La memoria de las ruinas
Texto de presentación del libro Kayser de Francisca Palma (Ediciones Oxímoron, 2025)
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El sábado 19 de octubre de 2019, después de protestas en la Plaza de Renca, no pude volver a mi casa en la Miraflores y tuve que ir a dormir a la casa de mis abuelos en la Sarmiento. La preocupación de mi tata por las tanquetas y los helicópteros que sobrevolaban la población era un miedo antiguo que lo llevó a impostar un tono duro que nunca usaba conmigo. Al día siguiente, como si el parrón en la casa de mis tatas fuera un oasis en el acontecer nacional, plantamos un almuerzo familiar en una mesa larga y alegre. De pronto, detrás del cerro Colorado, vimos asomarse una columna de humo. Se estaban quemando el Líder y la Kayser.
Vuelvo, después años, a las fotos que tomé de ese momento. Para mí, en la revuelta, las palabras dejaron de bastar y me entregué al lente de la cámara con un afán documental que pensé que con el paso de los años me entregaría algunas respuestas. En una foto que tomé, cinco milicos sostienen sus armas, con el cuerpo recto y sus uniformes verdes, frente a la entrada de Kayser, a metros de mi casa. El cielo está gris por el humo, los vidrios rotos, y en el suelo mojado se logra ver la manguera de bomberos aún húmeda. Uno de los milicos mira fijamente a la cámara. Es joven, tiene la piel morena y los ojos achinados, pero su mirada es dura y me intimida, entonces huyo del frontis del lugar y bordeo la reja de Kayser. Ya hay rumores de que encontraron personas muertas en el interior. Los vecinos repletan las calles, expectantes.
El caso Kayser avanzó como ya es sabido. Pasaron meses y la memoria siguió punzando en los costados. Las bodegas quemadas quedaron abandonas, sus fierros fueron empeñados, crecieron las matas de los bordes del terreno. Se hicieron marchas, convocatorias artísticas, incluso un grupo de skaters quiso darle vida al lugar con rampas que hacían un ruido de olas al rodar de las tablas. Se pintaron murales con los rostros de las víctimas, pegamos fotos y poemas en los pocos muros que quedaron en pie. En la pandemia las ruinas fueron un refugio personal para observar las luces de la ciudad desde la vista de la cuenca que ofrecía el segundo piso, ahí, donde los encontraron, me vi rodeada por la oscuridad y el silencio de la noche en la periferia.
Las palabras se me quedaron mucho tiempo atrapadas en la garganta. Vivir al lado de Kayser me hizo el caso inabordable. Solo años después pude escribir un par de líneas desde la necesidad de pensar cómo un lugar queda marcado por una tragedia. Me interesaba pensar sobre lo que permanece: el paisaje, el viento entre las ruinas, los restos materiales y afectivos que siguen habitando el lugar. Y de pronto el terreno fue cedido, se derrumbaron definitivamente los cimientos que quedaban y se levantaron departamentos sociales en el mismo terreno del incendio como si nunca hubiera pasado nada. “Todo permanece igual, es aterrador”, cita Francisca Palma a Elvira Hernández en el cementerio de citas y pericias literarias del libro que hoy nos reúne.
Fue desde esa imposibilidad de hablar sobre el caso Kayser que me acerqué a este primer libro de poesía de Francisca Palma. Y quizás por eso mismo, la lectura me enfrentó a una incomodidad que me fue difícil de esquivar. Leer poesía sobre un hecho tan cercano –un lugar que para mí tenía polvo, humo, angustia y ruinas concretas– me enfrentó a una pregunta incómoda: ¿qué pueden hacer las palabras frente a una tragedia? ¿Cómo escribir sobre un dolor ajeno, sobre una herida colectiva, sin volverlo imagen, símbolo o distancia?
Este libro no intenta ofrecer un relato total sobre los hechos, ni tampoco resolver el vacío de justicia que el caso arrastra. El libro avanza más bien por acumulación: citas, documentos, fragmentos, pericias, nombres y voces que se esbozan sin terminar de cerrar una versión definitiva. Hay algo insistente en esa forma de escritura, como si frente a una tragedia tan atravesada por contradicciones y abandono institucional, el único gesto posible fuera volver una y otra vez sobre los restos, aferrarse a la memoria de las ruinas.
Kayser, de Francisca Palma, no responde del todo esas preguntas, pero insiste en algo que me parece importante: nombrar, individualizar, recordar. Volver a repetir, una y otra vez algunos de los nombres que la memoria de la revuelta debería tener inscritos: Yoshua Osorio, Julián Pérez, Andrés Ponce, Luis Salas y Manuel Muga. Aunque tiemble la garganta y nos desborde la injusticia, incomodidad necesaria en los tiempos que corren, donde el abuso es tachado de metáfora.
Entonces, ¿cómo seguir nombrando aquello que un país insiste en olvidar? ¿Qué formas puede tomar la memoria cuando el terreno ya fue demolido, cuando los vecinos envejecen, cuando el paisaje cambia, pero algo del dolor sigue suspendido en el aire? ¿Qué formas le podemos dar a la justicia cuando la respuesta no viene de la institucionalidad? Es acá, pienso, que la palabra escrita, el germen del poema que contiene este libro, adquiere una potencia particular. No porque alcance a reparar lo irreparable ni a ofrecer respuestas definitivas, sino porque insiste. Porque vuelve sobre lo que el tiempo intenta sedimentar. Porque nombra allí donde tantas veces se ha intentado borrar. Hay algo profundamente valioso en el gesto de poetizar un hecho como este: negarse a que quede reducido al expediente o al olvido. Volver una y otra vez sobre los nombres, los restos, las preguntas. Sostener, aunque tiemble la garganta, una memoria que todavía no encuentra descanso.