Cristo in pietà, Antonello de Messina (detalle)
Un desmoronamiento con dulzura
Presentación de El imaginario indemostrable, de Max Carrasco Garrido (Ediciones Delakostra, 2025)
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Cuando comencé a leer este poemario, inmediatamente me vi atraída por su inicio: “Estoy imaginando el futuro”. Me cautiva el ejercicio de imaginar el futuro y de especular. La especulación como un juego de ficción donde se pueden reconfigurar los hechos y las narrativas del presente. La especulación reorganiza lo que todavía no vemos, y el ejercicio de imaginar el futuro me parece tan provocador como urgente. Sigo leyendo y esta primera idea está acompañada de atmósferas e imágenes concretas: hay un paisaje y una fiscalidad en el ejercicio de imaginar; y todo lo que sigue me parece conocido, como un relato gráfico de un futuro donde triunfa la conquista de la tierra, del espacio, de la vida, de la muerte, el triunfo “de una vida que siempre quisimos ajena (…) donde todas las clases de hambre se intersectan / la escala completa de los fríos que aguanta una cultura” (p. 17). El futuro nos hace preguntas invisibles, supongo que porque para poder escuchar esas preguntas, será necesario llevar los sentidos al mínimo y atender a lo que no percibimos o a aquello que se nos hizo tan monótono que ya no nos asombra. Pero ¿qué significa llevar los sentidos al mínimo? Y ¿cuál es la potencia de imaginar “respuestas para preguntas invisibles” (p. 8)?
Estas dos preguntas surgen posterior a la lectura de alguno de los poemas de Max Carrasco Garrido y, siendo muy atrevida, diría que transversalmente, durante la lectura del libro, se nos presenta un viaje corporal cargado de expresiones contenidas en gestos. Entonces, cuando digo gesto, digo cuerpo, digo estructura anatómica y relaciones materiales de un entramado simbólico e imaginal que se arma y desarma en la medida en que afecta y es afectado. El libro insiste en este conjunto de “palabras entrecortadas / mezcladas con movimientos del cuerpo y / levitaciones de la materia” (p. 37).
Pienso que este libro es una bitácora de las experiencias de un cuerpo, inventado o no, que se mueve lento, que recorre lugares y geografías, recogiendo datos y haciendo una cartografía de su ruta de una forma sensorial. Hay una escritura que primero se imprime en los músculos y en la piel: hay asperezas, frío, calor, humedad, giros, ángulos, cambios de dirección, etc., y después se desplaza o reescribe con conceptos en éstas, sus páginas. Un cuerpo que se expone a un problema de organización instintivo o intuitivo en medio de condiciones exigentes, pero que piensa en una práctica de desmoronamiento con dulzura:
“Todos los instantes de tiempo en un poema son la noche / son el carnaval inmóvil de los sueños, palmas / que no llegan a chocarse, / son el ir y venir de los inquilinos del imaginario, criaturas / bestias seres humanos llenos de sangre incolora, son / como la risa de un peregrino en el desierto / la locura extranjera de los desadaptados, / monumentos inmóviles que conmemoran / una realidad simultánea, / los sentidos llevados al mínimo” (p. 49).
Para mí, ese es el gesto que acontece cuando llevamos los sentidos al mínimo: la elaboración de una experiencia de composición entre el cuerpo y otra cosa (otro cuerpo, el entorno, etc.) que atenúa la acción, dándole lugar a la espera. Es decir, donde no hay una respuesta inmediata, donde no hay precisión en el decir, donde no hay una actividad definida, hay espacio para poner el cuerpo de otra forma y poder reorientar su experiencia; hay lugar para ocurrencias salvajes o delirios, que para mí no son otra cosa que el cuestionamiento a la estructura de la época actual. Supongo que ahí se abre una oportunidad, con todo el cansancio y la extenuación de nuestras fuerzas vitales, pero se abre una oportunidad donde hay lugar para la pulsión creativa. Eso me transmite el libro.
Hay otro verso que me gustó mucho: “Tomaremos nota de lo que haya de ficticio en nuestras vidas” (p. 41). Me encantó. Pensé en esto como en otra estrategia de desmoronamiento con dulzura, porque, aunque habitemos una vida que siempre quisimos ajena, incluso cuando el futuro se presenta como una maquinaria repetitiva y agotadora, todavía podemos intervenir en la forma en que narramos lo que vivimos.
Y aunque no creo que necesariamente la poesía se piense como un mensaje, hacia el final del libro, en el poema que lleva su nombre, se elabora la idea de insistir en la escritura como una carta interminable, aunque no sepamos quién la va a escuchar o leer. Escribir como quien envía una carta que podría perderse, pero que igual necesita ser escrita. Entonces, me gusta suponer que aquí se contiene un registro, un residuo o un acontecimiento material que será descifrado de alguna forma. Imaginar el futuro para sostener ese gesto de escritura, pero más importante: estar juntos en la tarea del abandono, en un tiempo que no alcanza, pero que a la vez es casi lo único que sí tenemos.
26 de febrero de 2026
