos un país de arrendatarios.»
La frase remite a una formulación pronunciada por el ministro de Vivienda español José Luis de Arrese en 1959. Sin embargo, en el caso chileno adquiere un significado político particular, pues fue retomada años más tarde por Augusto Pinochet, quien afirmó que en Chile se buscaba «un país de propietarios y no de proletarios». En ese contexto, las palabras del actual mandatario evocan una expresión que forma parte de la historia política reciente del país y, más allá de la intención con que hayan sido pronunciadas, invitan a reflexionar sobre las continuidades, resignificaciones y disputas que atraviesan nuestra memoria colectiva.
No resulta casual, además, que el actual presidente haya manifestado en diversas oportunidades una postura crítica respecto de las políticas de memoria y de las interpretaciones sobre el pasado reciente de Chile. Más allá de las diferencias políticas, esta discusión vuelve a instalar una pregunta fundamental: ¿qué lugar ocupa la memoria en la construcción de una sociedad democrática?
Es precisamente desde esa interrogante que Bruno Patino desarrolla una parte importante de su reflexión en Reír con el diablo. Lejos de comprender la memoria como un ejercicio anclado únicamente en el pasado, el autor la concibe como una herramienta para interpretar el presente desde lo acontecido y el relato que se buscó instaurar.
En sus palabras, la memoria «debe ser entendida como una puerta y solo depende de nosotros abrirla para evitar la eterna repetición de los efectos que nos aprisionan» (p. 61).
El ejercicio de la memoria ocupa un lugar central en la crónica escrita por Bruno Patino y traducida por Camila Pascal Castillo. A lo largo de sus páginas, el autor reconstruye la imagen de Pinochet que distintos sectores buscaron instalar durante la década de 1990, así como los esfuerzos por consolidar un relato que justificara el golpe de Estado y relativizara la violencia de la dictadura. En ese recorrido, Patino sostiene que la oscuridad y la violencia política que remecieron a Chile e impactaron al mundo han terminado por convertirse, hoy, en un asunto exclusivamente chileno.
“la imagen del dictador sanguinario se asemeja a esos páramos industriales abandonados, testigos de contornos borrosos de un método de dominación prescrito, que extendía su imperio sobre el espacio y el tiempo de los humanos. Un orden de terror mantenido con fuego, tortura y sangre.” (p. 54)
Frente a un escenario que pareciera avanzar hacia el olvido, Patino reivindica la memoria como un ejercicio indispensable. En ese sentido, el autor reconstruye el largo recorrido que emprendió para concretar su encuentro con Pinochet y, a partir de esa experiencia, ofrecer una crónica que trasciende el registro periodístico para convertirse en un verdadero ejercicio de memoria. Más que relatar una entrevista, el libro nos invita a reflexionar sobre la necesidad de recordar como una forma de resistir la normalización del autoritarismo y la resignificación de sus protagonistas.
El contexto en que se desarrolla la búsqueda y el posterior encuentro con el otrora dictador es descrito por Patino como un momento de profundas contradicciones. Pinochet había sido derrotado en el plebiscito de 1988, pero aquello no significaba el fin de su poder. Aunque la democracia retornaba como forma de gobierno, estaba lejos de representar una ruptura completa con las estructuras heredadas de la dictadura. Pinochet continuaba como comandante en jefe del Ejército y la transición democrática se desenvolvía bajo permanentes tensiones, las que en los años siguientes quedarían de manifiesto en distintos episodios que evidenciaron la fragilidad del modelo democrático recién recuperado.
En su intento por llegar a Pinochet y ante las dificultades para concretar ese encuentro, Patino entrevista a diversas figuras vinculadas al régimen militar. Entre ellas se encuentra Gustavo Leigh, integrante de la Junta Militar hasta su destitución en 1978 por el propio Augusto Pinochet. Ya retirado de la vida militar y dedicado al rubro inmobiliario, Leigh sostiene que Pinochet se sumó tardíamente al golpe de Estado, motivado por sus vacilaciones iniciales. Patino sintetiza este episodio señalando que el entonces comandante en jefe terminó por «quedarse con el botín de los diecisiete años de poder único», una expresión que da cuenta del proceso mediante el cual concentró el liderazgo político y militar de la dictadura.
“El hombre indeciso hasta el último minuto, que, con su compromiso tardío, inclina el frágil equilibrio político y hace triunfar la sedición, y recibe, a cambio, casi mecánicamente, el poder que nadie quería confiarle en un principio” (p.31)
A partir de este recorrido, Patino comprende que la figura de Pinochet encarna mucho más que la de un dictador. En ella convergen la traición a sus propios compañeros de armas, la construcción de Salvador Allende como un mártir de la democracia, la instauración del terror como mecanismo de dominación y la permanente elaboración de un relato que buscó presentar a los responsables de la violencia política como víctimas de las circunstancias. Al mismo tiempo, el autor muestra cómo Pinochet fue concentrando progresivamente el poder hasta convertirse en la figura indiscutida del régimen. Para el periodista y ensayista francés, comprender esa lógica implicaba enfrentar a quien considera el verdadero protagonista de esa historia. Si Pinochet era el diablo, entonces había que conocerlo.
Ya en la descripción del encuentro «con el diablo», Patino no solo se detiene en las características físicas de Pinochet y en las impresiones que le provoca su manera de hablar, sino también en la necesidad casi compulsiva del exdictador por relatar su propia versión de la historia. El tiempo parecía no importarle cuando se trataba de justificar el golpe de Estado y reivindicar su papel en él. A lo largo de la conversación, Pinochet se jacta de haber engañado al presidente Salvador Allende, de haber burlado a la oligarquía chilena —que, según él, siempre lo había despreciado—, de haber desplazado a los militares que se opusieron a su proyecto y de haber consolidado su llegada a la Presidencia de la República. Todo ello aparece enmarcado en la idea de una supuesta guerra interna, argumento con el que busca justificar —o incluso eludir— cualquier reflexión sobre las violaciones a los derechos humanos, atribuyéndolas a una amenaza imaginada y permanentemente asociada a Cuba y la Unión Soviética.
“Ya no queda nada que confesar cuando el gran crimen sobre el que se ha construido una fortuna se presenta como una gran obra. La retórica orwelliana es implacable. La dictadura se convierte en libertad, la democracia en servidumbre, el verdugo en libertador y la víctima en opresor.” (p.47)
La importancia de Reír con el diablo no radica únicamente en haber conseguido una entrevista con Augusto Pinochet y la descripción en detalle del encuentro. Su principal aporte consiste en recordarnos que la memoria nunca es un ejercicio pasivo, sino un terreno permanente de disputa. En tiempos donde resurgen discursos que buscan relativizar la violencia política y resignificar a sus responsables, la lectura de Patino deja de ser una crónica sobre el pasado para transformarse en una advertencia sobre el presente.