Foto: Nicolás Slachevsky
La fiesta popular y su mercantilización
La fiesta del fútbol ha comenzado y, con ella, reaparecen las opiniones, los análisis, el seguimiento de los equipos y las diversas formas de entender este fenómeno. Sin embargo, el fútbol no nos invita únicamente a observar un deporte; también nos convoca a reflexionar sobre las relaciones sociales, culturales y políticas que se expresan a través de él y sobre la manera en que nos posicionamos frente a estas.
Hablar de fútbol en la actualidad pareciera remitirnos a un espacio que trasciende la competencia deportiva. Si bien el juego sigue siendo su elemento central, gran parte de la atención parece haberse desplazado hacia una lógica de mercado que privilegia la individualización de las figuras por sobre la experiencia colectiva que históricamente caracterizó a este deporte. A ello se suma una creciente industria del merchandising, cuyos elevados costos transforman progresivamente al hincha en consumidor, mientras que la ostentación asociada a jugadores, dirigentes, estadios y marcas se presenta como parte natural del espectáculo.
En este contexto, algunos sostienen que el centro de gravedad del fútbol ya no se encuentra necesariamente en el partido mismo, sino en los highlights, las campañas de branding, los traspasos millonarios y la construcción permanente de productos comerciales alrededor del deporte. Paralelamente, pareciera existir una creciente incomodidad frente a las expresiones políticas y sociales de quienes participan en él. No resulta extraño observar cómo se generan controversias cuando un jugador como Lamine Yamal aparece con una bandera palestina o cuando Kylian Mbappé manifiesta preocupación por la situación política de Francia. Algo similar ocurre con las intervenciones de futbolistas chilenas como Fernanda Pinilla, Iona Rothfeld o Michelle Olivares, cuyas opiniones suelen ser objeto de cuestionamientos.
Esta tensión contrasta con una larga tradición de futbolistas y clubes que han asumido posiciones frente a los problemas de sus sociedades. Desde Eric Cantona y su oposición al fascismo, Didier Drogba y su contribución a los esfuerzos de paz en Costa de Marfil, Sócrates y la Democracia Corinthiana en Brasil, hasta Carlos Caszely y su oposición a la dictadura chilena. Lejos de constituir una excepción, estas experiencias recuerdan que el fútbol ha sido históricamente un espacio atravesado por conflictos, identidades y disputas sociales.
Si el fútbol ha sido durante décadas una expresión popular vinculada a comunidades, barrios y organizaciones colectivas, resulta pertinente preguntarse qué ocurre cuando las lógicas de mercado pasan a ocupar un lugar predominante. ¿Qué sucede con los clubes entendidos como espacios sociales? ¿Qué papel conservan los socios en la conducción de sus instituciones? ¿Y qué implicancias tiene la transformación del hincha en consumidor para la vida democrática del deporte?
El fútbol constituye una práctica que atraviesa distintas posiciones sociales. Es posible encontrarlo tanto en sectores acomodados como en espacios populares, aunque en estos últimos la apropiación del juego suele manifestarse mediante la adaptación e improvisación de los recursos disponibles para su práctica, transformando calles, sitios eriazos o plazas en canchas de fútbol (Iturrieta, 2023, pp. 27-28). Esta capacidad de apropiación da cuenta de una dimensión popular del deporte que trasciende la mera competencia y lo convierte en un espacio de sociabilidad, identidad y pertenencia colectiva.
Es precisamente en esta dimensión donde sitúo mi reflexión. Lejos de las dinámicas comerciales que dominan crecientemente al fútbol profesional, la práctica popular permite observar cómo este deporte configura comunidades, produce sentidos compartidos y articula formas de organización social. Desde esta perspectiva, el fútbol no constituye únicamente un espectáculo de masas, sino también un terreno de disputa respecto de cómo entendemos las relaciones sociales y el lugar que ocupan los sujetos colectivos en su desarrollo.
En este sentido, resultan ilustrativas las declaraciones realizadas por Marcelo Bielsa antes del encuentro entre Uruguay y Brasil por la Copa América de 2024. En aquella ocasión, el entrenador manifestó su preocupación por el rumbo que ha tomado el fútbol profesional, criticando tanto el papel de los medios de comunicación como las transformaciones impulsadas por la creciente mercantilización del deporte. Bielsa sostuvo que el fútbol es una actividad de «propiedad popular», tanto por sus orígenes como por su práctica social, advirtiendo que las dinámicas actuales amenazan con alejarlo progresivamente de los sectores populares que históricamente le dieron vida y sentido.
Más allá de la opinión particular del técnico argentino, sus palabras permiten plantear una interrogante central para este ensayo: si el fútbol posee un origen y una práctica profundamente vinculados a lo popular, ¿qué ocurre cuando las decisiones sobre su desarrollo se subordinan cada vez más a criterios de rentabilidad económica? Es precisamente en esa tensión entre comunidad y mercado donde se sitúa la discusión sobre los clubes sociales, la participación de los socios y las formas de propiedad que hoy predominan en el deporte profesional.
El fútbol influye, sin lugar a dudas, en la constitución de identidades colectivas dentro de los sectores populares. En este sentido y en palabras de Eduardo Santa Cruz, puede comprenderse como un fenómeno social y cultural que expresa simbólicamente conflictos, esperanzas, frustraciones y aspiraciones tanto individuales como colectivas. Esta dimensión se manifiesta en las múltiples formas de asociatividad y organización que surgen en torno a una práctica compartida que, pese a su carácter lúdico, adquiere una profunda relevancia social.
Sus orígenes, vinculados a calles, barrios y espacios rurales, dan cuenta de una actividad construida desde la experiencia cotidiana de amplios sectores de la población. Sin embargo, precisamente por su capacidad de movilización e identificación colectiva, el fútbol también ha sido objeto de disputas y procesos de apropiación por parte de distintos poderes económicos y políticos, interesados en orientar, administrar o capitalizar la influencia social que este deporte ejerce sobre millones de personas (Santa Cruz, 2026, pp. 20-22).
Una de las expresiones más concretas de esta dimensión asociativa fue la creación de clubes deportivos organizados bajo principios comunitarios, donde los socios no solo financiaban la institución, sino que también participaban de su conducción y proyectaban en ella una identidad colectiva. Ejemplos hay varios, pero el caso del Club Social y Deportivo Orompello de Valparaíso es interesante de analizar.
Fundado en 1930 por descendientes alemanes e italianos en el Cerro Esperanza, el club no solo destacó por su equipo de fútbol. Pese a que parte de su dirigencia mantuvo cercanía con la dictadura militar, el club también se constituyó como un espacio de encuentro social y cultural para los habitantes del cerro1. De estas actividades y parte del equipo surgen cuatro de los miembros fundadores del Frente Patriótico Manuel Rodriguez.
El ejercicio de ser socio se diferencia de la condición de hincha. Mientras este último construye una identificación simbólica y afectiva con un equipo, el socio participa formalmente de la institución, contando -al menos en teoría- con derechos de voz y voto sobre su conducción. Históricamente, esta condición permitió que los clubes funcionaran como espacios de participación comunitaria. Sin embargo, la irrupción de las Sociedades Anónimas Deportivas y las transformaciones impulsadas por distintas políticas públicas han reducido significativamente la incidencia de los socios en la toma de decisiones, aunque persisten diversas iniciativas que buscan recuperar ese protagonismo.
El fútbol nace y se desarrolla como una práctica popular basada en formas de asociatividad comunitaria; sin embargo, la consolidación del neoliberalismo y de las sociedades anónimas deportivas transformó progresivamente a los socios en espectadores de decisiones que antes les pertenecían, subordinando la lógica comunitaria a la rentabilidad económica.
La instauración del modelo neoliberal en Chile durante la dictadura y su fortalecimiento en la década de los noventa, instalaron una tensión creciente entre las lógicas empresariales aplicadas al deporte y las formas tradicionales de participación de socios e hinchas. El interés por la irrupción de lógicas de mercado en el fútbol no es novedad, ya en los ochenta y al alero de las políticas económicas de chicago, Colo Colo sufrió la intervención y experimentación por parte de la dictadura, bajo el afán de promover la lógica de Futbol-empresa (Abarzúa, 2025. Pp132-134), siendo esta acción un precedente y antesala a lo que ocurriría a los diferentes clubes nacionales.
Bajo el argumento de la modernización y profesionalización del fútbol y entendiendo este ya no como un espacio de encuentro de una comunidad, deliberación e identidad, sino que en función de un espectáculo y las ansias de capitalizarlo, y sumado a los antecedentes económicos que dejó la administración de Peter Dragicevic en Colo Colo y René Orozco en Universidad de Chile, bastaron para que sea promovido con el apoyo de parlamentarios de gobierno y Renovación Nacional la instauración de las Sociedades Anónimas en el fútbol chileno, lo que trasladó el control efectivo de los clubes hacia estructuras empresariales y redujo sustancialmente la capacidad de incidencia de los socios, privilegiando así el valor económico del deporte, siendo esto reflejado en la comprensión del fútbol como entretenimiento por sobre la práctica y promoción de espacios deportivos abiertos a la ciudadanía (Leal, 2023. Pp22-26).
Sin duda, este panorama no constituye un fenómeno exclusivamente chileno, sino que forma parte de una dinámica global. Si durante gran parte de su historia el fútbol contribuyó a la construcción de identidades colectivas a partir de símbolos, tradiciones y experiencias locales diversas, las lógicas económicas y culturales predominantes en la actualidad tienden a homogeneizar dichas expresiones. De este modo, formas de pertenencia históricamente vinculadas a comunidades específicas comienzan a ser reemplazadas por modelos estandarizados de consumo e identificación, presentados muchas veces como procesos naturales e inevitables (Abarzúa, 2025, pp. 56).
Es precisamente esta transformación la que ha sido advertida por distintos periodistas, investigadores y actores del mundo del fútbol, quienes observan con preocupación la creciente distancia entre el deporte y las comunidades que históricamente le dieron origen.
La situación no resulta nueva. Si durante la presidencia de João Havelange la FIFA organizó el Mundial de 1978 en plena dictadura de Jorge Rafael Videla en Argentina2, en la actualidad la conducción de Gianni Infantino también ha sido objeto de cuestionamientos. Bajo su administración, Estados Unidos ha concentrado una cantidad significativa de eventos futbolísticos internacionales, incluyendo dos ediciones de la Copa América, el Mundial de Clubes y la presente Copa Mundial de 2026 junto a México y Canadá.
Más allá de las particularidades de cada gobierno, estas decisiones han reabierto el debate sobre los criterios que orientan el desarrollo del fútbol global. Para diversos críticos, la expansión permanente de las competiciones, el aumento de los compromisos comerciales y la creciente dependencia de grandes mercados televisivos reflejan una lógica en la cual la rentabilidad económica parece ocupar un lugar cada vez más relevante.
En esa línea, el periodista Daniel Matamala ha cuestionado públicamente la cercanía entre la dirigencia de la FIFA y determinados liderazgos políticos, interpretándola como una muestra de la subordinación de la organización a intereses económicos y estratégicos que poco tienen que ver con los valores históricos que el propio fútbol dice representar.
Es bajo este contexto que la celebración de la próxima Copa Mundial de Fútbol de 2026 vuelve a poner en evidencia las contradicciones que atraviesan al deporte. Mientras la FIFA proyecta una imagen de unidad global y crecimiento permanente del espectáculo, en los países anfitriones persisten conflictos sociales que quedan relegados a un segundo plano. En México, por ejemplo, organizaciones como la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) han sostenido movilizaciones en demanda de mejoras laborales y previsionales, mientras agrupaciones de familiares continúan denunciando la crisis de personas desaparecidas que afecta al país3. La coexistencia entre estos conflictos y la organización de uno de los eventos deportivos más lucrativos del planeta refleja la distancia existente entre la narrativa oficial de la «fiesta del fútbol» y las realidades sociales que la rodean.
Sin embargo, frente a este escenario de creciente mercantilización y concentración de decisiones en organismos internacionales, empresas y grupos económicos, continúan existiendo experiencias que reivindican una comprensión distinta del fútbol. Desde clubes de barrio hasta organizaciones de socios e hinchas, diversas iniciativas buscan recuperar el carácter comunitario del deporte y reinstalar formas de participación colectiva que desafían la lógica predominante del mercado. En ellas, el fútbol deja de entenderse únicamente como espectáculo o negocio para volver a constituirse como un espacio de encuentro, organización e identidad.
Dentro de estas experiencias que se posicionan como alternativa a las lógicas mercantiles, es posible reconocer diversas iniciativas impulsadas desde los territorios. Entre ellas destacan los campeonatos de baby fútbol, femeninos y mixtos, organizados por agrupaciones sociales en poblaciones como Juan Antonio Ríos, en la comuna de Independencia, o La Bandera, en la comuna de San Ramón. Más allá de la competencia deportiva, estas instancias permiten fortalecer vínculos comunitarios y generar espacios de encuentro entre vecinas y vecinos.
Otro caso relevante es el Club Social y Deportivo Estrella Roja. Fundado en marzo de 2022, este proyecto se define a sí mismo como una experiencia de fútbol popular, democrático y feminista. Su organización busca articular la práctica deportiva con formas de participación colectiva, promoviendo asambleas de socios y socias, directorios electos democráticamente, equipos masculinos y femeninos, partidos mixtos, encuentros de disidencias y jornadas de memoria. En este sentido, el club constituye un ejemplo contemporáneo de cómo el deporte puede transformarse en una herramienta de organización comunitaria, donde el entretenimiento convive con la construcción de lazos sociales y la articulación de proyectos colectivos (Santa Cruz, 2026, p. 25).
Lejos de ser una simple disputa sobre la administración de los clubes o la organización de los torneos, el debate en torno al fútbol expresa una discusión más profunda acerca del tipo de relaciones sociales que se promueven a través de este deporte. Mientras las lógicas de mercado tienden a transformar a hinchas y comunidades en consumidores, las experiencias de organización popular recuerdan que el fútbol también puede constituirse como un espacio de participación, identidad y construcción colectiva. Quizás sea precisamente allí, en esa tensión permanente entre negocio y comunidad, donde se juega una de las disputas más significativas del fútbol contemporáneo.
Bibliografía
Abarzúa, Esteban. Quién es Chile. Cien años de historia social y deportiva de Colo-Colo (1925-2025). Santiago: Editorial Planeta, 2025.
Iturrieta, Jairo. La alegría de mi pueblo. El rol sociocultural de CC73. Santiago: Editorial Matecito Amargo, 2023.
Leal González, Felipe. «Hinchas, socios y clientes: neoliberalismo y participación social en los clubes deportivos Colo-Colo y Universidad de Chile (2002-2014).» Cuadernos de Historia 58. Santiago: Departamento de Ciencias Históricas, Universidad de Chile, 2023.
Oyarzo Soto, Luis, y Javier Andrés Salinas Prat. Un estudio microanalítico a la utilización política del Mundial de Fútbol: Argentina 1978. Tesis para optar al grado de Licenciado en Historia, Universidad de Chile, 2016.
Santa Cruz, Eduardo. Historia social del fútbol chileno: balance y perspectivas. Santiago: LOM Ediciones, 2026.
Fuentes
Banda Izquierda. «Equipos en resistencia (4): Club Social y Deportivo Orompello y el FPMR.» 29 de marzo de 2019. Consultado el 15 de junio de 2026. https://bandaizquierda.home.blog/2019/03/29/equipos-en-resistencia-4-club-social-y-deportivo-orompello-y-el-fpmr/
La Razón. «El fútbol, la pasión que unió a los guerrilleros contra Pinochet.» 18 de septiembre de 2020. Consultado el 15 de junio de 2026. https://www.larazon.cl/2020/09/18/el-futbol-la-pasion-que-unio-a-los-guerrilleros-contra-pinochet/
Lazcano, Grace. «Las almas del gobierno vs. las almas de la oposición.» ¡Factos!, Subela News. YouTube. Consultado el 19 de junio de 2026. https://www.youtube.com/watch?v=hfSvMBD7TTc
Matamala, Daniel. «El Mundial del Post-Fútbol.» Lo que importa, episodio n.° 14. YouTube, 2026. https://youtu.be/S4WRSurAPyc
Notas
1 Banda izquierda, “Equipos en Resistencia 4: Club Social y Deportivo Orompello y el FPMR” 29 de marzo de 2019, consultado el 15 de junio de 2026.
La Razón, “El fútbol: la pasión que unió a los guerrilleros contra Pinochet” 18 de septiembre de 2020, consultado el 15 de junio de 2026.
2 Sobre Mundiales de futbol en Latinoamérica, y en particular sobre el mundial de Argentina en 1978. Ver Oyazro y Salinas, 2016.
3 Sobre las movilizaciones de la CNTE y la crisis de personas desaparecidas en México, véase Grace Lazcano, «Las almas del gobierno vs. las almas de la oposición«, ¡Factos!, Subela News.