La montaña que aprendimos a mirar – Carcaj.cl
La montaña que aprendimos a mirar
26 de julio 2026

La montaña que aprendimos a mirar

 

Hace unas semanas, mientras preparaba la exposición MundoMágico en la Pinacoteca de la Universidad de Concepción, me ocurrió algo inesperado. Al instalar una de las obras con las que más había convivido durante el último tiempo, Cordillera de los Andes, y verla nuevamente colgada sobre el muro del museo, regresé inevitablemente a los días en que recorría y fotografiaba esas montañas que, en realidad, no eran montañas. 

Han pasado casi dos años desde la última vez que tomé una cámara para fotografiar. Quizás por eso apareció cierta nostalgia. Recordé las semanas en que caminaba por aquella geografía extraña, deteniéndome frente a cumbres, quebradas y laderas que, a primera vista, parecían completamente reales. En ese lugar había algo de simulacro que me parecía fascinante. No estaba frente a la Cordillera de los Andes de roca y nieve, sino ante una reproducción construida hace más de cuarenta años para formar parte de Chile en Miniatura, la principal atracción del desaparecido parque temático MundoMágico. 

Una vez terminado el montaje de la exposición, permanecí un largo rato observando esas siete fotografías. En ese momento apareció una pregunta que nunca había formulado con claridad: ¿por qué esas montañas, aun siendo artificiales, resultaban tan verosímiles y familiares? ¿Qué hacía que una maqueta de yeso pudiera transmitir una sensación tan cercana a la cordillera que todos creemos conocer? Fue en ese momento cuando comprendí que no estaba mirando únicamente una reproducción del paisaje; también estaba mirando una forma de imaginarlo. 

A partir de esa inquietud, al inaugurar la exposición unas horas más tarde, decidí abrir la conversación con quienes nos acompañaban, con una pregunta muy sencilla: ¿qué imagen aparece primero en tu mente cuando piensas en la Cordillera de los Andes?

Confieso que tenía el prejuicio de que aparecerían definiciones previsibles, asociadas a aquello que solemos aprender en el colegio o a las postales que con frecuencia circulan en las redes sociales. Sin embargo, ocurrió algo tan sorpresivo como satisfactorio. Las respuestas no describían un accidente geográfico; ilustraban una relación. La cordillera aparecía como refugio, compañía, horizonte, infancia, orientación o incluso como una presencia viva. Surgía, ante todo, como un lugar emocional desde donde las personas comprenden su propia experiencia del territorio. ¿Cómo una montaña podía convertirse en algo tan íntimo para sujetos tan distintos? ¿Por qué los recuerdos aparecían antes que la geografía? 

La respuesta nos obliga a mirar hacia atrás. La Cordillera de los Andes ha estado allí mucho antes de que existiera nuestro mapa actual; lo que cambió a lo largo del tiempo no fue la montaña, sino las formas de instrumentalizarla. Durante el siglo XX, la fotografía, la pintura, las revistas ilustradas y los textos escolares comenzaron a difundir una imagen muy específica de ella: inmensa, ordenada, fronteriza y poderosa. Su presencia se volvió tan constante en dibujos, campañas turísticas e incluso en las pequeñas cajas de fósforos que circularon por millones de hogares, que lograron naturalizar un proyecto de país fuerte y centralizado. Desde el autoritarismo portaliano del siglo XIX, pasando por las refundaciones estatales de Ibáñez del Campo, hasta el anclaje geopolítico de la dictadura civil-militar, la cordillera funcionó como un dispositivo de rectitud y control que pretendía aplastar la realidad de un Chile que, en su geografía humana y étnica, siempre ha sido una amalgama heterogénea y diversa. 

Ese relato uniformador vetó deliberadamente otras existencias: la montaña habitada por comunidades andinas, arrieros, pastores o pueblos originarios quedó sepultada bajo una postal higienizada y exportable. Fue precisamente ese discurso el que volví a encontrar mientras desarrollaba este proyecto de artes visuales. Porque la atracción de «Chile en Miniatura» no era un juego inocente; era el paroxismo de esa mirada centralista a escala, un catálogo ideológico que seleccionaba qué empresas, edificios y paisajes merecían existir para consolidar el ideal de un país homogéneo que llevábamos décadas consumiendo en papel. Y al recorrer aquellas cumbres de

yeso, comprendí que fotografiaba una representación que nos obligaba a mirar el territorio desde la perspectiva del poder. 

Por eso las voces recolectadas a partir de la invitación a reflexionar sobre la Cordillera de los Andes resultaron tan potentes: revelaron un quiebre histórico con ese imaginario autoritario. Al contrario —y a pesar de que aún persisten ideas como la grandeza o la monumentalidad— cada persona pareció disputarle el significado a la montaña con su propia biografía. Frente a ese referente devenido frontera fría y disciplinadora, la ciudadanía antepuso el cariño, el cuidado, la unión y el afecto: la montaña que aparece nítida tras la lluvia, la que cobijaba la niñez desde la ventana mientras los padres trabajaban o la que evocaba a los abuelos. El archivo visual del poder seguía allí, pero había sido desarmado por la experiencia íntima, demostrando que la memoria afectiva es el lugar donde el relato oficial finalmente fracasa. 

La pregunta inicial entonces no tiene una única respuesta. Para nosotros la cordillera puede ser paisaje, conector, refugio, memoria, símbolo nacional o experiencia cotidiana al mismo tiempo. Ninguna de esas miradas anula a las demás; todas conviven, se superponen y dialogan entre sí. 

Es interesante comprender que aquellas montañas artificiales que fotografié durante meses nunca intentaron reemplazar a la cordillera real. Más bien ayudaron a hacer visible lo que habitualmente permanece oculto: que el paisaje nunca es un territorio inocente. No observamos solo una masa de tierra y roca; observamos también las imágenes que hemos heredado sobre ella y los mitos con los que elegimos habitarla. Fuimos educados como una nación de espaldas al mar. Aunque vivimos junto al océano, buena parte de nuestra cultura visual nos enseñó a dirigir la mirada hacia ese macizo imponente y a convertirlo no solo en una frontera geopolítica, sino también en un referente de identidad; un ser que nos cuida, nos contiene y nos protege. 

Quizás por eso ambas cordilleras conviven hasta hoy. La montaña física sigue estando allí, inmóvil desde hace millones de años. La otra, la que llevamos en la

memoria colectiva como un refugio vivo, continúa transformándose cada vez que alguien la recuerda o la vuelve a imaginar. 

Después de todo, la montaña que vemos hoy no es solo la montaña que aprendimos a mirar; es, ante todo, la que seguimos decidiendo habitar.

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