El número veintiséis
No sé cuándo ni cómo comenzó a apoderarse de mí esa sensación de vacío en la guata. Ese que no se llena con un pucho ni con un copete. Es un hoyo que se siente hasta la espalda, como si la luz que nos ilumina algún día comenzara a olvidar nuestras tripas y quedáramos cortados por la mitad, invadidos por una oscuridad que cala los huesos debilitados por la tristeza.
Pero esto no es nuevo. Recuerdo que las vías del tren ya no me causaban emoción, los pájaros eran sombras que se reflejaban en el cemento y los perros no eran más que un ataúd de pulgas al que ya ni pan me animaba a darles.
La música, sin embargo, era una de las pocas cosas que me hacía sentir vivo hasta este tormento. Quizás todo lo que tenía que hacer era llegar a este preciso instante y poder comprender que no se trata de uno mismo, sino de una cólera insaciable de sentimientos que nos piden ser más que un número.
En la Torre de Babel vivían cincuenta cigarros, vivían amontonados, hechos todos de papel.
Así decía la canción de Los Tres que sonaba justo antes de que el ruido ambiente sucumbiera ante el chirrido del radio.
—Piso uno, atento. Piso uno, atento.
La voz repetía una jerga mal actuada, una caricatura de policía profesional.
Hice a un lado el café matutino y giré la silla siguiendo el sonido hasta su origen. Tomé el radio con la mano aún tibia y respondí al llamado.
—Aquí piso uno, atento.
Los guardias corrían cerrando el perímetro, vestidos con sus chaquetas rojas y chalecos anticorte, ropa diseñada para enfrentar mecheros. Ahí no servía para nada. Era un disfraz inútil frente a la evidencia: alguien había decidido acabar con su vida desde lo alto.
Entonces aparecieron las carpas azules, inflándose con el aire reciclado del edificio, estampadas con los logos pulcros de la PDI. El porcelanato blanco, trapeado y encerado en el turno de noche, ya no era un piso: era una bandeja. Un rompecabezas de carne. Lo que quedaba del cuerpo, huesos y fluidos repartidos de forma brutal en un rectángulo de dos por cuatro.
Llevaba toda la mañana preguntándome qué empujó a ese joven —que perfectamente podría ser mi hijo— a convertirse en el número veintiséis. Veintiséis cuerpos cayendo desde el piso sesenta y dos, volando hacia el único destino seguro que tenemos, dejando atrás los sueños que un día los iluminó, yendo al vacío sin más que la ilusión de no despertar jamás.
Necesitaba entender. El reloj marcaba el fin de mi media hora de colación. Debía engullir un plato de fideos con salsa espesa y rojiza que, sin merecerlo, recordaba las cerámicas sosteniendo el cerebro reventado de aquel número veintiséis. Pero había que comer, aunque no hubiera hambre, aunque el ánimo no diera para eso. Es un trabajo y se debe cumplir como es.
De regreso al cubículo no podía detener mi cerebro y evitar pensar en los muchos escenarios que recorren la mente del hombre suicida.
¿Por qué aquí? ¿Cuánto tiempo estuvo parado antes de saltar? ¿Miró a alguien? ¿Vino antes con su familia, a vitrinear? ¿Comió algo? ¿Qué pensó justo antes de soltar las manos?
No tenía respuestas para tantas preguntas. Solo podía afirmar que la torre más alta de Latinoamérica dejaba de ser un símbolo de poder y se convertía en el camino para olvidar el vacío. Una guillotina detonada por el mismo hombre capturado. Un arma letal para las almas dañadas. El camino solitario a la desaparición.
Pero el sistema no se detiene. Tres metros cuadrados se cubren, se sellan, se empuja a los curiosos, se llena un formulario. Las tiendas siguen abiertas. Diciembre no perdona. El capitalismo no se conmueve. La sangre sobre los regalos es solo un detalle, una molestia temporal.
La música de mi teléfono no volvió. El aura gris se apoderó de mi cuerpo, lo opacó y comenzó a pesar como si miles de kilos se sostuvieran sobre mis rodillas ya mayores. Tomé mi teléfono buscando el número de mi único hijo. Comenzó a sonar ese tono inolvidable de recuerdos de su infancia, cuando él era pequeño. Cuando hubo respuesta, solo un breve y simple «te amo, hijo» salió de mi boca y mi dedo raudo presionó el botón para detener la llamada.
Cegado por algo invisible pero aprisionado en mi cuerpo, subí hasta el piso sesenta y dos donde los peritos revisaban las barreras de seguridad como quien realiza un trámite sin sentido. Sabían que no fallaron. Nunca fallan.
Me acerqué al borde, apoyé las manos en el metal frío y miré hacia abajo.
No sentí miedo.
Ahí, en esa caída inmensa y perfecta, estaba la respuesta a muchas preguntas. La única forma de escapar al inmenso vacío que ya me había consumido.