Foto: Nicolas Slachevsky A.
La búsqueda
Catalina llevaba un año desaparecida. Tomó un bus hacia Quintero y se esfumó. Su último trazo era una grabación de una cámara de seguridad del terminal que la mostraba saliendo con su mochila. En su carta de despedida decía que nada tenía sentido y que se iba a la playa para ver el mar por última vez. Quintero estaba lleno de fotos suyas pegadas en todos lados. Ya nadie la buscaba, pero los carteles seguían ahí.
El Cuchara ni se había enterado. Llevaba el año entero borracho. Siempre tomaba dos cajas de vino y dormía tirado en Loncura, una playa larga llena de algas que conecta la bahía de Quintero con Ventana. Las carretas que hacían el recorrido tenían caballos flacos, con el pelaje áspero y los ojos brumosos como si hubiesen absorbido el agua estancada de los roqueríos. Noche por medio se emborrachaba y dormía tirado en cualquier parte.
El ruido de las carretas lo despertó. Una perra estaba mirándolo muy de cerca con la lengua afuera. La delgada neblina de sal blanqueaba el cielo como si fuese una pasta de cemento sobre una muralla. El Cuchara tenía la garganta seca. Se paró lentamente, vomitó en un basurero, se limpió la boca con la manga y miró hacia atrás.
—¿De dónde vienes tú? —dijo— no te había visto, y conozco a todos los perros que viven aquí.
Ella lo miró amistosamente. Tenía el pelaje parecido a la maleza. Se iba oscureciendo en su cabeza y era negro alrededor de sus ojos.
—No eres de aquí—dijo. Se rascó la barba de erizo y la observó seriamente, como si estuviese desentrañando el significado de algo muy importante. Un significado venido de muy lejos.
—Yo también soy de lejos— dijo. La perra movía la cola. El Cuchara pensó que le vendría bien una compañía —Te llamarás Genoveva como mi abuela, dijo con su voz de puerta vieja como las que aún hay en La Cisterna, donde estaba su antigua casa.
El mástil de un velero hundido sobresalía del mar. Siempre encallaban embarcaciones en Loncura. Algunas habían estado décadas enterradas en la playa, con la proa y la cabina saliendo de la arena, y se iban oxidando y agrietando hasta transformarse en esqueletos. Tractores municipales las retiraban cuando ya no tenían forma. Algunas más antiguas, de madera, esperaban pacientes, a varios metros, su exhumación.
Dejó la basura de su borrachera tirada en la arena y partió con Genoveva lento por la playa. La neblina retrocedió mientras avanzaban y fueron apareciendo las casas de Quintero. Antes el Cuchara aburría a todos con sus historias raras de búsquedas, objetos ocultos y misterios, pero estos no se aclaraban nunca y siempre los terminaba cubriendo algo espeso. Dejó de hablar con los demás y comenzó a hablar consigo mismo. Repasaba conexiones, rutas, elementos, y cruzaba una historia con otra.
—Aquí estuvo el cuerpo de Allende, sí, aquí, en la base de la Fuerza Aérea en Loncura, yo lo ví. Los médicos de la base se repartieron pedazos de su cráneo. Tuve una vez uno, pero lo perdí en los roqueríos. Todos los que se quedaron con algo de él lo perdieron también.
—Tiraban gente de los helicópteros al mar, en esos rieles. También los ví, sí. Los rieles de Ritoque. En las dunas de Ritoque hay clavos enterrados que llegan hasta el centro del planeta y sostienen su forma. Alguien los ha ido sacando, quedan menos. Deben ser los turcos que sacan los clavos, o los chinos. Quintero se ha llenado de chinos, turcos, venezolanos. Pregunté en la ferretería el otro día, pero no venden el clavo que falta. Los chinos tampoco lo venden.
Subió al centro y llegó a la pequeña explanada de tierra y pasto seco al lado de la plaza. Las cosas giraban y se disociaban levemente de él. Siempre era así, las cosas giraban y se disociaban. El cielo le quemaba los ojos. Abrió su carpa, acomodó los cartones del piso y se durmió. Despertó en la tarde. Agarró su carro de feria y partió con Genoveva.
Las calles de Quintero estaban vacías. Pasó fuera de las enormes casas descascarados de la antigua aristocracia, que en 1850 construyó la línea del tren, puso el primer telégrafo y dinamitó el borde de la península para abrir el acceso a las playas ocultas por bosques de canelos. Cuando llegó el siglo XX se fueron y abandonaron sus mansiones. Los bosques de canelos fueron reemplazados por pinos y eucaliptos. El Cuchara creía que esos árboles silenciosos que lo miraban llevaban siglos arraigados a los acantilados. No sabía que, como él, habían llegado ahí por error. Envejecían y llenaban el suelo de espinas. Llegaron también las empresas -AES Gener, Oxiquim, Gasmar, Enap- con enormes torres y tanques. Almacenaban químicos, generaban energía en base a carbón y procesaban gas licuado. Todo el borde costero era un enorme complejo industrial.
—Ahí, Genoveva, hacen experimentos biológicos. Por eso hay tantos chinos, turcos, venezolanos y haitianos, porque los mezclan en esos tambores. Les cortan partes y se las pegan. El otro día vi un chino con una pierna negra, y a una venezolana con cabeza de chino. A los empleados que despiden de sus negocios los sumergen en esos tambores llenos de caldos químicos para que se disuelvan, y con la pasta que queda de ellos hacen las palmeras que venden en la playa.
El Cuchara creía que las empresas y la pequeña fábrica familiar de palmeras tenían una extraña conexión.
Revisó los basureros del centro. Comió restos de paquetes de papas, panes añejos y pedazos de verduras, echó algunos cartones al carro y se guardó en el bolsillo colillas con un poco de tabaco. Bajó al centro y se sentó al lado de la reja de la botillería Stopper a pedir monedas. Compró una Báltica de medio. Enroló las colillas, prendió el cigarro y se fue tomando la cerveza de a poco, con Genoveva acostada al lado.
A las dos de la mañana, después de varias cervezas, vió un cartel en la muralla de la botillería. “Extraviada Persona extraviada. Catalina Stefany Rojas Descripción Edad: 23 años Estatura: 1,55 mt Contextura: delgada Tez: blanca Cabello: oscuro rizado Ojos: café Datos: vestimenta Jeans negros, Polar gris oscuro con mangas, zapatillas converse negras. Estudiante de arquitectura. Último trazo: Quintero 08/08/2022”.
Miró el cartel y le habló al joven que atendía.
—¿Qué día es hoy?
—Jueves.
—¿Del 2022?
—¿Qué?
—¿Qué año es?
—2023.
—¿Y cuál es el número de éste día?
—15, jueves 15 de octubre.
“Lleva un año desaparecida”, pensó. Hacía mucho que el número de un día no le indicaba nada. Le hizo cariño a Genoveva y una chispa brilló al fondo de sus ojos. “Vamos a la carpa”, dijo.
Al día siguiente el Cuchara salió muy temprano con una bolsa y Genoveva. Bajó por el centro y entró en Loncura caminando muy lento, mirando primero la arena y después el horizonte. Recogió un pedazo de tela. “Debe ser de su ropa”, dijo. Lo miró bien y lo echó en la bolsa. Más allá encontró una caracola. Se la puso en la oreja. “Sí, sí, claro. Es por aquí, vamos en la dirección correcta”.
Las nubes aplastaban el cielo sobre la playa. Se encontró con un hombre que desenterraba algo de la arena.
—Buenos días caballero ¿Ha visto a una estudiante desaparecida?
—¿Una estudiante? No, no ha pasado nadie por aquí.
—Sí, ella. Si la ve dígale que la ando buscando, porque está desaparecida.
—¿Por qué anda buscándola?
El cerebro del Cuchara no procesó la pregunta y se fijó en la pala.
—¿Qué está desenterrando?
—Un pedazo de un bote de madera. Siempre he querido un bote. Intento sacarlo pero la marea sube en la noche y la arena que trae me lo tapa.
—Mmm ya veo, ya veo. Debería venir a desenterrarlo en la noche entonces, no en la mañana. Así la marea no viene.
El hombre sonrió apoyado en la pala.
—Eso haré señor. Si veo a la estudiante le aviso.
—Gracias señor, que le vaya bien— dijo el Cuchara.
Siguió observando detenidamente la arena, recogió pedazos de papel, paquetes tirados, buscó en los basureros y se detuvo para mirar a lo lejos. La bolsa se iba llenando de pistas: deshechos que tiraba la gente que caminaba todos los días por ahí. Esa basura le indicaba que debía seguir hacia el norte.
—Por ahí es, vamos Genoveva.
El Cuchara miraba el paisaje creyendo que había muchos caminos. No se daba cuenta que esa era la única dirección hacia la que podía ir. La playa se estiraba y curvaba. Se volvía lejana. Pasó debajo de los tubos de las empresas que se adentran cientos de metros en el mar y entró en Ventana. Al final estaban las formaciones rocosas que dan nombre al pueblo. Parecían corales primigeneos, rastros de un tiempo en que el mar cubría todo y donde ese lugar al que se dirigía el Cuchara no era la superficie, sino la profundidad de un océano ahora desaparecido.
Caminó por la playa hacia las piedras. Ventana era una antigua aldea de pescadores. Tenía botes de madera, tiendas con cosas vencidas y llenas de polvo y casas antiguas en la orilla, con la madera podrida por la humedad. Las tablas se doblaban hacia fuera y se podía ver a las familias tomando once en silencio.
—No recuerdo este lugar Genoveva ¿Habías estado aquí antes?
El Cuchara no se acordaba, pero había estado muchas veces en Ventana tomando o caminando sólo. Llegó a la antigua roca de varios metros de altura, llena de basura alrededor. Dejó su bolsa en el suelo y revisó las cosas que tenía guardadas: papeles arrugados, paquetes, pedazos de ropa, cajetillas vacías, botellas, caracolas y tapas de cerveza. Siguió y encontró una cueva. Había un vagabundo dentro cubriendo su carpa con mantas y cartones. Saludó al Cuchara con un movimiento de cabeza.
—Buenas, qué tal. Ando buscando a una estudiante desaparecida.
El otro lo miró serio.
—No he visto a nadie yo— dijo, y siguió cubriendo su carpa. El Cuchara sacó un cigarro y se lo pasó
—¿Le puedo sacar un poco de vino?
—Saca nomás.
Le pasó la caja y se sentó al lado del Cuchara a fumar.
—Se ve bien esta cueva ¿Hace cuánto llegó usted aquí?
—Vengo de Santiago yo, de Padre Hurtado. Estuve en Horcón un tiempo.
Se fueron pasando la caja y cuando la terminaron sacaron otra. Hablaron de los pacos, las peleas, las cabañas abandonadas y de otros vagabundos de la zona. Se fueron curando. El Cuchara habló del cráneo de Allende, de los rieles, el tesoro de Francis Drake y los clavos de las dunas. La noche avanzaba y las olas reventaban fuerte contra las rocas. En la punta inicial de la playa brillaban las luces de las empresas y se elevaban columnas de arsénico. Durante la noche esas nubes tóxicas se mezclarían con el cielo y al amanecer serían, como después de cada noche, un sólo elemento con el azul o el gris de la mañana.
Estaban muy borrachos. El vagabundo se fijó de repente en la bolsa.
—¿Qué tení en esa bolsa? Pásamela.
El Cuchara se había olvidado del motivo que lo llevó hasta ahí. Recordó su misión.
—No, no puedo pasársela.
—Pásamela ¿Qué tení ahí?— Estiró la mano. El Cuchara se la agarró y la tiró para que no la tomara.
—No la toque— dijo asustado. Se paró y abrazó la bolsa.
—Déjame ver weón.
El Cuchara tiró la bolsa hacia atrás.
—¡Aléjese, aléjese!
El vagabundo quiso pegarle, pero como estaba borracho le tiró una cachetada esquiva a la cara. El Cuchara intentó taparse, perdió el equilibrio y cayó al suelo. Genoveva ladraba. El Cuchara sacó un cuchillo y se paró. El otro también sacó un cuchillo.
Se veían borrosos y se movían lento por el alcohol. Lanzaron estocadas erradas. El Cuchara transpiraba y jadeaba. Una inquietud fuerte le enfriaba el sudor. Gritó y se lanzó encima del otro con una patada que le hizo soltar el cuchillo. Lanzó una estocada pero el otro la frenó, agarrándole la muñeca. El cuchillo se acercaba a su cara y no resistía más. Giró sobre sí mismo, recogió rápidamente su cuchillo y apuñaló al Cuchara en la espalda.
El Cuchara cayó de rodillas y el vagabundo lo apuñaló varias veces más. Cuando cayó al piso comenzó a patearlo fuera de sí. De repente su cabeza se alejó de la escena y comprendió lo que acababa de pasar. Soltó el cuchillo y se quedó quieto varios minutos, intentando entender cómo llegó ahí. Movió el cuerpo. El Cuchara tenía los ojos abiertos y la boca llena de sangre. Genoveva lo langueteaba.
El vagabundo fue a la bolsa y la dió vuelta. Vió en el piso los restos de ropa, las tapas, la basura y las caracolas. Se sentó a llorar. Apretó sus ojos con las palmas, y aparecieron miles de puntos de colores en su visión. Todas las imágenes de su vida se desarmaron y quedaron sólo los elementos irreductibles de los recuerdos. En ellos se incrustó para siempre esa noche, como la pieza faltante de un rompecabezas. El recuerdo de la mañana lejana en que ayudó a sus abuelos a cosechar alcachofas en Peñaflor, por ejemplo, tenía ahora un corte. Se filtraba por esa laceración la noche, el mar, y la sangre. Lo mismo se repetía con los demás. Las imágenes se rearmaron y volvieron a su lugar.
Genoveva se acercó al vagabundo. Él la empujó, pero después algo muy dentro suyo se le hizo vomitivamente ajeno. Se paró y fue a su carpa sin saber qué hacer. Pronto iba a amanecer. Envolvió el cuchillo en una bolsa de plástico. Le temblaban las manos. Guardó sus cosas, se sonó con la manga y partió.
Genoveva miró al Cuchara muerto al lado de su bolsa, con las pistas que lo guiaban a Catalina desparramadas por el suelo. Una ráfaga de viento hizo volar los pedazos de tela al mar. Genoveva le ladró al Cuchara para despedirse. Luego miró al vagabundo, que se alejaba por la arena y lo siguió desde lejos. Decidió que sería su nuevo dueño, hasta que el destino decidiera que debía acompañar a otro vagabundo.
Pasaron caminando por la playa de Loncura. El vagabundo no se fijó en el montículo de arena mojada tapado por las olas, pero Genoveva sí. Sabía lo que era. El oleaje subió, como todas las noches, y cubrió el pedazo de bote que llevaba años oculto, esperando a ser rescatado. Aún debe seguir ahí, y capas de arena, algas y agua lo hunden cada vez más en las profundidades de la tierra.
La Búsqueda me parece un relato intrépido y misterioso que nos sumerge en la vida y mente de un vagabundo icono, con un giro espeluznante e inesperado. Dejando con perspectiva y ansias la lectura de un nuevo relato.