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La escuela del descarte

foto: Daniel Aguilera

13 de abril 2026

La escuela del descarte


En tres libros recientes, la infancia deja de ser promesa y se vuelve síntoma: la escuela, la familia y los afectos enseñan —sin declararlo— una misma lección. En el Chile actual, excluir también es una forma de educar.

En el Chile de hoy, donde la palabra “crisis” se ha vuelto un lugar común y, por lo mismo, sospechoso, la literatura parece haber encontrado un modo menos estridente —y quizá más incómodo— de intervenir en la discusión pública. Ya no se trata de levantar grandes diagnósticos ni de ofrecer interpretaciones totalizantes, sino de insistir en escenas menores, en historias que no buscan representar el país, sino tensionarlo desde sus bordes. En ese registro se sitúan El lado oscuro de la sombra y otros ladridos (2020), No fue un catorce de febrero y otros cuentos (2021) y Sueño en Guadalajara y otros cuentos (2023), de José Baroja: tres libros que, leídos en conjunto, permiten reconocer una intuición persistente y perturbadora. En ellos, la infancia no aparece como el lugar de la promesa, sino como el primer espacio donde se aprende a quedar fuera.

No es que los textos enuncien esa idea de manera programática. Al contrario: su potencia radica en evitar la consigna. Lo que hacen es mostrar. Niños que crecen en entornos donde el afecto es inestable, adolescentes que son castigados por desviarse de una norma tácita, sujetos que, antes de comprender el mundo, ya han sido empujados hacia sus márgenes. En esa acumulación de experiencias, lo que se configura no es solo una serie de historias individuales, sino una forma de aprendizaje social. Una pedagogía silenciosa que enseña, desde temprano, que no todos caben.

En Sueño en Guadalajara y otros cuentos (Baroja, 2023), esa pedagogía se vuelve especialmente visible en la escena de una estudiante expulsada por quedar embarazada. No hay en el relato un énfasis dramático que subraye la injusticia; la decisión de la comunidad educativa aparece casi como un procedimiento rutinario. Precisamente ahí reside su fuerza. La expulsión no irrumpe como escándalo, sino como norma. La escuela —ese espacio que en el imaginario moderno debía garantizar integración y movilidad— opera aquí como un dispositivo de exclusión moral. Lo que se sanciona no es solo una conducta, sino la incapacidad de ajustarse a un modelo de vida implícito.

Esta representación dialoga con una tradición crítica de la literatura chilena que ha insistido en leer las instituciones más allá de su discurso oficial. En la obra de Diamela Eltit, por ejemplo, la escuela, el hospital o la familia aparecen como espacios donde el poder se ejerce sobre los cuerpos bajo la apariencia del cuidado (Eltit, 2010). Sin embargo, mientras Eltit trabaja desde la experimentación formal y la opacidad del lenguaje, Baroja opta por una prosa directa, casi despojada, que deja que la violencia se exprese sin mediaciones. No hay distorsión ni exceso: hay escenas reconocibles, plausibles, demasiado cercanas.

La cercanía es, de hecho, uno de los elementos más inquietantes de estos relatos. Porque lo que muestran no resulta ajeno al contexto chileno reciente. Las discusiones sobre educación sexual, derechos reproductivos, salud mental y convivencia escolar han evidenciado que el sistema educativo no solo transmite contenidos, sino también normas y jerarquías que determinan quién pertenece y quién no. En ese sentido, la expulsión de la estudiante embarazada no es un episodio aislado, sino una condensación narrativa de una lógica más amplia.

Esa lógica no se agota en la escuela. La familia, otro de los pilares del imaginario social, aparece en estos textos como un espacio igualmente ambivalente. En Sueño en Guadalajara…, la muerte de una niña a manos de su madre se presenta sin explicaciones extensas, sin psicologización tranquilizadora (Baroja, 2023). La escena incomoda precisamente porque no permite establecer una distancia clara entre lo “normal” y lo “monstruoso”. La violencia no aparece como una anomalía externa, sino como una posibilidad inscrita en el propio tejido de las relaciones.

Aquí el diálogo con Alejandra Costamagna resulta evidente. En novelas como En voz baja, la infancia está atravesada por silencios, ausencias y una sensación constante de desajuste (Costamagna, 2015). Sin embargo, en Baroja esa incomodidad se desplaza hacia un terreno más radical: los vínculos no solo son frágiles, sino que pueden volverse directamente destructivos. La familia no alcanza a fallar como espacio de protección; en ocasiones, se convierte en el lugar donde la expulsión se vuelve irreversible.

Lo que une estas escenas —la escuela que expulsa, la familia que daña— es una misma forma de normalización de la violencia. Los relatos no construyen sus conflictos como excepciones, ni buscan enfatizar su carácter extraordinario. Por el contrario, la escritura insiste en una cierta cotidianidad del daño. Los personajes habitan un mundo donde la exclusión no irrumpe, sino que se instala de manera progresiva, casi imperceptible. Esta naturalización obliga a una lectura incómoda: si la violencia no sorprende, es porque ha sido incorporada como parte del funcionamiento habitual de lo social.

En este punto, la obra de Nona Fernández ofrece un contrapunto relevante. En textos como La dimensión desconocida, la autora explora cómo la violencia política se infiltra en la vida cotidiana, desdibujando las fronteras entre lo público y lo privado (Fernández, 2016). Baroja, sin embargo, parece situarse en un momento posterior, donde esa infiltración ya no necesita ser tematizada. La violencia no irrumpe: está ahí desde el inicio. No se recuerda: se vive.

Esa diferencia es significativa si se piensa en la contingencia chilena. Tras el estallido social de 2019, el país pareció enfrentarse a la necesidad de revisar sus estructuras más profundas. Sin embargo, con el paso del tiempo, muchas de esas demandas han sido reabsorbidas por la lógica institucional, transformándose en reformas parciales o debates técnicos. En ese contexto, la literatura puede operar como un espacio donde la incomodidad no se resuelve, donde las preguntas permanecen abiertas. Los textos de Baroja no ofrecen diagnósticos ni soluciones, pero sí insisten en mostrar aquello que el discurso público tiende a simplificar.

En No fue un catorce de febrero y otros cuentos (Baroja, 2021), la lógica de la exclusión se desplaza hacia el ámbito de los afectos. Los personajes no solo han sido expulsados por las instituciones; también han aprendido a reproducir esa exclusión en sus relaciones íntimas. El amor aparece como un territorio inestable, atravesado por la desconfianza, el miedo y la incapacidad de sostener vínculos duraderos. No hay aquí una crítica explícita al modelo social, pero sí una constatación: las formas de relacionarse han sido afectadas por un entorno que privilegia la competencia y la autosuficiencia por sobre el cuidado.

En este sentido, es posible establecer un diálogo con Roberto Bolaño, cuyos personajes suelen habitar mundos donde las referencias éticas se han debilitado o desaparecido (Bolaño, 1998). Sin embargo, mientras en Bolaño esa crisis se vincula a grandes relatos —la literatura, la violencia histórica, la política—, en Baroja se manifiesta en lo cotidiano, en gestos mínimos que revelan una dificultad más básica: la de convivir sin dañar.

La pregunta que atraviesa estos textos, aunque nunca se formule de manera explícita, es incómoda en su sencillez: ¿qué tipo de sociedad forma sujetos que aprenden a excluir antes que a integrar? En el caso chileno, la respuesta no puede desligarse del modelo social construido en las últimas décadas, donde la lógica de la competencia ha permeado tanto las instituciones como las relaciones interpersonales. La escuela selecciona, la familia contiene como puede, el Estado administra. En ese entramado, la exclusión deja de ser una falla para convertirse en un mecanismo funcional.

Lo que hace la narrativa de José Baroja no es denunciar este proceso desde fuera, sino encarnarlo. Sus relatos no explican la exclusión; la hacen visible en su operación concreta. En lugar de ofrecer un análisis abstracto, proponen una experiencia de lectura que obliga a enfrentarse con aquello que muchas veces se prefiere ignorar. En ese gesto, la escritura se acerca a la idea de resistencia que atraviesa la obra de Raúl Zurita, donde la palabra no repara la violencia, pero se niega a dejarla intacta (Zurita, 1982).

Sin embargo, sería un error reducir estos textos a una pura constatación del daño. En medio de la violencia y la exclusión, aparecen también formas precarias de vínculo que introducen una tensión distinta. En El lado oscuro de la sombra y otros ladridos (Baroja, 2020), la relación entre una niña y su mascota sugiere la posibilidad de un afecto no mediado por las lógicas de control que rigen lo social. No se trata de una solución ni de una salida, pero sí de un gesto que desarma, momentáneamente, la lógica de la expulsión.

Ese gesto, por mínimo que sea, resulta significativo en un contexto donde la discusión pública tiende a moverse entre el diagnóstico catastrofista y la promesa de soluciones rápidas. La literatura, en cambio, puede detenerse en esos intersticios, en esos momentos donde algo distinto parece posible, aunque no llegue a consolidarse. En ese sentido, los textos de Baroja no ofrecen esperanza en un sentido tradicional, pero tampoco se cierran en el pesimismo. Lo que hacen es sostener la tensión.

Pensar estas tres obras desde la idea de una “pedagogía de la expulsión” no es solo un ejercicio de lectura literaria; es, en el fondo, una forma de leer el presente chileno sin los filtros con que suele administrarse. Porque lo que estos relatos ponen en escena no es una falla del sistema, ni una suma de errores corregibles, sino algo más incómodo: la sospecha de que la exclusión no es una anomalía, sino un principio de funcionamiento.

En ese sentido, la pregunta ya no es qué está fallando, sino qué está operando con demasiada eficacia. La escuela que expulsa, la familia que no contiene, los vínculos que se erosionan antes de consolidarse: todo parece responder a una misma lógica que distribuye valor y desecho con una precisión inquietante. Lo que se aprende en la infancia —y eso es lo que estos libros muestran con crudeza— no es solo a leer o a obedecer, sino a reconocer el lugar que a cada quien le corresponde en esa distribución. Y ese lugar, para muchos, es el margen.

En el Chile posterior al estallido social, donde el lenguaje del cambio convive con la persistencia de las mismas estructuras, esta constatación resulta particularmente incómoda. Porque obliga a admitir que no basta con reformar instituciones si no se cuestiona la racionalidad que las sostiene. La exclusión no desaparece por decreto ni se corrige con protocolos: se reproduce en prácticas cotidianas, en decisiones aparentemente menores, en gestos que pasan inadvertidos hasta que ya es tarde.

La narrativa de José Baroja no ofrece salidas ni redenciones. Y quizá ahí radica su mayor potencia. En un escenario saturado de diagnósticos y promesas, su escritura insiste en algo menos tranquilizador: mostrar que la violencia no siempre irrumpe, sino que muchas veces educa. Que se aprende. Que se internaliza. Que se transmite.

Si hay una función crítica en estos textos, no es la de denunciar desde una supuesta exterioridad moral, sino la de devolvernos una imagen difícil de eludir: la de un país que, mientras discute cómo incluir, sigue enseñando —con notable coherencia— a dejar fuera.


Referencias

Baroja, J. (2020). El lado oscuro de la sombra y otros ladridos.

Baroja, J. (2021). No fue un catorce de febrero y otros cuentos.

Baroja, J. (2023). Sueño en Guadalajara y otros cuentos. Terra Ignota Ediciones.

Bolaño, R. (1998). Los detectives salvajes. Anagrama.

Costamagna, A. (2015). En voz baja. Anagrama.

Eltit, D. (2010). Impuesto a la carne. Seix Barral.

Fernández, N. (2016). La dimensión desconocida. Random House.

Zurita, R. (1982). Anteparaíso. Editorial Universitaria.

Un comentario en "La escuela del descarte"

  • Diana abril 29, 2026

    El artículo va directo a lo incómodo: la idea de que excluir no es un error del sistema, sino algo que se aprende desde chico, casi sin que nadie lo diga en voz alta. Y lo más fuerte es que no lo pinta como algo raro, sino como parte de la vida diaria. La “escuela del descarte” no es solo la escuela, es una forma de aprender a mirar a los demás: quién encaja, quién estorba, quién queda fuera. Y eso se va metiendo en todo, en cómo nos relacionamos, en cómo juzgamos, incluso en cómo nos vemos a nosotros mismos. Lo más incómodo es que nada de eso parece escandalizar ya. Como que lo hemos ido aceptando sin darnos cuenta. Y cuando algo así se vuelve normal, es porque está funcionando demasiado bien.
    El texto te deja pensando en algo que normalmente preferimos no mirar tanto.
    Para darle muchas vueltas, más ahora.

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