Lxs Ciegxs: en el horizonte de la mirada se ha escondido el sol – Carcaj.cl
Lxs Ciegxs: en el horizonte de la mirada se ha escondido el sol

Foto: Andrés García

28 de septiembre 2026

Lxs Ciegxs: en el horizonte de la mirada se ha escondido el sol

Crítica teatral de Lxs Ciegxs, montaje parte de los Elencos Universitarios de la Universidad de Valparaíso, 2026

§

Una vez tuve entre mis manos un libro diseñado para infancias ciegas. Era totalmente negro, tenía los textos en sistema braille, pero también las palabras estaban escritas para poder leer, quienes pudieran o supieran, lo que el libro quería contar. Este era sencillo, se trataba de los colores. Siendo adulta ya, por primera vez pude constatar que el amarillo huele a limón, que el verde te acaricia como el pasto en primavera y que el rojo es potente como el calor. Me emocionó mucho llegar al final del libro porque se develaron ante mí todos los colores de nuevo. Me fui de esa librería con una sensación fresca y amplificada, sintiendo mucho más todo y dándome cuenta de que la mirada, a veces, es como si se tragara todos los demás sentidos.

Cuando terminé de ver la obra Lxs Ciegxs, parte del proyecto de Elencos Universitarios de la Universidad de Valparaíso, sentí una cosa similar. Y es que lo primero que sientes al entrar a la sala es su olor a tierra húmeda; luego, la mirada solo termina por confirmar lo que ya identificaste. Me gusta imaginar que este olor es una experiencia sensible y universal porque hay algo con lo uterino, con el origen de la vida, con el volver a recordar que somos un poco eso y que para allá vamos también: a volvernos compost, micelio, tierra de hoja.

Y el negro. El negro del libro. Así empieza la obra también, con ese negro radical, de agujero espacial, que te va tragando entre voces de personajes que aún no ves, invitándote a que no te desconcentres ni un minuto de esta pequeña y profunda historia. Y es que el montaje Lxs Ciegxs, dirigido y adaptado muy sensiblemente por Patricia Artés, tiene para mí un tempo perfecto, es redonda como un ojo y su iris, un ouroboros interesante si pensamos que la obra del dramaturgo Maurice Maeterlinck, escrita en el siglo XIX, sigue siendo absolutamente un retrato del presente. La obra aborda la existencia humana desde una perspectiva bastante nihilista, entregando a momentos espacios de calma que no tienen relación con la interacción o la modificación del mundo, sino más bien con habitar la sutileza del espacio interno, ahí donde aún pareciera que, a momentos, se aloja la humanidad.

Lxs intérpretes se instalan en escena construyendo una ficción que sostienen bastante bien. Se agradecen las diferencias que establecen entre ellos, no solo de edad, sino de espíritu: algunos creen más, otros temen todavía, algunos abandonan y renuncian a sus propios objetivos, una de ellas alguna vez sí vio y la más joven ya simplemente ha perdido la razón. Este último personaje llama especialmente mi atención porque empiezo a notar su carencia de texto, mas no su falta de presencia: como espectadora constato perfectamente que está ahí, la tengo en el radar, en el rabillo del ojo, mientras alrededor de su figura se van enredando múltiples preguntas. ¿Quién es? ¿Qué pasa con ese aparente ser humano pequeño que lleva en brazos? La loca, le dicen, y yo me pregunto: ¿cómo no volverse loca siendo madre en ese contexto? ¿Puérpera de tiempos finales, entre carencia absoluta y abandono? ¿Cómo no perder la cordura cuando diste vida en tiempos de muerte?

Este es el intuitivo y visceral personaje que construye la joven actriz Hilanit Pinto, el cual a momentos expresa palabras que tal vez nunca fueron necesarias de oír: todo lo que dice, como espectadores, ya lo intuimos, mas todo lo que hace nos deja tiritando. Y es justamente ahí donde aparece una de mis principales inquietudes con la propuesta: el personaje reafirma lo evidente. Algunos de sus textos me hicieron pensar en cómo, a veces, no es necesario reiterar ideas que, como público, ya entendimos e hilamos, en donde nosotros ya hicimos las conexiones. La loca es un personaje que trae consigo la potencia de un silencio aparente, porque dentro de su cabeza, me imagino, deben abundar los ruidos y pensamientos rumiantes. Por eso, cuando ciertos textos explicitan aquello que su presencia ya había conseguido transmitir, siento que se pierde algo de su propia potencia.

Junto a Hilanit, un equipo sólido: Katty López, Nicolás Eyzaguirre, Javiera Vilches, Pascal Gaete y la notable actuación de Juan Esteban Meza son quienes prestan sus cuerpos para esta experiencia total de fin de mundo. Un elenco comprometido, que mantiene una fe inquebrantable en la propuesta de su directora, algo que se traspasa y se agradece. Y cómo no hacerlo si el montaje es inteligente, agudo, de textos profundos, colmado de signos que nos interpelan.

En relación a las interpretaciones, no puedo dejar de preguntarme, eso sí, si es posible construir otras cegueras posibles, que afecten el cuerpo y las acciones desde otros puntos del mismo. ¿Se moverán las personas no videntes siempre solo desde sus manos? ¿Le darán más permiso a sus rodillas, a los dedos de los pies? ¿Verán por medio de la boca, sentirán los colores a través de codos, pelo, uña, pecho abierto, como si el corazón fuera un iris enrojecido? Me gustaría creer que sí. O al menos, en el teatro, espero siempre otras construcciones, distintas a la realidad.

La propuesta de iluminación es una danza de colores variopintos que atraviesan la mirada, haciendo pestañear al público varias veces para constatar que no ha perdido la vista como sus protagonistas. Entre verdes enfermos y naranjos atardeceres, como de puestas de sol que finiquitan el existir, la obra construye una espacialidad pregnante, ominosa, turbia, en la cual a quien está observando no le gustaría ser parte.

Resalta el trabajo de diseño escénico: una propuesta que no solo se observa porque llama a la vista de cualquiera, sino también, como decía al principio de este texto, por su olor. Jose Peli Farías propone este espacio cerrado que se va convirtiendo en un laberinto o una cueva eterna que se cae a pedazos y, en cada pedazo, un sentimiento profundo de vacío. ¿A dónde irán a caer todos esos peñascos? ¿Qué agujero terminarán por tapar o, por el contrario, darán paso hacia la luz? Es inevitable acordarme con la obra de la película Stalker, del director ruso Andréi Tarkovski. Todos esperan algo, todos tienen un deseo, pero al momento de enfrentarse a él, reculan. El viaje, la cueva y, por último, la imagen de la infancia que aparece también aquí como una monstruosa posibilidad, la única capaz de conceder dones, de hacer lo imposible por abrir el túnel de la distopía.

Retomando el espacio, este árbol de la vida, medio sauce llorón sin ojos, medio placenta disecada, llena de cables viejos y tecnología retro, esta estética del antropoceno, del fin del mundo programado, me parece a momentos lamentablemente decorativa. Tal monumentalidad y riqueza estética en la propuesta se pierde un poco cuando me doy cuenta, durante el transcurso de la obra, de que solo una o dos veces lxs intérpretes se relacionan directamente con ella. Una especie de tecnología mater que les mira desde arriba, abandonada y desaprovechada escénicamente: estoy segura de que pide mayor atención, relación, afecto. Su materialidad está demasiado presente pero pide más que eso y, lo más seguro que bajo esa tierra húmeda, ella con sus raíces eléctricas, sostiene toda la obra. Esta diosa, maquinaria divina, estoy convencida de que tiene mucho más para contarnos.

El diseño sonoro que propone Alejandro Miranda te permite entender la magnitud y la diferencia en la percepción de quien mira a través de lo que oye. La música emociona cuando se trata de tocar las estrellas junto a lxs personajes y algo de Sigur Rós, junto al verde de la iluminación, es como si estuviera en presencia de auroras boreales. Por otro lado, se agradecen los espacios en oscuridad para solo dejarnos construir las imágenes en nuestra cabeza: increíble es ese perro que aparece erigido por medio solo de sus propios sonidos animales que oímos todos durante varios segundos sin ver nada. No sé por qué, pero me lo imaginé enorme, como un cíclope perro, el único que fue capaz de hacer entender a estos pobres trashumantes que la muerte ya estaba entre ellxs hace rato: su guía, un ser mezcla entre los arcanos mayores Hierofante y Ermitaño, ya había perecido y todos habían quedado a su ciega suerte o a tientas, simplemente. Así, un grupo de ciegxs que intentó hacerse oír entre su propio tumulto, entre el desasosiego, se da cuenta de que ya no hay mensajes posibles que los hagan sentirse un poco vivos, tal cual esas cajas de sonido viejas que, ya sin parlantes, absolutamente inservibles, dicen que ya no queda nada por amplificar.

“El viejo mundo muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en este claroscuro surgen los monstruos”. Antonio Gramsci, como un eco en el desierto, nos lo dijo varias veces durante el montaje con un tono adolorido. Y mientras duele, la loca en escena tiembla y, mientras ella tiembla, más caen las rocas. Y tiembla porque la loca madre, en su mutismo, es la más conectada con la verdad secreta de la matriz, de las placas tectónicas, de las napas subterráneas, esa única perfecta tecnología sagrada que nos recuerda que somos tan ciegos ante lo no humano y más allá de lo humano. Y por eso, quizás, siempre hemos sido eso: no videntes de lo divino, porque nunca hemos podido ver la verdad de todo lo que en realidad sostiene a este mundo. Los animales no humanos sienten las vibraciones de todo movimiento antes que nosotros, y de la muerte también. ¿Habrá que dejar simplemente que en los horizontes de las mentes se escondan todos los soles para que alguna vez, simplemente y por fin, volvamos a mirar con ojos retraídos, ojos de génesis, de vacío o de memoria, ojos de recién nacido o de Dios, todo aquello que compone nuestro presente?

Ficha artística

Dramaturgia: Maurice Maeterlinck.
Dirección y adaptación: Patricia Artés.
Asistencia de dirección: Camila Flores.
Elenco: Katty López, Javiera Vilches, Juan Esteban Meza, Pascal Gaete, Nicolás Eyzaguirre e Hilanit Pinto.
Diseño integral: Jose Peli Farías
Universo sonoro: Alejandro Miranda.
Realización escenográfica: Willy Luttgue, Taller El Litre.
Realización de vestuarios: Julio San Martín.
Técnico en sonido: Jorge Yáñez.
Luminotecnia: Víctor Cosmelli.
Diseño gráfico: Álvaro Huirimilla.
Asesoría en maquillaje: Mutaris Avatar.
Producción: Christopher Ortega.

Fotografías: Andrés García.

Carina Victoria Aspillaga Bórquez

Directora-investigadora escénica, performer, dramaturga y DJ. Su trabajo cruza la creación escénica, la investigación y la experimentación sonora. Licenciada en Artes Escénicas (U. de Playa Ancha) y Diplomada en Dramaturgia (U. de Chile), actualmente se encuentra finalizando la Maestría en Teatro y Artes Performáticas (Universidad Nacional de las Artes, Buenos Aires). Es directora de la compañía Escena Trvgica y del espacio de experimentación y crítica teoricacorpus

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *