A golpe de músculo contra la decadencia: masculinidad y violencia
Este texto se publicó originalmente en alemán en el blog de Gender Campus.
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¿Qué tienen en común las fantasías de masculinidad de la manosfera con las ideas de autoridad y orden de la derecha? El artículo muestra cómo las actuales puestas en escena hipermasculinas de disciplina, fuerza y violencia mantienen vivos viejos deseos de jerarquía, control y destrucción, estrechamente ligados al antifeminismo y al rechazo de la vulnerabilidad.
Los hombres sin músculos son “palillos de dientes”, decía Kollegah, uno de los raperos más conocidos de Alemania. En sus conciertos, invita a jóvenes a subir al escenario para competir levantando pesas y ganarse el reconocimiento del público. El culto al cuerpo ocupa un lugar central en el modelo de masculinidad que promueve Kollegah: el cuerpo trabajado aparece como signo visible de disciplina, superioridad y dominación masculina.
Escenificaciones similares pueden encontrarse en Andrew Tate. El ex kickboxer, acusado de violación y trata de personas, celebra la dureza, la superioridad física y la violencia. Concibe los deportes de combate como un “arma de guerra” y la disposición masculina a luchar como una virtud biológicamente determinada.
Kollegah y Tate presentan a su público, mayoritariamente masculino, el cuerpo entrenado como ideal de superioridad masculina, vinculándolo con teorías conspirativas, ideologías socialdarwinistas, posiciones antifeministas, fantasías de masculinidad militarizada y disposición a la violencia. Esto se refleja también en el lenguaje de sus ofertas: Kollegah llamó “Ejército Alfa” a los participantes de su ya desaparecido programa de coaching, mientras que el círculo de pago de Tate se denomina “War Room”: una “red global” en la que, según su propia descripción, “defensores del individualismo trabajan para liberar al hombre moderno de su cautiverio socialmente condicionado”.
Estas formas de escenificación pueden situarse en el marco de la llamada manosfera: una red heterogénea de comunidades en línea —desde activistas por los derechos de los hombres y comunidades red pill hasta artistas de la seducción, foros incel y grupos Men Going Their Own Way (MGTOW)— en la que se difunden imaginarios antifeministas y misóginos.
La manosfera: misoginia, miedo y violencia
Desde la década de 2000, estas redes han recibido un impulso decisivo gracias a Internet. Sus distintas corrientes comparten la convicción de que vivimos en una sociedad dominada por el feminismo, en la que los hombres serían oprimidos por las mujeres. Las mujeres, el feminismo, la emancipación queer y los hombres marcados como “afeminados” aparecen así como amenazas para la dominación masculina. Desde esta percepción, la violencia puede llegar a legitimarse: desde el acoso en línea hasta, en casos extremos del entorno incel, el femicidio.
La manosfera no puede describirse en su conjunto como una corriente de extrema derecha. Sin embargo, sus construcciones del enemigo muestran paralelismos con las dinámicas que Klaus Theweleit describe en su análisis de la masculinidad fascista: el miedo a la autonomía femenina, a la vulnerabilidad y a la pérdida del control masculino.
A continuación, sigue un breve recorrido anacrónico por tres imaginarios nacionalistas y de derecha sobre masculinidad y destrucción. Mishima, Jünger y Evola permiten mostrar cómo ciertos motivos de los ideales corporales de masculinidad y de las fantasías soldáticas del siglo XX reaparecen, transformados, en la manosfera. El objetivo no es equiparar la manosfera con ideologías de extrema derecha, sino señalar puntos de contacto. Las concepciones de masculinidad aquí expuestas constituyen solo un elemento de un entramado que, en el extremismo de derecha, se entrelaza con ideologías antisemitas y racistas.
El cuerpo pensante de Mishima
El culto al cuerpo bélico y marcial que reaparece en ciertas representaciones actuales de la masculinidad ya fue elaborado en la década de 1960 por Yukio Mishima, nacionalista y defensor del nacionalismo imperial japonés, y uno de los escritores más célebres de Japón. Para las fantasías de masculinidad de la derecha, Mishima no solo es relevante por su cercanía a ideas imperial-nacionalistas, sino también porque su ideal de dureza, espíritu de sacrificio y violencia estetizada sigue siendo recibido hasta hoy en círculos de extrema derecha. En Sol y acero (1968), Mishima reflexiona sobre la imposibilidad de alcanzar la perfección mediante la actividad literaria por sí sola: para él, el lenguaje permanece incompleto mientras no se encarne físicamente. Solo a través de la disciplina, el entrenamiento, la fuerza y la belleza estética cree poder dar al espíritu y a los sentimientos una correspondencia corporal.
“El acero me enseñó las correspondencias entre el espíritu y el cuerpo. Me parecía que las emociones reblandecidas iban de la mano de músculos débiles; el sentimentalismo, de un vientre flácido; y la hipersensibilidad, de una piel pálida e hipersensible” (Mishima, 2023, P. 17).
Este pasaje esboza una visión del mundo en la que la debilidad, el sentimentalismo y la sensibilidad aparecen como deficiencias físicas. El cuerpo entrenado se convierte en una autoridad moral: prueba de autocontrol, dureza y superioridad, mientras que la debilidad queda marcada como fracaso. A ello se une un ideal de disciplina militar que no solo moldea el cuerpo, sino que lo convierte en armadura, blindaje y arma simbólica. Bajo estas premisas, incluso el dolor y la muerte aparecen como algo que puede superarse mediante el rigor corporal y, en última instancia, llegar a ser deseado. Precisamente esta combinación de culto al cuerpo, autodisciplina, estética de la violencia y disposición al sacrificio hace que el pensamiento de Mishima sea compatible con modelos de masculinidad de derecha y neofascistas.
El delirio militar de exterminio de Ernst Jünger
Lo que Mishima encarnó estéticamente en la posguerra había tenido ya, décadas antes, un destacado modelo alemán: Ernst Jünger, que combatió en la Primera Guerra Mundial y se dio a conocer por su relato bélico heroizante Tempestades de acero. Los primeros textos de Jünger se inscriben en el contexto de la llamada “revolución conservadora” y fueron retomados posteriormente, en repetidas ocasiones, por círculos de la derecha y de la nueva derecha. Su masculinidad marcial no se basa en el culto estético al cuerpo, sino en la propia experiencia de la guerra: en la idealización del soldado del frente, la glorificación de la violencia y la exaltación metafísica del acto de matar.
En Jünger, la muerte y la destrucción aparecen como aproximación a algo superior. En La lucha como experiencia interior, exalta la figura del guerrero: el soldado que se enfrenta conscientemente a la muerte y está dispuesto a matar vive en un estado extático de máxima intensidad. En él, determinación, masculinidad y voluntad de hierro se condensan en virtudes existenciales.
Esta “valentía masculina” está indisolublemente ligada a la idealización de la violencia y la destrucción. Jünger llega incluso a reconocer en la destrucción un principio creador. El cuerpo del soldado se convierte en portador de una creación apocalíptica, codificada en términos masculinos. Así escribe: “La lucha no es solo una destrucción, sino también la forma masculina de la procreación, y así, ni siquiera lucha en vano quien combate por errores”.
La exaltación de lo masculino va acompañada de un rechazo de todo lo supuestamente femenino. Cualidades como la vulnerabilidad, la empatía o el cuidado aparecen como una perturbación de la autoestilización del soldado. Esto queda especialmente claro en un pasaje de Tempestades de acero, en el que Jünger escribe: “Aunque no soy enemigo de las mujeres, el ser femenino me irritaba cada vez que el destino de la batalla me arrojaba a la cama de una sala de hospital. Desde la acción masculina, decidida y funcional de la guerra, uno se sumergía en una atmósfera de emanaciones indefinibles” (ibíd., P. 47).
Esas “emanaciones indefinibles” lo inquietan porque interrumpen aquella autoexaltación heroica que, pese al miedo a la muerte, sigue siendo posible en la trinchera. Allí, el miedo se funde con un supuesto fin superior, el orgullo de matar y morir. Sin embargo, esta autoexaltación amenaza con desmoronarse en cuanto la masculinidad militar deja de dominar y la vulnerabilidad se hace palpable. Precisamente esta combinación de estética de la violencia, rechazo de la vulnerabilidad codificada como femenina, anhelo de muerte y exaltación masculina hizo que la obra temprana de Jünger resultara compatible con las fantasías de masculinidad de la derecha y la nueva derecha. Algo de esta lógica reaparece, de forma modificada, en la manosfera actual, en sus poses de invulnerabilidad, su retórica marcial y su desvalorización de la vulnerabilidad.
El culto metafísico a la guerra de Julius Evola
Lo que en Jünger apenas se vislumbra se convierte, en el caso del fascista italiano Julius Evola, en la base de una cosmovisión integral: la guerra como necesidad metafísica. Evola ocupa un lugar central en las tradiciones de pensamiento de la derecha y la extrema derecha, ya que combina fascismo, antimodernismo, jerarquía y masculinidad marcial en una ideología de dimensión espiritual. Como representante de un tradicionalismo radical, aspira a volver a principios atemporales y órdenes eternos. La democracia, el liberalismo y el comunismo aparecen para él como síntomas de una modernidad “afeminada”, a la que opone el odio, la glorificación de la violencia y la guerra.
En su ensayo Metafísica de la guerra (1935), Evola remite al biólogo y nacionalista René Quinton, quien glorifica el odio como fuerza motriz de la vida. La enemistad radical aparece allí como principio natural de la humanidad, cuanto más se eleva el ser humano, mayor debe ser su odio. También para Evola, guerra, odio y violencia son necesidades ineludibles, expresión de una forma de vida heroica y bélica que, en una sociedad en decadencia, adquiere el sentido de una redención.
“El momento en que el individuo logra vivir como un héroe —aunque sea el último de su existencia terrenal— pesa infinitamente más en la balanza de los valores que una larga vida dedicada al consumo monótono en medio de las trivialidades de las ciudades” (Evola, 2011, P. 43).
Este pensamiento culmina en un culto a la muerte que glorifica la violencia, donde se funden la masculinidad heroico-militar, la autoexaltación metafísica y la violencia radical. La violencia y la muerte aparecen no solo como expresión de fuerza existencial, sino también como medios para impulsar conscientemente el colapso social mediante una violencia sacralizada y desinhibida, dirigida contra una sociedad percibida como “contaminada”.
Ni siquiera el mundo en ruinas tras la Segunda Guerra Mundial llevó a Evola a revisar su posición. En Orientaciones: once puntos (1950), siguió considerando justa y necesaria la guerra del lado de las potencias fascistas y nacionalsocialistas, al margen de su resultado y de los crímenes cometidos. Para él, en esa guerra se expresaba una lucha metafísica contra la modernidad. De entre las ruinas debía surgir un “hombre nuevo”, intransigente, interiormente disciplinado y sostenido por principios trascendentes. Si bien Evola lleva la idea de la violencia masculina a extremos metafísicos, la idea de que la salvación solo puede encontrarse en la lucha contra una sociedad “afeminada” resuena también en los discursos actuales de la manosfera.
Hombres vulnerables de acero
Los modelos de masculinidad analizados ponen el énfasis en distintos aspectos: Mishima idealiza el cuerpo disciplinado, Jünger idealiza la guerra y Evola eleva la destrucción a necesidad metafísica. Todos comparten la idea de que la autoafirmación masculina surge de la dureza, la jerarquía, la disciplina y la violencia. Al mismo tiempo, rechazan todo aquello que aparece como “femenino”, “afeminado” o signo de decadencia civilizatoria. No puede trazarse una línea directa entre estas fantasías nacionalistas y fascistas de masculinidad del siglo XX y la manosfera actual. Sin embargo, existe una proximidad estructural allí donde la manosfera reproduce amenazas similares: el miedo a lo femenino, a la vulnerabilidad y a la pérdida del control masculino. De ahí surge el anhelo de un orden jerárquico supuestamente natural, que debe defenderse mediante la disciplina, la lucha y, en sus variantes más extremas, la violencia desenfrenada. Esta lucha se dirige hacia dentro, contra el miedo, la vulnerabilidad y la insignificancia, y hacia fuera, contra las mujeres, el feminismo y la igualdad.
Aunque los actores de la manosfera no libran una guerra real, se presentan como “hombres auténticos” en una lucha defensiva contra la debilidad y la decadencia social. En ello se manifiesta una crítica modernizada de la modernidad: antiguos motivos antimodernos, como la supuesta feminización de la sociedad, la pérdida de orden y el endurecimiento masculino, resurgen bajo condiciones digitales y en la lucha contra el feminismo, la igualdad y la visibilidad queer. La idea de una sociedad feminista dominante y opresora resulta, en este contexto, contradictoria. Los patrones patriarcales de pensamiento y comportamiento siguen profundamente arraigados, y los backlashs de derecha y religiosos muestran que los logros feministas, como el derecho al aborto y a la autodeterminación corporal, no están en absoluto asegurados. Al mismo tiempo, los movimientos feministas difícilmente pueden reducirse a una “corriente dominante” homogénea: desde la tematización del trabajo de cuidados invisibilizado en los debates operaístas, pasando por la crítica del Colectivo Combahee River a un feminismo predominantemente blanco y de clase media, hasta las huelgas de mujeres y el movimiento MeToo, han generado impulsos diversos y, en parte, contradictorios.
La crítica feminista sigue resultando incómoda para los hombres, porque no solo pone de manifiesto posiciones de poder irreflexivas y patrones sexistas interiorizados, sino que, al centrarse en el trabajo reproductivo y de cuidados, amplía también los análisis económicos ortodoxos del capitalismo. Precisamente porque esta crítica muestra la dominación de género como componente estructural de las relaciones sociales, la reacción defensiva resulta tan agresiva. En este contexto, los ideales de masculinidad de la manosfera parecen menos una expresión de soberanía que un síntoma de un miedo profundamente arraigado: a la igualdad, a la vulnerabilidad y a la pérdida de las pretensiones patriarcales de superioridad.
*Nota: Todas las citas incluidas en este texto han sido traducidas libremente al español por el autor.
Bibliografía
-Evola, Julius (2011) Metaphysics of War. Battle, Victory and Death in the World of Tradition. UK: Arktos Verlag.
-Jünger, Ernst (1926) Der Kampf als inneres Erlebnis. Berlín: E. S. Mittler & Sohn.
-Jünger, Ernst (s. f.) In Stahlgewittern. Miami: Freeditorial.
-Mishima, Yukio (2023) Sonne und Stahl. Halle: Mitteldeutscher Verlag.
-Theweleit, Klaus (1980) Männerphantasien, Vol. 2. Hamburgo: Rowohlt Verlag.