Trauma Óseo Social: comentario sobre “Los Huesos” de Manuela Infante – Carcaj.cl
Trauma Óseo Social: comentario sobre “Los Huesos” de Manuela Infante

Foto: @pauloslachevsky

13 de abril 2026

Trauma Óseo Social: comentario sobre “Los Huesos” de Manuela Infante

Durante la segunda mitad del mes de marzo, se presentó en la sala principal de Matucana 100 en Santiago la última dramaturgia de Manuela Infante: “Los Huesos”, interpretada en la extraordinaria actuación de Marcela Salinas.

A un año del estreno de “Vampyr”, Manuela Infante irrumpe en un enrarecido y desconcertante momento histórico en Chile; estrenando la obra justamente al día siguiente de la asunción de la ultraderecha pinochetista al gobierno. Con toda certeza, esto no se trata de una casualidad. Pues, Los Huesos es una obra que aparece tensionando el negacionismo institucional en torno a la violencia y el terrorismo de estado mediante desaparición forzada como crimen de lesa humanidad perpetrado de forma masiva y sistemática durante la dictadura cívico-militar en el país.

“Los Huesos”, es una obra que expone la continuidad de esta forma de terrorismo político que no es exclusiva de contextos históricos totalitarios, evidenciando su entramado con otra forma de la violencia estructural, otro trauma óseo colectivo: el de la desaparición forzada en el marco de la violencia femicida.

IDENTIDADES SUPERPUESTAS: LA FRAGMENTACIÓN DEL YO DE UN PUEBLO DESAPARECIDO

El escenario está repleto de atriles y sillas vacías en disposición de una orquesta musical ausente. Los artefactos acusan el vacío, el silencio y la falta de una orquesta que no aparece cuando, por fin, comienza a entrar en escena la actriz, Marcela Salinas. Encarna a la antropóloga forense Roberta (o R.D.) quien entra de a poco -mejor dicho- por partes en escena. Primero una mano. Luego un brazo. Luego el costado, al final la voz.

Marcela Salinas actúa de la antropóloga forense, Roberta. Pero luego actúa de sí misma, como la actriz que ha sido llamada a interpretar a la antropóloga. Es curioso ese develamiento de un proceso teatral generalmente oculto, invisible. El develamiento de la persona, de la actriz, detrás de su interpretación; que también encarnará a la directora de la obra, Manuela Infante. Y que, a la vez que interpreta al músico de la obra, Matthew Herbert… Marcela Salinas les actúa, les representa, les devela y les canaliza. Entonces, éstos -tal como los huesos- aparecen, son develados en tanto responsables del montaje, trayendo a escena el relato en primera persona del equipo acerca del proceso creativo de la obra. Este gesto autoficcional abre y comparte en/con el público una dimensión que es comúnmente tan privada como sensible, tan propia del grupo humano que da cuerpo a la obra y que esta vez, como los huesos, han querido des-ocultarse.

Con infinita versatilidad y rapidez vertiginosa, Marcela Salinas transita entre estas múltiples identidades superpuestas. Más tarde aparecerán otras: Jovina; Cynthia y su padre; el Palote humano; el Palote insecto; el perro Panki; una vecina e incluso los propios padre y madre de Marcela Salinas. El cuerpo de la actriz se transforma a ratos con violencia, como el de una médium presa de un trance brutal, poseída por un coro de espectros: <<muertos que no terminan de morir, vivos que no terminan de vivir…>> todos ávidos por contar su parte de dolor y su necesidad de justicia.

INTERDISCPLINA ENTRE LOS HUESOS: TEATRO, CIENCIA, MÚSICA, HISTORIA

Desde las butacas, todos los sentidos deben concentrarse en identificar los distintos y múltiples cuerpos a los que da vida la actriz en su metamorfosis constante. Y no es raro sentirse un poco perdida, mientras Manuela Infante nos confronta de esta manera con el crimen de lesa humanidad que es la desaparición forzada en un escenario donde los atriles se han transformado en huesos: huesos traumatizados, percutidos, tocados, desmontados y vueltos a montar por la actriz junto a un personaje pasajero o ayudante, una suerte de trabajador inmerso en una rutina alienante, sobre la que se desplaza cohabitando con la ausencia ambigua de los espectros que lo rodean.

Así, el guion transcurre en un relato diseccionado, en partes, en restos de historias sobre manos y vértebras, sobre los huesos que hablan por sí mismos, que son capaces de contar el origen de su trauma, la circunstancia política de su muerte y desaparición. La interdisciplina característica de la dramaturgia de Infante articula una narrativa que entrecruza ciencia y música estableciendo la relación entre la vida y la muerte como punto unificador de la obra: los huesos de las personas desaparecidas hablan cuando son tocados por las plumillasde la antropóloga forense; metáfora de la percusión primitiva que, con huesos de animales muertos dio origen definitivo a la creación de la música, talvez en señal de vida, en justa respuesta de rebelión humana contra el silencio y la muerte.

En un lenguaje interdisciplinario entre teatro, antropología forense, música, botánica, entomología, historia, política; la obra teje un diálogo liminal entre vivos y muertas, entre buscadoras y desaparecidas, entre campesinas y científicas. Marcela Salinas les hace conversar, encontrarse y discutir en un mediúmnico trance que atraviesa los umbrales del tiempo. Hablando a veces en lenguas, la voz de la actriz canta en distintas tonalidades la oralidad chilena popular para relatar al público múltiples caras del mismo problema, tan antiguo como brutal: la desaparición forzada como máxima expresión de terrorismo de Estado en regímenes totalitarios, tanto como continuum de violencia estructural, especialmente cuando se trata de los cuerpos de las mujeres.

LA REINVENCIÓN DE LO ESPECTRAL: EL FANTASMA LATINOAMERICANO Y LA VIOLENCIA POLÍTICA

Al igual que en la obra “Vampyr”, Manuela Infante da continuidad en “Los Huesos” a su camino de resignificación del terror y sus arquetipos. Al igual que otras autoras del mundo del teatro y la literatura contemporánea en Latinoamérica, esta obra nos recuerda que en nuestro territorio los fantasmas penan y asustan de otros modos. Así como denunció el vampirismo extractivista en su obra anterior, aquí sus espectros y muertos confrontan el negacionismo y hablan en tanto víctimas de violencia política y estructural, los fantasmas de “Los Huesos” son las huellas de un trauma colectivo, son heridas sociales que arden en la impunidad del tiempo presente; que dan cuenta a gritos de una memoria histórica dolorosa que insiste en emerger a la superficie.

Nuestro terror, es el terror de Estado, es el terrorismo de la violencia política rompiendo el tejido social, desde lo personal a lo colectivo. Los fantasmas de la desaparición forzada penan en toda la región con su presencia ambigua, con un silencio raro y tan ruidoso como el que hace una orquesta vacía. Penan y rompen el olvido cuando aparecen, justo como los huesos que gritan la historia de terror político que guardan dentro de sí. Como vestigios de unos fantasmas con los que vivimos, a los que tememos y sentimos con alienada tristeza y silencio, como una presencia lumínica danzante detrás de un oscuro presente por el que se cuela implacable la memoria.

El fantasma latinoamericano es la representación de las víctimas de violencia estructural que, tanto en dictadura como en democracia, mata y duele socialmente como un dolor común incurable penando intergeneracionalmente, cargando con toneladas de impunidad la conciencia de todo un pueblo que sistemáticamente preferiría hacer como que no sabe, como que no recuerda, como que no ve. Mientras los huesos resisten, perduran, esperan esparcidos entre criminales fosas, en el mar o justo debajo de nuestros pies. Contra toda alienación ultraderechista, contra su maquinaria cruel y mezquindad negacionista los huesos envían señales, reclaman ser buscados, encontrados, despedidos y ajusticiados.

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