De cimarras y de fútbol
La cimarra más recordada entre nuestros amigos fue el año 62, cuando nos fuimos a media mañana a la cancha de la “Chilena de Tabacos” en el cerro O´Higgins, para ver a la selección de fútbol de Brasil y sus figuras: Pele, Didí, Vavá, Garrincha, Amarildo, que eran nuestros jugadores favoritos.
El mundial de fútbol se vivía de manera especial en Valparaíso. El puerto vivió una revolución deportiva, y todos y todas hablaban de las selecciones y sus posibilidades. En el ambiente se respiraba fútbol. En medio del frío otoñal, los porteños y porteñas se atiborraron en las tiendas donde estaban los primeros televisores y se proyectaron las primeras transmisiones en directo. En las esquinas de Valparaíso, las mujeres hablaban entre cuchicheos de lo guapo de un tal Tito Fuyú. Los hombres discutían en los bares si eran mejores los rusos o los checos. Si la “araña negra” o el “sapo” Livingstone. La selección de Unión Soviética captaba una atención especial. Sobre todo, pensando que podría enfrentar a Chile en alguna fase. El señor que aparecía en la tele relatando los partidos era bien compuestito y con una voz envidiable. Años después le tomé mucho cariño a este señor de las comunicaciones: Patricio Bañados, el único comunicador que se plantó frente a la dictadura y les dijo en su cara que no desinformaría a la gente.
La selección brasileña llevó a cabo sus entrenamientos entre los cerros del puerto, en el césped del barrio O’Higgins, cancha cuidada con celo, y que parecía una mesa de billar. Recuerdo que nos juntamos en el Hospital de la Av. Argentina con los muchachos muy temprano en la mañana, y nuestra primera parada fue la fábrica Hucke en la calle Santa Helena. Allí, por pocas monedas, podíamos conseguir una bolsa grande de galletas molidas. Ya saciada el hambre matinal, nos encaramamos por la puerta trasera de una micro que decía “Av. Washington-San Roque”. La micro iba llena de porteños y porteñas que iban a vivir su parte especial del mundial. Más allá se subieron los cabros del Club San Bernardo, que se fueron en las pisaderas. El bólido de acero subió con marcha lenta y quejumbrosa hacia el cerro, mientras el calor humano hizo que pronto se abrieran ventanas, escotillas y puertas para no morir de calor y de olores extraños. Al llegar al recinto deportivo, bajamos desesperados, con la esperanza intacta de una jornada inolvidable. Pero pronto nos dimos cuenta de que sería difícil entrar a ver a nuestras estrellas. Mucho control, muchos automóviles que no habíamos visto nunca, mucha gente adulta con cara muy seria, muchos fotógrafos con cara de pocos amigos, muchas señoras con canastos de empanadas. Pero como los cerros de Valparaíso están llenos de recovecos, dimos una vuelta larga hacia un bosque que colindaba con el recinto. Allí sólo existía un cerco de zarzamoras. No fue difícil entrar arrastrándonos por el suelo. Cualquier esfuerzo era digno para ver a tan mentados personajes. Cuando íbamos raudamente a los camarines, donde esperábamos saludar a nuestros ídolos, el jardinero del estadio nos pilló. Después de lanzarnos un silbido descomunal, nos gritó:
-¡Pa onde van chiquillos de mierda!
Nosotros con cara de sorprendidos le gritamos de vuelta:
-¡Tío…déjenos ver a los brasileños po!
El jardinero debe haber visto no sé qué caras entre nosotros, porque su semblante cambió y nos dijo que nos ganáramos por un rincón, pero sin molestar. Pero la gracia no nos salió gratis: tuvimos que ayudarle a subir palas, chuzos, rastrillos y mangueras a la plataforma de arrastre de su pequeño tractor. Lo cierto es que entre chiste y conversa con el caballero, nos dejó subirnos a la plataforma, muy cerca de la cancha, desde donde presenciamos uno de los momentos esenciales del fútbol: la acción tras bambalinas, el entrenamiento. Demás está decir lo sorprendido que quedamos. Esos atletas de color eran de otro planeta. Su forma de relacionarse con el balón era irreal. Parecía que hubieran nacido con la redonda y la trajeran desde el útero debajo del brazo. Pero no sólo nos sorprendió ver a los jugadores brasileños. El partido de entrenamiento traía una sorpresa: al equipo de Santiago Wanderers, nuestros gladiadores del puerto: Raul Sánchez, Armando Tobar y el “tanque” Álvarez lideraban aquel equipo.
Ni siquiera hoy logro dimensionar lo que aquella vez vimos en vivo y en directo. Ese día sabíamos que íbamos a ver algo grande. Pero nuestros ojos estaban viendo a los mejores jugadores de todos los tiempos. El match de entrenamiento parecía el partido de una final. Los jugadores brasileños estaban algo sorprendidos por las habilidades de los chilenos. Por tanto, se esforzaron al máximo y nos regalaron bellísimos regates y fintas. Los wanderinos no se quedaron atrás, y hacían gala de todo sus talentos -con seguridad los primeros pasos hacia las grandes campañas de los recordados “Panzers”, en los años posteriores-.
Llegamos de vuelta a Placilla, mi pueblito natal cerca de Valparaíso, cuando ya oscurecía, en la última micro rural. Veníamos cansados pero extasiados por la experiencia. Pasamos por fuera del almacén de don Edgardo. Vimos que estaba abriendo una caja extraña con mucho cuidado y nos entró la curiosidad. “El Flaco”, como le decíamos de cariño, fue el único que pudo comprarse un televisor en todo el barrio, y lo estaba instalando en su almacén. “IRT” decía en una esquinita. Todo el pueblo se volcó donde el “Flaco” para ver los partidos del mundial. No era tacaño el Flaco. Todo el mundial se rajó con bebidas pa´ los niños, mientras veían los partidos. Valparaíso fue una fiesta popular del deporte. Y se detuvo el tiempo alrededor del fútbol.