No es solo un color
De la radio del chofer proviene música ambiente, música ligera que lo deja de ser cuando ruge un viejo motor y chasis sueltos llevados a arrastras sobre el pavimento. Voy imaginariamente en las micros amarrillas con grandes números pintados de negro en su carrocería. En ese pasaje memorístico vi que podía subir a saltos mientras corría alocado cuando delante de mí la micro iba en movimiento y el chofer te hacia señas por el retrovisor para que te treparas arrastrando las plantillas. Una vez arriba, identifiqué que, según el chofer, algunas micros tenían cortinas para tapar el sol que derrite en el verano mientras otras estaban totalmente descubiertas, revelando tu rostro salivoso al quedarte dormido. Los pasajeros disfrutaban de asientos amortiguados y cubiertos con telas de cuero. De los adornos y oropeles mucho que hablar. En el chofer más jaranero se veía tanta luz como un antro que lo único atractivo que tiene son la cantidad de luces y, por si acaso, la música de su Dj personal, que en este caso es el corta boletos. Visualicé que a lugar que ibas quedabas pegado al techo, y no por alguna droga, sino por lo común de salir despegando de la silla al pasar por un hoyo, sobre todo en la última fila de los asientos.
Entre el 2005 y 2006 las micros amarillas disminuyeron radicalmente su frecuencia para ser reemplazadas por el Transantiago. Las diferencias se hicieron notar apenas salieron a ruta, maquilladas en su fachada con colores verde-blanco y pasando de dos a tres puertas. Por dentro, se redujo el exceso de asientos con pocas butacas de plástico y espacios vacíos que permitían a los pasajeros irse de pie y así aumentar su número: una lógica instrumental para la sociedad de masas. En un registro del cortometraje “Espacio-micro”, a una de las cantantes que intervienen el espacio con su música le preguntan qué le parece el cambio de transporte:
“(…) la acústica era especial y como estaban nuevas (las micros), los fierros no sonaban y tenían el motor más suave, permitiendo menor esfuerzo y calidad vocal más nítida”. (Pero) “los choferes se volvieron más reacios al trabajo ambulante, no dejándoles subir o siguiendo de largo sin parar la micro”1.
Vi que de vez en cuando se suben personas a trabajar, unas verdaderas artistas arpegiando su guitarra. Otros con cajas de plumavit encintadas repletas de helados, ofreciendo con su voz “Chi-ri, Mustang, Mora” para amenizar un viaje desértico. También vi venta de afeitadoras, agujas, revistas y un etcétera de artilugios, ocultos en los bolsillos de un delantal y/o de un maletín. En un momento del trayecto, con mi imaginario que seguía sumergido en el tiempo, vi que un caballero se subió a vender sopa de letras, pero cuando su oferta cesó, el silencio se apoderó de la micro, hasta que, de repente, una interacción brotó: “La igualdad no se ve por ningún lado” -dijo una señora, matizando la precariedad que envolvía al ambulante.
La llegada del Transantiago planteó una mayor prohibición a comerciantes y artistas para que pudieran hacer de la micro un espacio de laburo. Aunque tiempo atrás no fue el idilio. El comercio ambulante dentro o fuera de las micros ha sido históricamente perseguido y corregido con el cumplimiento de leyes; ejemplo, como lo fue la modificación a la Ley de Tránsito del año 2009 que eliminaba la prohibición de ejercer labores en micros, pero a condición de acreditar los orígenes de la mercancía y amarrarse al SII con iniciación de actividades. En general, el comercio y “el arte (ambulante) que está en la calle pidiendo trabajar”2 ha representado un problema para el sistema neoliberal.
Ayer murió el Transantiago. Una tarde de un mes que no recuerdo, me subí a una micro del recorrido 201. Esta micro ya no es amarillenta ni verde-blanco. Las cabinas de los choferes se encuentran rodeadas de mamparas de vidrios -¿a prueba de balas?- que los separan de los pasajeros. Al costado del volante, llevan una pantalla digital con mapas que indican la ruta a seguir y otra más con la visual del registro de las cámaras. Es que en el techo hay cerca de cuatro ojos. Estas características refieren a las micros Red, un nuevo formato, envoltorio, para definir el sistema de transporte público en la región metropolitana. No crean que su nombre fue obra de comunistas, ni obra de algún equipo de futbol roji-blanco como Curicó Unido. Este cambio fue presentado el 2019 por Sebastián Piñera -quien, por cierto, no andando en micro, murió ahogado al estrellar su helicóptero- y la ministra Gloria Hutt, la misma que dijo que “los escolares no tienen un argumento” para reclamar el aumento de la tarifa del transporte público en octubre del mismo año.
Antes de mí, dos personas pagaron a través de códigos QR generados desde la aplicación del pato banquero. Una de esas pasajeras no lograba pagar con dicha modalidad, a lo que el chofer le recomendó subir el brillo de la pantalla de su celular. En estas micros, ya no tienes a los demás quemando los ojos. Entre todos los sentidos, las miradas fallan. Simmel explicó la preponderancia de la actividad del ojo por sobre la del oído en la cultura moderna, y que tenía su principal razón en el transporte público: “La gente nunca había estado en posición de tener que mirarse por varios minutos o hasta horas, sin dirigirse la palabra.”3 Pero hoy eso sucede cada vez menos. Esta falta de existencia no va necesariamente en cómo está distribuido el espacio interior de la micro, sino por el ensimismamiento en el brillo del celular. ¿Cuántos pasajeros de Red prefieren encandilar sus ojos y fatigar sus oídos con música en los audífonos antes que prestar atención al entorno circundante?
La micro avanza rápido por Amunategui. Ya anticipo en el ambiente algo particular. En más de una ocasión se ha subido gente en “situación de calle”, pobreza, vagos, vagabundos, nómadas urbanos, como quieras. No hay que ser prejuicioso para reconocerlos, ¿o sí? Sus rasgos se caracterizan por la ropa harapienta, por ir cargando latas para venderlas en una hojalatería, por ir “prendiendo radio”4 o pidiendo monedas luego de cantar a capela. No sé las causas de su vagabundeo, no lo sé. Probablemente están enviciados en las drogas y el alcohol, dirá mi prejuicio, pero no lo sabré si no pregunto. Entre mis documentos, tengo la grabación de una entrevista espontánea que le hice debajo de la cornisa de un paradero, frente al Paseo Puente, a un viejo que se autodenominó “de todos lados”:
“Yo tengo problemas con la vida, por intento de femicidio. (…) Eso es arriesgar de dos a tres años en cana. (…) Una discusión fuerte después de 28 años… del matrimonio. Mi mamá me decía que ‘no es para siempre’. Algunos matrimonios duran 3 años”.
¿Por qué se pierde el techo? Esta vez no fue por drogas, fue por un intento de femicidio en que se buscó matar a la compañía para condenarse a la soledad insolente, común del ánimo patriarcal que mueve a la brutalidad de la ciudad. En este tramo del recorrido, por Av. La Paz y las calles circundantes de la vega central, donde el piso se ve pavimentado por el líquido de las frutas caídas, donde el olor a frutas fermentadas mezclado con otros olores más repugnantes es el entorno donde se han barajado todo tipo de ofertas, parece que hoy el comercio está invertido en pasta base; del amarillo al Red, pasé a un blanco bien sucio.
La micro avanza un kilómetro, dobla hacia Independencia y me alisto para bajar. En este tramo, se me olvida que las puertas abren por el costado izquierdo, en el sentido en que avanza la micro. Para descongestionar el tránsito, se crearon pistas exclusivas para las micros, con paraderos en un bandejón central; por eso, las puertas se abren por el otro costado. Ni se te vaya a ocurrir andar en bicicleta por esas pistas si no quieres ser arrasado. Los choferes se toman muy en serio lo de “vía exclusiva”.
Notas
1 Pilar Ortiz y Paola Velásquez, Espacio-micro (Vimeo: Chile, 2005)
2 Cantico que se realizaba en las marchas por el derecho al trabajo ambulante.
3 Georg Simmel, Mélanges de philosphie rélativiste. Contribution á la culture philosophique (París, 1912), 26-27.
4 Hablando más de la cuenta.