La pelota ya está manchada: FIFA, geopolítica y la administración desigual del conflicto a través del fútbol – Carcaj.cl
La pelota ya está manchada: FIFA, geopolítica y la administración desigual del conflicto a través del fútbol
22 de junio 2026

La pelota ya está manchada: FIFA, geopolítica y la administración desigual del conflicto a través del fútbol

Introducción. la ilusión de neutralidad y el problema de la responsabilidad en el fútbol

«El fútbol es el deporte más lindo y más sano del mundo. De eso que no le quepa la menor duda a nadie. Porque se equivoque uno, no tiene que pagar el fútbol. Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha». Diego Maradona en su despedida del fútbol, 10 de noviembre del 2001.

A lo largo de su historia, el fútbol ha sido presentado recurrentemente como un espacio capaz de unir aquello que la política, las fronteras o las guerras separan. Su carácter masivo y popular ha alimentado la idea de que el deporte puede mantenerse al margen de los conflictos del mundo, preservando una supuesta pureza asociada únicamente al juego. En ese horizonte simbólico se inscribe la célebre frase de Diego Armando Maradona, pronunciada en su despedida profesional, donde defendía la idea de que, pese a los errores individuales o las controversias que rodean al fútbol, “la pelota no se mancha”. Sin embargo, en un contexto contemporáneo atravesado por disputas geopolíticas, intereses económicos y conflictos internacionales, resulta cada vez más evidente que el fútbol no existe fuera de la historia ni de las relaciones de poder que organizan el mundo.

La FIFA ha construido históricamente una narrativa de neutralidad política bajo el argumento de que el fútbol constituye un lenguaje universal capaz de trascender conflictos, ideologías y fronteras. Sin embargo, esta supuesta neutralidad no solo resulta insostenible, sino que opera como una forma activa de posicionamiento. En un escenario global atravesado por guerras, crisis humanitarias y disputas geopolíticas, la administración del fútbol mundial no puede desvincularse de las decisiones que toma respecto de quién compite, quién es sancionado y bajo qué criterios.

El problema central no radica únicamente en la existencia de conflictos bélicos, sino en la forma desigual en que estos son abordados por las instituciones deportivas. La FIFA no actúa en un vacío: sus decisiones están imbricadas en relaciones de poder, alianzas estratégicas y presiones internacionales. En este sentido, la neutralidad aparece menos como un principio ético y más como una estrategia discursiva que permite justificar la inacción o la selectividad.

En este marco, la FIFA se configura no solo como una institución rectora del deporte, sino como un actor central en la economía política global del espectáculo. Su capacidad para organizar eventos de escala planetaria, negociar derechos de transmisión multimillonarios y articular redes con gobiernos y corporaciones la sitúa en una posición de poder que trasciende lo estrictamente deportivo. Sin embargo, esa misma posición implica responsabilidades que no siempre son asumidas. La prioridad otorgada a la estabilidad del negocio —patrocinios, audiencias, expansión de mercados— suele imponerse sobre consideraciones éticas vinculadas a los contextos en que se desarrolla el fútbol.

Esta tensión se vuelve particularmente visible cuando se observan los criterios bajo los cuales la FIFA decide intervenir —o no— frente a conflictos internacionales. Lejos de responder a principios universales de justicia, sus decisiones parecen regirse por una lógica pragmática en la que se ponderan costos políticos y económicos. De este modo, la defensa del “fair play” queda circunscrita al campo de juego, mientras que fuera de él predominan dinámicas que reproducen desigualdades y jerarquías propias del sistema internacional. El deporte, en lugar de constituirse como un espacio de equidad, termina reflejando —e incluso amplificando— las asimetrías del mundo contemporáneo.

Al mismo tiempo, la FIFA ha promovido una expansión global del fútbol bajo la promesa de inclusión y universalidad, integrando nuevas sedes y ampliando el alcance de sus competiciones. No obstante, esta apertura convive con procesos de mercantilización que transforman el sentido mismo del deporte. El Mundial, lejos de ser únicamente una celebración cultural y deportiva, se convierte en un producto cuidadosamente diseñado para el consumo global, donde las decisiones estratégicas responden a intereses de mercado más que a criterios deportivos o éticos. En este contexto, la pregunta por la justicia en el fútbol no puede desligarse de la estructura económica que lo sostiene.

Así, la introducción de este debate no busca negar la potencia simbólica ni la importancia social del fútbol, sino problematizar el rol de la FIFA como administradora de ese capital simbólico. Lo que está en juego no es solo la organización de un torneo, sino la manera en que una institución global define —explícita o implícitamente— qué valores rigen el deporte más popular del mundo. A partir de esta tensión entre negocio y justicia, entre espectáculo y responsabilidad, se abren los ejes que estructuran este ensayo: la selectividad de las sanciones, la instrumentalización política del fútbol y la persistente relación entre los Mundiales y los conflictos que atraviesan la historia contemporánea.

Así, el debate sobre el próximo Mundial no puede limitarse a una discusión deportiva. Se trata, más bien, de interrogar las responsabilidades de una institución global que regula uno de los campos simbólicos más influyentes del planeta. ¿Qué significa organizar un evento de escala mundial mientras existen conflictos armados en curso? ¿Bajo qué criterios se decide sancionar a un país y no a otro? ¿Es posible sostener la idea de un fútbol apolítico en un mundo profundamente politizado?

I. Sanciones selectivas y la geopolítica del castigo

La exclusión de Rusia de las competiciones internacionales tras el conflicto con Ucrania marcó un precedente reciente en la historia del fútbol global. La FIFA, junto con otras organizaciones como la UEFA, decidió suspender tanto a la selección nacional como a los clubes rusos de torneos internacionales, extendiendo una sanción que no solo tuvo consecuencias deportivas, sino también simbólicas. Se trató de una señal clara: ciertos conflictos pueden traducirse en castigos inmediatos dentro del campo futbolístico.

No obstante, esta decisión abre una pregunta incómoda: ¿por qué en este caso sí y en otros no? Mientras Rusia fue rápidamente aislada del sistema competitivo internacional, países como Estados Unidos continúan participando sin restricciones pese a su historial de intervenciones militares en distintos territorios. De manera aún más evidente, Israel mantiene su presencia en competiciones internacionales en un contexto de denuncias persistentes por el genocidio que se sigue cometiendo contra la población Palestina, más todos los conflictos que mantiene en su propia región.

El contraste no es menor. No se trata de establecer equivalencias simplistas entre conflictos, sino de evidenciar que la FIFA no aplica un criterio uniforme frente a situaciones de violencia internacional. La sanción, en este sentido, no responde a un principio ético universal, sino a condiciones geopolíticas específicas que determinan qué actores pueden ser castigados sin generar costos mayores para el sistema.

La eventual centralidad de Donald Trump como figura mediática en el mundial, no puede leerse como una simple coincidencia ni como una anécdota dentro del espectáculo deportivo. Su presencia encarna la convergencia entre poder político, narrativa mediática y capital simbólico del fútbol en un contexto internacional marcado por la violencia. Mientras Estados Unidos sostiene un rol activo en el conflicto con Irán y mantiene una alianza estratégica con Israel, el despliegue de un Mundial bajo su órbita simbólica proyecta una imagen de normalidad que contrasta radicalmente con la crudeza del escenario global. No se trata únicamente de una figura política asociándose a un evento deportivo, sino de la configuración de un dispositivo donde el fútbol funciona como pantalla de legitimación. En este marco, la FIFA no solo organiza un torneo: contribuye a la producción de un relato donde el espectáculo se impone sobre la memoria del conflicto, donde la celebración convive con la guerra sin interpelarla, y donde el poder encuentra en la pelota —ya manchada— una superficie eficaz para reescribir su propia imagen ante el mundo.

Partiendo de la intuición de Eduardo Galeano, el fútbol puede entenderse como un lenguaje colectivo capaz de condensar emociones, pertenencias y formas de comunidad que exceden largamente lo deportivo. Sin embargo, es precisamente esa potencia la que lo vuelve un espacio codiciado por las estructuras de poder. Aquello que moviliza multitudes y produce sentido compartido no permanece neutral: es intervenido, narrado y muchas veces capturado. En este desplazamiento, el fútbol no pierde su dimensión popular, pero sí entra en una zona de disputa donde lo lúdico convive con lo estratégico, y donde la aparente espontaneidad del juego se entrelaza con intereses que buscan orientar su significado. Es en ese cruce —entre experiencia colectiva y administración del sentido— donde el fútbol se revela no solo como espectáculo, sino como un dispositivo profundamente político.

En otras palabras, la FIFA no sanciona guerras en sí mismas, sino guerras que resultan políticamente sancionables. Este doble estándar revela que el fútbol, lejos de ser un espacio autónomo, se encuentra profundamente atravesado por las lógicas del poder global. La pregunta que emerge entonces no es solo por la justicia de las sanciones, sino por la legitimidad de una institución que decide, de manera selectiva, cuándo intervenir y cuándo guardar silencio.

II. El fútbol como espectáculo político. Que corra la sangre por la cancha

Si en el plano de las sanciones la FIFA exhibe una lógica selectiva, en el terreno del espectáculo su rol se vuelve aún más complejo. El fútbol contemporáneo no solo es una práctica deportiva, sino un dispositivo central dentro de la economía global de la atención. En este contexto, figuras políticas ajenas al mundo futbolístico encuentran en este escenario una oportunidad privilegiada para construir imagen, legitimidad y cercanía con audiencias masivas.

La figura de Donald Trump resulta paradigmática en este escenario. Su vínculo con el fútbol no parece responder a un interés genuino por el deporte en sí, sino a la posibilidad de apropiarse de su enorme potencia simbólica y mediática. En ese marco, la aparición de Lionel Messi —uno de los íconos globales más reconocibles del fútbol contemporáneo— junto a Trump, en actividades vinculadas al Inter Miami CF, difícilmente puede entenderse como una escena inocente o despolitizada. Por el contrario, se trata de una imagen cuidadosamente construida, donde el capital simbólico del fútbol es utilizado para reforzar determinadas narrativas de poder y legitimidad pública. Ver al que para muchos es el mejor jugador de la historia sonriendo y estrechando la mano de un mandatario cuyas políticas migratorias han promovido la expulsión y criminalización de miles de migrantes latinoamericanos —incluidos compatriotas del propio Messi— revela con crudeza la profundidad de las contradicciones que atraviesan al fútbol global contemporáneo, especialmente en vísperas de un Mundial que se celebrará precisamente en ese territorio.

En este marco, la idea de un supuesto “premio de la paz” asociado a estas dinámicas no hace más que profundizar la lógica espectacular. Más que un reconocimiento institucional, aparece como un gesto performativo orientado a la construcción de imagen. El fútbol, entonces, deja de ser un espacio de competencia deportiva para transformarse en un escenario donde se articulan intereses mediáticos, económicos y políticos.

Lo relevante aquí no es simplemente la presencia de actores políticos en el fútbol, sino la manera en que este último funciona como plataforma de legitimación. La FIFA, al permitir y promover estos cruces, no actúa como un agente neutral, sino como un facilitador de estas operaciones simbólicas. En consecuencia, el problema del doble estándar no se limita a las sanciones, sino que se extiende al modo en que el fútbol es utilizado para construir relatos que poco tienen que ver con el deporte en sí.

Lo que se configura, entonces, es un desplazamiento del fútbol desde su condición de práctica social hacia su consolidación como dispositivo de producción de sentido al servicio del espectáculo global. En este tránsito, la FIFA no solo administra competencias, sino que también regula —directa o indirectamente— los marcos narrativos a través de los cuales el mundo es representado durante un Mundial. La visibilidad selectiva, la estetización del evento y la construcción de relatos celebratorios operan como mecanismos que atenúan, cuando no invisibilizan, los contextos de violencia que atraviesan a los propios países anfitriones o a sus aliados estratégicos.

En este sentido, el fútbol deja de ser únicamente una plataforma de legitimación para convertirse también en un espacio donde se produce una forma específica de consumo del mundo: un consumo que convive con la tragedia sin interpelarla. El espectáculo no niega la existencia de la guerra, pero la desplaza hacia los márgenes de la percepción pública, subordinándola a la lógica de la transmisión, la audiencia y el rendimiento económico. Así, mientras las imágenes de celebración, competencia y emoción circulan de manera masiva, las violencias estructurales que configuran el escenario global quedan relegadas a un segundo plano, desprovistas de la centralidad que sí adquiere el evento deportivo.

Esta lógica abre la puerta a una dimensión más incómoda: el fútbol como parte de una economía afectiva que roza el morbo. No en el sentido explícito de exhibir la violencia, sino en la capacidad de sostener el espectáculo incluso cuando este se superpone con contextos de sufrimiento. La coexistencia entre celebración y guerra no es accidental, sino funcional a un sistema que necesita mantener la continuidad del espectáculo para asegurar su rentabilidad. En este marco, la sangre de los conflictos no interrumpe el juego; se convierte en un trasfondo silencioso que no debe interferir con la experiencia del consumo global.

De este modo, el problema del doble estándar alcanza su expresión más profunda: no se trata solo de quién es sancionado y quién no, ni de qué actores políticos se apropian del fútbol, sino de la naturalización de un orden en el que el espectáculo puede sostenerse indiferente a la violencia. La FIFA, en tanto garante de ese espectáculo, no solo organiza un torneo, sino que contribuye a consolidar una forma de ver el mundo donde la rentabilidad y la estabilidad del negocio prevalecen sobre cualquier consideración ética. En ese punto, el fútbol deja de ser un reflejo del mundo para transformarse en un dispositivo que lo reconfigura, estableciendo qué merece ser visto, qué puede ser olvidado y, en última instancia, qué vidas quedan fuera del relato.

III. Mundiales en tiempos de guerra y dictaduras. Memoria, Conflicto y Sentido

La historia de los Mundiales ofrece un campo privilegiado para comprender la relación entre fútbol y conflicto. Lejos de constituir una excepción, la coexistencia entre competencia deportiva y contextos de violencia ha sido una constante a lo largo del siglo XX y XXI.

Las suspensiones de los torneos durante la Segunda Guerra Mundial evidencian que, en determinados momentos, el fútbol ha sido incapaz de sostener su continuidad frente a la magnitud del conflicto global. Sin embargo, en otros casos, los Mundiales no solo se han llevado a cabo en contextos de tensión, sino que han sido activamente utilizados como herramientas de propaganda.

Los torneos de 1934 y 1938, por ejemplo, se desarrollaron en un contexto marcado por el ascenso de regímenes autoritarios en Europa, particularmente en Italia, donde el fútbol fue instrumentalizado como vehículo de legitimación política. Décadas más tarde, en 1978 el mundial en Argentina se llevó a cabo bajo la dictadura de Jorge Rafael Videla, convirtiéndose en uno de los casos más emblemáticos de utilización del deporte para encubrir violaciones sistemáticas a los derechos humanos.

La organización del Mundial a manos de la Dictadura de Videla, implicó una inversión considerable en infraestructura y propaganda, orientada no solo a garantizar el éxito deportivo del evento –y la consagración de Argentina como campeona– sino a consolidar una narrativa que ocultara la represión en curso. Mientras los estadios se llenaban y las celebraciones se multiplicaban, el aparato estatal operaba para neutralizar cualquier visibilidad de la violencia política.

La paradoja alcanza su punto más crudo al considerar la proximidad física entre los centros de detención clandestina y los espacios de celebración. A escasos metros del estadio Monumental —epicentro de la final del torneo— funcionaba la ESMA, uno de los principales centros de tortura del régimen. Esta coexistencia no fue un accidente, sino una expresión brutal de la lógica del dispositivo: mientras el mundo miraba el espectáculo, la maquinaria represiva continuaba operando en silencio. El fútbol, en este contexto, no solo encubrió la violencia, sino que contribuyó a producir una escisión perceptiva donde la euforia colectiva y el terror estatal podían coexistir sin anularse, consolidando así uno de los ejemplos más extremos de instrumentalización política del deporte en la historia contemporánea.

Por otro lado, existen momentos en que el fútbol no oculta el conflicto, sino que lo expresa simbólicamente. El Mundial del 86’ y el célebre desempeño de Diego Maradona frente a Inglaterra tras la Guerra de las Malvinas constituyen un ejemplo paradigmático. En ese partido, el fútbol operó como un espacio de resignificación simbólica del conflicto bélico, donde la victoria deportiva adquirió un sentido que trascendía lo estrictamente futbolístico.

Estos antecedentes permiten cuestionar la idea de que el fútbol puede o debe mantenerse al margen de los conflictos. Más bien, muestran que su rol oscila entre la suspensión, la instrumentalización y la expresión simbólica de la violencia. En este contexto, la organización de nuevos torneos en un mundo atravesado por guerras no puede ser leída como un acto inocente, sino como una decisión que implica posicionamientos, omisiones y responsabilidades.

En este sentido, la persistencia de la FIFA en sostener la continuidad de sus competiciones globales, aun en contextos de crisis, revela una lógica que privilegia la estabilidad del espectáculo por sobre la problematización del mundo que lo rodea. La realización de torneos en escenarios atravesados por conflictos no solo expone una desconexión ética, sino que también contribuye a normalizar una forma de convivencia entre celebración y violencia. El fútbol, en tanto evento de alcance planetario, no es un simple reflejo de la realidad: es una herramienta que organiza percepciones, jerarquiza visibilidades y, en última instancia, define qué aspectos del mundo merecen atención y cuáles pueden ser relegados al silencio.

De este modo, cada Mundial no solo pone en juego un título deportivo, sino también una narrativa sobre el presente global. Lo que se celebra, lo que se omite y lo que se legitima forman parte de una misma operación simbólica. En un mundo atravesado por guerras, desplazamientos y crisis humanitarias, la decisión de seguir adelante con el espectáculo sin interrogar sus condiciones de posibilidad implica asumir una posición, aunque esta se disfrace de neutralidad. Así, el fútbol se confirma como un campo de disputa donde no solo se enfrentan selecciones, sino también proyectos de mundo, memorias en tensión y formas de entender la relación entre poder, ética y representación.

Conclusión. La pelota ya está manchada. El poder y la imposibilidad de neutralidad, el fútbol es y siempre será político

Cuando Diego Maradona pronunció en su despedida la frase “la pelota no se mancha”, lo hizo como un gesto de defensa simbólica del fútbol frente a las corrupciones, intereses y miserias que lo rodeaban, tanto a él por los errores que cometió a lo largo de su carrera futbolística en cuanto al consumo de drogas, como a su enemistad explícita con la FIFA. Sin embargo, a la luz de la historia y del presente, esa afirmación resiste cada vez menos. No porque el fútbol haya perdido su potencia popular o su capacidad de generar sentido, sino porque las estructuras que lo gobiernan han inscrito en él las marcas del poder global. La pelota, lejos de permanecer intacta, ya está profundamente atravesada —manchada— por las lógicas de dominación, selectividad y espectáculo.

Desde una perspectiva crítica latinoamericana, este fenómeno no puede entenderse sin atender a la posicionalidad de los conflictos en el sistema-mundo. Como plantea Aníbal Quijano, la colonialidad del poder organiza jerarquías globales que determinan no solo la distribución de la riqueza, sino también qué vidas, territorios y conflictos adquieren visibilidad o relevancia. En esta clave, la selectividad de la FIFA no aparece como una anomalía, sino como una extensión de ese orden: algunos conflictos son sancionables, otros son administrables, y muchos simplemente invisibilizados.

En sintonía, Walter Mignolo advierte que el control de las narrativas globales es inseparable del ejercicio del poder. No basta con intervenir materialmente en los territorios; es necesario también producir relatos que legitimen esas intervenciones. El fútbol, en tanto dispositivo cultural de alcance planetario, se convierte en un espacio privilegiado para esa producción narrativa. La FIFA, al sostener un discurso de neutralidad mientras aplica criterios diferenciados, participa activamente en la construcción de un relato donde ciertas violencias son condenadas y otras naturalizadas.

Esta dimensión narrativa del poder encuentra un eco fundamental en la obra de Edward Said, quien mostró cómo Occidente ha construido representaciones selectivas del “otro” para justificar sus prácticas de dominación. Si trasladamos esta lógica al campo del fútbol, podemos observar cómo ciertos Estados son rápidamente convertidos en sujetos sancionables, mientras otros permanecen dentro de los márgenes de la legitimidad internacional. No se trata únicamente de decisiones deportivas, sino de la reproducción de un orden discursivo que define quién puede ser castigado y quién no.

Por su parte, Rita Segato ha insistido en que las violencias contemporáneas no pueden comprenderse sin atender a su dimensión estructural y pedagógica: enseñan, ordenan, jerarquizan. En este sentido, la continuidad de las competiciones futbolísticas en contextos de conflicto global no es un acto neutro, sino una forma de pedagogía política que normaliza la coexistencia entre espectáculo y sufrimiento. El mensaje implícito es claro: el mundo puede arder, pero el espectáculo debe continuar.

Así, el problema ya no es si el fútbol debe o no involucrarse en la política, sino reconocer que siempre ha estado implicado en ella. La pregunta, entonces, se desplaza hacia la responsabilidad: ¿qué significa sostener la ilusión de neutralidad en un escenario donde las decisiones —o la falta de ellas— tienen efectos concretos en la legitimación de ciertos órdenes de poder?

En este marco, la idea de que “la pelota no se mancha” se revela más como un deseo que como una realidad. La pelota está manchada por la selectividad de las sanciones, por la instrumentalización mediática, por la historia misma de los Mundiales atravesados por guerras, dictaduras y disputas geopolíticas. Pero reconocer esa mancha no implica renunciar al fútbol; implica, más bien, disputar su sentido.

Asumir la premisa de las problemáticas que enfrenta el futbol no conduce necesariamente al cinismo ni a la renuncia, sino a una toma de posición crítica frente a las condiciones en que el fútbol es producido, administrado y consumido. Implica reconocer que detrás de cada torneo, de cada transmisión global y de cada narrativa celebratoria, operan decisiones que configuran un determinado orden del mundo. En este escenario, la FIFA deja de ser solo una organizadora de competencias para evidenciarse como un actor que participa activamente en la definición de ese orden, ya sea a través de la acción directa o de la omisión estratégica.

Sin embargo, el fútbol no se agota en las estructuras que lo gobiernan. Su potencia reside también en las comunidades que lo viven, lo resignifican y lo disputan desde abajo. A lo largo de su historia, ha sido espacio de memoria, de denuncia y de expresión colectiva, incluso en contextos de represión y conflicto. Es en esa dimensión donde se abre una posibilidad: la de interpelar el espectáculo, de incomodar sus narrativas y de reintroducir en él las preguntas que busca eludir. Disputar el sentido del fútbol no es negarlo, sino devolverle su espesor político y social, reconociendo que lo que ocurre dentro y fuera de la cancha forma parte de una misma trama.

En última instancia, la afirmación de que la pelota ya está manchada no clausura el juego, sino que redefine sus condiciones. Obliga a mirar el fútbol sin ingenuidad, a cuestionar sus silencios y a exigir coherencia a quienes lo administran. Pero también invita a imaginar otras formas de habitarlo, donde la pasión no sea incompatible con la conciencia crítica. Porque si el fútbol es, como tantas veces se ha dicho, el deporte más popular del mundo, entonces también puede ser un espacio desde el cual pensar —y eventualmente transformar— las relaciones de poder que lo atraviesan.

Porque si el fútbol es un campo de poder, también es un campo de resistencias. Y es precisamente en esa tensión donde se abre la posibilidad de interrogar, resistir y transformar las lógicas que hoy lo gobiernan. La pelota está manchada, sí. Pero en esa mancha se inscriben también las huellas de quienes, dentro y fuera de la cancha, se niegan a aceptar que el juego sea únicamente un reflejo del orden existente.


Referencias Bibliográficas

Galeano, E. (1995). El fútbol a sol y sombra. Siglo XXI Editores.
Maradona, D. A. (2001, 10 de noviembre). Discurso de despedida del fútbol profesional en el estadio La Bombonera, Buenos Aires, Argentina. Archivo audiovisual difundido por medios de comunicación. “La pelota no se mancha”.
Mignolo, W. D. (2005). The idea of Latin America. Blackwell Publishing.
Mignolo, W. D. (2011). The darker side of Western modernity: Global futures, decolonial options. Duke University Press.
Said, E. W. (2003). Orientalism. Penguin Books. (Obra original publicada en 1978)
Segato, R. L. (2018). Contra-pedagogías de la crueldad. Prometeo Libros.

Diego Nervi Ortega

Antropólogo Social, Miembro de la Comisión de Derechos Humanos del CSD Colo-Colo y de Villa Grimaldi. Director de la revista Distopías Etnográficas; Revista de Etnografías del Sur.

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