El Arte, un nuevo guardián para el museo colonial – Carcaj.cl
El Arte, un nuevo guardián para el museo colonial

Ilustración: Fotografía de la expedición Dakar-Yibuti

26 de septiembre 2026

El Arte, un nuevo guardián para el museo colonial

Reseña a la exposición Hotel del artefacto expoliado de Agnes Essonti Luque.

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Quién, dónde, cuándo, por qué

La primera vez que entré a este museo, en agosto del 2025, llevaba dos semanas en España. Nunca antes había pisado Europa (y resulta que Europa me ha pisado tantas veces). En esa oportunidad entré, sobre todo, como antropóloga. Tenía la ilusión de que en Europa ya se hubiese pensado una forma interesante de construir un edificio para albergar el espíritu crítico de la antropología. Claro, yo pensaba en esa antropología que me había atravesado, que había sido el vehículo para pensar e imaginar tantas cosas. En este museo estaba la antropología, pero en su génesis: esa disciplina científica, blanca, dominadora y colonial. Puede parecer que escribo en tono dramático, pero un edificio de tres plantas dividido en Asia, África y América no me permite escribir de otro modo.

El 2 de marzo de 2026, el Museo Nacional de Antropología (MNA), emplazado en Madrid, España, seguía allí, en el mismo edificio que lo alberga desde 1875. Cabe mencionar que, cuando las colecciones del MNA llegaron a este edificio, la institución se llamaba Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN), y lo que se instaló ahí era su Sección de Antropología, Etnografía y Prehistoria. Es decir, la historia de esta institución se remonta —al menos— a 1752, cuando se funda la Real Casa de la Geografía y Gabinete de Historia Natural, precursora del MNCN, y cuando especies animales no humanas y culturas de territorios colonizados eran tratadas por el mismo organismo institucional.

El año 2026, el MNA celebra sus 150 años. Es significativo que los años se cuenten desde que llegó a este edificio. Esto hace que se pierda de vista la larga historia de los objetos, la institucionalidad y los sistemas de dominación que le dan forma. Esto lo hace un museo “joven”, con menos culpas con las que cargar. Sin embargo, una de las dos exposiciones temporales con las que me encuentro se llama Hotel del artefacto expoliado y busca abordar, justamente, la historia colonial del museo. Se deja ver, entonces, una preocupación por hacer de esos 150 años un transcurso de tiempo que ha llevado al museo a ser un mejor museo o, al menos, a mostrar que hoy habla de lo que se tiene que hablar.

Este texto lo escribo para apuntar algunas reflexiones a propósito de mi segunda visita al museo. En esta oportunidad me enfoqué específicamente en la exposición Hotel del artefacto expoliado, comisariada por Agnes Essonti Luque, e intenté mirar el museo desde preguntas por lo curatorial: ¿Qué es lo que está expuesto? ¿Cómo está expuesto? ¿Por qué está expuesto de ese modo? En principio, estas preguntas se podrían responder a partir del relato curatorial y el catálogo de la exposición, pero me parece importante intentar responderlas ubicando ese relato en el contexto específico en el que se despliega y poniéndolo en diálogo con el aparato museístico del que hace parte. Porque, en realidad, es ahí donde está y donde existe. No está en el aire; no son solo palabras ni disposición de objetos en un espacio neutral.

Hotel del artefacto expoliado

Agnes Essonti Luque (1996) se presenta en su página web como una artista y curadora camerunesa-española. La exposición Hotel del artefacto expoliado se materializa, a través de ella, como una exposición artística que hace uso de objetos de la colección del MNA para interpelar al ejercicio etnográfico del siglo XIX y, según lo declarado, para ensayar un ejercicio que habilite otros futuros y otros “descansos” posibles para esos objetos.

En el texto de Awa Konaté en el catálogo de la exposición, que es el mismo que está en los carteles en sala, la exposición funciona como hotel en tanto “lugar de transitoriedad y posibilidad, un espacio interválico donde los objetos saqueados, procedentes de África Central y Occidental, […] pueden detenerse, descansar, despertar y soñar con futuros diferentes”1. En el mismo texto, Konaté trae a Achille Mbembe para decir que “el museo colonial funciona como una tecnología que inactiva las culturas colonizadas, suspendiéndolas en un espacio entre la visibilidad y la muerte”2.

De inicio a fin, el relato curatorial está repleto de referencias decoloniales, pensadores y pensadoras críticos, reclamos directos y radicales contra el régimen colonial, así como categorías y conceptos de los nuevos materialismos y otras corrientes filosóficas y políticas muy interesantes. La idea de la especulación, el ensamblaje, la agencia de los objetos, la ética relacional, los contra-archivos, el derecho a la opacidad son el esqueleto sobre el que se despliega y enraíza el texto. En mi opinión, lo que está en sala y cómo está en la sala, apenas logra dar con dos cosas y vincularse tímidamente con esta batería epistemológica y conceptual.

Una cosa con la que da, es hacer visible lo extraño que es que objetos tan significativos para otras culturas o, al contrario, tan banales y cotidianos, estén puestos en vitrinas de cristal dentro de un museo. La segunda cosa, es hacer visible la falta de información y, con ello, el necesario ejercicio ficcional que han tenido que desarrollar —durante todos estos años— los museos y los etnógrafos para completar las cartelas explicativas. Creo que la exposición juega y hace visibles estas dos cuestiones, tímidamente. Luego, solo hace que el museo colonial pueda seguir existiendo con la renovada protección del Arte y la curaduría sobreexplicativa.

Matar los conceptos, reavivar el museo

El catálogo de la exposición incluye la idea de que los objetos no serían entidades independientes y preexistentes, sino entidades que emergen a través de relaciones. Una puesta en relación nueva y subversiva no puede declararse en un texto; eso no la hace existir. Al situarlos nuevamente en el museo y dentro de un circuito elitista y exotizante renovado —pues ya no es la Ciencia, sino el Arte—, la red de relación solo cambia algunos de sus componentes, pero se mantiene dentro del mismo sistema. Los objetos ya no se relacionan solo con otros objetos robados, sino también con obras de arte, pero siguen tan lejos del resentimiento y de la rabia; de las nostalgias y las alegrías; de las imaginaciones y los incendios; de la acción, en fin, de las comunidades a las que fueron robados.

No hay “reanimación de los mundos epistémicos” ni “reconstrucción de futuros compartidos” en la acción unidireccional de una artista cuya obra se aloja en el edificio que aún guarda y expone las culturas como quien expone a sus colonias. Los objetos, sus ensamblajes, sus potencias políticas y posibilidades especulativas y restaurativas solo tienen sentido en “relación con” quien deben tener relación. Ese quién no es ni el Museo Nacional de Antropología en Madrid ni los públicos que miran los objetos detrás de un cristal en una sala de exposiciones.

Me parece que, si la exposición fuese solo “Preguntar[se] qué significa habitar España, como negra, como mujer, como africana, como afrodescendiente, dentro de instituciones construidas sobre los despojos del imperio”3, no sé si estaría totalmente lograda, pero tendría menos hilos desde donde ser cuestionada. El principal problema de la exposición es que se planta en el 150 aniversario del Museo Nacional de Antropología y, con eso, es menos la autorreflexión de una artista, que la máscara autorreflexiva de un museo que en sus salas de exposición permanentes sigue siendo lo mismo que hace 274 años.

Si hay una relación que tiene que cambiar, es la que sostiene la posibilidad de que el Museo exista, de que esas piezas sigan ahí guardadas, la relación que sostienen las familias, las empresas y los Estados de los mismos territorios que desde hace 500 años saquean y despojan a otros. Creo que los conceptos mueren cuando no se usan donde corresponde. Porque su sentido radica en ser usados, en dirigirse —en el lugar correcto— hacia aquello que quieren quemar. Sacarlos de su función política los desalma, los deja inertes: pulcros, rimbombantes y completamente inertes.

¿Propuesta de ajuste?

Entonces, ¿Qué hacer con esta exposición? Y si no es exponerlos bajo nuevas formas curatoriales ¿Qué hacer con los objetos que tiene bajo su custodia el MNA? Y si no es reinventar sus formas de exposición y mediación ¿Qué hacer con el Museo Nacional de Antropología?

Con la exposición, quizás reubicarla en una Sala de Artes donde sea mirada como reflexión personal de la artista y donde ya se podrá discutir el cómo y el por qué usa los objetos que usa, y si los textos curatoriales logran amortiguar éticamente ese ejercicio de (re)apropiación. Personalmente, me seguirá pareciendo un uso inadecuado y, como hemos hablado en clases, un gesto de domesticación y gobierno sobre la irreductibilidad de estos objetos y las sociedades que les dieron forma y uso. Con los objetos que robó el MNA, devolverlos; y, si los compró, devolverlos igualmente.

Con el Museo Nacional de Antropología, una vez vacío y antes de que podamos pensar la posibilidad de que el Estado y sus instituciones dejen también de existir, transformarlo en el edificio nacional de la antropología y el pensamiento crítico: un lugar físico donde organizar espacios de encuentro y debate en torno a la sociedad española y sus diversas comunidades, bajo la urgencia política de entender que lo que somos y hacemos puede transformarse y debe transformarse. La antropología me enseñó que casi nada está dado, que nuestra forma de estar y ser en el mundo se ha construido y modificado durante miles de años. Entonces, un espacio donde profundizar, ampliar y difundir esta idea. Pero que una institución bajo la administración del Estado promoviera estas discusiones sería un nuevo oxímoron.

Quizás, lo que nos queda, en realidad, es someter a estas instituciones al desprecio, a la crítica radical, al boicot y al robo.

El robo al Louvre me parece una provocación mucho más profunda que la exposición Hotel del artefacto expoliado, porque incomodó, porque provocó que en clases en la Universidad de Barcelona habláramos de lo importante que era ese museo y sus colecciones, y de lo “terrible que es el mercado ilegal”. Es decir: hizo que el museo y todos los agentes que hoy sostienen el sistema del Arte —profesores, estudiantes, gente de a pie— reafirmaran su compromiso con el museo colonial. Pero, al mismo tiempo, la grieta que se abrió con ese gesto fue fundamental. Habilitó un espacio de posibilidad, una potencia irreductible. Cuando hay que reafirmar el porqué del status quo es porque, aunque sea por un momento, algo lo hizo traslúcido, algo lo hizo mostrar su condición ficticia, su condición histórica. Y detrás de ella no hay una Verdad, sino un campo de posibilidad, un podría ser de otro modo.

Quizás, por ahora, un gesto así en el Museo Nacional de Antropología baste y sea más que el esfuerzo de embellecer lo que ya está hecho de sangre.


Notas

1 Texto del catálogo impreso de la exposición.

2 Ibíd

3 Texto del catálogo impreso de la exposición.

Alconda Opaso González

Colectivo Vitrina Dystopica) Nacida y criada en Chile. Educadora popular formada en la Escuela Pública Comunitaria del Barrio Franklin, realizadora audiovisual, antropóloga y estudiante de un magíster en Historia del Arte.

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