foto: n.slachevsky
«Las islas de Chile», de David Nash
Sobre Nash, David (2024). Las islas de Chile, traducido por Marcela Fuentealba. Santiago: Saposcat.
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Alguna vez Gabriela Mistral afirmó que la zona austral de Chile es donde “Chile cansado / por fin de rutas y espacio / quiere morir como todos”. Y prosigue: “él empecinado aún / ojea acalenturado / la nidada de las islas / fuera de ley y de hallazgo; / pero se acabó su reino” (2020:230). Para Mistral, las islas de Chile son el fin de la autonomía y poder de ese país, un “coro báquico de niñas / tiradas a la mar libre, / vírgenes pero embriagadas” (Mistral 2020:230). Chile es un país inherentemente fragmentado y accidentado —si tomamos en cuenta la definición de isla como un accidente geográfico—, cuya fisionomía “rígida” termina por deshacerse en un callado y gran archipiélago compuesto por más de 40 mil islas, de las cuales gran número todavía se mantiene sin pisar por la huella humana. Cada isla se presenta como un melancólico cuerpo verde, solitario y fragmentado, pero profundamente vivo, gozando de una independencia antimonárquica según las palabras de Mistral. Acechadas por la violencia volcánica, la erosión oceánica y el pasar de los milenios, las islas de Chile son el testimonio vivo de la naturaleza, de nuestra historia y nuestros antepasados, cuyas voces en la era contemporánea se han quedado atoradas en el ronroneo del mar. Poco se ha escrito todavía de la dimensión insular de la geografía chilena.
Por lo mismo, hacer hablar estos cuerpos mudos sigue siendo un acto de atrevimiento. De ahí que me anime a celebrar —desde las citas de Mistral— la poderosa voz que David Nash, poeta y traductor irlandés, otorga a nuestro archipiélago en su primera colección de poesía Las islas de Chile (2024). Aunque fue publicada originalmente en inglés —The Islands of Chile, Londres: Fourteen Publishing, 2022)—, a los hispanohablantes nos llegó su traducción dos años después, de manos de Marcela Fuentealba, en su editorial Saposcat, con posfacio de Milagros Abalo y el apoyo de la Embajada de Irlanda en Chile. Me atrevo, de inmediato, a afirmar que el interés del poeta por las islas de Chile no se queda en una mera exploración temática —la naturaleza, la fragmentación y la pérdida aparecen también en la colección galardonada con el premio Seamus Heaney, No Man’s Land (2023)—, sino que la elección da cuenta de un preexistente vínculo geográfico, temático, cultural y político entre Chile e Irlanda. A través de la voz de las propias islas, la colección invita a pensar en la condición natural de accidente que nos ha sido impuesta a ambos, por la geografía y la violencia colonial; condición que, sin embargo, no puede ser revocada sino únicamente expuesta. El accidente y la fragmentación son intrínsecos a nuestras identidades nacionales.
El vínculo Chile-Irlanda, claramente, no es pura imaginación mía ni nace desde este libro: muchos años antes de David Nash hubo un Ambrosio O’Higgins —y siempre con ellos, la certeza de las islas—. Algunas de las palabras dichas por Milagros Abalo y Rodrigo Rojas durante la presentación del libro en Chile en marzo de 2024 celebraron nuestras coincidencias: si estamos hablando de islas, después de todo, es imposible no pensar en la Isla Esmeralda. Ambos países —dijeron—, por insulares, se presentan como dos países introvertidos, profundamente conectados a la tierra y a la historia, geográficamente aislados por barreras naturales de sus vecinos, dos accidentes geográficos: y acá, agrego, dos voces vivas sobrevivientes a la violencia natural y la violencia técnica. El poema que encabeza la colección, Isla Grande de Chiloé/Irlanda, constituye, como afirma Milagros Abalo en el posfacio de esta edición, “un gesto de fusión geográfica-familiar” (2024:77). En palabras del propio David Nash, la gente del sur de Chile es muy similar a la gente de Irlanda, “país que tiene algo a Chiloé” (Abalo 2024:77). El “gesto de fusión” se establece en la repetición y el intercalado de la oración “somos la misma” durante todo el poema: “Somos la misma. / Tus manos han sabido de más trabajo y tus dientes son más blancos. / Pero somos la misma. Sólo en los espejos cambia tu forma / como cambia la mía” (Nash 2024:11). Para Nash, no obstante Chile e Irlanda no tienen mucho en común, y el vínculo de fusión tiene más de ironía y es un gesto de autoconvencimiento, en lugar de ser una afirmación política. No creo que su afirmación desarme el gesto de fusión, aunque he de quedarme con su evidente ironía y con el nuevo tono que asume aquella insistencia por “ser la misma”.
Las islas de Chile reclama el lenguaje, las costumbres y la naturaleza y las monta en una composición de seascape o de la vista marina, siempre desde el plano del extrañamiento y la duda, como si el poeta fuera un pequeño niño, respetuoso y temeroso de la inmensidad del mar, pero al mismo tiempo, un adulto terriblemente consciente del estado de debilitamiento que cada acción nuestra deja huella inevitable por la Tierra. Cada uno de los poemas recibe el nombre de alguna de las islas del archipiélago chileno: después de la Isla Grande de Chiloé, están Ascensión, Darwin o Ballena son algunos ejemplos, con algunas apariciones especiales como Tierra del Fuego o la propia ciudad de Santiago, ciudad donde “[e]l vino es tan amargo y oscuro como el hachís. / La sal se mueve sobre las olas bajo los pies. / No hay mucho ingenio o ironía” (Nash 2024:49).
Como afirma Milagros Abalo, hacer hablar una isla “supone en algún punto del mapa ser isla”, y escuchar la herida de la que son resultado: como despojo de la geografía de un país, “son solo ellas, en su origen y destino” (2024:78). Darle voz a una isla y ser una isla “es de alguna manera la función del poeta y la poesía” (2024:78). Así, David Nash se arriesga —exitosamente— a ejercer de traductor de la lengua de las islas chilenas: “Imagina que eres tierra y no quieres serlo / te sacudes y tiemblas sólo por el movimiento / y todos tus animales te abandonan como la caspa” dice Islotes solitarios (2024:41); “Toda isla es una boca”, pero “Es injusto, entonces, / decirle que hable // y luego preguntarle / por qué no estás entretenida” dice la voz de Isla de la Boca (2024:31). Como navegantes realizando un tour por el Sur de Chile, la lectura nos invita a realizar un viaje con el oído abierto a la polifonía de estas huérfanas o “santo[s] en el exilio” (2024:41), que recurren a un tono, imágenes o formas dolorosamente familiares: “¿No era la pregunta como aterrizar el cometa, y la pregunta / como hacerlo volar?” dice Isla Decepción (2024:43). Encontramos, como era de esperarse, un fuerte vínculo entre la experiencia humana y la fragmentación de la naturaleza.
No obstante, “La naturaleza está muerta”, dice Islotes de los Amigos (2024:17), evocando la imagen de Seamus Heaney y la muerte de su naturalista. ¿Cómo reacciona un espectador a la violencia de su país que atormenta a sus habitantes como el mar a sus islas? En Tierra del Fuego (O la voz pasiva) aparece la violencia sufrida por el colonialismo: “las víctimas, después de todo, se escogen” (2024:35), pero la fragmentación y la erosión son vividas en el propio cuerpo: “mi cuello roto, la forma en que mi piel se retuerce; mi mejor mano, rota” (2024:35). Las islas de Chile es la escritura del desecho; las islas son expulsadas del país —Mistral diría que son emancipadas (ctd en Abalo 2024:78)— como las partes del cuerpo humano, y el cuerpo expulsado de su lugar de origen: el cuerpo del poeta se vuelve, en nuestro país, en “el contorno de un inmigrante marcado con tiza” (Nash 2024:21). Más que una celebración de la dolorosa condición de isla, sea de un país o del propio cuerpo, los poemas son una exposición de los productos de dicha condición, punto que queda aún más claro en la segunda parte del poemario, la Isla del Muerto, donde los islotes quedan atrás para dar paso a una autopsia imaginaria hecha sobre el propio cuerpo muerto del poeta. No obstante, ambas partes comparten aquel mismo tono examinador, buscando responder la pregunta: ¿qué hacemos con la naturaleza muerta y qué se puede aprovechar del cadáver antes de que se descomponga?: “Una vez decidiste catalogar la vida. Era un juego perdido, pero de todas maneras supiste lo que era o no reversible y por lo tanto persististe” (Nash 2024:73) es como da inicio 7. Decomposición: ¿Se ha deshecho?, en un manual instructivo de primeros auxilios que termina devolviendo la vida únicamente en el acto de la vuelta a la composición poética.
Me faltan palabras para hablar de la melancólica belleza de Las islas de Chile y la manera en que, lo quiera David o no, realiza aquel gesto de “fusión geográfica” entre Chile e Irlanda, encarnando en sí mismo y en su contorno de inmigrante un gran pedazo de cada uno. Creo fielmente que a David Nash no le hace falta ningún esfuerzo poético para convertirse en un poeta internacional si en algún momento su isla de origen le queda pequeña: la labor ya está hecha y los chilenos quedamos encantados, por lo que es únicamente cosa de tiempo que lo reclamemos para nosotros. En aquel gesto irónico, pero efectivo, de fusión geográfica, junto a la fragmentación y la (de)composición, Las islas de Chile presenta la geografía accidental tan propia de nuestro país desde la mirada melancólica y familiar de un extranjero que puede entenderse y entendernos al mismo tiempo, únicamente posible a través del acto de la escucha de la voz, devolviéndonos a la capacidad de la poesía de refundir de vida y voz a los cuerpos mudos y erosionados. Esos cuerpos que —como diría Mistral— nos recuerdan que es posible gozar de una “independencia antimonárquica”. Desde nuestro propio país estamos expectantes a seguir escuchando la voz de una de las figuras más influyentes de la poesía irlandesa contemporánea del siglo presente.
Bibliografía
Abalo, Milagros (2024). “Ser isla”. En Nash, David, Las islas de Chile, traducido por Marcela Fuentealba. Santiago: Saposcat. 77-81.
Mistral, Gabriela (2020). “Islas australes”. Obras reunidas de Gabriela Mistral: Tomo III, editado por Gustavo Barrera, Carlos Decap, Jaime Quezada y Magda Sepúlveda. Santiago: Biblioteca Nacional. 230.
Nash, David (2024). Las islas de Chile, traducido por Marcela Fuentealba. Santiago: Saposcat.