Foto: @pauloslachevsky
El fútbol desde nuestros espacios
En toda investigación o análisis que se hace del fútbol siempre se busca reflejar una realidad de manera sistematizada, la cual responde a una misma lógica en todos los espacios. Lo que tienen en común todos estos trabajos, me incluyo en esto, es que se busca realizar una vista panorámica desde una abstracción o idea de superioridad académica. El problema de este tipo de trabajos es que dejan de lado muchas cosas que son relevantes a la hora de entender-vivir el fútbol. Que es lo cotidiano.
Las personas que se relacionan, de una u otra manera con el fútbol, viven esta vida 24/7. De diferentes maneras, con diferentes pasiones, pero siempre con el fútbol presente en nuestro día a día. Por ejemplo, podemos ver en las calles diversas personas con indumentaria de sus clubes y sin la necesidad de enfrentarse en una discusión o en golpes por la diferencia de colores. Así mismo podemos ver que en las plazas, terrenos pelados o en los recreos de los colegios, diversos grupos se juntan a pelotear con lo que encuentren en su paso para poder pasar el tiempo. Otra forma que hoy en día está cada vez más popular es la gente que dice que no es de ningún club local pero que sigue algún equipo de Argentina o Europa. O que simplemente son fanáticos de Cristiano o Messi, y apoyan al equipo de turno en donde jueguen dichas personas.
Esto es sólo una parte, quizás la más común. Pero también tenemos a esas personas que viven el fútbol desde otra vereda, desde ser familiar de algún jugador, de ser dirigente de un equipo de barrio o de ser trabajadores del fútbol. Todas estas personas se vinculan de una manera muy diferente. Los familiares de las y los futbolistas, ya sea que estén luchando por poder llegar o que ya juegan en algún equipo, manejan una rutina muy distinta al resto de los mortales. No conocen de fines de semanas de descanso, entienden que el sueño y la comida es algo fundamental y, por sobre todo, viven con esa pequeña esperanza de que el sueño se logre. El problema es cuando este sueño se rompe o no alcanza. Y cuando hablo de no alcanzar estoy haciendo referencia a los cientos de jugadores de categorías profesionales o semiprofesionales que deben complementar sus trabajos con otra actividad porque sus sueldos no alcanzan. Para qué hablar de las jugadoras, en donde recién en los últimos años se ha emparejado un poco la cancha, pero que de igual forma deben convivir con esa interrogante de que si quieren o no ser mamás y ver, en el caso de que lo deseen, postergar esta etapa de la vida para no cortar sus carreras deportivas. Y en el caso de quedar embarazadas ver si tienen el soporte familiar necesario para compatibilizar las dos cosas.
Por otra parte, los dirigentes del fútbol amateur viven este deporte desde lo familiar, ya que para ellos el club deportivo es parte fundamental de sus vidas, y así como uno intenta resolver las problemáticas domésticas de la mejor manera, responden por sus clubes. Hoy en día esta cuestión se ha vuelto cada vez más compleja, ya que en muchos espacios los financiamientos ilegales se han tomado muchos clubes de barrio. Y esto puede ser altamente cuestionable, pero nadie se ha preguntado: ¿por qué se llegó a esto? La respuesta puede ser más problemática, incluso, que la pregunta. Vemos, quienes hemos participado en algún club deportivo amateur, cómo la falta de recursos agobia a gran parte de estas instituciones, las cuales deben sobrevivir a rifas y eventos benéficos para poder costear un juego de camisetas nuevas, arreglar la sede, entre otros. Porque la luca o dos lucas de la camiseta no alcanza para mucho. Pero además de esto, muchas veces los financistas son personas que nacieron, crecieron, y participaron en estos mismos clubes. El amor por la institución que los cobijó en muchos momentos, hace que gente involucrada con narcotráfico, robos, entre otros, quieran ayudar a sus espacios; así como les ayudaron a ellos en algún momento. Aquí entramos en una disyuntiva, en donde se cuestiona si podemos realmente negarnos a los recursos independiente de donde vengan. O podemos negarle la posibilidad a alguien de mostrar su agradecimiento con su comunidad y su espacio. Obviamente esto no es la generalidad, pero tampoco podemos establecer que todos los narcos que financian clubes de barrio lo hacen para blanquear su dinero, ya que hay muchos que lo hacen por pasión.
Lo que sí queda claro en este punto, es que para que este tipo de situaciones se eviten es necesario que se generen nuevos espacios en donde se escuchen las voces de los clubes y que el Estado se haga presente.
Esta otra forma de vivir el fútbol ayuda a entender que este deporte es más que 11 jugadores por equipo corriendo detrás de la pelota o más que 90 minutos. Parafraseando a Eduardo Galeano, una persona puede cambiar de todo en la vida menos de club. Esto es muy aplicable para el contexto sudamericano, en donde este deporte se transforma en parte de la identidad. Tatuajes, ropa, mochilas, postes pintados, murallas rayadas y un sinfín de cosas, hacen que muchas personas se sientan más identificadas con sus clubes que con la misma nacionalidad. En esta época de mundial, podemos ver que muchas personas están más preocupadas por el resultado del campeonato nacional, o de cómo le fue a su club en el campeonato de campeones, o si tiene que jugar el fin de semana por su campeonato. Esto tiene que ver mucho con las malas rachas que ha tenido la Selección Chilena últimamente, pero de igual forma es porque estos colores más generales no invaden el corazón de la gente.
Esto es mucho más evidente en los sectores sociales más bajos, quienes son (a modo de generalización) quienes más consumen fútbol en la sociedad. Ya sea por esa necesidad de sentirse parte de algo, o porque el resto de los deportes colectivos se ha ido elitizando con el tiempo, es mucho más fácil reconocer identificación por el fútbol en los sectores donde el Estado no siempre llega. Esto es una contradicción gigantesca, ya que la mercantilización del fútbol ha llevado a que el público objetivo sea uno con mayor acceso a recursos. Entradas caras para ver partidos importantes, camisetas de fútbol cerca de los 80 mil pesos, en promedio, experiencias exclusivas, entre otros; pero lo que pasa en la realidad es que son estas mismas personas, que no se espera que estén, las que más consumen este tipo de productos.
A pesar de que los dueños del fútbol han apuntado a otro tipo de asistentes, vemos que esta insistencia y/o rebeldía que demuestran los sectores populares para seguir estando presente ha significado que la esencia de este deporte siga vigente en nuestra sociedad. Ese espíritu amateur alimenta el cotidiano de la gente, quienes, mediante la nostalgia, la costumbre o el sentido de pertenencia hacen lo necesario para poder estar. Juntar las pocas chauchas para comprar una entrada, hacer las monedas para pagar la camiseta, estar presente cuando el equipo anda mal en la tabla, apoyar con un premio para la rifa del club, destinar los fines de semana para arbitrar o hacer turno, lavar las camisetas del club, cuidar al hijo/hija del otro para que pueda jugar. Todo esto puede tener cabida en un club de fútbol profesional/semiprofesional o en el fútbol amateur.
Es imposible pensar en nuestro fútbol sin entender que, como dijo el gran Marcelo Bielsa, esta actividad física es de propiedad popular. Si estudiamos o escribimos sobre este deporte y dejamos afuera lo popular, estamos completamente equivocados. El corazón de nuestro fútbol es lo popular, por más que muchos lo nieguen. Nuestros ídolos son de origen popular, las masas de personas son (en su generalidad) de origen popular, la pasión se evidencia en lo popular, el fútbol amateur es popular, los financiamientos de dudosa procedencia son en espacios populares. Que compartamos nuestra pasión con otros espacios, es algo completamente diferente.
El fútbol es para la gente, por la gente.