Consciencia del camino: la poesía y el taller como actos de resistencia – Carcaj.cl
Consciencia del camino: la poesía y el taller como actos de resistencia

Ilustración: Sin titulo, Henri Michaux

26 de mayo 2026

Consciencia del camino: la poesía y el taller como actos de resistencia

Comencé a leer cuando dejé de ver
Alejandra del Río[1]

1. El poema, lo que está fuera de lugar

En breve impartiré un nuevo taller de poesía, otro más donde, secretamente, soy el alumno y ellos, mis maestros. Y llegan alegres con sus poemas, y esperan que uno los aplauda; en un dos por tres les bajo el exceso de autoestima y les explico, sin saña pero con seguridad: aquí se viene a trabajar, somos obreros con una casa que edificar, tenemos que limpiar el terreno, nivelar, cimentar… celebraremos cuando levantemos los tijerales. La metáfora es simple pero efectiva, útil a un fin y a un contexto. En cualquier caso, ¿quién es esta gente que toma talleres de poesía? ¿Qué tan desocupados, qué tan ociosos deben ser para tomar un taller de poesía o, peor aún, impartirlo? Por supuesto, el taller no es el problema; el problema, como de costumbre, es la poesía, porque no me remito a talleres de costura o de sastrería, de pilates fitness, cocina peruana o administración de finanzas personales que, por cierto, debería tomar con urgencia. Hablo de gente que se desvive por minucias como un verso, una estrofa o un poema.

¿Y qué es un poema? El diccionario de la lengua recoge la locución un poema para referirse a algo «ridículo, excesivo o fuera de lugar», aunque puntualiza que «En algunos lugares de América se usa a veces con valoración positiva». Punto para las Indias. ¿Y la poesía? Cuando preguntan qué es la poesía (ocurre de vez en cuando), y para despistar, respondo con un seco y huraño «ni idea», cosa que siempre suscita un abrir de ojos, y que resulta en una verdad a medias, porque ideas tengo, pero ninguna pretende responder la pregunta en cuestión, más bien acecharla. Como de costumbre, saco a colación mi cita favorita de Borges, que ante la insistencia por una definición última y esclarecedora, y parafraseando a San Agustín (quien en su códice se ocupaba del tiempo, algo que la poesía requiere, como el oxígeno un ser vivo), responde: «Si no me preguntan qué es, lo sé. Si me preguntan qué es, no lo sé». Magno pillo este Georgie Boy.

Por supuesto, es lícito preguntarse qué es la poesía, y si usted se está cultivando en el arte y oficio de la escritura, le recomiendo con vigor hacer la pregunta, y hacer la pregunta con vigor, pues intentar responder esta cuestión es un ejercicio que entrega mucho, aunque no enseñe nada sobre poesía y, en cambio, nos ilumine sobre quiénes somos en cuanto lectores y escritores. Y es que la poesía pertenece a ese grupo de entelequias que, por buscarles una explicación pierden su significado, como si de partículas cuánticas se tratara, que por el acto de medirlas alteramos sus estados, arrojando nuestras premisas por el retrete. Hablo de un club selecto, very important people, en apariencia contraintuitivo y frecuentado por figuras ilustres como el arte, el amor, la mente y, por supuesto, la vida misma, la existencia, etc.

2. El nido del hornero

Teniendo esto en cuenta, la pregunta que cae de cajón es: si no sabemos qué diantres es la poesía, ¿cómo se puede, siquiera, impartir un taller sobre dicha materia? Esta es la parte contraintuitiva del asunto. Una de mis aficiones favoritas es el humor, que a diferencia de la opinión pública, y continuando con los conceptos contraintuitivos, considero algo muy serio. El montevideano Leo Maslíah, quien en su autorreportaje[2] de 2001 en donde, vestido de negro con fondo blanco y mirando a la izquierda, se entrevista a sí mismo de blanco con fondo negro y mirando a la derecha, y buscando dar respuestas elaboradas a preguntas que, a través de su vida profesional el gremio del periodismo le ha solicitado, se refiere a la cuestión de las categorías, etiquetas y definiciones, hasta que en un punto remata con lo que hoy podríamos llamar un facto:

«Si vos sos hornero no necesitás ir a la Facultad de Arquitectura»

El hornero es un ave nativa de Sudamérica, aunque no de Chile, que construye su nido a punta de barro y de paja, una pequeña casita de adobe con forma similar a la de un horno de barro, de ahí su nombre común. El hornero construye estos bellos nidos sin tomar clases sobre construcción de bellos nidos de barro y de paja; simplemente lo hace, este conocimiento lo lleva incorporado en sus ácidos nucleicos y forma parte de su horneridad, así como la necesidad de un lenguaje, ya no solamente oral sino escrito, forma hoy parte de nuestra humanidad.

¿Y qué tiene que ver esto con la poesía? Bueno, en una palabra: todo.

3. L’acte de résistance

Desde nuestros primeros meses de vida y durante toda nuestra infancia, período sensible para todo ser vivo, se nos enseña a utilizar el lenguaje, cuando en lo concreto deberíamos decir que se nos restringe el uso del lenguaje. Ya desde la casa y luego en la escuela se nos enseña a comunicarnos, y para cuando hemos aprendido a hablar somos presas y víctimas de la comunicación. Esto tiene una razón de ser: la comunicación tiene una función social de suma utilidad para hacer una vida sana en comunidad. Sin embargo y para el artista, ajustar sus inquietudes y necesidades a códigos y canales comunes, con el propósito de transmitir información, supone un problema de perspectiva que va en desmedro de la construcción y de los procesos inherentes a la obra, sea esta un largometraje de tres horas o un haikú de tres versos, impactando negativamente en su lectura. Sobre esto, en su célebre conferencia ¿Qué es el acto de creación?[3] dada ante alumnos de una escuela de cine en París, Gilles Deleuze se pregunta sobre la comunicación en el arte, y afirma contundente:

«¿Qué relación tiene la obra de arte con la comunicación? Ninguna. La obra de arte no es un instrumento de comunicación. La obra de arte no tiene nada que ver con la comunicación. La obra de arte no contiene, se mire por donde se mire, la menor información. En cambio, existe una afinidad fundamental entre la obra de arte y el acto de resistencia»

En esta conferencia, Deleuze cita a André Malraux para regalarnos un rodeo filosófico sobre el arte: «es lo único que resiste a la muerte» dice el pensador. Me gusta pensar la poesía como acto de resistencia, pero me gusta más pensar el taller como acto de resistencia porque, para un escritor, la resistencia es la del individuo, es resistir uno el peso de la vida, sus adversidades; en el taller, en cambio, el acto de resistencia es esencialmente comunitario y social, en el taller no se resiste, resistimos. Producto de ser un espacio fundamentalmente colectivo, el taller es una vía para el bienestar social y el bien común. Localizado, sí, pero con impacto real.

Retomando, ¿cómo se puede impartir un taller de poesía sin saber lo que esta es? Bueno, pues porque forma parte de nuestra naturaleza: no se nos enseña poesía de la misma forma en que no se nos enseña a respirar, lo hacemos desde bebés, apenas dejamos el útero. Pero si queremos resoplar estos aires nutricios precisamos ejercitar la expresión en libertad, y apartar de nuestra escritura esas ansias feroces de comunicar lo que sentimos, lo que pensamos, lo que nos pasa y no nos pasa. Entonces, más que enseñar poesía, el taller enseña a desaprender a comunicarnos, dando libre paso a la expresión. Logrando este objetivo, la poesía emerge con dilección, de forma natural, rebelada de sus ataduras como la imagen latente en la película fotográfica al ser revelada. En este acto hay algo que se quiebra, una grieta que se abre y no se vuelve a cerrar nunca más. «Hay una grieta, una grieta en todo, / así es como entra la luz» canta Leonard Cohen en Anthem[4]. Los poemas son hazañas cotidianas[5], diría mi querido Osvaldo Godoi, que para un poeta supone un despertar similar al del señor Anderson en su cápsula acuosa fuera de la Matrix, o una braveza de Truman Burbank para tomar un barco, escapar hacia aguas desconocidas, hacer frente a la tormenta y abandonar el domo de su propio show de telerrealidad, y no exagero.

El hornero no tiene este problema, él vive su poesía día a día, porque al nacer nadie coarta su lenguaje, nadie le enseña lo que ya sabe; pero a nosotros se nos enseña a comunicarnos, y en la medida en que los sistemas de comunicación se complican, la expresión se ve debilitada. Para el hornero, el acto de resistencia forma parte de su naturaleza, el propio nido es, simbólica y a la vez realmente, un acto de resistencia: mediante la nidificación, el apareamiento y la puesta de huevos, la especie toda resiste, persiste en su existencia. En este sentido, el acto de resistencia no es más que otra forma para referirnos a lo que llamamos, simple y llanamente, naturaleza, y el ser humano forma parte de esta naturaleza, aunque a veces olvidemos nuestra condición, al punto de inventarnos esta categoría extrañísima llamada artificial, para referirnos a nuestros quehaceres, como si hacer un nido fuera, para un hornero, algo no natural.

No sin razón, Juan Luis Martínez nos enfrenta a esta verdad en un poema de La nueva novela[6], más popular por su nota al pie (que sigue siendo poema), a raíz de su inclusión en un disco de Mauricio Redolés, que por sus estrofas: «A través de su canto los pájaros / comunican una comunicación / en la que dicen que no dicen nada» y continua «Los pájaros encierran el significado de su propio canto / en la malla de un lenguaje vacío; malla que es a un tiempo transparente e irrompible». Algo similar ocurre con el mapuzungún, lengua mapuche cuyo nombre significa «habla de la tierra» y que durante siglos careció de un alfabeto, con la oralidad como único medio de propagación. Imagino que todas las lenguas fueron, en un comienzo, lenguas de la tierra y, por tanto, lenguas poéticas. Pero con el tiempo se complicaron, nuestra historia (la singular) hizo lo suyo, y hoy redacto este ensayo en un idioma amalgamado, colmado de verbos irregulares, homófonos y florituras, como ya lo señalaba Bolaño en su recordada entrevista con Warnken.

Mi querida Nancy Gewölb, artista docente en la Universidad de Playa Ancha (UPLA), sintetiza esta idea en unos versos de Antepoemas Las Muchachas de Biarritz (edicionesnimia, 2007), donde la visualidad de la página afecta la lectura del texto, como si se nos entregara un borrador que la autora corrige durante la lectura, nuestra lectura, sumando timbres y, con letra manuscrita, notas, pensamientos, tachaduras, proposiciones de cambios, movimientos de versos y estrofas. Para este ensayo, me limito a transcribir el texto impreso. El poema se titula la aceptación conlleva ruptura:

«ESO ES TODO

uno se despierta
y ahí está
escrito

siempre
romper
las vasijas

para
poder
¡POR FIN!

hablar
conmigo
y
no
de mí»

En resumidas cuentas, escribimos literatura para hablar con nosotros, y no sobre nosotros (en este sentido, Maslíah se nos adelantó). Es crucial distinguir los alcances de esta sentencia: hablar sobre algo forma parte de los procesos comunicativos, y la poesía es otra cosa. La estrofa «siempre / romper / las vasijas» no pretende contarme que hay vasijas que se rompen o que la autora rompe o que alguien rompe, y que esto ocurre todo el tiempo. La lectura superficial de un poema es un fracaso anunciado. ¿Qué son estas vasijas?, ¿de qué están hechas?, ¿qué es eso que contienen y que, al romperlas, se desparrama y posibilita el diálogo interno? De esta lectura pueden surgir muchas interrogantes, y es que analizar un poema deviene en semiótica, más específicamente y en palabras de José Domínguez Caparrós, en la semiótica de la poesía, es decir, en la poética[7]. La lectura poética de un texto es diferente a la lectura del manual de una lavadora, y no es que el poema tenga que ser complicado, de hecho, la poesía más luminosa es simple, pero lograr esa simpleza y con este lenguaje del cual disponemos, es lo verdaderamente complicado. Los versos exigen tocar las palabras con las yemas de los dedos, como si fueran figuritas de greda que uno debe levantar y llevar a la boca y masticar y tragar y digerir. Y si es poesía, se quedarán allí con nosotros, a vivir y a fertilizar nuestra lengua. Me voy por las ramas, lo sé, es lo que tiene pensar en las cosas.

4. Mangos de hacha

Por supuesto, escribir es un trabajo constante, nadie se forma como escritor de la noche a la mañana, ni por asistir a un taller o a dos. Natura non facit saltus (la naturaleza no procede por saltos). Y están los bichos raros, sí, como Rimbaud, Lautréamont o Pezoa Véliz, estos dos últimos quizás porque jugaron a contrarreloj, pero no se engañen, no es la norma. La labor es ardua, mezcla quimérica entre maldición y bendición, y que trae consecuencias reales para quienes la practican, llegando a ser, para algunos, imprescindible e imponderable, como el aire mismo, tan así que, a ratos, no se siente como un trabajo, y cuando lo es, sepan desde ya que la paga es pésima.

Pero hablemos de las lecturas, conditio sine qua non para todo escritor que se aprecie como tal. «No se escribe sin leer», fue una de las primeras máximas que escuché en mi andadura por talleres literarios. El sablazo me lo dio Paula Ilabaca, y aunque me tuve que retirar anticipadamente (males del provinciano), hice caso y me fui a leer. A ella le siguió Osvaldo Godoi, tocopillano avecindado en La Calera, poeta, novelista, ensayista, editor… bestia sui generis, y fue allí, en su taller de poesía emplazado en El Vagón, en la ex Estación de Trenes, que aprendí el oficio de la corrección. Con el tiempo me sumé como corrector de textos a GS Libros, editorial que levantaron junto a Catalina Zamora Labarca, donde hice mi práctica. La generosidad sin límites de ambos me permitió soltar la mano, dejar atrás ciertos vicios del lenguaje, conocer autores necesarios como las vitaminas y, especialmente, me alentaron a no desistir. Qué importante es recibir apoyo cuando uno está gateando todavía, entre páginas blancas y amarillas.

Mención aparte merecen los talleres abiertos de La Sebastiana, y las clínicas de poesía del Festival a Cielo Abierto. En esas frescas tardes porteñas pude compartir mis poemitas ante monstruos de la talla de Elvira Hernández, Rosabetty Muñoz, Carmen Berenguer, Pepe Cuevas, Carlos Cociña, mi querido Erick Pohlhappy, Mauricio Redolés y, por supuesto, a Sergio Muñoz Arriagada (con más corazón que pecho), Jaime Pinos, Andrés Urzúa de la Sotta, ¡Felicia Rivera! y un largo etc. Sus libros y comentarios afectaron mi escritura, son mis mangos de hacha[8]: «forma, modelo / y útil, pieza de cultura, / y así seguimos». Soy consciente de que este párrafo se va a prestar para dobles lecturas, pero debo ser honesto: la literatura ha sido, para mí, un camino largo y agreste, pero también generoso y fructífero, y quiero reconocer eso en estas líneas. Reconocernos en nuestras lecturas es tener consciencia del camino.

Sobre esto, semanas atrás, me animé a escribir una décima espinela, sin ser yo un experto ni mucho menos, aunque en mi sangre corren las letras de mi abuelo y tíos abuelos, poetas populares. Conociendo el tejemaneje de las métricas, octosílabos, sinalefas, hiatos, rimas consonantes, etc., etc., etc., y buscando opiniones, le envié mi proyecto a mi amiga Andrea Godoy, cantora popular, escritora y perita en payas, décimas, cuecas y canto a lo humano y lo divino. Me hace notar de inmediato unas aliteraciones, aunque dice que le gustan, y que después de la primera cuarteta la cosa se desdibuja un poco. Mientras tomo nota recibo un mensaje inesperado: agradece la confianza depositada para permitirle analizar y sugerir cambios porque, en sus palabras, en su círculo estas cosas no se conversan. Esto que parece una anécdota es, en realidad, uno de los motivos por los que sigo insistiendo con los talleres: poner el texto sobre la mesa, con copias para todos, permitir que se contamine de una ronda colectiva de lecturas (el poema no es una guagua, no hay que protegerlo) para que, finalmente, el autor determine el curso a seguir, pero ahora con el valor que da conocer esta multiplicidad de lecturas y perspectivas. Esa es, a mí juicio, una jornada provechosa de taller literario.

Aprender a desaprender, esa es la consigna. Tal vez todo este sermón se pudo resumir en unos pocos versos, como lo hace lúcidamente Jaime Pinos con una estrofa de Vivir en este país, de Documental (Alquimia, 2018):

«Las palabras son lo más vivo que hay en nosotros
pero hemos tenido que aprender una lengua muerta
Aprender a usar las palabras para no decir nada
a dejar que el vacío hable en nosotros»

5. Maximum Overdrive[9]

Por supuesto que no todos lo ven así, y es justo. Carlitos Bukowski en ¿Así que quieres ser escritor?[10], del libro póstumo Escrutaba la locura en busca de la palabra, el verso, la ruta: nuevos poemas (Visor, 2016), defiende que el poema debe llegar a la mano hecho y print ready. No puedo adherir a su postura, yo persigo la consigna, a estas alturas convertida en mantra, de escribir es reescribir, conozco los dones de la reescritura, que comprendo como un diálogo interno que sostenemos con nosotros mismos, como si quedáramos, yo y mi hablante lírico (sepan disculparme por sacar trapos viejos del armario), para tomarnos unas cervezas y conversar sobre esto que ocurre y que nos ocurre y que está siempre ocurriéndonos, que es el poema. Tiempo atrás, durante el lanzamiento de una antología de taller que estaba a mi cuidado, el poeta Juan de la Luz, poeta ciego y poeta anciano, a quien respeto pero con quien también me permito diferir en esto y aquello, me advirtió que me cuidara de la corrección, porque las cosas que uno escribe en la mañana no son las que uno escribe en la tarde, y yo no puedo más que pensar que la sentencia, aunque cierta, solo viene a decir que las cosas están vivas, como ese verso en la canción de Fito Páez y el flaco Spinetta, «movimiento, las cosas tienen movimiento»[11]. Ya a principios del XX se zanjó que el tiempo… el tiempo… el tiempo… es relativo al estado de movimiento del observador, y quizás, tal vez, sea todo pura ilusión, una cortina de humo cósmica, o política, para ordenar nuestras agendas en horas laborales, horas extras y horas libres, y entonces llevo semanas corrigiendo un poema que aún no comienzo a escribir. Vaya uno a saber.

La velocidad no me interesa, me gusta que el paso del tiempo afecte las cosas, verlo manifestado en los estratos geológicos, o los anillos en los troncos de los árboles. «Esas motos que van a mil solo el viento te harán sentir» cantaba y canta todavía el Ruso Lebón en Seminare (que me perdonen los centennials si se me trasluce el cohorte). Dejar que el tiempo arrase el texto es un acto de amor del tamaño de un buque, es detenerse a leer como lo harán los lectores, porque luego todo esto será para ellos. No se trata de escribir para el otro, se escribe siempre para uno, pero se publica para otros. La escritura es, principalmente, un acto privado y solitario; la publicación no. Apreciar el paso del tiempo es también una forma de resistir, es soportar la violencia veloz del neoliberalismo yanqui y el criollo, su hijo pródigo. Detenerse, volver atrás, repasar, releer, reescribir, rememorar, repensar, reutilizar, reciclar… resistir. Son formas de sobrellevar esta resaca de posmodernidad en la que chapoteamos como carpas hacinadas en un charco tibio con más barro que agua, y por donde antaño corría un estero caudaloso. Para la velocidad están las cadenas de fast food, como el disruptivo McDonald’s de Quillota, emplazado donde antes se hallaba un potrero.

6. La fábrica y el taller

El taller es una forma de comunión, se debe escuchar, ser comprensivo y abrir espacios para propiciar la experimentación. En el taller los errores son gajes del oficio que se sopesan con educación, estudio y observación. ¿Hay errores en la poesía? No, básicamente porque, si es poesía, difícilmente se podrá abarcar en esos términos; pero en el poema, que no es lo mismo, sí que los hay, en el texto sí que los hay, todo ser vivo es una sarta de ensayos y errores, sinónimos para hablar, nuevamente, de naturaleza. Errar es humano, pero reconocer nuestros errores y aprender de ellos es algo un poco más elevado. Solo un poco, pero apreciemos la elevación, como nos enseña Elvira Hernández en No todo lo que vuela[12]:

«No todo lo que vuela
es pájaro.
A veces lo que piensas
alcanza una pequeña altura»

Junto con la omnipresencia de las redes sociales, se establecieron y posicionaron estos influencers literarios que prometen enseñar a escribir una novela, un cuento o un poema, a punta de plantillas, trending topics y prompts de IA para retirar en cuotas de dos mil palabras ese billete dorado que les abrirá las puertas de Penguin Random o Anagrama. Tanto quienes dan como quienes toman estos sucedáneos de talleres son víctimas tácitas de la velocidad y la vanidad, donde la necesidad de ascender en la escena literaria del nicho de moda tiene más peso que el propio texto, donde la importancia de un qué o un cómo son sustituidas por cuánto y cuándo. Observo un símil entre esta asimetría, tan contrastante, y la que expone el mexicano Manuel Gómez Morín en Nobleza de la tipografía (Centro Cultural Manuel Gómez Morín, 2000), al ponderar las abismales distancias entre el taller y la fábrica:

«En el taller se crea; en la fábrica se produce, se reproduce; en el taller importa sobre todo la cooperación humana, el pensamiento, el amor, el esfuerzo del hombre, en la fábrica, la acumulación de máquinas y el monto del capital fijo invertido. En la fábrica interesa el costo y el motor esencial es la ganancia, en el taller interesan la obra y el limpio cumplimiento del destino»

De esta forma, y a diferencia del taller, donde el tiempo y los procesos son esenciales, en las redes sociales se fabrican y producen rápidamente copias seriadas de textos vacíos de contenido, bajo molduras rígidas y homogéneas, para escritores mediocres e ignorantes del oficio, cuyo aporte a la literatura es anodino porque su interés no está en el arte ni el oficio, sino en el reconocimiento instantáneo, el postureo y el marketing. Aclaro que no estoy despotricando contra el medio, sino contra el fin y el método. Y le aconsejo a usted que no pierda su tiempo persiguiendo a un gato negro en una habitación oscura y en donde el gato no está. Espabile.

7. De vuelta en el camino[13]

Si cada poema es una batalla, la literatura es la última de las guerras, cuyo propósito es pervivir, que más que contraintuitivo es ya contradictorio. Entre las guerras en curso y las guerras pretéritas, y el hambre y la corrupción y la discriminación y suma y sigue, ya no quedan fuerzas para campos de guerra, cuadriláteros, siquiera para levantar el matamoscas. Quizá la palabra sea lucha, menos belicosa, más social, defendible. Pero no. Es una guerra, una guerra contra el sistema político y social que nos tocó; que no contra la vida. Una guerra contra el olvido y la perdición; que no contra la muerte, que es vida en otros términos. Seguimos escribiendo literatura con la misma finalidad por la que conformamos sistemas de escritura, para dejar constancia del mundo, de nuestros mundos y sus vicisitudes, con documentos notariados, archivados e inventariados y que llamamos, y aquí uso el término de la forma más laxa posible, libros. Todo libro, incluso todo manuscrito (o casi todo, digamos), es una crónica y relación copiosa y verdadera, escrita con sangre, sudor y lágrimas, por furiosos pedacitos de vida, como esas moscas que exasperaban al viejo Hank.

Concluyo con un poema de la antología Escribir no es importante: poesía reunida (Caballo Negro, 2020) del cordobés Vicente Luy, quien resistió lo más que pudo, hasta que ya no pudo más, y se volvió palabras. Un pequeño diamante, a modo de reflexión (¿se entiende?):

«Inconscientemente vamos por un camino, y
         conscientemente nos ponemos a buscar otro
         camino, en vez de hacer consciente el camino
         por el que vamos»

Hacer consciente el camino es, sin duda, un buen objetivo para un taller de poesía.

Quillota, 14-17 de abril de 2026


[1]    S/T, en Escrito en braille (Universidad de Valparaíso, 2020), de Alejandra del Río.

[2]    Autorreportaje: Maslíah entrevista a Maslíah, de Leo Maslíah. https://youtu.be/9GBB-1TIer8

[3]    ¿Qué es el acto de creación?, de Gilles Deleuze. https://youtu.be/dXOzcexu7Ks

[4]    Anthem, en The Future (Columbia, 1992) de Leonard Cohen. https://youtu.be/bN7Hn357M6I

[5]    Hazañas cotidianas (GS Libros, 2022) de Osvaldo Godoi.

[6]    OBSERVACIONES RELACIONADAS CON LA EXUBERANTE ACTIVIDAD DE LA «CONFABULACIÓN FONÉTICA» O «LENGUAJE DE LOS PÁJAROS» EN LAS OBRAS DE J.- P. BRISSET, R. ROUSSEL, M. DUCHAMP y OTROS, en La nueva novela (Archivo, 1985) de Juan Luis Martínez.

[7]    Introducción a la semiótica: actas del curso de Introducción a la semiótica (Instituto de Estudios Almerienses, Departamento de Arte y Literatura, 1992), de Alberto Álvarez Sanagustín.

[8]    Mangos de hacha, en Poemas (Antología) (Derivas, 2022) de Gary Snyder.

[9]    Maximum Overdrive (DEG, 1986) de Stephen King.

[10]   so you want to be a writer?, de Charles Bukowski en Poets.org. https://poets.org/poem/so-you-want-be-writer

[11]   Las cosas tienen movimiento, en Mi vida con ellas (Warner Music, 2004) de Fito Páez. https://youtu.be/Su6OSDbVVCQ

[12]   No todo lo que vuela, en Pájaros desde mi ventana (Alquimia, 2019) de Elvira Hernández.

[13]   Back on the Road, en Boogie with Canned Heat (Liberty, 1968) de Canned Heat. https://youtu.be/5A5Xl9hPowA

Filipo Becerra Fuentes

Quillota, 1987. Es escritor, corrector de textos, artista visual y lic. en Arte por la Universidad de Playa Ancha. Ha publicado los poemarios Rocas ígneas (GS Libros, 2018) y Humus (GS Libros, 2021), ha coescrito el fotolibro La Cristalina (Corazón de Hueso, 2023) y ha sido editor de las antologías de varios autores y autoras germinal (2021) y Enjambre (2025). Es redactor y corrector en revista LACAL y dirige el taller de poesía Campo de Tiro.

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