Las varillas del Pedregal
Las barras de acero corrugado o varillas son un material de construcción común. Unidas forman estructuras que dan soporte a toda vivienda, dotando a las vigas de la ductilidad necesaria para resistir las fuerzas de tensión y flexión. Las hay de distintas longitudes y grosores. Los manuales de construcción recomiendan el uso de las de 3/8’’ para castillos, dalas y anillos de contraventeo, de 1/2’’ para columnas, trabes y losas y de 5/8’’ para columnas y trabes de mayor carga. Su rasgo más característico son los surcos que, resaltando en la superficie, aseguran una óptima adherencia entre el concreto y el acero.
El otoño del 2018 me había mudado al Pedregal y desde entonces no dejaba de verlas. Mi casa estaba entre el Eje 10 y la Avenida Escuinapa, en una ubicación privilegiada que me permitía llegar en pocos minutos a la universidad y abastecerme de frutas frescas y todo tipo de alimentos en el tianguis de Cuapinol. Parte del paisaje formado por las tortillerías, salones de belleza, casas de empeño y pequeñas viviendas, las varillas emergían de cada uno de los tejados, apuntando hacia el cielo la promesa de un piso superior. Desafiando la idea de construcción terminada, todas las azoteas compartían la misma corona de varillas corrugadas, un gesto unánime de su estado perpetuamente inconcluso.
Alguna vez Manuel, dueño de la taquería de la esquina con el que solía comer carnitas los domingos, me contó que el Pedregal fue fundado en la década de los 70 por familias que migraron a la Ciudad de México en busca de empleo. Desafiando la roca volcánica que había dejado la erupción del volcán Xitle y los derechos de propiedad, unos cuantos miles de personas decidieron construir ahí sus casas. El Estado llegó más tarde con escuelas y servicios de salud, pero la pavimentación de las calles, la construcción de alcantarillas y del sistema de agua potable fueron hechas con pala y pico por los padres y abuelos de quienes habitan hoy esta colonia.
El origen del Pedregal no era algo menor. Había nacido de la apremiante necesidad y no de una planificación municipal. La misma lógica, tanto de edificación autónoma y progresiva como de desafío a la ley, persistía décadas después. Fue otro vecino, medio ebrio en las carnitas, quien finalmente me reveló el secreto de las varillas: “Es que, si la terminas, güero, vienen los del SEDUVI y te la cobran completa”. No eran un signo de incompletitud forzada, como había juzgado inicialmente, sino uno de astucia colectiva. Las varillas eran aquí más que estructuras de soporte material, una estrategia de subsistencia aprendida tras décadas de negociación informal con el Estado.
Esos fierros que, junto a los cables de electricidad, adornaban el cielo eran una categoría forzada para los inspectores. Pero no eran sólo eso. En su ambigüedad, su materialidad contenía también el afán honesto de un futuro. En su diversidad de dimensiones, las barras de acero corrugado eran la táctica para sobrevivir al presente y, simultáneamente, el anhelo real de un siguiente piso. Esas osamentas de acero que guardaban la posibilidad de evasión de un impuesto contenían también el deseo de estar con más en el Pedregal. Eran, a un tiempo, un engaño legal y la historia misma de la colonia.