Hacia una sociología del malestar: notas para una categoría en construcción – Carcaj.cl
Hacia una sociología del malestar: notas para una categoría en construcción

Foto: @pauloslachevsky

26 de septiembre 2026

Hacia una sociología del malestar: notas para una categoría en construcción

Introducción: cuando estar mal parece un problema individual

Hay palabras que se vuelven tan habituales que dejan de interrogarnos. Malestar es una de ellas. Aparece en conversaciones familiares, consultas médicas, instituciones educativas, lugares de trabajo y discursos políticos. Se habla de malestar social, malestar psicológico, malestar laboral, malestar juvenil o malestar emocional, como si supiéramos de antemano aquello que estamos nombrando. Sin embargo, cuando una palabra comienza a utilizarse para describir experiencias muy diferentes, surge una pregunta sociológica elemental: ¿qué estamos nombrando cuando hablamos de malestar?

La pregunta adquiere importancia porque buena parte de las experiencias asociadas actualmente al malestar son formuladas como problemas individuales. Cansancio, frustración, ansiedad, incertidumbre, desmotivación, sensación de fracaso o dificultad para proyectar el futuro suelen aparecer vinculadas a las características personales de quien las experimenta. Se busca mejorar la organización del tiempo, desarrollar resiliencia, modificar hábitos, gestionar las emociones o aumentar la capacidad de adaptación. La experiencia es individual, pero eso no significa que sus condiciones de producción también lo sean.

Esta tensión constituye el punto de partida de una propuesta: desarrollar una sociología del malestar como perspectiva para estudiar la relación entre condiciones sociales y experiencias subjetivas. No se trata de afirmar que todo sufrimiento tiene un origen social, ni de reemplazar las explicaciones psicológicas o médicas cuando corresponden. Tampoco se trata de convertir el malestar en una categoría capaz de explicar cualquier conflicto. La cuestión es más precisa: estudiar cuándo una experiencia subjetiva adquiere regularidades sociales, cómo se distribuye, qué condiciones la favorecen y de qué manera las instituciones participan posteriormente en su interpretación y administración.

La sociología dispone de una tradición extensa para abordar este problema. Durkheim (1897/2008) mostró, mediante el estudio del suicidio, que incluso una conducta aparentemente individual podía presentar regularidades asociadas a formas de integración y regulación social. Marx (1844/2004) examinó la alienación vinculada con las relaciones de producción. Bourdieu et al. (1999) estudiaron las formas de sufrimiento asociadas a posiciones sociales y transformaciones institucionales. Kleinman et al. (1997) desarrollaron una aproximación al sufrimiento social que permitió observar los efectos humanos de relaciones económicas, políticas e institucionales.

Una sociología del malestar no parte, entonces, de la ausencia de antecedentes. Parte de ellos. Su propuesta consiste en articular una categoría específica para estudiar experiencias de tensión, desgaste, incertidumbre o desajuste en relación con las condiciones sociales que las producen, distribuyen, significan y administran.

1. ¿Qué es el malestar?

Definir el malestar exige establecer primero aquello que no es. Malestar no es sinónimo de enfermedad mental, diagnóstico psiquiátrico, sufrimiento social, pobreza, desigualdad, anomia o alienación. Puede relacionarse con cualquiera de estos fenómenos, pero no puede ser reducido a ellos. Una persona puede experimentar malestar sin presentar una enfermedad, del mismo modo que una condición de desigualdad puede existir sin producir idéntica experiencia subjetiva en todas las personas expuestas a ella.

El malestar puede entenderse, provisionalmente, como una experiencia subjetiva de tensión, incomodidad, desgaste, incertidumbre o desajuste que adquiere relevancia sociológica cuando presenta relaciones observables con condiciones sociales determinadas. Esta definición contiene una dimensión subjetiva, porque el malestar es experimentado por sujetos concretos, y una dimensión social, porque esos sujetos desarrollan sus vidas dentro de instituciones, relaciones, mercados, comunidades, sistemas normativos y estructuras de desigualdad.

La definición también incorpora una dimensión distributiva. El malestar no se experimenta de manera homogénea. Las condiciones materiales, la posición social, el género, la edad, el territorio, el trabajo, las responsabilidades familiares y el acceso a recursos pueden modificar la exposición a determinadas presiones sociales. Una sociología del malestar debe preguntarse, por tanto, no solamente quién está mal, sino quién está expuesto a qué formas de malestar, en qué condiciones y con qué posibilidades de respuesta.

Esta distinción permite conservar una cuestión fundamental: la experiencia individual no desaparece cuando se introduce la sociedad como dimensión explicativa. Al contrario, se vuelve más compleja. La sociología no necesita decirle a una persona que su experiencia «no es realmente suya» porque existen factores estructurales. Necesita estudiar cómo una experiencia personal se relaciona con condiciones que pueden ser compartidas por otras personas y que, bajo determinadas circunstancias, pueden adquirir patrones colectivos.

2. Una genealogía sociológica: anomia, alienación y sufrimiento social

La historia de la sociología contiene varias categorías que permiten aproximarse al problema. Una de ellas es la anomia. En El suicidio, Durkheim (1897/2008) examinó las relaciones entre integración social, regulación y tasas de suicidio, mostrando que determinadas transformaciones en la regulación de los deseos podían tener consecuencias sociales relevantes. La anomia no significa simplemente sentirse mal. Es un concepto específico referido a una relación problemática entre normas sociales, regulación y aspiraciones.

Esta precisión resulta importante. Cuando una categoría se utiliza para describir demasiadas cosas pierde capacidad analítica. La sociología del malestar puede dialogar con la anomia sin convertir ambos conceptos en equivalentes. La pregunta sería qué ocurre con las experiencias subjetivas cuando las expectativas sociales se expanden, las referencias normativas se transforman o las posibilidades reales de alcanzar aquello que socialmente se presenta como deseable resultan desiguales.

La alienación plantea otro problema. En los manuscritos de 1844, Marx (1844/2004) analizó la relación entre trabajo, producción y experiencia humana bajo determinadas condiciones económicas. La alienación permite observar que una actividad que organiza una parte importante de la existencia puede convertirse también en fuente de separación, pérdida de control o extrañamiento.

Bourdieu (1999), por otra parte, mostró distintas formas en que las transformaciones sociales y las posiciones dentro del espacio social pueden producir experiencias de sufrimiento. Su aporte resulta relevante porque desplaza la atención desde una concepción abstracta de la desigualdad hacia las formas concretas en que las estructuras sociales son vividas. La posición social no es únicamente una ubicación estadística; también puede expresarse en expectativas, relaciones, posibilidades y límites.

Kleinman et al. (1997) ampliaron este problema mediante el concepto de sufrimiento social, mostrando cómo determinadas formas de violencia, pobreza, enfermedad y desigualdad política producen consecuencias sobre las personas y sus comunidades. La sociología del malestar encuentra aquí un antecedente fundamental, pero establece una diferencia: el malestar puede abarcar experiencias menos extremas y más ordinarias, aquellas que no necesariamente alcanzan la intensidad del sufrimiento social, pero que expresan tensiones persistentes entre sujetos y condiciones de vida.

3. El malestar no es solamente intensidad

Pensar el malestar como una cuestión de intensidad o mero sentimiento sería insuficiente. No se trata únicamente de distinguir entre estar un poco incómodo y estar profundamente afectado. También importa la relación entre la experiencia y el contexto que le otorga significado.

La incertidumbre, por ejemplo, puede ser una característica habitual de determinadas etapas de la vida, pero adquiere significados diferentes cuando se produce en contextos de estabilidad económica o de precariedad. Del mismo modo, la exigencia puede ser interpretada como oportunidad en determinadas circunstancias y como sobrecarga en otras. La experiencia subjetiva no se encuentra separada de las expectativas sociales mediante las cuales las personas interpretan lo que les sucede.

Eva Illouz (2007) ha mostrado cómo las emociones se encuentran relacionadas con formas históricas de organización económica y cultural. Su sociología de las emociones permite observar que la vida emocional no constituye una esfera completamente independiente de las instituciones y relaciones sociales. Las personas sienten, pero también aprenden lenguajes mediante los cuales interpretan aquello que sienten.

Esto permite formular una pregunta central para una sociología del malestar: ¿cómo aprende una sociedad a nombrar aquello que le ocurre? Las categorías disponibles para describir cansancio, fracaso, ansiedad, soledad, insatisfacción o agotamiento no son neutras. Hacen determinadas experiencias visibles, mientras otras pueden permanecer sin nombre.

La cuestión no consiste en negar la dimensión personal de las emociones. Consiste en observar que incluso aquello que parece más íntimo puede encontrarse organizado por lenguajes, expectativas y relaciones sociales. Una experiencia subjetiva puede ser singular y, al mismo tiempo, estar construida dentro de condiciones históricas compartidas.

4. El tiempo como condición social del malestar

La experiencia contemporánea del tiempo constituye otra dimensión relevante. Hartmut Rosa (2011) ha desarrollado una teoría de la aceleración social que distingue entre aceleración tecnológica, aceleración del cambio social y aceleración del ritmo de vida. El problema no consiste simplemente en que las personas hagan más cosas rápidamente, sino en que diferentes dimensiones de la vida social pueden encontrarse sometidas a transformaciones aceleradas.

El tiempo es una condición social porque no todas las personas disponen de él de la misma manera. Las jornadas laborales, los desplazamientos, las tareas domésticas, el cuidado, la educación, las obligaciones administrativas y la disponibilidad permanente de tecnologías organizan el tiempo cotidiano. La posibilidad de descansar, esperar, conversar o simplemente no producir tampoco se distribuye de manera uniforme.

Desde esta perspectiva, la falta de tiempo puede convertirse en un objeto sociológico. No solamente porque las personas puedan sentirse cansadas, sino porque determinadas formas de organización social pueden producir una experiencia permanente de insuficiencia temporal. Siempre queda algo pendiente, algo que responder, algo que mejorar, algo que aprender o una nueva exigencia a la que adaptarse.

La aceleración tampoco debe convertirse en una explicación universal. No toda rapidez produce malestar, ni toda lentitud genera bienestar. El interés sociológico reside en investigar cómo determinadas formas de organización temporal se relacionan con experiencias concretas, considerando además las diferencias sociales que existen en el acceso al tiempo y en el control sobre su utilización.

5. Cuando la adaptación se convierte en exigencia

Una de las transformaciones relevantes para comprender el malestar contemporáneo se encuentra en la creciente responsabilidad atribuida al individuo respecto de su propia trayectoria. Nikolas Rose (1999) estudió cómo determinados saberes psicológicos participaron en la configuración de formas modernas de subjetividad, particularmente en la manera en que las personas comenzaron a comprenderse a sí mismas como sujetos capaces de administrarse, evaluarse y transformarse.

Esta cuestión puede observarse en distintos lenguajes contemporáneos. Se espera que las personas gestionen adecuadamente su tiempo, regulen sus emociones, desarrollen habilidades, cuiden su salud, mejoren su empleabilidad, construyan vínculos satisfactorios y mantengan una actitud capaz de enfrentar cambios constantes. La capacidad de adaptación puede convertirse así en una exigencia social.

Esto no significa que las prácticas de autocuidado, psicoterapia, organización personal o desarrollo de habilidades sean en sí mismas problemáticas. Su existencia responde también a necesidades concretas. El problema sociológico aparece cuando estas prácticas constituyen prácticamente el único lenguaje disponible para comprender dificultades que también poseen dimensiones institucionales, económicas o políticas.

En ese punto, la responsabilidad puede desplazarse. Una dificultad producida en un entorno laboral puede ser formulada como falta de manejo del estrés. Una incertidumbre producida por condiciones económicas puede interpretarse como falta de planificación. Una sobrecarga asociada a responsabilidades de cuidado puede convertirse en una cuestión de organización personal. La pregunta sociológica consiste en observar ese desplazamiento, no en determinar anticipadamente que toda explicación individual sea falsa.

6. Del malestar a su administración

Las sociedades no solamente producen condiciones de malestar, también desarrollan mecanismos para reconocerlo, clasificarlo y responder ante él. La medicina, la psicología, la educación, el trabajo social, las políticas públicas, las empresas, las familias y los mercados participan de diferentes maneras en este proceso.

Una experiencia puede ser nombrada como cansancio, estrés, fracaso, agotamiento, crisis, problema de conducta o enfermedad. Cada categoría organiza una determinada respuesta. Nombrar no constituye únicamente una descripción, también puede establecer quién debe intervenir, quién posee autoridad para hacerlo y qué tipo de solución se considera pertinente.

Esta dimensión permite hablar de una «administración del malestar». El concepto no supone que exista una institución central que administre todo el malestar social. Se refiere a un conjunto heterogéneo de prácticas mediante las cuales las sociedades identifican problemas, asignan responsabilidades y producen respuestas.

La administración puede ser sanitaria, educativa, laboral, comunitaria o comercial. También puede ser doméstica. Una familia puede reorganizar sus tiempos frente al agotamiento de uno de sus integrantes, una escuela puede implementar protocolos frente a determinadas conductas, una empresa puede desarrollar programas de bienestar laboral y un sistema de salud puede clasificar determinados síntomas.

La sociología del malestar estudia estas respuestas sin asumir previamente que son adecuadas o inadecuadas. Pregunta quién las produce, qué categorías utilizan, qué experiencias quedan incluidas o excluidas y qué concepción de sujeto se encuentra implícita en ellas.

7. La desigual distribución del malestar

No existe un malestar social homogéneo. Existen formas diferenciadas de exposición al riesgo, a la incertidumbre y a la precariedad. Una persona con recursos económicos suficientes puede enfrentar una pérdida laboral de manera distinta a quien carece de ahorros, redes de apoyo o posibilidades de acceso a nuevas oportunidades. La misma experiencia objetiva puede tener consecuencias diferentes según la posición social desde la cual se experimenta.

La desigualdad importa también porque determina las posibilidades de respuesta. No todas las personas pueden comprar tiempo, delegar cuidados, cambiar de trabajo, acceder a determinados tratamientos, trasladarse de territorio o interrumpir temporalmente una actividad. La capacidad de responder al malestar se encuentra, en parte, distribuida de acuerdo con recursos materiales y relacionales.

Aquí la sociología del malestar se distancia de una representación individualizada de la resiliencia. Si la capacidad de afrontar una dificultad depende también de recursos disponibles, entonces la pregunta no puede limitarse a quién posee mejores habilidades personales. Debe incorporar las condiciones que permiten o restringen esas posibilidades.

Esto vuelve necesario investigar el malestar junto con clase social, género, edad, territorio, trabajo, educación, condiciones habitacionales y responsabilidades de cuidado. No para suponer que estas variables determinan mecánicamente una experiencia, sino para identificar patrones y desigualdades que puedan ser contrastados empíricamente.

8. Investigar el malestar

Una categoría sociológica necesita poder convertirse en objeto de investigación. El malestar presenta una dificultad particular porque no constituye una variable observable directamente. Es una experiencia que debe ser estudiada mediante indicadores, relatos, prácticas, comportamientos, discursos y contextos.

Los estudios cuantitativos pueden examinar prevalencias, diferencias entre grupos y asociaciones entre determinadas condiciones sociales e indicadores de malestar. Las investigaciones cualitativas pueden reconstruir trayectorias, significados y experiencias. El análisis institucional puede estudiar las formas en que escuelas, empresas, sistemas de salud u organismos públicos clasifican y responden ante determinadas situaciones.

También resulta necesario incorporar una dimensión histórica. Las palabras utilizadas para nombrar el malestar cambian. Lo que en una época podía describirse como cansancio, debilidad, nervios o falta de carácter puede adquirir posteriormente otras denominaciones. Esto no significa que las experiencias anteriores fueran falsas, sino que las sociedades disponen de distintos repertorios para interpretarlas.

La investigación sociológica debe mantener, además, una precaución fundamental: correlación no significa causalidad. Que una determinada condición social se encuentre asociada estadísticamente con una experiencia de malestar no demuestra por sí misma el mecanismo causal. La construcción de la categoría exige diseños que permitan distinguir asociaciones, mediaciones, mecanismos y contextos.

9. Hacia una sociología del malestar

A partir de estas consideraciones puede formularse una propuesta inicial. La sociología del malestar estudiaría las relaciones entre condiciones sociales, experiencias subjetivas y mecanismos de respuesta, considerando cuatro dimensiones principales: producción, distribución, significación y administración del malestar.

La producción refiere a las condiciones sociales que favorecen determinadas experiencias. La distribución pregunta quiénes están más expuestos a ellas y cómo se relacionan con posiciones sociales diferenciadas. La significación estudia los lenguajes mediante los cuales las personas interpretan aquello que experimentan. La administración observa las respuestas institucionales, profesionales, familiares, comunitarias y comerciales que se construyen posteriormente.

Estas dimensiones no constituyen una secuencia rígida. Una institución puede intervenir antes de que una experiencia sea reconocida como problema, mientras que una nueva categoría puede modificar la manera en que las personas interpretan experiencias anteriores. La relación entre experiencia, lenguaje e institución es dinámica y debe ser investigada como tal.

El concepto tampoco pretende reemplazar categorías sociológicas consolidadas. Anomia, alienación, precariedad, desigualdad, sufrimiento social, estigma, dominación y aceleración mantienen sus propios significados y tradiciones teóricas. La sociología del malestar puede dialogar con ellas para estudiar un problema específico: cómo determinadas configuraciones sociales se expresan en experiencias subjetivas que son posteriormente interpretadas y administradas.

Su utilidad dependerá de su capacidad para producir preguntas investigables. ¿Qué condiciones sociales están asociadas con determinadas formas de malestar? ¿Cómo se distribuyen esas experiencias? ¿Qué diferencias existen entre grupos sociales? ¿Qué lenguajes se utilizan para explicarlas? ¿Qué instituciones intervienen? ¿Qué responsabilidades se asignan a los sujetos? ¿Qué condiciones sociales quedan visibles y cuáles desaparecen cuando una experiencia es formulada como un problema individual?

Estas preguntas permiten desplazar el análisis sin negar la experiencia personal. El sujeto continúa siendo quien experimenta el malestar, pero deja de ser necesariamente el punto final de la explicación.

Conclusión: hacer sociológicamente visible el malestar

El malestar no constituye una novedad histórica. Lo que cambia son las condiciones sociales en las que aparece, las formas que adquiere, los lenguajes disponibles para nombrarlo y las respuestas mediante las cuales una sociedad intenta administrarlo. Por eso, una sociología del malestar no puede partir de la idea de que vivimos en una época excepcionalmente malestarosa. Necesita demostrar empíricamente qué experiencias están aumentando, cuáles permanecen estables, cómo se distribuyen y qué transformaciones sociales pueden relacionarse con ellas.

el punto de partida es más modesto y, precisamente por eso, más exigente. Cuando una experiencia aparece repetidamente en individuos diferentes, en instituciones diferentes y bajo condiciones sociales reconocibles, resulta pertinente preguntar si existe allí un fenómeno que excede la biografía particular. Esa pregunta no transforma automáticamente una experiencia individual en fenómeno colectivo, pero abre un campo de investigación.

La sociología del malestar puede comenzar en ese punto de indeterminación. No para diagnosticar a la sociedad su valor radica en la observación. No para convertir cada incomodidad en síntoma, sino para distinguir experiencias, condiciones y categorías. No para reemplazar las explicaciones clínicas, psicológicas o económicas, sino para formular preguntas que esas explicaciones no necesariamente responden.

La cuestión central sería entonces sencilla de formular, aunque difícil de investigar: ¿qué nos dice el malestar sobre la sociedad en la que vivimos?

Responderla exige mirar más allá del individuo sin dejarlo fuera, observar las estructuras sin convertirlas en explicaciones automáticas, estudiar las emociones sin reducirlas a psicología y analizar las instituciones sin asumir de antemano sus efectos. Exige, sobre todo, tomar en serio aquello que suele aparecer como privado.

En este sentido la propuesta de una sociología del malestar comienza allí: en convertir una experiencia aparentemente individual en una pregunta sociológica verificable que nos invite a cuestionar.


Referencias

Bourdieu, P., Accardo, A., Balazs, G., Beaud, S., Bonvin, F., Bourdieu, E., Bourgois, P., Broccheux, E., Champagne, P., Christin, R., Faguer, J.-P., Garcia, S., Lenoir, R., Œuvrard, F., Pialoux, M., Pinto, L., Sayad, A., Schultheis, F., & Wacquant, L. J. D. (1999). The weight of the world: Social suffering in contemporary society. Stanford University Press.

Durkheim, E. (2008). El suicidio. Akal. (Trabajo original publicado en 1897).

Illouz, E. (2007). Cold intimacies: The making of emotional capitalism. Polity Press.

Kleinman, A., Das, V., & Lock, M. M. (Eds.). (1997). Social suffering. University of California Press.

Marx, K. (2004). Manuscritos económico-filosóficos de 1844. Colihue. (Trabajo original publicado en 1844).

Rosa, H. (2011). Aceleración social: consecuencias éticas y políticas de una sociedad de alta velocidad desincronizada. Persona y Sociedad, 25(1), 9–49.

Rose, N. (1999). Governing the soul: The shaping of the private self (2nd ed.). Free Association Books.

Sofía Varas Rojas

Socióloga, especialista en Salud mental, infancias y Derechos Humanos

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