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Rigor mortis
01 de mayo 2026

Rigor mortis

El día 24 de octubre del año 2019 se exhumó el cuerpo de Franco y se comprobó lo que gran parte de sus acérrimos defensores intuía desde hace tiempo: que tanto física como ideológicamente estaba intacto. Y no solo intacto, sino que mucho más joven de lo que era cuando lo enterraron, como el Franco de sus mejores años. 

Los seguidores y detractores que componían el equipo de exhumación hicieron lo único que en ese momento creyeron posible hacer, ponerse de rodillas y rezar un padre nuestro y tres avemarías. 

La mayoría de los que presenciaron el milagro, no pudieron refrenar las lágrimas. No eran capaces de entender lo que veían, pero eso no importaba, Franco estaba una vez más ahí, al alcance de sus manos y era el mismo, el que comandó las tropas sublevadas, el que por tantos años decidió la vida y la muerte de demasiados, el de la calva y el bigote recortado, el de la panza de buen comedor, el metro sesenta y tres de estatura y los galones ganados a fuerza de trabajo y, sobre todo, metrallas. 

Los forenses que acompañaron el cuerpo en la ambulancia fueron los primeros en pronunciar dos frases que sin que pudieran imaginarlo, serían dichas y repetidas, siempre una después de la otra, por todos los que vieran el cadáver: «Parece que estuviera durmiendo», dijo uno. «Sí», afirmó segundos después el otro «como si en cualquier momento se fuera a despertar». Luego de articular esas frases continuaron el viaje, rígidos y en silencio con una sensación que no pudieron entender ni explicar en ese momento.

Lo primero que hicieron fue llevar el cuerpo al laboratorio. Tras el análisis y luego de refutar la tesis del embalsamamiento y el maquillaje, hasta los más escépticos empezaron a considerar plausible la posibilidad, horas atrás, remota, del milagro.

Hubo acalorados debates para decidir qué harían con el cuerpo. Al final se impuso la que sus seguidores consideraban como la más obvia, elegante y en palabras de muchos, única alternativa. 

Se lo expuso por primera vez en el edificio del ayuntamiento. El cuerpo y el uniforme estaban tan bien conservados que no fueron necesarios taxidermistas, sastres, ni maquilladores. Solo bastó construir una urna de cristal climatiza, blindarla, perfumarlo, darle un toque de rubor en las mejillas y dejar que el cuerpo y todo lo que él significaba, hicieran su trabajo. 

Se fijaron turnos para custodiarlo. No solo militares respondieron al llamado, sino que también civiles voluntarios provenientes de todo el país. La gente comenzó a acudir al ayuntamiento como si de un lugar de peregrinación se tratara. Algunos entraban arrastrándose, otros de rodillas, más de alguno llevaba a sus bebés y lo acercaban a la urna. A pesar de las medidas de seguridad no pudieron evitar que los peregrinos dejaran papelitos con peticiones primero y con el paso del tiempo, con agradecimientos. 

Los detractores se quedaron en silencio, rígidos y no fueron capaces de levantar la voz que venían tratando de levantar hace tiempo. La mayoría lo vio por televisión, pero hubo algunos que se atrevieron a ir hasta el ayuntamiento y mirar desde lejos a ese que estaba intacto, a ese que años antes había mandado a matar o a su padre, o a sus hermanos, o a sus hijos, o a sus nietos, o a sus sobrinos, o a sus amigos. Cada uno de estos, tanto los que lo vieron en vivo como a través de la televisión pronunciaron las dos frases que meses atrás habían dicho los forenses y se quedaron en silencio y rígidos sin saber por qué. 

Cuando se difundió la noticia de la exposición de Franco, se propagó con ella una inquietud y una pregunta que comenzó a quitarle el sueño a más de alguno. Era una pregunta que siempre había estado ahí, pero que nunca se habían atrevido a verbalizar, una inquietud que no había encontrado el momento propicio para concretarse, pero que, tras el milagro de Franco tomó forma y fue pronunciada con tanta insistencia que terminó por encontrar respuesta. 

Tres meses después de la exhumación de Franco comenzó una oleada de exhumaciones en todo el mundo. No fue por envidia, como más de alguno puede estar pensando, fue más bien por inquietud, pero sobre todo por esperanza, una profunda e inquebrantable esperanza. 

Se exhumó a Mussollini, a Amin Dada, a Stalin, a Gaddaffi, a Hussein, a Primo de Ribera, a Odría, a Trujillo, a Pinochet, a Videla, y una lista que sobrepasó por mucho las predicciones de los acérrimos defensores de la libertad y la tranquilidad post mortem.

Alegría y estupor sintieron seguidores y detractores el día que se comunicó que los cuerpos estaban en las mismas y, en algunas ocasiones, mejores condiciones que el de Franco. Se pidió la opinión de científicos, médicos, antropólogos e incluso veterinarios y zoólogos para ver si existía algún precedente en el reino animal, pero todos coincidieron en que era algo que estaba ocurriendo sin más, y que desafiaba toda lógica, toda posibilidad de análisis o respuesta racional. 

Se siguió con ellos el mismo procedimiento y se los expuso, después de fuertes discusiones y debates, dentro de una urna de cristal climatizada y blindada en el edificio más emblemático de cada país. 

Millones de adeptos, fanáticos, seguidores encubiertos y detractores peregrinaron hacia esas ciudades, los vieron por televisión o en fotografías de periódicos y todas ellas, sin excepción, repitieron una detrás de la otra, las frases que a esa altura se habían convertido en un mantra, en una suerte de conjuro: «parece que estuvieran durmiendo», «sí, como si en cualquier momento se fueran a despertar» y luego continuaron en silencio, con una rigidez cada vez más parecida a la muerte que solo entendieron, meses después, cuando esos ojos y todo lo que había tras ello se abrieron y se fijaron, una vez más, sobre las ciudades y todo lo que en ella tuviera la facultad de respirar y dejar de hacerlo.

Rafael Berríos

(Rancagua, 1988). Es licenciado en Lengua y Literatura Hispánica de la Universidad de Chile y máster en escritura creativa de la Universidad Complutense de Madrid. Ha sido becado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio y fue finalista del XI Premio Joven de relato breve del año 2018 organizado por el Ateneo Navarro de Pamplona, España. En el año 2024 obtuvo una mención honrosa en los Juegos Literarios Gabriela Mistral por la novela Cuaderno de campo que publicará este año.

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