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Un sueño local. A partir de Los Invasores

Collage digital a partir de afiche original de la obra (1963)

03 de julio 2026

Un sueño local. A partir de Los Invasores

1.

Diecinueve horas y treinta minutos. Teatro Nacional al costado de La Moneda. Cruzando la breve calle está el nuevo presidente de origen alemán viviendo en el Palacio de Gobierno. El público que se aglomeró entre los adoquines y las puertas antes de ingresar, escucha ahora desde las rojas butacas al director de la obra Marcelo Leonart.

Se cumplen 10 años de la muerte de Egon Wolff y hace 63 años esta obra fue presentada por primera vez. Su director fue Víctor Jara, víctima directa del Golpe militar de 1973. Nosotros, el público, aplaudimos este homenaje.

Arrodillados, suplicantes, exaltados, los personajes –ricos y pobres– intercambian sus posiciones. La situación es que el protagonista no usa su revólver contra los invasores que se toman su hogar. El conflicto avanza, la fusta se vuelve contra sus dueños. Estructura clásica. Sin embargo, ocurrió una explosión de símbolos. Los personajes excedieron su propia representación. China, quien dirige la posesión del hogar, es también un guiño a la China revolucionaria de Mao. Tole-Tole, el par femenino de China –con un pasado de vulneración, no quiero dejar de anotarlo– literalmente, personifica la revuelta del pueblo1.

Así las cosas, nos encontramos con una puesta en escena cargada de fuerzas históricas puestas en funcionamiento. Capitalismo, Marxismo y cristianismo, un teatro volcadísimo al verbo y la acción.

Junto a estos vectores simbólicos, se encuentran casi desvalidos de presencia verbal otros personajes-fuerzas que se apropian del escenario. Potencias caóticas de la revolución, saqueadores contenidos, Alibaba y la Coja me evocan a los descarrilados revolucionarios de México que describió Azuela. Ellas logran que la energía teatral se dispare y logre su epítome con su apropiación rabiosa, fantasmal, del escenario. Son los invasores de los invasores. Rompen la cuarta pared a voluntad y recurrentemente nos miran desafiantes, y, en momentos, también, dejan entrever ilusiones y fragilidades para continuar, entonces, la vorágine del show.

2.

El cineasta ruso Tarkovski, “el más poeta de los cineastas”, compartió una lectura interesante sobre Hamlet de Shakespeare: Hamlet no se define, como ha escrito todo el mundo, por su duda, sino que por saber -dios y el diablo saben que él sabía!- que no puede triunfar y, aún así, actuar previendo que al desenlace acabará siendo un cadáver cargado por cuatro militares. Esa lectura me aventuró a escribir algo sobre la obra de Wolff.

En un contexto global en el que la mayoría de la riqueza acumulada tiene un origen espurio, el desarrollo de Los Invasores pone en escena la culpa del protagonista Lucas Maier2. Lo vemos descendiéndo por la escalera con su gran sombra y un revolver al escenario. Es sin lugar a dudas –dejando de lado su error trágico: creerse invulnerable– el sueño de la burguesía local. Un sueño local europeo. Del norte. Pero Lucas es un personaje con culpa. ¿La causa? El origen maldito de su riqueza.

El sentimiento subconsciente lo vuelve autómata. Las monjas, espectros celestes de otro tipo se le cuelan por sus paredes, logran sacar provecho de él, y luego, China logra tomarse su casa. Lucas representa a una clase social que todavía tiene resquemores o creencias cristianas. En otro paralelismo, es una incipiente Lady Macbeth atormentada por su conciencia. Los invasores abren su horizonte de posibilidades debido a que Lucas tiene una conciencia culposa. La obra tiene una trama marcada, sosa, ingenua. Se sobre entiende. Sin embargo, juega con la ambivalencia entra fantasía y realidad. Lleva el lenguaje político al límite. Nos devuelve todo su sinsentido. Cede el conflicto dramático para apostar todo a convertirse en una mamushka en la cual los espectadores también terminamos encerrados y expectantes del desarrollo de la revuelta escenificada, pues nos recuerda que nuestro pasado aún influye en el presente.

Su material dramático tiene la fuerza suficiente para mezclarse con el drama social pasado y actual, y aquí se pone interesante. Porque, por ejemplo, al día de hoy, en la vereda del frente, a diferencia de Maier, el prohombre, ¿qué tiene de cristiano Kast? Cuando el representante de los ricos desmantela el Estado y propone bajar(se) los impuestos de su clase (que según el SII ya evaden aprox. el equivalente del 7% del PIB) para recortar derechos sociales de los más necesitados, ¿siente culpa?

Y paralelamente, ¿qué tanto de China y Tole-Tole, dejaron atrás los pobres? Comidas rápidas y malls chinos sustituyen hoy con su sobreproducción la falta de pan y las carencias materiales de ayer. Sin embargo, una tragedia de esta vuelta de tuerca es que sin culpa y sin hambre este país –que no puede justificar su sueldo mínimo en relación al PIB que produce– también perdió su conciencia (de clase).

Así las cosas, Egon Wolff, Víctor Jara, una exministra de cultura (Pietá), un empresario de apellido alemán, el Teatro Nacional y La Moneda se entremezclan en este drama clásico para decirnos, tal vez, que las heridas del pasado con sus lenguajes y actores no están del todo cicatrizadas. Al contrario, están más abiertas que nunca.


Notas

1 Su apodo, locución popular en Chile (“quedó/ se armó la tole-tole”), fue extraído de la frase “tolle, tolle, crucifige eum” antaño gritada por otro pueblo a Poncio Pilatos cuando condenó a Cristo.

2 Apellido de origen alemán que identificaba a los antiguos administradores de terrenos agrícolas.

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