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Errantes en tierra propia
07 de junio 2026

Errantes en tierra propia

A J, por todos los buenos santiamenes.

«Pero hay un momento en que los magos tratan de probarles a los niños que en esta vida no hay nada imposible…»
ALFREDO BRYCE ECHENIQUE
(Un mundo para Julius)

El día se ha roto de un disparo. A la entrada del malecón Checa yace un cuerpo tibio, como si la mañana hubiera decidido parirlo para que combatiera más con la muerte que con la vida. Más allá se avista un arma, casi camuflada en un montoncito de polvo; a unos pasos, unos guantes quirúrgicos calcinados. El que abrió la mañana de un tiro quemó los guantes con gasolina. En este asunto, señores, hay gato encerrado.

Para nada esta mañana había empezado bien. Muy temprano discutí con mi mujer por cuestiones de plata, pues. En Lima no pagan bien a los albañiles; nos ganamos unas monedas a duras penas y, a veces, ni eso. Encima dicen que mi suegra —sí, esa mujer que me hace la vida imposible— está en el hospital desde ayer. Laura, mi mujer, no ha ido a verla; dice que no tiene tiempo, aunque ayer se le fue como agua entre los dedos chismeando con su comadre. El tiempo avanza y no se oye más que vacías carcajadas alentando penas. Laurita, eso sí, tiene la casa muy bien ordenada. El sueldo, por más modesto que sea, lo alarga hasta fin de mes; es una cosa maravillosa. Todas las noches me espera con un buffet deliciosísimo: un lomo saltado que huele a hogar o una sopita caliente que me saca el frío de los huesos. Verla servirme la cena es como si el mundo, por fin, se pusiera en orden después de tanto ruido. ¿No es una maravilla tener una mujer así? Claro que lo es.

No soy un hombre perfecto. Viví toda mi vida en Condeville; mi madre me heredó su casita y el polvo limeño. Ese polvo que se te mete en las uñas y que al final del día te hace sentir que tú también eres parte de la mezcla de la pared. Mi madre fue madre soltera y no pudo educarme «como debe ser» … Yo lustraba botas a los once y a los doce ya aportaba para la casa. Sustentar un hogar es como cargar cemento en la espalda; pobre de aquel que diga que es fácil. En el Perú es difícil, y más siendo albañil. Uno se la busca; el peruano es ingenioso, un cachuelo por acá y otro por allá, pero nada de ir de pericotes. Es mejor vivir con poca libertad afuera que con toda la libertad dentro sin poder moverse. ¿No? Para alguien con escasos ingresos, tener algo en el bolsillo es tener alas. ¡El money te da alas! Se consiguen cosas que nunca imaginamos; mi casa en San Juan, por ejemplo. Lo que sí tenía clarísimo es que me casaría con Laura e irnos de Condeville… Ella vivía en Palao, aunque de vez en cuando se quedaba por el Callao. Hace tiempo que no va, primero por el tráfico, y segundo porque no podemos dejar la casa sola. En Lima hay mucho pericote y ahora las extorsiones, ¡ni se imagina! Tienda que pones, extorsionador que te visita. Al final, nadie sabe para quién trabaja. O, mejor dicho, nosotros sí sabemos: trabajamos para ellos. Lima es un teatrillo absurdo. ¡Qué barbaridad, Lima de mi corazón!

De chibolo pensaba en irme a París. A Laurita la conocí una de esas noches sin luz ni ley, a finales de los ochenta. Había apagones, coches bomba y toques de queda. En una de esas noches furtivas la vi. Un amigo organizó una pollada y ella estaba ahí. La invité a bailar. ¿Se acuerda de esa canción? “Seré tu amante bandido, bandido…”. La bailamos con un radiocasete y, antes de que terminara, se fue la luz. Nadie pudo irse por el toque de queda. Tomamos cerveza a oscuras, alumbrados por candiles de kerosene hasta el primer rayo de sol. Si salías, los militares tenían orden de disparar; eras hombre muerto. Así conocí a mi mujer, en una ciudad en penumbras y quebrada.

¡Pucha, diablos! El tráfico de Lima es trágico; llevo más de veinte minutos en el mismo lugar. En este tráfico uno muere cada día. Hoy me levanté con una lumbalgia, gajes del oficio.  ¡Ah, por cierto! No les había contado. No tengo hijos. Hace mucho tiempo, con Laurita perdimos uno, y unos años después, otro. Entonces decidimos no tener hijos; creo que es una preocupación menos. Pero a ambos, a Laurita y a mí, nos habría gustado tener una mujercita y llamarla “Emma”. Luego, con el tiempo, aceptamos que Diosito no nos había dado esa oportunidad, y como somos bastante religiosos, creemos en la gracia divina. Vivimos tranquilos, felizmente; no nos falta nada. Laurita quiere trabajar. Le digo que no, que se quede en casa, comadreando con la vecina. No hablan mal de la gente, creo, pero los peruanos somos chismosos. Ahora, por ejemplo, adelante un cobrador de una combi grita, un taxista responde. Somos poetas de lo trágico. La gente está aglomerada viendo qué ocurrirá, si terminará en pelea o se arreglarán y harán las paces. ¡Qué gracioso! Eso en Lima es normal. ¿Por qué lo digo? Porque allá, vea usted, en la esquina, hay un policía con anteojos de sol negros que, tranquilamente también disfruta, cual función de teatro, la casi pelea callejera. ¿No es gracioso? Verdad que sí lo es.

Uno vive agobiado por llegar al trabajo temprano todos los días, y no crean que un albañil no tiene horarios; sí los tiene. Por ejemplo, yo trabajo de lunes a domingo, de ocho a seis de la tarde. Si el trabajo no es pesado durante el día, en la noche hago cachuelos por acá, y si el trabajo termina antes de la hora, también hago cachuelos por allá. Vivo de cachuelos y, seguro, muchos peruanos también. Ando de acá para allá. Errantes en tierra propia.

Me bajé del microbús. El tráfico es el sicario de nuestro tiempo. Seis y treinta y dos de la tarde. Tendré que caminar por el óvalo de Zárate. Hay un silencio que le daría miedo hasta al más macho. Qué injusta es la vida, Floriano. La certidumbre de que el trabajo dignifica al hombre nos hace sentir útiles en una sociedad de inútiles… 9 mm. Dos impactos. Siento que atraviesa el pecho sin permiso. Frío. Helado. Dolor que quema.

—Oiga, señor, ¿está bien?

No ven lo que digo. El peruano, de por sí, es chismoso. Ahora una multitud me rodea cual cadáver. No puedo morir hoy, mañana es mi aniversario de Bodas de Coral. Mi mujer se va a molestar, va a pensar que lo olvidé. Pero seguro entenderá… ¿Floriano? Claro que soy yo. El que me ha disparado no ha dado en el blanco, me dio en la costilla; me estoy muriendo un poquito cada minuto. A decir verdad, sentía que me moría desde que me desperté. Quizá habría muerto en mi cama, pero el tráfico no me dejó llegar al trabajo ni volver a mi casa. Tengo cinco minutos para contarles algo de mi vida. He recordado a Laurita, nuestro aniversario y, ¡cómo no!, el tráfico de Lima. Me ha matado un sicario habilidoso. Disparó al silencio. ¿Ustedes escucharon? El cielo de Lima, ese color panza de burro que tanto odio, ahora me parece un techo tranquilo, bien tarrajeado. En esta ciudad uno muere muchas veces. Hoy me tocó una más. Lima da mucho y quita todo. Siempre.

José Maslucán Aguilar

(2006) Estudia Derecho. Ha publicado artículos en el semanario La Prensa Nacional y, posteriormente ha publicado un relato en la Revista Adán. Su primer relato apareció en El Clarín de Chachapoyas, en Perú.

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