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Circulación y contemplación de una caja de fósforos
08 de noviembre 2026

Circulación y contemplación de una caja de fósforos

De manera esencialmente descriptiva, una caja de fósforos es un estuche rectangular, de cartón o madera, en cuyo interior se apilan cerillas unas junto a otras. En uno de sus costados tiene una franja áspera, destinada al roce, y en su cubierta muestra una imagen sencilla (una flor, un paisaje, un animal), a veces acompañada de unas cuantas palabras. El objeto es de dimensiones pequeñas y sumamente ligero, lo cual es una de sus principales condiciones de extravío: desaparece con facilidad precisamente cuando su presencia es necesaria. 

Los objetos que usamos durante el cotidiano no parecen ocupar ningún lugar en nuestra atención. Están, pero solamente cuando hacen falta. Una caja de fósforos sobre el mesón de la cocina no solicita contemplación alguna. La mano la toma, escudriña en ella, extrae uno de los palitos, lo frota contra el costado y obtiene una llama. Todo ocurre con rapidez. La caja cumple su cometido y queda en cualquiera parte: en la cocina, en el bolsillo de un abrigo, en un cajón, siempre con la posibilidad de que al día siguiente ya no esté allí.

Es un objeto portátil, destinado al uso y al desgaste, es decir, se abre, se vacía y se tira a la basura. Pero hay algo que escapa a esta fatalidad. Las cerillas desaparecen una tras otra y, con ellas, desaparece aquello para lo cual la caja fue concebida. Sin embargo, la imagen permanece adherida a la superficie, sobreviviendo al contenido que debía resguardar. La caja pierde aquello que justificaba su existencia y conserva, en cambio, aquello que parecía secundario.

Para separarla de la caja, el desgaste del tacto no es suficiente. Hay que arrancarla. Despegarla, rasgar el cartón, levantar con la uña alguna de sus esquinas. El fuego consume las cerillas sin que tengamos que decidir sobre su decisión, mientras que la imagen, por otra parte, exige una decisión. Hay que querer quitarla.

Visto de esta manera, la caja realiza una operación inversa a la del fuego. La cerilla transforma lo visible en ceniza, pero la imagen fija sobre la superficie aquello que está destinado a desaparecer. Si la llama dura apenas unos segundos, la imagen puede permanecer por años.

Tal vez por eso resulta extraño ver una caja de fósforos vacía. Ya no se sabe muy bien qué hacer con ella. La mano que antes la abría para buscar algo en su interior es reemplazada por el ojo, el cual se detiene sobre su superficie. El objeto entonces deja de responder a una necesidad inmediata y, justamente por eso, comienza a hacerse visible (lo que Martin Heidegger nombró como la herramienta rota). 

Citando a Walter Benjamin, la autenticidad de un objeto depende de la singularidad de su existencia, de ese aquí y ahora determinado que constituye su presencia irrepetible. La producción industrial altera radicalmente esta relación: produce objetos destinados a ser equivalentes, permitiendo que puedan desprenderse, repetirse y circular. La caja de fósforos pertenece enteramente a este mundo.

Basta con que una de esas cajas permanezca durante algún tiempo con nosotros para que comience a diferenciarse de las otras. Una esquina se dobla, una mancha aparece, pierde su rigidez. Son iguales y, al mismo tiempo, no. La reproducción produce ejemplares semejantes; el tiempo, lentamente, vuelve a introducir en ellos la diferencia.

Pero no se trata de que la antigüedad convierte a cada caja en un original. Una caja no recupera por hacerse vieja una unicidad que nunca tuvo. Su importancia no proviene de haber dejado de ser reproducible. Lo que aparece es otra cosa: la historia particular de un objeto reproducido. Una misma imagen, destinada a repetirse, comienza a llevar sobre sí las marcas de una existencia que ya no puede repetirse.

Esto es lo que, tal vez, hace que ciertos objetos de uso cotidiano nos detengan. No son extraordinarios, pero siempre están ahí. Pasan de mano en mano, de un bolsillo a la mesa, de la feria a la pieza. La caja de fósforos conoce, además, una circulación muy particular. Es llevada de un lugar a otro sin que nadie la considere realmente un objeto de viaje. Va en el bolsillo, en un cajón, en una cartera. Circula porque es necesaria y desaparece porque deja de serlo. Su portabilidad pertenece a su uso: debe estar cerca de la mano porque la llama debe estar cerca del momento en que se la necesita.

Hay objetos cuya existencia parece depender precisamente de no ser mirados. Una cuchara, una llave, un lápiz. Mientras funcionan, se confunden con el acto que realizan. Solamente cuando dejan de funcionar podemos preguntarnos qué eran, de dónde venían, cuánto tiempo habían estado con nosotros.

Algo semejante ocurre con la caja vacía. Su inutilidad abre una pequeña distancia respecto de nosotros. Ya no estamos obligados a hacer algo con ella. Podemos simplemente tenerla delante.

Y es aquí donde la imagen adquiere una extraña importancia. No es la imagen de un objeto único, ni la de una obra destinada a ser contemplada. Es una imagen fabricada para acompañar la circulación de una mercancía. Está allí para distinguir una caja de otra, para darle un nombre, un color, una pequeña promesa. Ha nacido dentro de la repetición.

Pero toda contemplación parte de este modo: cuando aquello que teníamos delante deja de pedir algo. 

No es necesario que el objeto sea antiguo, raro o valioso. Basta con que, por alguna circunstancia, deje de ser transparente. Una caja de fósforos puede hacerlo. De pronto advertimos el dibujo que siempre estuvo allí, las letras que nunca habíamos leído, la pequeña abrasión de una esquina, la mancha de aceite. Advertimos incluso que la caja tiene un tamaño preciso, que pesa casi nada y que cabe perfectamente en la palma de la mano.

La contemplación no añade necesariamente algo al objeto. A veces consiste solamente en demorarse ante aquello que ya estaba allí.

Por eso la caja vacía puede resultar más elocuente que la caja llena. La primera todavía exige una decisión: usarla o conservarla. La segunda ya ha atravesado ese momento. Ha perdido su contenido y permanece, como permanecen tantas cosas que nadie se propuso conservar.

Entonces aparece una pregunta pequeña, casi ridícula: ¿por qué no botarla?

Si la botamos, desaparece un objeto que nunca pretendió durar. Si la conservamos, en cambio, comenzamos a pedirle algo que no estaba en su destino. La caja deja de ser solamente un recipiente y empieza a ser testimonio de su propio paso por el mundo. No recupera una autenticidad perdida ni se transforma en una pieza única. Simplemente permanece.

Una caja de fósforos vacía es, así, una cosa que ha sobrevivido a su finalidad y se ha quedado, al menos por un tiempo, un poco más.

Adolfo Tobar R.

(Santiago de Chile, 2002) es, actualmente, auxiliar de aseo.

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