¿Sueñan las luciérnagas con extinguir luces eléctricas?
Prólogo del libro Re-Vuelta a la Tierra: Ensayos de ecología política, de Varias autorías. Adynata Ediciones, 2026.
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Durante una tibia y fresca tarde de verano, como suelen ser los eneros cerca de las riberas del gran Biobío, vivimos uno de los encuentros más sigilosos y discretos que la naturaleza y su magia material aún atesora celosamente: Más de mil luciérnagas (Phanophorus perspicax) en las profundidades de un bosque de peumos (Peumus boldus) volaban entre las sombras de estos gigantes portadores de sueños.
Siendo unxs Homo sapiens pesimistas, nos habíamos rendido al rumor de que ya no se podían encontrar luciérnagas en la región. Según las voces de catástrofe, las últimas habían sido vistas en otros tiempos, en (no tan) lejanas infancias, donde en algún bosque perdido se dejaban ver. Nos comentábamos que ahora, tan esquivas como los bosques antiguos, las perdimos completamente, habíamos cambiado “definitivamente” sus luces por carreteras y venenos. Sin embargo, ahí estaban ellas, en su celebración lumínica y de apareamiento, contra todo pronóstico colapsista.
Para llegar al relicto de bosque nativo que albergó la iluminación naturomágica, fue necesario atravesar la oscuridad más profunda, esa que no tiene cabida ni siquiera en los interiores más recónditos de cualquier ciudad. Aquella oscuridad, es producida en el profundo secreto de las distintas naturalezas de la Tierra, por ejemplo, en los árboles antiguos que habitan en medio de los bosques, en las profundidades de un océano inexplorado o en las cuevas y guaridas de los mamíferos voladores (quirópteros o murciélagos). Lugares a los que el Homo economicus no sabe entrar sin imponer su destrucción. Sin embargo, en los genes profundos del humano, aún podemos invocar ese conocimiento y aprendizaje: el de caminar con respeto, sigilo y cuidado en medio del bosque. Ser un animal más, dentro de la oscuridad.
No podemos negar que, cuando vivimos aquel momento, no sabíamos si era producto de una imaginación o, incluso, consecuencia de la impronta de pantallas en nuestro córtex cerebral. Esta imagen fácilmente se puede encontrar de manera electrónica y también virtual. Sin embargo, en la presencia primitiva de la vida, en el presente irreproducible dónde aún no colonizan los medios técnicos; nos encontrábamos en un tiempo-espacio encandilante, que extrañamente encendía a la vez nuestro corazón. Y la «magia» era una cualidad reproductiva de hechiceros artrópodos. Caímos en cuenta, que ahí es donde la vida operaba en su esplendor, en las formas que aún son un misterio para la ciencia, la razón y el lenguaje.
La extinción de las luciérnagas
En 1975, el italiano Pier Paolo Pasolini escribe el conocido «Artículo de las luciérnagas», titulado originalmente como «El vacío del poder». Para ejemplificar una distinción entre las complejidades del fascismo tradicional del siglo XX y los nuevos fascismos que atestiguaba su coyuntura (posguerra), el escritor y cineasta utilizó como ejemplo la extinción de las luciérnagas en los campos de Italia. De esta forma, buscaba ilustrar la transformación de un fascismo asentado en las tradiciones premodernas del poder, a un fascismo tecnocrático de la época industrial. Para él, poeta apegado indiscutible al cuestionamiento del lenguaje en su forma tanto escrita como de imagen, esta homologación tomada de un hecho de la cotidianidad campesina, fue la manera más sencilla de mostrar las consecuencias de un camino hacia la extinción que estaban viviendo tanto humanos como insectos. Los fascistas de esa nueva época tecnoindustrial habían negado a todos, incluyéndose a ellos mismos, la magia de ver luciérnagas. Reemplazando los destellos del insecto por la electrificación total.
Ha pasado la mitad de un siglo desde la publicación de aquel texto. De forma espontánea, en la ribera norte del río Biobío, en un bosque de antiguos árboles que guardan los sueños arcaicos de las primeras comunidades humanas y no humanas asentadas en dicha península, habían más de mil luciérnagas. La pregunta que emerge de este acontecimiento no es netamente biológica, sino profundamente política: ¿qué significa que la vida se reproduzca en los márgenes de la civilización, mientras que el discurso predominante anuncia su desaparición? ¿Acaso las luciérnagas, como los pueblos y las especies que resisten, encuentran en la oscuridad no una amenaza sino las condiciones necesarias para su propio florecimiento? ¿Acaso esa oscuridad indómita y silvestre es un gesto desafiante a la vibrante e irracional bravura de los incendios? ¿Qué nos separa de la alquimia insectaria que, procura el encuentro antes que ser servidumbre de la iluminación del desastre?
Génesis en medio de la catástrofe: Oscuridad y luz
Es incuestionable que nos hallamos en un período histórico donde el aceleracionismo del capital se traduce en nuevas formas de colonización, desplazamiento y genocidio en distintas latitudes de nuestra Tierra. En América Latina esto se expresa en diferentes conflictos y ejercicios necropolíticos (Mbembe) contra humanos y no humanos. Una de las problemáticas políticas actuales que aquejan al tercer mundo, es el desmantelamiento del tejido social que se sustenta en un neoliberalismo radical de consumo, el cual constantemente produce enajenación, aislamiento del mundoambiente e individualismo. «Sálvense quien pueda, cómo pueda y sobre cualquiera». El modelo sociocultural favorece la elección e instalación de gobiernos con una tendencia estructural a la desigualdad y la injusticia socioambiental. Así, la civilización humana occidental, avanza sin freno en búsqueda de su “desarrollo perfecto”, en un proceso sostenido históricamente sobre masacres humanas, animales y ambientales.
Nuestra historia como humanidad capitalista se cuenta como un mito. Desde los primeros relatos civilizatorios (desde Roma o Grecia), el ordenamiento del mundo exigía violencia contra otros humanos y otras criaturas. Hoy, en un período de escalada tecnológica exponencial, la violencia es un negocio altamente lucrativo que se ha cimentado en el mito de habitar como el «animal más inteligente», con una arrogancia peligrosa. La catástrofe es consecuencia de un mito trágico, el mito del hombre civilizado y, luego moderno, que se universalizó en el progreso, en la falsa aseveración de que podemos llegar a ser la perfecta simulación de un dios.
Por otra parte, desde la producción descomedida de mercancías, iniciada (y lejos de llegar a su declive) a nivel industrial durante el fordismo, ha provocado una alta tasa de contaminación y devastación de las biodiversidades de los territorios explotados a escala global, conduciendo a la extinción o a la drástica reducción de las poblaciones de innumerables especies. Las consecuencias de este proceso se nombran actualmente como la “crisis de la biodiversidad” o la “sexta extinción masiva”. Si bien la extinción constituye un fenómeno inherente a la dinámica evolutiva de la vida, en el presente se observa una aceleración inédita de estos procesos, impulsada por un modelo económico industrial depredador que privilegia la explotación, la acumulación y la propiedad por sobre la preservación de la vida. La extinción ha dejado de manifestarse como un proceso aislado y circunscrito a ecosistemas cerrados en sí mismos (islas por ejemplo) para convertirse en una norma global. Durante la era de exploración y colonización del “Nuevo mundo”, los navegantes europeos ejercieron un impacto devastador sobre ecosistemas insulares: la desaparición del dodo en Mauricio hacia 1681, la vaca marina de Steller en 1768 en el Mar de Bering, o el alca gigante en 1852 en el Atlántico Norte constituyen ejemplos paradigmáticos de cómo la acción humana extinguió especies. Hoy, a la reciente extinción de pequeños mamíferos en Australia habría que sumar la declaración de especies extintas con mayor capacidad de movilidad, como el zarapito fino (Numenius tenuirostris), un ave migratoria que conectaba Asia y Europa.
A su vez, es imperativo señalar la violencia política, específicamente los asesinatos, contra defensores y defensoras de la Tierra. Exclusivamente en Latinoamérica desde el año 2012 fueron asesinados más de dos mil activistas que trabajaban en torno al cuidado y reparación de los espacios naturoculturales que habitaban. Estos crímenes, generalmente en la impunidad, son perpetrados o instigados por grandes corporaciones industriales cuyos intereses económicos se basan en la extracción, devastación, corrupción, usurpación y despojo de materias primas. De manera alarmante, podemos aseverar que muchas de las acciones corporativas que conllevan a la destrucción de la Tierra se están convirtiendo en un ejercicio tan lucrativo como el negocio bélico. Podríamos decir que del estado de excepción que conjetura Agamben, pasamos al estado de catástrofe permanente. Así, el lugar desde donde este libro se publica, es el continente más inseguro para defensoras y defensores de la Tierra.
En esta última voltereta fascista, y a medio siglo del totalitarismo tecnócrata que denunciaba Pasolini, entre la violencia y los shocks diarios de dopamina que consumimos, el sistema socioeconómico más degradante para las condiciones de la Tierra parece haber olvidado su fuente originaria. Se vuelve difícil reconocer de dónde venimos. Sin embargo, en la sencillez se logra vislumbrar uno de los caminos de vuelta: surgimos de este planeta, brotados de su seno, en una historia inmensamente más vasta que la historia de occidente y que la historia humana.
Antes del advenimiento del Homo sapiens y su (anti)evolución a Homo economicus, la Tierra había presenciado ya extinciones masivas, la deriva continental, glaciaciones y sequías extremas. En esta escala temporal profunda, la humanidad constituye una parte ínfima. Cavilar en la profundidad de la Tierra, es decir, en sus tiempos, sus procesos, sus habitantes, sus movimientos y transformaciones, en sus interacciones internas y externas con cuerpos de todas las dimensiones; es parte de construir una genealogía esencial de nuestro existir, es comprender origen y destino. Es entender lo lejana que está la humanidad de dominar los tiempos de la Tierra.
Las luciérnagas vuelven a reproducirse para dar continuidad a sus genes y crear nuevas generaciones. En la profundidad más oscura de un bosque que susurra sueños y mundo oníricos nuevos; estas reinan en el deseo de encontrarse, durante catorce noches oscuras de verano. Entonces ¿qué mitos se están narrando para continuar iluminando la oscuridad? Lo único que podemos afirmar es que, las luciérnagas del verano del 2025 no iluminaban la catástrofe, porque esta es iluminada por nuestros propios dispositivos.
Ecología política: Por una política más allá del Homo economicus
Dentro de los límites estructurales del pensamiento occidental moderno, la ecología política se erige como una mera intersección disciplinaria entre las ciencias de la ecología y las ciencias políticas.
Sin embargo, desde nuestra trinchera apostamos que esta puede construirse como una praxis crítica dentro de un campo de batalla epistemológico. En la cual, quienes defendemos la Tierra, podamos disputar un espacio donde entren la voces de distintas especies, donde se piense desde otros lenguajes, donde todxs, todos y todas, desde las diversidades que habitamos, seamos naturaleza. Aboliendo las categorías con las cuales el proyecto civilizatorio extractivista y antropocéntrico, segrega artificialmente sociedad y naturaleza.
La ecología política puede devenir en una herramienta de agencia militante. Es un arma analítica para investigar las dinámicas relacionales en los espacios naturoculturales, indivisible de la cartografía crítica del territorio que habitamos y padecemos. Es un espacio de reflexión-acción frente a los ecocidios y terricidios, que nombra a los responsables y amplifica las voces y los lenguajes de los cuerpos agredidos. Es un conocimiento que se elabora en compañía de los suelos agrietados, los bosques asediados, las faunas desplazadas, los mares acidificados, las montañas dinamitadas y los hongos que, pese a todo, conectan y sostienen la vida.
Nos resulta inviable seguir pensando lo político sin entenderse dentro de un perímetro espacial específico: un territorio que sostiene relaciones, vínculos, tiempos, acciones y comunidades, con naturalezas únicas que responden a cada ser que lo habita. Si bien no todo está conectado con todo, como señala Haraway, sí todo está conectado a algo, somos parte de una red con hilvanamientos y puntos de conexión. Por ello, los primeros vínculos que identifiquemos como posible agencia, voluntaria o no, demarcan el punto desde el cual podemos ejercer nuestra política; en el sentido de buscar o defender el bien común, el cual incluye a todxs lxs habitantes de nuestras regiones, humanos y no humanos. Es urgente entonces reconocer la especificidad del lugar desde donde se enuncia lo político, sea una metrópolis o una comunidad rural autónoma, pues es en la proximidad donde se forjan los nexos necesarios para cuidar lo más común y esencial a todxs: la Tierra.
Se trata, entonces, de crear un nuevo hogar, un hogar revolucionario, que contenga las premisas de un pasado distante pero que se sepa adaptar con las herramientas que nos han hecho quienes somos, el lenguaje y el fuego, quizás. No se trata de nostalgia, se trata de ingenio, de mirar el pasado y encontrar las herramientas necesarias para construir un hogar y defenderlo.
Al momento de encontrarnos con las luciérnagas, comprendimos algo que este libro intenta balbucear: la política no puede ser solo la denuncia de la oscuridad. Tiene que ser también la capacidad de encontrar, y de crear, las condiciones para que lo vivo y lo común, vuelva a encenderse en los márgenes. Si la ecología política aspira a ser algo más que un lamento académico, debe aprender a caminar de noche. Debe superar el miedo al bosque.
Enjambre de lumbreras en la oscuridad: ¿Por qué un libro colectivo?
La publicación Re-vuelta a la Tierra, surge de una urgencia por poner en común los pluriversos que habitan en nuestro planeta, con sus particulares especies, habitantes, biomasas, problemáticas, etc. Desde distintos lugares, voces individuales y colectivas, han rescatado la memoria política de la naturaleza. Iluminando así, las oscuridades diversas causadas por distintas actividades antrópicas. Políticamente creemos que, en el presente y el futuro, las luchas colectivas más importantes serán por la recuperación de la tierra; por organizar la vida para reclamar la preservación de nuestros entornos, refugios y hogares, de la misma manera que ha acontecido en el pasado. A su vez, con la exigencia de luchar por las condiciones mínimas para la sobrevivencia de nuestra especie, como por ejemplo el derecho al agua.
Así es como los textos que componen Re-vuelta a la Tierra entrevén y exponen aquella urgencia de lucha, conciencia y acción ante las problemáticas planetarias que afectan los territorios. Cada imaginario, aquí expuesto, es un gesto de escritura que, desde la trinchera política puede devenir en una línea de fuga creativa hacia diferentes labores concretas: denuncia, cuidado, reparación o supervivencia, para habitar la Tierra que cobija nuestros pasos. Así, este libro aspira a ser un enjambre de luces y lumbreras en medio de la oscuridad del capitalismo.
Acerca de los textos
Esta publicación colectiva invita a recorrer un ecosistema de perspectivas e ideas en torno a la Tierra y los seres que la habitan. Comenzamos con un estudio acerca de las migraciones vegetales, problemática que interpela las relaciones de colonización y endemismo de plantas en los territorios. El ensayo “Diásporas vegetales” abre una discusión en torno a la búsqueda de nuevos lenguajes capaces de integrar lo vegetal en los debates sobre ecología y renaturalización.
Desde el movimiento de las raíces, nos asentamos nuevamente en el mundo plantae con una investigación sobre la simbología y el asentamiento del último palmar austral que perdura en la región chilena. En el texto “Paraíso Postnatura”, la historia de las palmas y los humanos se reconstruye desde sus representaciones más antiguas en rocas, ilustraciones naturalistas y las voces que narran un tiempo perdido, en el anhelo de un paraíso jurásico por-venir.
Continuamos viajando al interior de la Tierra con el ensayo “Así lloran las piedras”, una revisión de las memorias inscritas en habitantes arcaicos de nuestro planeta: rocas y minerales. Grabadas en los antiguos caminos construidos por los incas, burlados y recorridos por quechuas, aymaras y diaguitas, luego usurpados durante la colonización española y finalmente devastados por la instalación de la minería moderna, se guardan secretas e intrincadas memorias en los interiores del desierto del norte chileno. Allí clama un llanto mítico resguardado por ángeles en las montañas andinas. El libro prosigue con el ensayo “Geomorfologías del Antropoceno/Capitaloceno”, un rescate de la memoria del pueblo El Cobre, el cual, durante el período de industrialización incipiente de la minería en los años sesenta, fue enterrado junto a sus habitantes. La comuna quedó sepultada bajo los sedimentos del relave de la extracción minera, perpetrando uno de los desastres más violentos de la era extractivista en el país chileno.
Los ensayos avanzan hacia las denuncias de las experiencias contemporáneas de guerra y devastación ocurridas en el Sur del planeta. Específicamente con los casos del sacrificio de la región del Biobío, con el texto del Núcleo socio-ecológico Ragko “Hibridación de ecologías en territorio lavkenche”; y la investigación “Extractivismo, colonialismo ambiental y Genocidio en Palestina” del colectivo mexicano Ocho trueno, acerca de los dispositivos de guerra utilizado por Israel en el genocidio (acompañado del ecocidio) contra el pueblo Palestino.
Luego, nos llega una invitación radical a revisar epistemológicamente el término “extractivismo” para invertir su sentido hacia el “atractivismo”. Más que una mera extracción, “Soñar el atractivismo” entiende esta actividad basal de la economía postindustrial como un impulso hacia la producción máxima; una atracción, un pulso desde el deseo que late en el corazón de la condición humana contemporánea. Encontramos en el ensayo “Entre mitos y dominios”, otra invitación a invertir el modo de relacionarnos con los animales. Sobre todo aquellos que, en algún momento de la historia, han sido estigmatizados y monstrualizados. Desde los linderos naturoculturales de Bogotá se narra el caso de las chuchas (zarigüeyas) y el mito en torno a su figura, que incluso fomentaba su caza y exterminio. El autor nos invita a pensar en nuestros imaginarios occidentales y en cómo se construyen las narrativas de la naturaleza desde un marco teórico clásico de la ecología política (Guattari, Bookchin, Escobar, Acosta, Latour, entre otros).
Luego de ese giro etimológico de la devastación y la relacionabilidad, se sitúa la mirada en los gestos que nos reúnen para cuidar nuestros contextos. En el artículo “Compost y transversalidad para rematerializar la subjetividad” se registran varias experiencias de compostaje, como el caso del compost comunitario acontecido en medio de la Revuelta chilena de 2019, que germinó como un acto de esperanza en la liberación y reorganización de lo que socialmente consideramos “desechos”. Otra experiencia de gestos solidarios que se nutren metiendo las manos en la tierra, es encarnada en el texto “Cultivando gestos callejeros. ¿Cómo cuidar semillas de crápula en tierras comunes?”. Aquí, la experiencia entre infancias y cuidado se conecta gracias al aprendizaje que el cultivo de una huerta entrega tanto a profesores como a niñas y niños.
Finalizamos esta publicación con un apartado de cuatro ensayos desde las experiencias interdisciplinarias de arte, política y ecología: “Pensar otros mundos desde el poema” (Carolina Benítez), “Polinizar las imágenes” (Hugo Farías), “Cine feral” (Erin Wilkerson) y “Devers las Aus” (CianoTipas). Estos textos inscriben el poder creativo del arte, especialmente el de la escritura y la imagen, en la construcción de otros mundos posibles. La necesidad imperante de reconstruir nuestro mundo (y los pluriversos que lo componen) exige un cambio radical en la narrativa occidental que hemos internalizado sobre nuestra Tierra; aquella que relata nuestra realidad desde el antropocentrismo, la violencia, la valorización económica de las vidas y la competencia extrema de unos con otros.
Lxs poetas poseen el poder mágico de la conjugación de palabras; lxs cineastas y fotógrafxs nos invitan a posar los ojos en fragmentos del mundo a veces invisibles. Las artes pueden ser herramientas para pensar y observar otros mundos. El arte político no solo tiene la capacidad de reproducir en palabras e imágenes los horrores de un mundo —en una época que siempre está al borde de perder su lenguaje y que hoy, más que antes, se encuentra en un punto fronterizo con lo no-narrable. Estos textos proponen que también en lo no contado, en lo no observado, en lo aún no imaginado, quedan mundos posibles por especular. Cambiar la competencia por la cooperación con Gaia. Y desde ahí, el poema, las imágenes y el cine pueden contribuir a la construcción de otras realidades: aquellas capaces de viajar a través de los tiempos, donde la ancestralidad y el porvenir (utópico, distópico o prototópico) se unen.
Las antiguas y nuevas formas de cohabitar la vida de manera cooperativa están más cerca que nunca. Y mientras más oscuro parece el panorama de la realidad capitalista, más se encienden, como luciérnagas, otras realidades en la oscuridad insondable de un bosque.
