El desafío de las gafas con IA generativa para la renovación del guion del Museo Histórico Nacional
I. 2026 y 2030: Camila visita dos veces el Museo Histórico Nacional
A comienzos de 2026, pocos meses antes de que el Museo Histórico Nacional cerrara sus puertas, una mujer de unos cuarenta años, a quien llamaré Camila, se detuvo ante La Fundación de Santiago, el óleo de Pedro Lira del año 1888 que pertenece al museo desde 1932 (Museo Histórico Nacional). Sacó su teléfono móvil, abrió la aplicación Google Lens y fotografió el cuadro. En segundos, la pantalla le ofreció una respuesta escrita, rápida y contundente: el título, el autor, la fecha. Camila leyó, guardó el teléfono y siguió su recorrido. Ya había resulto si inquietud.
Ahora viajemos al futuro por un instante. Es un sábado de 2030 y el Histórico lleva pocos meses abierto después de la ampliación de su edificio. Camila esperó con ansias este momento para regresar junto con su hija pequeña. Esta vez, además de portar su teléfono móvil Camila utiliza unas gafas, pero no por problemas de visión. Son gafas que incorporan cámara, micro parlantes y un asistente de voz de Inteligencia Artificial (IA) que adquirió en una reconocida cadena de supermercados. La niña se detiene, como se han detenido generaciones de niños, frente a un enorme gran danés de pelaje marrón, tendido en reposo. Su mamá, a diferencia de 2026, ya no saca el teléfono, sino que murmura: «¿Quién era este perro?». Al instante una voz amable le responde al oído que fue Ulk, el perro de Arturo Alessandri Palma durante su segundo gobierno, embalsamado tras su muerte en 1942 y exhibido en el Histórico desde 1984 (Museo Histórico Nacional). Camila sonríe y se lo cuenta a su hija.
En efecto, el 2 de agosto de 2026 el MHN cerró sus puertas a público para ampliarse. Un nuevo edificio de 2.625 metros cuadrados se sumará al antiguo palacio de la Real Audiencia, y la institución, que resguarda más de 685 mil piezas y apenas puede exhibir el uno por ciento, espera reabrir en unos tres años (Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, 2026). Un museo cerrado, sin una exhibición a la cual pueda acceder la ciudadanía, parece detenido, pero su cierre representa también un tiempo dedicado a la transformación de sus propias prácticas. Mientras se levanta el edificio se actualizará el guion curatorial y se definirá el diseño en el cual se dispondrán las colecciones patrimoniales, sin embargo, me atrevo a señalar, todas las proyecciones de contenido que podamos realizar hoy por hoy, el 2030 se verá expuesto al escrutinio de una audiencia que no es posible proyectar en todas sus dimensiones. En tanto consumidores de espacios culturales, si bien pueden ser las mismas personas que recorrían las salas del museo hasta agosto de 2026, el acceso a tecnologías con agentes de IA incorporados, de interacción inmediata, permitirán preguntar qué es aquello con lo que están interactuando. En 2026 la respuesta era un texto que Camila leía en una pantalla, con enlaces que podía seguir o ignorar; en 2030 es una voz que le habla al oído, sin fuentes a la vista, mientras sus ojos siguen puestos en el objeto.
II. Del smartphone a las gafas con asistente IA
Entre todos los dispositivos que se encuentran en desarrollo, quisiera abordar el de las gafas con IA. Hoy resulta posible distinguir tres tecnologías de una de los principales gigantes tecnológicas. La primera es la de las gafas con cámara, audio y un asistente de IA, sin pantalla, como las Ray-Ban Meta. La segunda incorpora una pantalla en el lente, como las Ray-Ban Display presentadas en 2025, y permite leer textos breves sin apartar la vista. La tercera, la realidad aumentada espacial, aspira a superponer objetos tridimensionales sobre el mundo; Meta la ha mostrado con su prototipo Orion. (Héctor, 2024; Próspero, 2025)
Sin embargo, la transformación más profunda probablemente vendrá de la tecnología que se encuentre más cercana al bolsillo de un público masivo, pues ya no son un lujo. En octubre de 2026, el sitio de una cadena de supermercado en Chile ofrece gafas genéricas como el modelo G5, de fabricación china: 45 gramos, cámara de 8 megapíxeles, parlantes en las patillas y un asistente de voz con IA que funciona a través de una aplicación en el teléfono móvil. En el mismo sitio hay otros modelos con funciones de IA desde unos 74 mil pesos. Si bien no se encuentran asociados con un ecosistema de una gran tecnológica, su acceso a una fracción del precio permite elucubrar una rápida adopción.
No obstante, la adopción de los lentes con asistentes de IA no serán una sustitución del teléfono móvil, sino una convivencia de dispositivos con los cuales el museo se verá forzado a interactuar. En cualquier de estos casos, la mediación entre visitante y la exposición no sería proveída por el museo, sino que por empresas cuyos asistentes responden sobre la colección, esto a pesar de que el museo haya preparado algo para estos visitantes, pues no es en la sala física donde se producen las respuestas a las infinitas preguntas de los visitantes.
III. Algunos estudios
Hasta ahora ningún estudio ha observado a una visitante que, con su propio dispositivo, interroga a un asistente general frente a un objeto de historia nacional. La literatura disponible se perfila en dos situaciones que no se corresponden exactamente con lo que retratamos en la primera parte. Un primer grupo de estudios fueron realizados con gafas que no tienen IA generativa incorporada. Un segundo grupo abordaron dispositivos de IA generativa, pero no con gafas propiamente tal. Adicionalmente, en casi todos el dispositivo y su inteligencia eran proveídas o programadas por el museo.
Trichopoulos, Konstantakis y Caridakis (2024) revisaron 37 proyectos con gafas inteligentes en espacios culturales. Los dispositivos estudiados son visores con pantalla como HoloLens, Vuzix Blade o Google Glass, y su inteligencia es sobre todo reconocimiento visual y localización, no diálogo. Los autores coinciden en que estas gafas pueden enriquecer la visita, pero advierten que facilitan captar y compartir fotos de otros usuarios sin su consentimiento (Trichopoulos et al., 2024), dejando el respeto a la privacidad librado al usuario.
Li y colaboradores (2024) estudiaron en el Museo de Liangzhu unas gafas Rokid con pantalla que el museo arrienda y que reconocen la pieza observada para reproducir explicaciones de dos a tres minutos preparadas por la institución. Con 169 cuestionarios y 18 entrevistas, encontraron que el atractivo visual eleva el disfrute y que una parte de los visitantes veía la tecnología como complemento.
Por otro lado, Hao, Xu y Wang (2025) estudiaron The Living Museum, una plataforma web de IA generativa asociada a las colecciones del British Museum, con 726 usuarios chinos. La relevancia semántica y la adaptación al contexto aumentaron el valor percibido, pero la personalización del servicio no tuvo efecto significativo, lo que los autores atribuyen a que, frente al patrimonio, los usuarios valoran más la autoridad del contenido que la libertad de ajustarlo. Advierten, además, que sin supervisión experta la IA generativa «puede comprometer la integridad editorial y la autoridad epistémica de los museos» (Hao et al., 2025, sección «Adaptability of GenAI in museums», traducción propia), y recomiendan bases validadas por el museo y citas de fuente en cada respuesta. Es importante resaltar que el estudio ocurre en una pantalla, no frente a una vitrina.
Maksimova (2025) analizó nueve exposiciones alemanas sobre IA, dos de ellas en museos de historia, y mostró que los curadores, aunque críticos de los mitos sobre la IA, encontraban “difícil o incluso imposible” evitarlos (Maksimova, 2025, p. 3813, traducción propia): en la Haus der Geschichte de Bonn, una figura de tamaño real del Terminator eclipsaba a la modesta aspiradora robótica que mostraba cómo luce la IA cotidiana. Konstantakis e Iakovaki (2026), por su parte, proponen ARIA, una arquitectura que restringe la IA generativa a fuentes aprobadas por los curadores para evitar, entre otros riesgos, “la pérdida de voz institucional” (sección 1, traducción propia). La propuesta es valiosa, pero es todavía un marco conceptual: no está implementada, se validó con cinco expertos y sin público, y supone que el sistema lo administra el propio museo.
IV. ¿Quién interpreta cuando la máquina responde?
El escenario que hasta ahora hemos propuesto, abre una serie de problemáticas para las prácticas museales. El primero es el de la voz. Durante buena parte de su historia, el museo controló la palabra en sus salas. Ni la respuesta de Google frente al cuadro de Pedro Lira ni la voz que habló de Ulk pertenecen al ejercicio curatorial del MHN . No sabemos con qué fuentes fueron producidas ni qué les dijeron a otros visitantes ese mismo día; con unas gafas genéricas, ni siquiera es seguro qué modelo respondió ni a qué servidor viajó la imagen. El problema no es que una IA interprete, sino que dicha interpretación y sus condiciones de producción no sea abierta, conocida y/o cuestionada por el propio museo.
El segundo es la fuente. La ficha de Ulk ( https://www.surdoc.cl/index%2ephp/registro/3-2203 ) existe en el Sistema Unificado de Registro y Documentación de Colecciones (SURDOC); su procedencia y su historial están documentados. Sin embargo, una IA que no consulta esa ficha, o que la mezcla sin jerarquía con otras fuentes de información convierte cualquier anécdota en dato y borra la diferencia que el oficio histórico se esfuerza, para bien o para mal, por sostener.
En esa línea hay un problema más de fondo, que el historiador Pablo Aravena sitúa de manera precisa. Siguiendo la idea de regímenes de historicidad de Hartog, Aravena describe nuestra época como un régimen presentista en el cual el futuro se ha atrofiado y el pasado se vuelve un fragmento disponible, desligado de lo que vendrá (Aravena, 2022) y por lo tanto carente de aquello que la modernidad reconoce como conciencia histórica. La respuesta instantánea de una IA encaja bien en ese régimen. Le entrega a Camila un pasado inmediato y cerrado, que satisface la curiosidad del momento, pero no la invita a preguntar qué une a la representación que Pedro Lira realiza de la Fundación de Santiago en su cuadro o a Ulk con su propio presente; y es que un museo histórico pretende devolverle al pasado su espesor y su vínculo con nuestras expectativas. La historiografía apenas comienza a discutir este cruce con la inmediatez de la IA. Kansteiner (2022) advierte que estos modelos son estructuralmente incapaces de decir la verdad y que escribir historia sigue exigiendo agencia humana. Seawright (2025), también desde Hartog, se pregunta si las máquinas pueden tener historicidad y alerta sobre su tendencia a reproducir miradas eurocéntricas, algo que no es indiferente frente a un cuadro como el de Lira.
El tercer problema, y probablemente el más importante, es el de las preguntas que no se hicieron. El Histórico ha aprendido a formular las preguntas históricas con el espacio: en Ensayo General, el retrato de Colón fue desplazado sobre la puerta de la sala para preguntar cuánto pesa en nuestra historia alguien que nunca supo de la existencia de estas tierras (Sallusti Palma y Parada Bórquez, 2026). En un potencial uso de gafas con IA generativa la disposición de la sala no sería algo primordial de captar: reconocen un objeto y buscan información sobre él en otra parte. Google Lens identificó el cuadro de Lira sin advertir que el cuadro es también un documento de 1888 sobre cómo una élite quiso imaginar y proyectar sus orígenes en una Exposición Universal en París. En esta línea mi inquietud no es tanto la desinformación evidente como la clausura de la controversia misma. De ahí que un primer desafío para el nuevo guion, en esta línea, sea escribir contenidos capaces de sobrevivir a ser resumidos por la IA, que expliciten desacuerdos historiográficos, nombren ausencias y hagan visibles las decisiones curatoriales.
El cuarto problema es la personalización a la que tienden los agentes de IA en relación con el usuario. Quizá el asistente elige una u otra anécdota o pasaje de la historia en relación con el algoritmo “entrenado” con preferencias de consumo exteriores al museo. Un museo nacional ofrece un relato común que puede ser discutido, sin embargo, ese relato se debilita si cada visitante recibe una versión de Ulk ajustada a su perfil. Así, si bien parece razonable personalizar el ritmo, la lengua o la accesibilidad, no lo parece en cuanto a los hechos o los conflictos históricos que se articulan, incluso, desde una posición ética.
Una quinta problemática es aquello que la cámara registra de otras personas sin autorización. Frente a Ulk el asunto parece menor, pero las mismas gafas recorrerán las salas dedicadas a la conquista, a los pueblos originarios o al golpe de Estado de 1973, donde registrarán a otros usuarios que pueden sentirse particularmente afectados por haber vivido ese momento histórico con especial dolor. La ligereza con la cual la IA puede capturar estos pasajes, resultan incompatible con los acuerdos éticos que el museo ha construido con comunidades y familiares.
El sexto problema se torna también en una oportunidad. La ampliación física del museo permitirá exhibir más, pero la mayor parte de la colección seguirá en depósito. Si Camila pudiera preguntar qué más guarda el museo sobre Alessandri o sobre la imagen de la Conquista en el siglo XIX, un asistente bien alimentado podría referenciarla a piezas y documentos que posiblemente nunca estarán en vitrina. Pero eso exige una documentación completa, abierta y legible para los criterios de búsqueda y entrenamiento de los modelos de IA; de lo contrario, los asistentes seguirán alimentándose de fuentes dispersas y el museo habrá renunciado a ser la fuente desde la cual se construyen los relatos sobre su propia colección.
V. Persistir en la pregunta
Volvamos a la visita de Camila. En 2026 leyó una respuesta frente al cuadro de Pedro Lira; en 2030 la escuchó frente a Ulk. Sostener que el museo impida el uso de dispositivos de IA o compitiera con ellas, sería iluso. Pero sí resulta deseable requerir al museo algo que parece sencillo pero guarda una gran complejidad: cuando un visitante realice una pregunta, la respuesta que reciba considere, aunque sea en una frase, la pregunta que el museo quiso activar.
De ahí se desprenden, a mi juicio, tres caminos que deben tenerse en consideración para el nuevo guion. El primero es una sala capaz de funcionar plenamente sin la necesidad de desplegar dispositivos: objeto, espacio, cédula y mediación humana deben bastar para comprender el relato. Esto implica entrar en la discusión, de larga data, sobre los niveles de “explicación” al interior de los museos, de tal manera de introducir un principio de equidad que limiten las exclusiones que pueden producir las interpretaciones elaboradas por sistemas que nadie puede identificar del todo. El segundo es que el museo asuma su papel de “fuente”: un corpus curado, abierto y legible por agentes de IA, que distinga registro de leyenda, para que cuando elaboren respuestas a una infinidad de preguntas sobre la colección lo hagan desde la voz de la institución. El tercero es hacer de la tecnología un tema preponderante y transversal y no solo una herramienta, para lo cual un museo histórico está bien posicionado para mostrar los desarrollos tecnológicos y sus implicancias sociales, como el salto de la pintura a la fotografía, o de la radio al televisor y, con ello, valorar las convivencias tecnológicas.
Quedan, sin embargo, un sin fin de inquietudes, que, en el contexto de cierre y ampliación, el MHN debe empezar a investigar. ¿Qué hacen realmente los visitantes cuando le preguntan a sus agentes de IA generativa por el pasado? ¿Puede un museo exigir que las respuestas generadas muestren los desacuerdos en lugar de pasarlos por alto? ¿Quién decide cómo un sistema ajeno nombra un objeto ceremonial o una memoria de violencia? ¿Cómo devolverle espesor temporal a un pasado que la máquina entrega como inmediato y cerrado? Las exhibiciones itinerantes en el lapso de cierre del museo podrían servir como laboratorio para observar este fenómeno antes de la reapertura, permitiendo probar estas tensiones e iterar los recursos necesarios con antelación, en lugar de inaugurar una museografía pensada para la disposición de quien nos visitó en 2026.
Con todo, la principal pregunta que nos afecta en este contexto no es si las futuras salas del museo se verán afectadas por la inteligencia artificial. Ya se introdujo, en los smartphones que los usuarios portaban en sus bolsillos, por de pronto. La pregunta es si el museo será una de las fuentes desde las cuales los algoritmos elaborarán sus respuestas sobre el pasado. La interpretación patrimonial no debería quedar subordinada a la capacidad técnica de una IA para generar respuestas, sino a la responsabilidad institucional de construir relatos históricamente fundamentados, plurales y discutibles. En esa responsabilidad, y no en el dispositivo, se juega el museo que vendrá.
Bibliografía
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