El derecho a ejercer la violencia. Un mar en la tumba de Jaime Guzmán – Carcaj.cl
El derecho a ejercer la violencia. Un mar en la tumba de Jaime Guzmán
18 de octubre 2026

El derecho a ejercer la violencia. Un mar en la tumba de Jaime Guzmán

por Etelvina

El caminante sobre el mar de nubes (1818), de Caspar David Friedrich, es uno de los grandes íconos del Romanticismo. Frente a una naturaleza vasta e inconmensurable, un hombre contempla un paisaje que lo excede. La naturaleza aparece como aquello que fascina y amenaza al ser humano: un misterio que se intenta conocer, recorrer y, finalmente, controlar.

Una imagen semejante fue situada, un día antes del 11 de septiembre de 2026, en la tumba de Jaime Guzmán. En la intervención realizada por Francisco Tapia Salinas, un mar intenso sostiene la silueta de un hombre sentado al borde de un precipicio, mirando hacia un horizonte que parece no terminar. Esta fotografía, A lo lejos más lejos (2018), fue realizada dos siglos después de la pintura de Friedrich por Ricardo Palma Salamanca, exintegrante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), condenado como autor material del asesinato de Jaime Guzmán, actualmente radicado en Francia con asilo político.

¿Por qué podría ser relevante esta obra, más allá de la irreverencia evidente de situarla precisamente allí? ¿Qué hace que una acción de esta naturaleza pueda ser leída como una operación artística y política, y no simplemente como una imagen “panfletaria”?

Francisco Tapia señala: “La fotografía en el muro fue tomada por alguien que participó en el ajusticiamiento de Jaime Guzmán, fue un acto colectivo, no individual y esto rompe con la idea de que los ‘vencedores’ nunca pagan por lo que hicieron”. La frase es fuerte, directa y no deja dudas sobre el contenido ético que se atribuye a la acción del FPMR. Entonces, a qué violencia se refiere y, sobre todo, desde dónde se construye aquello que una sociedad reconoce como violencia legítima o ilegítima.

Volvamos por un momento a la dictadura. Personas fueron perseguidas y detenidas por sus ideas y militancias; miles fueron torturadas, ejecutadas y hechas desaparecer. Padres, madres, hermanos, hermanas, hijos, hijas e infancias fueron atravesados por una violencia ejercida desde el aparato estatal. La dictadura, evidentemente, se instauró mediante la fuerza.

Aquí aparece una exquisita pregunta de teoría política: ¿qué ocurre con el pacto social cuando el Estado vulnera los derechos que debía garantizar? En la tradición contractualista, particularmente en John Locke, el poder político obtiene su legitimidad del consentimiento de los gobernados y de la protección de derechos fundamentales, entre ellos: la vida, la libertad y la propiedad. Cuando el gobierno se transforma en un poder arbitrario que vulnera esos derechos, aparece el derecho a la resistencia.

Locke, generó parte de las matrices fundamentales del liberalismo moderno y su defensa de la propiedad privada, del individuo propietario y de la apropiación mediante el trabajo tuvo una influencia decisiva en el orden político y económico dentro del cual se desarrolla el capitalismo. Sin embargo, el mismo pensamiento que permite fundamentar filosóficamente la propiedad y la acumulación contiene un límite al poder que las garantiza: cuando el gobierno rompe el pacto que legitima su autoridad, los gobernados pueden resistirlo.

Esta idea atraviesa también la tradición política estadounidense. La Declaración de Independencia de 1776 sostiene que cuando un gobierno se vuelve destructivo de los derechos que justifican su existencia, el pueblo tiene derecho a alterarlo o abolirlo. La Segunda Enmienda, ratificada en 1791, protege expresamente el derecho del pueblo a poseer y portar armas y es por esta razón que los estadounidenses las tienen en su hogar, para la defensa personal.

Entonces, ¿qué sucede cuando es el propio Estado el que ejerce sistemáticamente la violencia contra una parte de su población? ¿Qué ocurre cuando la institucionalidad posterior tampoco consigue responder plenamente ante los crímenes perpetrados?

Es desde esa tensión —y no desde una justificación simple de asesinato— que resulta posible interrogar el gesto realizado por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez en 1991 contra Jaime Guzmán. La pregunta que instala la obra es más difícil: ¿cómo juzgamos las distintas formas de violencia que atraviesan una sociedad después de una dictadura? ¿Qué símbolos buscan resarcir el dolor colectivo? ¿Por qué algunas formas de violencia quedan incorporadas a las instituciones, a las leyes y al relato histórico, mientras otras son reconocidas inmediatamente como violencia moralmente inaceptable?

La pregunta adquiere todavía mayor complejidad si recordamos que la transición democrática convivió con importantes continuidades institucionales de la dictadura. Augusto Pinochet permaneció como comandante en jefe del Ejército hasta 1998 y posteriormente asumió como senador vitalicio. La Constitución de 1980 continuó vigente —aunque profundamente reformada— y parte importante de la estructura económica neoliberal desarrollada durante la dictadura sobrevivió al retorno de la democracia. Jaime Guzmán, fue uno de los principales ideólogos civiles del orden institucional construido en dictadura.

Dentro de este relato, A lo lejos más lejos, adquiere otra dimensión. Ya no es la naturaleza la que sofoca al ser humano, como podía hacerlo aquel paisaje sublime en la obra de Friedrich, sino el condicionamiento político de los consensos que han determinado qué podemos discutir y desde dónde podemos hacerlo.

Probablemente tampoco sea la naturaleza la que nos agobia. Han pasado más de cinco décadas desde 1975, año de la implantación del neoliberalismo en Chile. Hoy pueden ser las deudas, la precariedad económica y la persistencia de las heridas que el retorno a la democracia no ha podido cerrar aquello que configura nuestro horizonte. Y, quizás sean las formas contemporáneas del tecnocapitalismo las que restringen, en la actualidad, nuestra experiencia de libertad; los dispositivos de vigilancia, la biometría y las nuevas tecnologías mediante las cuales los cuerpos vuelven a ser identificados, clasificados y controlados.

Dos siglos después, el hombre vuelve a mirar hacia un horizonte, desde la tumba de lo que para algunos fue un ajusticiamiento y, para otros, un error político porque martiriza a Guzmán, pero ¿cómo construir un futuro si el pasado aún palpita en el presente?

Etelvina

@etelvinaexiste

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